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Sobre La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoi
Edgardo Scott*
Influencia del tema de la imposibilidad de experiencia, en la narrativa argentina contemporánea.

1.

En un escrito para un suplemento cultural, hace ya varios años, Luis Gusmán contaba que al momento de escribir Villa, durante la invención de la novela, había tenido muy presente a Iván Ilich, porque “me daba la solución imaginaria de una linealidad: lo que se dice, toda una vida”. Al releer esa frase, de inmediato, vino a mi memoria la película El ciudadano (Citizen Kane), de Orson Welles, donde también se narra, como dice Gusmán, toda una vida, y donde al igual que en Iván Ilich, se utiliza el procedimiento de comenzar la narración a partir de la muerte del protagonista, para recién en un segundo momento, lanzar la historia, el relato de la novela.

La muerte de Iván Ilich, novela breve publicada en 1886, narra la vida del jurista Iván Ilich, desde su origen familiar, pasando por su formación universitaria, su graduación y establecimiento laboral, hasta su muerte a los cuarenta y cinco años, tras una larga y común enfermedad (se deduce el cáncer) ya convertido en juez de tribunal. El narrador describe su carácter y sus ambiciones, y todos sus ascensos sociales, pero los va combinando con detalles de su vida personal: primero su noviazgo, después su matrimonio, el nacimiento y crianza de sus hijos, el envaramiento de su pareja, las reuniones evasivas con sus amigos y colegas.

Si la novela conserva aún después de tanto tiempo una forma del todo moderna, es probable que no lo sea tanto por su estructura como por su tema: en Iván Ilich ya se advierte y refleja la expropiación de la experiencia en el sujeto contemporáneo y su reemplazo por una vida (o mejor, por una vitalidad), padecida como objeto de consumo, como sucesión burocrática o impulsiva de pactos faústicos donde siempre se anhela algo absoluto que nunca acontece del todo. A lo que Iván Ilich no puede y no quiere acceder, no es a otra cosa que a la posibilidad de experiencia. Ese tema, prefigurado por Montaigne todavía posee una “actualidad” no menguada, todavía interesa para ser escrito. Sin ir más lejos, entre nosotros, hace un par de años (2005, si no me equivoco) y aunque si bien pasó casi desapercibido en el mercado, o como si fuera un libro más, ese fue el tema de una de las novelas más impresionantes de la literatura argentina de los últimos tiempos. Se trata de El director, de Gustavo Ferreyra. A su manera y con otro procedimiento (Ferreyra es más sutil, más refinado y oscuro, prescinde de la muerte, pero sigue considerando la “etapa adulta”, la fase económicamente activa de su héroe), el tema es parecido. La vida pasa, pasan cosas, muchos eventos, innumerables, y a su vez, no pasa nada. Nada revela experiencia o aprendizaje para el narrador y protagonista. Ahora que lo pienso, también en la novela de Marcelo Cohen, Donde yo no estaba se verifica esa insistencia. Y tanto en la novela de Ferreyra como en la de Cohen (y al igual que en Iván Ilich) esa imposibilidad de experiencia deriva en enfermedad. El cuerpo narrado del personaje metaforiza y se enferma, arrastrando la existencia hacia su fin, para convertirse la queja y el lamento por la enfermedad, en otro de los principales ejes narrativos.

2.

Tolstoi inaugura el capítulo 2 (en el 1 se narró la noticia de la muerte de Iván Ilich a partir de las obscenidades cívico-funerarias) escribiendo un aforismo que además ubica, concentrado, el tono general de la novela: “La historia de la vida de Iván Ilich era de lo más sencilla y común, y de lo más espantosa”. Esa tensión, esa contiguidad entre lo cotidiano y lo siniestro, que va a desplegarse sostenida y sobriamente a lo largo de toda la novela, casi sin altibajos, es otro de los hallazgos. El énfasis lo irán poniendo las medidas temporales. Cada tanto, el narrador de Tolstoi nos informa, “así vivió otros siete años”. O: “así pasó Iván Ilich cinco años, cuando se produjo un cambio en su vida (y pasa a narrar entonces otro cambio menor)”; “así transcurrió la vida de Iván Ilich durante los diecisiete años que siguieron a su casamiento”. Esa repetición del así junto a una medida temporal ostensible, esa forma de representar la fijación, la inmovilidad de su héroe, va creando un clima triste, resignado, pero tenso a la vez, porque Iván Ilich no claudica en las ambiciones más superfluas e intrascendentes. Nunca deja de ser (hasta la aparición de la mortal enfermedad) la mayor alegría de Iván Ilich, su refugio, las aniñadas partidas de whist con sus colegas, que ocurren también con regularidad y un poco a la sombra del mundo.

3.

