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Sobre Ana Karénina
Gastón Navarro*

«Si yo quisiera decir con palabras todo lo que traté de expresar en la novela, tendría que reescribir la misma novela que ya he escrito. (...) En todo o casi todo lo que he escrito, he estado guiado por la necesidad de recoger los pensamientos que entrelacé unos con otros para expresarme a mí mismo. Todo pensamiento expresado en palabras pierde su sentido y llega a ser banal cuando queda aislado de la cadena a que pertenece.»

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«...un día de tedio, cuando ya era anciano, muchos años después de que dejara de escribir novelas tomó un libro y empezando a leer por la mitad, se fue interesando y le fue agradando mucho, hasta que miró el título y vio: Ana Karénina, por Lev Tolstoi.»

La primera cita está tomada de una carta (fechada en febrero de 1876) que Tolstoi escribe respondiendo a una serie de observaciones hechas por Strájov —las encuentra válidas, pero no suficientes— a propósito de su Ana Karénina; la segunda, del Curso de literatura rusa de Nabokov. El tiempo que divide ambas situaciones (casi veinte años) permite imaginar dos instancias aparentemente antagónicas en la biografía de Tolstoi: por un lado, lo que podríamos situar dentro de la producción literaria, los años que van desde Infancia —que impresionó inmediatamente a Nekrasov—, los Relatos de Sebastopol y Los cosacos, a Guerra y Paz o Ana Karénina; por el otro, el quiebre, la ruptura con el corruptor mundo de la ficción, el lujo y las comodidades. Una de las primeras cosas que podrían decirse sobre la anécdota de Tolstoi lector de su propia obra es que la lectura, cuando es inducida por un narrador competente (digamos, para no ir demasiado lejos, Lev Tolstoi), tiende a la suspensión de la duda, cosa que por otra parte ya señalaba Coleridge y, entre nosotros, solía repetir Borges. Por otro lado, la lectura de ficción implica una suerte de búsqueda de un sentido que no se tiene o, lo que es lo mismo, que se escapa. Sartre sostenía que ese sentido era el de la propia vida. Por mi parte, aunque la sospecho cierta, no me propongo demostrar acá semejante afirmación. La escena de lectura en Tolstoi condensa esa suerte de metáfora a través de la cual suspendemos la incredulidad y cedemos. Una anotación marginal, que Nabokov suprimió de su clase sobre Ana Karénina y que el editor rescató, dice: «Cuando se lee a Turguéniev, uno sabe que está leyendo a Turguéniev. Cuando se lee a Tolstoi, se lee porque no se puede dejar el libro.» Dicho lo cual, sin mucho pesar, podría darse por terminado este artículo. Tal vez lo haga en cualquier momento. Antes quisiera agregar algo a propósito de las citas del comienzo: la primera idea alude a la inmanencia del sentido; es decir a la imposibilidad de igualar el sentido de un texto fuera del texto mismo. La idea de Tolstoi es interesante en el sentido de que representa cierto tipo de pensamiento novelístico. En el mismo sentido en que Flaubert declaraba, no sin cierto patetismo: «Madame Bovary c’est moi», Tolstoi comprende que nada de lo que piensa y traslada a su novela es susceptible de traducirse en la forma de una respuesta. Las respuestas —acaso— están en otra parte, es decir, fuera de la literatura.

La segunda cita nos encuentra en la llamada crisis ideológica de Tolstoi, en la época en que intentaba vivir de acuerdo con sus ideales religiosos. En el momento en que declaraba que no sólo el pensamiento literario le parecería ocioso e inconexo con las preocupaciones esenciales del ser humano, sino hasta indeseable, o cuando le decía a Bunin: «Escriba si le agrada, pero recuerde que no es ése el fin de la vida.» A pesar de aquellas crisis y reformulaciones, no es difícil imaginar que Tolstoi, una tarde en la que nada lograba captar su atención, tomó un libro de un anaquel, comenzó a hojearlo y a interesarse por la trama y los personajes. Un rato después, ese mismo hombre miró la cubierta del libro y encontró su nombre en letras de molde: Ana Karénina, por Lev Tolstoi.

