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Un recorrido personal de Sonata a Kreutzer
Patricia Suárez*

1.
Mi relación con Tolstoi

Cuando pienso en don León, es como traer el recuerdo de un tío de la infancia. Uno de esos que venían a tu casa en los acontecimientos sacrosantos, los aniversarios de tus abuelos o el santo patrono de tu barrio. Un tipo que se sienta a la mesa con rectitud y ante quien no se puede tener un berrinche a propósito de la gaseosa de naranja o la mayonesa. Pero también finalizada la sobremesa – en mi casa podría haber sido un vasito de oporto, pero en la de él, de vodka-, podía sentarte sobre sus rodillas y contarte cuentos para niños. Esos donde al pícaro diablo le ganaba un tonto. Claro que hay una moraleja o una moralina en esos cuentos, pero el arte de contarlos es tan superior, que subyugaría el intelecto y el alma de cualquiera. Sabía contar a los niños, tal vez, porque tenía una decena de hijos a quien lo hacía -quién sabe si en el fondo de su corazón no consideraba a estos retoños milagros indeseados.

La primera vez que leí un libro de Tolstoi, yo tendría trece o catorce años y esto hace un total de más de veinticinco años atrás. El cuento –o novela breve- fue Historia de un caballo. Desde esa vez, no pasó año sin que leyera un texto de Tolstoi. Ni que dejara de recomendarlo a los amigos, a los amores. Tengo recuerdos muy precisos de haber compartido lecturas de Tolstoi en momentos claves de mi vida, e incluso mi primer ex marido escribió un poemario basado en La muerte de Iván Illich –que en cualquier momento aparecerá editado- en el momento en que nos separamos y tras la muerte de su padre. Leí Anna Karenina mientras yo atravesaba una tormentosa relación amorosa y decía con ella: “¡Yo quiero sentir, sentir!” Abandoné el libro antes de que se me terminara el romance. Probablemente veía a mi objeto amado una especie de Vronski y temía que Vronski me abandonara y acabar mal. Me consolaba durante la lectura pensando que en realidad el problema de Anna Karenina era la inexistencia del divorcio en la Rusia imperial, o que aun habiendo manera de conseguirlo, el divorcio era para la mujer una caída en el estatus social y hasta una expulsión de su clase social. Hoy por hoy, me decía, animada por el amor a mi propio Vronski, el divorcio está al alcance de la mano. Cuando mi amado supo que yo acariciaba el pensamiento del divorcio para unirme a él, fue ahí que me sugirió que abandonáramos la lectura de Tolstoi por Madame Bovary: ese hombre tenía más claro que yo, aquello que deseaba de mí.

Andando el tiempo comprendí que mi lectura sobre Anna Karenina era parcial y hasta superficial. El drama no es aquí sólo la caída del tejido social, sino la pasión. Es un afecto que está anclado con violencia en el cuerpo y el sexo del otro, de cuya imagen y presencia resulta imposible despegarse, es obsesiva y por eso mismo, enfermiza y criminal. En la pasión el otro pierde su dignidad de persona; se somete como un esclavo al objeto de su pasión y la única manera de quitar el cuerpo de ahí, es matando el propio cuerpo o el ajeno. Nadie que haya vivido una pasión puede decir que guarda un buen recuerdo: la frase que hoy día suele escucharse al respecto, suspira: “Sobreviví”.

A diferencia del enamoramiento, en la pasión no hay una proyección de futuro: el futuro es incierto, doloroso, un mar de dudas. La pasión ni siquiera suele ser recíproca y constante en ambos amantes a lo largo de la historia amorosa y la leña que alimenta su fuego es la de la asimetría, el equívoco, el misterio que el otro contiene en su cuerpo y que no podemos develar. Los casos más comunes en la novela del siglo XIX y hasta comienzos del XX consistían en que uno estuviera casado y el otro no (Emma Bovary et Rodolfo; el Adolphe de Benjamin Constant; La edad de la inocencia o Estío de Edith Wharton, etc). Sin embargo, la asimetría necesaria para una pasión puede estar dada también por la diferencia de edad, como en el caso de El lector de Schlink (para citar una novela contemporánea), o hasta sobrenatural como en algunos textos del fantástico, El diablo enamorado de Jean Cazotte y La amada de Corinto de Goethe, donde un joven se enamora de una muerta. Por otra parte, el vampirismo es el modelo literal –en el fantástico- y metafórico de la pasión. Un caso controvertido es La dama del perrito de Chéjov, donde la pasión es compartida y simétrica: ambos están casados, se quieren terriblemente y tomarán una decisión para estar juntos. El cuento termina aquí, cuando ambos saben que tienen aun mucho trabajo por delante para saber si podrán, de verdad, estar juntos. Por eso la melancolía del cuento de Chéjov, que a los inocentes en las artes del amor da la sensación de que Anna Sergueevna y su amante podrán lograrlo, y los veteranos saben que jamás de los jamases podrán.

