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Rodolfo Cifarelli*

Vine a esta ciudad porque el secretario de redacción de la revista me encomendó una nota sobre Ignacio Carril Álzaga (1899-1972), narrador y poeta que recorrió Europa durante casi veinte años dilapidando su parte de la fortuna familiar y fue amigo de Breton, Picasso y Eluard, además de haber integrado la resistencia francesa contra los nazis. Yo le sugerí a mi pequeño führer de papel maché que la nota podría incluir cierta reconstrucción de los últimos días del poeta, y el pequeño führer –faja de honor de la SADE por un poemario extravagante cuyo título nunca recuerdo- aceptó. Así que aquí estoy recorriendo algunos lugares de la ciudad, todos opacos, marchitos, levemente funestos, intentando pescar algo (si es que quedó algo) de lo que pudo haber visto, olido, masticado o vomitado Carril Álzaga desde que llegó -junio o julio de 1966- hasta su muerte en marzo de 1972 por un embolia.

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Ayer a la tarde fui a la única librería de la ciudad. El dueño es un colorado cuarentón, bigote nietzscheano manchado de nicotina. Le pregunto si tiene Un Millón de Años Luz Ahogado en un Vaso de Agua de Carril Álzaga, y el colorado me responde que hace años que no lo reeditan. Le pregunto si vio alguna vez a Carril. El colorado: «Sí, éramos amigos o algo parecido. Parece mentira, pero ya hace cuatro años que murió el hombre.» Me mira un momento, pensativo, y tal vez descubre en mi expresión un indicio de algo que yo no sé bien qué es pero que tampoco puedo ocultarle. Disculpe, dice el colorado, quién es usted, que está tan interesado en Carril. Le estuve por decir Quentin Compson pero me presenté como redactor de la Sección Cultura de la revista que me envió a la ciudad. No soy de leer revistas, y menos de comprarlas, dice el colorado, me parece que todas las revistas de Buenos Aires y de cualquier parte estuvieran dirigidas por la misma banda de pistoleros. Le digo que hasta donde sé no formo parte de ninguna banda. En ese rincón se sentaba Carril y fumaba un cigarrillo tras otro, dice el colorado después de encender un cigarrillo. Le pregunto si Carril vivía cerca de la librería. A cuatro cuadras, dice el colorado. A mí, Carril no me parece gran cosa, pero ya que necesita escribir sobre él, si usted quiere, esta noche lo llevo a la casa donde vivió el hombre. Era un escritor de entremeses, no sé por qué en Buenos Aires esos escritores resultan interesantes desde hace por lo menos cien años. Tal vez ni usted lo sabe, dice el colorado.

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En la habitación del Veneciano. Relectura de Los Viajes de un Servidor, autobiografía de Ignacio María Carril Álzaga editada en 1960 por Gleizer. Carril debe ser lo único interesante que pasó en los últimos cien años de esta ciudad. El colorado es el idiota típico de esta clase de lugares, un presumido que porque leyó diez libros más que el resto de sus coterráneos se cree una mente superior. En breve, espero, comienzo a escribir el artículo.

En cuanto al Relato, no tengo un plan, apenas tengo un mapa que va cambiando, como un territorio que es bombardeado cada día y en el que se van borrando las ciudades, las esquinas, las sombras en las sombras de las esquinas. Uno de los ejes del Relato será la trillada relación maestro-discípulo. Ahí ya tengo dos personajes definidos. Uno es un joven que pretende escribir. No ser escritor: escribir. El maestro, un maduro militante del trotskismo nacional, cree que puede servirle de brújula para que el jovencito comience a garabatear sus obsesiones y delirios, y sobre todo a leer. El maestro le dará entonces algunos libros -Ungaretti, Montale, Char-, y por supuesto los Diarios de Kafka. Las discusiones literarias van a ser matizadas con partidas de ajedrez y de truco. Objetivo: Que estos comediantes se muevan de maneras no explícitas, que se liquide, el Relato, sin que importe el destino final de ellos. Otras opciones: ¿Y si el maestro y el discípulo no son tales? ¿Si apenas son dos individuos que cruzan sus miradas en un bar sombrío de una ciudad perdida en algún rincón de la pampa seca? En caso de confirmarse estas hipótesis, ¿qué quedaría del Relato? Dos individuos bajo un gran manto de desconocimiento mutuo. ¿Necesita algo más un Relato?