Walter Benjamin, en El narrador, parece fechar en la segunda guerra mundial, el origen del silencio donde habría sucumbido la experiencia, y hacia donde habría sido arrastrado, en caída libre, el relato, a cambio del engorde continuo de todo lo que fuera información. Benjamin decía que los que venían del frente, del campo de batalla, venían enmudecidos. Sin embargo, cuando Agamben retoma casi a la letra el programa benjaminiano en Infancia e historia, dice que, “hoy sabemos que para efectuar la destrucción de la experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe, y que para ello basta perfectamente con la pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad”. Se deduce entonces que nosotros -sujetos del capitalismo avanzado- podríamos salir de nuestros respectivos trabajos u ocupaciones (y no sólo de nuestros trabajos y ocupaciones sino de cualquier lugar e identidad), cada tarde, de esa manera. Tolstoi, ya hacia fines del siglo XIX distingue ese mal en la alta burguesía rusa y lo escribe. Iván Ilich vuelve de su trabajo cada tarde y va hacia su trabajo cada mañana (es decir, va y viene de su casa) desprovisto de experiencia alguna. Y cuando la ve asomar, le teme y escapa, absorbido tal vez, como escribe Tolstoi, por: “La conciencia de su propio poder, la posibilidad de destrozar a cualquier persona que quisiera destrozar, su importancia hasta en los detalles exteriores al entrar al tribunal o al encontrarse con sus subordinados […] todo eso le alegraba y llenaba su vida”.

4.

El contrapunto notable que Tolstoi distribuye hacia la parte final de la novela es con el sirviente, el aldeano Guerasim. El primer y único personaje de la novela que parece tomar con naturalidad la vida; el primero que ve lo que ni siquiera el propio Iván Ilich, supuestamente más culto y preparado, desea ver; Guerasim es el que deviene portador de la verdad. Guerasim le dice a Iván Ilich, mientras lo ayuda a acomodarse en su cama: “¿Cómo no ayudarlo? Usted está enfermo”. Pero no se trata sólo de la dolencia física, no se trata de la enfermedad puntual que padece Iván Ilich, Tolstoi deja oír en esas palabras la enfermedad de siempre, la que Iván Ilich solía llevar (y del mismo modo) aun antes de enfermarse. Guerasim lo asiste hasta el final y le da consuelo, se apiada sin inmodestia de la suerte negra de Iván Ilich. Si Iván Ilich encarna tan bien “esa incapacidad para traducir en experiencia [que] vuelve hoy insoportable -como nunca antes- la existencia cotidiana” (Agamben), Guerasim es su reverso, su ejemplar resistencia cuando le contesta a su siempre desesperado amo, “no se inquiete, señor; ya tendré tiempo para todo”.

Tolstoi administra impasible que ni siquiera con la llegada de la enfermedad (una dolencia en un costado del vientre) algo se modifique o desvíe. La misma preocupación ansiosa (Tolstoi la nombra así: “su mismo miedo acostumbrado”) recaerá primero en el diagnóstico, luego sobre el tratamiento, y por último sobre la imposibilidad cierta de una cura o mejoría. Pero en cualquiera de los casos, Iván Ilich nunca logrará salirse de sí. Eso que es condición de la experiencia. Iván Ilich vive, sobrevive, y asiste a su muerte ensimismado: “Desde el principio de su enfermedad, desde que Iván Ilich fue por primera vez a ver al médico, su vida se dividió en dos estados opuestos que se turnaban entre sí: por un lado la desesperación y la espera de una muerte incomprensible y terrible, y por otro, la esperanza y la observación sumamente interesada de la actividad de su cuerpo”.

Pero sobre el final ocurre una inflexión que le brinda a Iván Ilich el destino que le niega Di Benedetto a su Diego de Zama con su “no morir aún” cuando el autor argentino sí condena a su personaje atándolo sin redención a un goce interminable, que sólo se puede apagar cuando se apague, cuando cese todo latido y respiración. Tolstoi, cristiano al fin, en cambio, le da a su héroe el beneficio de la extremaunción. En el párrafo último le otorga, y cuando ya de nada vale, la experiencia, la calma, el don postergado: “Oyó esas palabras y las repitió en su alma: Ha terminado la muerte -se dijo a sí mismo- no existe ya”. Aspiró el aire en medio del suspiro, se estiró y murió.” Iván Ilich no muere ignorante, muere sabiendo o, siendo más preciso, bastándole, consciente, con lo que sabe, y eso le alcanza para estirarse en paz.

5.

En su último libro de cuentos, Parte doméstico, Oliverio Coelho sitúa de entrada un narrador que desde una ventana, ve a todos los hombres afuera, abajo, en la ciudad, borrosos, igualados, como mendigos. No muy distintos los veía (y se veía a sí mismo) Kafka. No muy distintos los veían Giorgio Agamben y Walter Benjamin. Y no muy distintos los veía el lejano autor ruso, mezcla de Marx y de Gandalf, el autor de las novelas brillantes de mil páginas, o de esta novelita breve -también brillante-de no más de cien.

*Autor
Edgardo Scott nació en Lanús en 1978. En 2005 fundó junto a otros escritores Alejandría, grupo de narradores del cual es integrante hasta la fecha. Con Alejandría y gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes, en 2007 realizó la antología El impulso nocturno. En 2008 publicó Tres mundos, una antología con algunos textos breves de narrativa junto a Clara Anich y Juan José Burzi. También en 2008, por la Edulp (Editorial de la Universidad de La Plata) publicó la novela breve No basta que mires, no basta que creas. En 2009 se publica Los refugios, su primer libro de cuentos. Ha colaborado en distintas revistas literarias, tanto gráficas como virtuales.