2.
La sonata

En 1891 don León publica Sonata a Kreutzer. Para este entonces ya ha escrito casi la totalidad de su obra y está de vuelta de muchas cosas. Tiene 63 años y sus relaciones con su mujer son tan violentas como en el comienzo de la relación. La vida conyugal de Tolstoi nunca fue un mar en calma y determinó toda su obra. Así como Philip Roth afirma en su autobiografía Los hechos que la perversidad de su primer matrimonio estuvo a punto de hundirlo en la locura, también le enseñó a narrar; de la misma manera la esposa de don León, a quien él llamaba Sonia (Sofia Andreievna), marcó su concepción del amor y la vida conyugal. No hacía tres meses que se había casado, cuando ya se decepciona de ella. Escribe una bellísima carta a su parienta Tania y le expone con la poesía que él sabía volcar en sus textos una visión que lo acosa durante las noches. Sonia, su esposa, es una pequeña muñequita de porcelana. Toda ella suave, dice, pero agradable y fría, de porcelana. “Apagué la vela; y la puse conmigo bajo el mentón. De pronto oí su voz desde la esquina de la almohada: ‘Leoncito, ¿por qué me habré hecho de porcelana?’ Yo no sabía qué contestar. Ella volvió a decir: ‘¿No te importa que sea de porcelana?’ No quería entristecerla y dije que no importaba” (…) “Pero cuando acudí a desayunar, era ella de nuevo”.

Sonata a Kreutzer es, en este sentido, más un tratado filosófico sobre el matrimonio, que el relato de un crimen pasional. Aunque embebido en Schopenhauer, don León lo trasciende y afirma que sólo en la abstención sexual hay salvación. (¿No era algo así lo que clamaba Kurt Vonnegut en el Prólogo de Payasadas: “Menos amor y más decencia”? ¿Quién lanzó al aire por primera vez aquel horrible aforismo de “En el amor, como en la guerra, todo vale”? ¿Quién fue el sádico que pudo articular un basamento para la unión humana, usando como ejemplo la más destructiva de nuestras estupideces, la guerra?)

Un matrimonio es un artefacto caduco, destructivo, parece decir.

En un viaje en tren, Pozdnyshev relata su crimen al narrador. Llevado por unos celos patológicos, asesinó a su mujer. Luego de tener cinco hijos y gracias a la ayuda de un doctor que le enseña a la señora unos métodos anticonceptivos (cosa que don León aborrece), la señora se vuelve coqueta. Tiene treinta años, le gustaría hacer música. Un violinista del montón se ofrece a acompañarla: eligen la sonata de Beethoven, la más pasional de todas. Como lectores podemos entender por qué los personajes eligen la Sonata a Kreutzer; como artistas nos preguntamos por qué Tolstoi la utilizó para representar el crimen y la pasión. Por aquel entonces ya Liszt, Dvorak y Smetana tenían melodías igual de pasionales, trastornantes y hasta gitanas. ¿Habrá sido porque en realidad Tolstoi daba por la pasión (luego de una vida de sufrirla) nomás dos monedas –para decirlo con nuestros términos? Un kreutzer era una moneda alemana de poco valor y el Kreutzer que aparece en el nombre de la inmortal sonata, era un violinista de poca monta, a quien Beethoven entrega su sonata por el pago de unas deudas. La Sonata a Kreutzer tiene poco valor –aunque sea una maravilla musical. La pasión también tiene poco valor, pero nos dejamos llevar por ella: nos hace sentir vivos, precisamente porque la ronda todo el tiempo la muerte. Según mi modesto juicio de lectora, no hay certeza de que la señora haya engañado a Pozdnyshev con el violinista. El la mata en un arrebato de celos, con una daga y, por otra parte, un celoso no necesita certezas: es un paranoico; lo que él siente basta para justificar lo que hace. En mi historia familiar, los celos eran moneda corriente. Se presume que mi abuela paterna asesinó a su marido en un ataque de celos y para mi madre los celos son prenda de amor. El que ama, dice la sabiduría popular, siente celos. Habría que decir también que a veces el que cela, no ama. Durante mucho tiempo me creí una celosa loca, llevada por los relatos de mi madre acerca de mis celos ante el nacimiento de mi hermana: enfermé de asma. Lo cierto es que la celada la preparaba ella, porque ella necesitaba sentirse celada para sentirse amada. (Por ejemplo: decía que a mi hermana había vuelto a llevársela la cigüeña y que ahora estaríamos las dos solitas, y yo, ingenua de mí, la festejaba. Hasta que mi hermana volvía de su paseo con la niñera y yo me quedaba, literalmente, sin respiración.) Podría decirse, parafraseando a don León, que la familia es una institución loca y caduca. También para mí cuando hice mis primeras armas en el ring side del amor, los celos ajenos fueron motivo de orgullo y la ausencia de celos, desprecio. Me parecía –tengo demasiada literatura en mi cabeza- que un muchacho que te celaba, te apreciaba. Eras su objeto preciado. Hasta que caí en manos de un celoso a lo Pozdnyshev, claro.

3.

Hay tantos libros para leer, que no alcanza la vida para leerlos. Están los clásicos y están los que acaban de salir ayer en el mercado editorial y debemos leer para mantener nuestro estatus social: vale decir, tener tema de conversación en una reunión. Pero un autor clásico es el tipo ése al que leés una y otra vez, en distintos momentos de tu vida y te dice siempre cosas nuevas: sobre aquello que es su materia de escritura y sobre el arte de escribir y sobre vos mismo. A su vez, tu relación con él se profundiza –¡yo a veces digo en broma que dialogo con mis muertos y mi analista me mira frunciendo mucho los ojitos!- y se convierte en tu familia. En la familia que uno elige. Eso es lo que me sucede con la obra de don León: a esta altura, la llevo en la sangre: él es parte de mi familia.

*Autora
Patricia Suárez nació en Rosario en 1969. Es dramaturga y narradora. Publicó los libros Aparte del principio de la realidad (1998, Edit. Municipal de Rosario), Perdida en el momento (Premio Clarín de Novela 2003) y Un fragmento de la vida de Irene S. (2004, Colihue). Los libros de cuentos Rata paseandera (Bajo la Luna Nueva, 1998) y Esta no es mi noche (Alfaguara, 2005).