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La casa donde C. A. murió el 15 de marzo del ´72 queda a dos cuadras de la plaza, en el centro mismo de la ciudad. Es una de esas construcciones típicas –una sólida y temperada casona renacentista– que los maestros de obra italianos levantaron durante los primeros treinta años de este siglo. El colorado saluda efusivamente a la mujer que nos recibe en el zaguán, un rostro hermoso, los ojos verdes, flaca, morocha, en batón, medias tres cuarto negras, el pelo revuelto, medio borracha. La mujer y el colorado se cruzan chistes obscenos, entre risas, y no me incomoda no existir por unos instantes. La pieza que ocupó Carril da a un patio cuadrado con macetas y enanos de yeso. Se la pasaba todo el día acá adentro, dice la mujer abriendo la puerta de la pieza. La habitación es grande, fresca, oscura. Hay un ropero con el espejo rajado, una cama de dos plazas cubierta sólo por una frazada bordó y un escritorio vacío. La morocha me encara: ¿Va a alquilar la pieza? Hace años que la tengo vacía. En realidad casi todas las piezas están vacías. No sé cómo me mantengo todavía, ríe la mujer. El colorado la aparta, condescendiente no sé si con ella o conmigo, y le susurra algo. Siempre mentiroso vos, le dice ella al colorado, la sonrisa ancha, blanca. Che, negra, no me hagas quedar mal que está el señor, dice alegremente el colorado. Dónde está la botellita de ginebra que me prometiste la semana pasada, coloradito, dice ella. Nos disculpa un momento, dice el colorado, también alegre, y empuja a la mujer hacia afuera. Aprovecho y abro los cajones del escritorio. Nada. Al menos hubiera dejado una frase escrita en la pared. Probablemente el colorado tiene Un Millón de Años Luz Ahogado en un Vaso de Agua pero el hijo de puta lo quiere para él solo. Si le descubro el juego soy capaz de romperle la cara. Una vez me sucedió en Buenos Aires con Las Veladas de San Petersburgo de De Maistre. Fue en una librería de viejo a la que iba por primera vez, San Martin al 1000 o 1100. Le pregunté al librero, un flaco con cara de nutria, si lo tenía y me respondió, como perdonándome mi infortunada existencia: «Sí, claro, pero en casa». Le pegué una trompada y no aparecí nunca más por la librería.

Mientras salgo escucho las risas del colorado y la mujer, encerrados en alguna de las cinco habitaciones del primer patio.

***

A la mañana siguiente, visita a la librería. Cuando entro el colorado está leyendo El Estuche de Cocodrilo de Moyano. El colorado: «A la negra Carril le pellizcaba el culo dos o tres veces por día.» Yo: «Carril no se puede defender de esa clase de opiniones, ¿no le parece?» El colorado: «Hitler mató a seis millones de paisanos y tampoco se puede defender. Por qué no se deja de joder, querido. Yo le digo lo que dijo la negra. Está linda la negra ¿no? Ahora está medio gastada la loca pero hace unos años le decían la lobita. A la madre le decían la loba, otra morocha que tenía lo suyo. A la loba Carril se la manyaba, no tengo duda, pero a la lobita se me hace que no.» Yo: «Se ve que usted la conoce bien a la lobita.» El colorado: (presuntuoso, encendiendo un cigarrillo) «Algo, sí.» Yo: «Pensaba anoche en una posibilidad, absurda dirá usted, pero tal vez, por qué no, Carril dejó algún manuscrito en esa casa. Algún material inédito que su amiga tenga olvidado en alguna parte.» El colorado: «Y usted cree que yo debería preguntarle a la negra sobre la cuestión. ¿Tanto le interesa Carril? Usted es un enigma, viejo. Vea, le voy a decir la verdad: La negra, la otra noche, me dio una carpeta. Dos cuentos inéditos. No quería decirle nada porque todavía ni pude empezarlos, pero por lo que vi prometen bastante. El primer cuento se llama Sobre la Arena y es una mezcla de Sade con Walt Disney. Cindy Lane, una estrella de Hollywood, que está filmando en África una pésima adaptación de Madame Bovary, se enamora de Rudy, una cebra macho que merodea por el set de filmación. Con una cebra hembra tal vez el argumento hubiera sido más interesante, pero gustos son gustos. En el segundo cuento, Piano y Tiempo, hay un pianista ciego que recobra momentáneamente la vista cuando está frente a una mujer desnuda. Esta noche los leo y se los paso.»

Mientras camino hacia el hotel pienso sesenta veces por segundo que el colorado es un perverso hijo de puta pero debo seguirle el juego y esperar que me entregue esa bendita carpeta.

***

Segundo Proyecto de Relato que surge apenas pasada la medianoche: El protagonista es un guardia de una cárcel de máxima seguridad ubicada en las afueras de una ciudad que podría ser Buenos Aires. El hombre empieza a soñar con una cárcel en la que un grupo de presos ha establecido una red de comunicación telepática con el exterior. La cárcel es ligeramente parecida a la cárcel donde él trabaja. Afuera de la cárcel del sueño los presos tienen a sus agentes trabajando en operaciones de sabotaje en una ciudad parecida a la Viena de Schubert pero con el vestuario de Metrópolis de Lang. Se manejan muy bien con los telépatas. La repetición de ese sueño noche tras noche le induce a pensar que está siendo intervenido por esa red, que él mismo es parte de esa red a la vez que desconoce cuál es su sitio, su función en la red. ¿A quién o quiénes responden los agentes que lo intervienen manipulando sus sueños? ¿Por qué lo intervienen?

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Voy a la librería antes del mediodía. El colorado dice que la negra fue hoy a la mañana a su casa y le pidió la carpeta. Yo: «¿Cómo que se la pidió?» El colorado: «¿Cómo? Mire qué fácil: Vino a casa y me dijo que se la diera.» Yo: «¿Tan simple?» El colorado: «No tan simple, antes me mandó al carajo y rompió contra el piso un cenicero de cristal, dos vasos y cuatro tazas.» Yo: «¿Pero por qué se la pidió?» El colorado: ¿Usted no conoce a las mujeres? Algo de razón tiene la loca. Anoche habíamos quedado en vernos en su casa, pero me quedé dormido leyendo uno de los cuentos de Carril. Así que se me apareció hecha una furia, vio la carpeta en la mesita de luz y dijo que era una infeliz que para colmo le daba cosas para leer a un tipo que tiene una librería.» Yo: «Debería recuperar esa carpeta.» El colorado: «Imposible. La seguí hasta la calle, no por la carpeta, que me importa un pito, sino para calmarla un poco. Pero fíjese lo loca que estaba esta mujer que rompió las hojas una por una mientras se iba puteándome. Le juro que volví a sentirme un poco vivo. De vez en cuando uno necesita que alguien lo putee.» Yo: «¿Y los pedazos?» El colorado: «¿Usted es o se hace, viejo?»

***

Mañana fresca y húmeda. Paseo por la ciudad. A un lado del paso elevado hay pilas de neumáticos en desuso, fardos de alambre y vigas oxidados y montones de restos de mampostería de un gran derrumbe. Una figura cruza las vías desiertas fumando con las manos en los bolsillos del saco. Deseo por un momento ser esa figura -solitaria, tal vez perdida, tal vez inexistente, apenas raspada por los silbidos pétreos de la ciudad.

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A la tardecita, final de Los Viajes de un Servidor.
«He cumplido sesenta años y ya no regresaré a Buenos Aires. Qué alivio.»

***

A la noche suena el teléfono. Es C., mi novia, una actriz en retirada diez años mayor que yo que vive de la renta de los departamentos y las casas de su ex marido (un impotente de mierda –según C.- que lo único bueno que hizo fue morirse hace dos años).

C.: Estoy en Mar del Plata.
Yo: No me dijiste que ibas a viajar a Mar del Plata.
(C. llora sin consuelo.)
Yo: ¡¿Pero qué es lo que pasa!?
C.: En los últimos meses me estuve viendo con un tipo, un escritor.
Yo: Quién es el escritor. Qué obra tiene, eso quiero decir. ¿No será Bioy, no?
C.: No, no, nada que ver. Escribió dos novelas, una inédita, la otra editada por él mismo.
Yo: (enfurecido) ¿Y vos le llamás escritor?
C.: Es posible que este año una editorial de primera línea edite su tercera novela. Pensamos quedarnos dos meses por lo menos.
Yo: No hay problema.
(C. se queda en silencio.)
Yo: ¿Me escuchás, linda?
C.: Sí.
Yo: Tenía algo que decirte hace tiempo, y ahora me parece que es el momento.
C.: No me vengas con cosas raras.
Yo: No, no es nada raro. ¿Te acordás cuando fuiste a ver a tu hermano a Villa Gessell?
C.: ¿Qué me querés decir? Si tenés alguna duda, en esa época ni conocía al escritor.
Yo: No, no dudo de vos, mirá si voy a dudar. En esos días, esto te quería decir, me deprimí mucho porque no estabas.
C.: ¿En serio?
Yo: Me deprimí tanto que fui a un boliche del bajo y estuve con una copera vieja. ¿Me estás escuchando, no?
C.: (seca) Escucho perfectamente.
Yo: Nos habremos tomado cuatro whiskies y tres cañas cada uno, y después se arrodilló y... ¿me escuchás, no?
C.: (mordiendo cada palabra) Te estoy escuchando.
Yo: Te decía, se arrodilló y la verdad te digo, jamás me hicieron un trabajo así. ¿Estás ahí, no?
C.: (más seca todavía) Claro que estoy acá.
Yo: Te juro que me hacía falta, y para serte sincero, cuando vuelva a Buenos Aires, tal vez, quién te dice, tal vez vuelvo al boliche.
C.: Cuando nos volvamos a ver, te voy a cagar a trompadas hijodemilputasputomalparido.
(Ella corta llorando.)

***

Mañana soleada y calurosa. ¿Por qué no hace una nota sobre el intendente Caride? ríe el colorado. Caride es más interesante que Carril. En cualquier momento Al Capone pasa a ser el ratón Mickey comparado con Caride. Acá cuando haya elecciones el único que le puede ganar a Caride es el diablo. Pero no creo que el diablo se preocupe por nosotros. Escuche ésta: Escuche esto: Esta semana llevo vendidos ocho Robbins y seis Bullrich. En el medio de la pampa el último Martín Fierro me lo saqué de encima hace dos años, y hasta ahora nadie vino a pedirme otro. Mi viejo le hizo leer Chejov y Andreiev a más de un gaucho, y los hijos y nietos de esos gauchos ya no leen ni los carteles de las calles. ¿No sería mejor que pusiera una armería, ciento cincuenta cuotas sin intereses para un Winchester cero kilómetro, así los vendo como pan caliente y se empiezan a matar unos a otros y me dejan de joder? Cuando el colorado, se calma un poco, hablamos de Rulfo y Onetti, que a los dos nos gustan mucho. Retrocedemos luego al siglo XIX. El colorado, de a poco, se va poniendo insoportable. Dice que el mejor escritor argentino es Sarmiento. Después dice que esa clase de afirmaciones son absurdas pero que dependen de un estado de ánimo que expresa una suma equívoca de sentimientos que nada tienen de absurdo. Al rato dice que el mejor es José Hernández. Enciende un cigarrillo y dice que pensándolo bien no hay con qué darle a Echeverría. Le digo que tiene razón y se tranquiliza. Usted sabe por qué se quedó el loco de Carril a vivir acá? me pregunta. Ni idea, digo. Parece ser que se tomó un tren en Buenos Aires porque lo había dejado una mujer. ¿Quién era la mujer? pregunto. No sé, no hablaba mucho sobre el tema. Parece ser, dice el colorado, que la mujer le había prometido dejar el cabaret e irse a vivir con él pero al final lo dejó por otro. Un pintor o escultor. La mujer era cabaretera y posaba como modelo. La cosa, dice el colorado, es que Carril se tomó el buque, o el tren, y cuando vio nuestra estación recordó la estación de Rouen, en Normandía. En 1944, dice el colorado, Carril estaba desde hacía tiempo con los partisanos rastrillando la zona buscando patrullas alemanas y pararon en la estación para dormir un rato antes de seguir la marcha. Al parecer, dice el colorado, hubo un tiroteo donde murió una partisana que era la compañera de Carril. Después de la guerra anduvo medio perdido, viviendo como un linyera en París hasta que decidió embarcarse a Buenos Aires. Desde que llegó hasta que se murió al tipo le gustaba ir a la estación, sentarse antes del atardecer y fumar mirando el campo, así hiciera frío o calor. Cuando empezaba a oscurecer, dice el colorado, volvía caminando a la pensión con el diario bajo el brazo.

***

En la habitación del Veneciano. Primer borrador para la nota sobre Carril. No tengo una sola frase que me convenza para empezar -hay que tener la primera frase, decía Pavese, si uno tiene la primera frase tiene todo.

Antes de medianoche llama el secretario de redacción.

Él: Tenés que volver, viejo.
Yo: ¿Por?
Él: El directorio pidió convocatoria de acreedores. Van a cerrar la revista. El próximo número sale, después no sé. Olvidate de la nota y tomá el primer micro. Tenemos que organizarnos para resistir los despidos.

Después de medianoche, llamado de C. Vuelvo a decirle que llame mañana pero se larga a llorar después de decirme que el escritor la dejó.

Yo: ¿Qué pasó con la gran novela que estaba escribiendo?
C.: Se quedó sin lenguaje (sic).
Yo: Yo puedo ayudarlo a que se calme y por ende a que te trate bien. No soy un artista, claro, soy otro impotente de mierda, peor aún, un cornudo de mierda, pero algo he leído y quién sabe si termino colaborando en la tarea de sacar de las sombras a un genio.
C.: ¡Estoy sin un peso! ¡Venime a buscar, por favor!
(Corto y llamo al conserje para decirle que por favor no pase más llamadas.)

***

Carril estuvo en Europa desde 1930 a 1950. Poco después de regresar a Buenos Aires escribió un artículo sobre Kafka para Sur (El Mesías y su Aliento) y se lo rechazaron. Según escribió Girri en la necrológica de Carril –hubo una relación cordial entre ellos-, Carril planeaba un largo ensayo sobre Kafka a partir de El Mesías y su Aliento y del rechazo mismo del artículo. Quiero hacer un ensayo –dice Girri que le dijo Carril- para analizar el fracaso como metáfora de la gloria secreta y casi siempre inadvertida que significa el rechazo, la vida en el margen, la expulsión de cualquier parcela, así sea un charquito ocupado por un coro de ranas tuertas o una chacra de quinientas hectáreas en la tierra prometida. Cuando Girri le pidió precisiones sobre esa clase de gloria, Carril dijo: La gloria de ser sombras en los bolsillos de otras sombras, la gloria de estar en el paraíso y no darnos cuenta, la gloria que es no llegar nunca a ninguna parte.

***

A la mañana, temprano, le digo al conserje que me haga la cuenta porque me voy.

–La señorita Sosa dejó hace un rato un sobre para usted –dice.
–¿Quién es la señorita Sosa?
–La dueña de la pensión de la calle Garibaldi. Tome.

Pago y salgo a la vereda incendiada por un sol tropical. No sé para dónde ir ni qué hacer. Lo único que sé es que no quiero volver a Buenos Aires a escribir en redacciones de cincuentones preocupados por las malas campañas de sus próstatas y de Boca Juniors.

Abro el sobre. Dos hojas. Una manuscrita con una letra que me cuesta descifrar que dice algo así: Uste no parece ser como ese colorado de porqueria. Le deje esto que encontre en un cajon de una valija que era de mi madre. Tal ves le sirba tal ves no.

La otra es una hoja bastante ajada escrita a máquina. Es un poema que lleva como título Para un espectro con ojos de carpincho, fechado el 6 de de enero de 1929 en el Hotel Du Sud, Rue Fontaine 188, París. Al pie de la hoja están las iniciales con tinta azul borrosa: C.A.

Lenguaje abrasado por la inminencia
del gran silencio.
Lo que llamamos contingencia
es un modo menos cruel
de designar la necesidad del desconcierto.
Vivimos para aquello que nos resquebraja,
con la certeza de no retornar a lugares
de nombres silenciosos,
y también
con la dicha de saber que si retornáramos
encontraríamos sólo estrías de antiguos incendios.

A veces la contingencia se distrae
y el pájaro que vuela sobre tu cabeza
está más cerca del aire que de la muerte.

Ahora, me digo, el perverso soy yo. En su puta vida el colorado va a leer este poema.

***

Pasado el mediodía arreglé un precio más que razonable por un mes en la habitación de Carril. La señorita Sosa decidió generosamente incluir en el precio el desayuno y la cena. Haciendo un cálculo me quedan unos pocos pesos para que este mes pueda seguir fumando un atado por día –me vendrá bien porque estaba fumando casi dos y medio. Después de este mes, se verá.

Le pedí a la señorita Sosa que no le diga al colorado que estoy en la pensión porque no quiero ser interrumpido en mi trabajo.

–Los otros pensionistas son todos viejos que no se meten con nadie. Esto se convirtió en un asilo más que en una pensión. Igual les voy a aclarar que si llegan a decir algo sobre usted, los saco a patadas. Y a ese colorado de mierda, quédese tranquilo, no le habló más como que me llamo Teresita Eva Sosa Mendizábal.

***

En la sala de la casa. Después de cenar. Teresita vuelve a poner el mismo disco –una selección de tangos tan vieja como esta casa- y sirve más cerveza. Su sonrisa ahora es más floja, más franca. Se quita las sandalias, se acaricia los tobillos y las pantorrillas con los dedos largos y ensortijados.

–Dale, no seas vergonzoso –ella extiende sus brazos hacia mi indecisión, hasta que la abrazo para que no se caiga–: Me hacés cosquillas, che.

Nos desnudamos entre mordiscos y arañazos.

Cuando Teresita duerme en la cama que era de Carril y ahora es mía me siento frente al viejo escritorio que era de Carril y ahora es mío.

Vine a esta ciudad porque el secretario de redacción de la revista me encomendó una nota sobre Ignacio Carril Álzaga (1899-1972), narrador, poeta y crítico de arte, que recorrió Europa durante casi veinte años dilapidando su parte de la fortuna familiar y fue amigo de Breton, Picasso y Eluard. Así que aquí estuve recorriendo algunos lugares de la ciudad, todos opacos, marchitos, funestos, intentando pescar algo de lo que pudo haber masticado o vomitado Carril Álzaga. Pero no encontré nada. Toda huella permanece en el desierto como una inasible incitación a que otros vengan a escribir nuevas huellas. Ya no regresaré a Buenos Aires. Qué alivio. O no. Veremos. Ahora, más allá -no mucho más allá- de la vereda sobre que la que flota la luz ambarina de la medianoche los caballos miden con ojos fatuos una llanura que no es símbolo de nada, que no es más que ella misma, pura presencia que impulsa a la materia fuera de la materia. Estar aquí, digo, ahora, es lo que importa, tanto como saber que cuando uno no esté todo seguirá igual pero será totalmente diferente.

*Autor
Rodolfo Cifarelli ganó en el 2001 la primera mención al Premio Clarín de novela por La Jaula de Hielo. Fue finalista del primer concurso de poesía Revista Lea por Coltrane´s Shtudowm. En el 2003 fue ganador del Premio Argentores de teatro semimontado por Cambio de guardia y en el 2006 por Un millón de años luz ahogado en un vaso de agua. En el 2008 fue finalista del concurso de cuentos Manuel Mujica Lainez por Golem II.