Este es el punto en el que Romaind Rolland, François Porché, Stefan Zweig, o el mismo Nabokov suelen coincidir al preguntarse con cierta resignación por qué Tolstoi no lograba reconocer su extraordinaria condición de escritor, su propio yo, dejando paso al hombre de las éticas o los Silabarios. Poco antes de morir, Turguéniev le escribe: «Amigo mío, vuelva a la actividad literaria!... Amigo mío, gran escritor de la tierra rusa, no desestime mi ruego.» En el mismo sentido, Nabokov apunta: «Lo que obsesionaba a Tolstoi, lo que empañaba su genio, lo que ahora lamenta el buen lector, es que, de alguna forma, el proceso de búsqueda de la verdad pareciera más importante que el descubrimiento fácil, vívido, brillante, de la ilusión de verdad a través del cristal de su genio artístico.»

«Fácil, vívido, brillante» son los componentes —no tengo dudas— de la santísima trinidad de la prosa tolstoiana. Por lo demás, es imposible no advertir que la preocupación de Tolstoi por acercarse a su ansiada Verdad no puede producirse por separado: la manera de dar con esa Verdad se encuentra tanto en sus grandes novelas como en su Abecedario, su Confesión o en las gramáticas con las que instruía a los campesinos. En medio de aquella vitalidad multiforme Tolstoi intenta que su existencia tenga algún sentido. Como todo individuo de genio, no deja de reflexionar sobre la muerte, a la vez que la rechaza con todo su ser.

Ana Karénina, genealogía menos abigarrada que Guerra y Paz, aunque no menos ambiciosa y casi tan extensa (medida natural de la grandeza esencial de Tolstoi), principio de la crisis ideológica que lo llevará a abandonar la ficción, comienza a gestarse alrededor de la lectura y de una imagen —«un aristocrático codo desnudo»— surgida de un sueño. La lectura de Pushkin motiva —Tolstoi lo consigna en su Diario— el principio de un drama femenino que «mueva a la compasión». Claro que, tratándose de Tolstoi, aquello no podía tener la mera extensión de un relato, sino que, correspondiendo con su espíritu épico, aquello sería una novela de largo aliento. Se trata de, como dice la condesa Sofía, una «nueva novela de la vida contemporánea. Asunto: una mujer infiel y todo el drama que de ello resulta.»

La impresión que todavía tenemos de Tolstoi sigue siendo la de una extraña aunque familiar divinidad terrena, una especie de semidiós venerable, enérgico y contradictorio, de quien no sorprende que comparara su obra con la de Homero. Cierta vez, refiriéndose a Guerra y Paz, le dijo a Gorki: «Sin falsa modestia, es como la Ilíada

Que un episodio de la realidad le haya servido como modelo para la protagonista de su novela no agrega nada a la comprensión de Ana Karénina. En todo caso, coincide con el comienzo de la novela el suicidio de una mujer que se arrojó a las vías del tren, habiendo enviado previamente una carta a su esposo (un tal Bibikov) en la que lo culpaba de su muerte. Tolstoi, el talentoso novelista, el indagador vital, asiste a la autopsia de la mujer suicida. El episodio del accidente en la estación de trenes es fundamental en la novela: se deja caer como un aviso funesto al comienzo. Cuando Ana llega a Moscú, un operario muere accidentalmente bajo el tren. Luego, Ana tendrá varias veces una pesadilla con un viejo que manipula los hierros de su cama y —«(en esto consistía precisamente todo el horror) sentía que el viejo no le prestaba atención, y continuaba manipulando los hierros de la cama»—, hasta resolver ella misma, sobre el final, morir de la misma manera.

Ana Karénina, allegada por contigüidad con el tema —aunque superficialmente— de Madame Bovary; distante en casi todo lo demás, sobre todo en su cuidada textura verbal, en la que Flaubert trabajaba y creía maniáticamente, constituye una reflexión sobre la absurdidad del juicio moral en manos de la sociedad (recordemos la cita de san Pablo: «Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor») que persigue y condena la decisión de Ana de vivir su amor con Vronski (no una mera colección de affaires a la manera de Emma Bovary). Sin dudas, esta lectura no llega a agotar el carácter profuso de la obra. El tema central de la novela —el fracaso del amor deshonesto, no cristiano, que concluye para Tolstoi en la muerte y la adversidad— se delinea, en un nivel, por contraste: Ana y Vronski, es decir el amor erróneo y culpable, opuesto a los bucólicos y cristianos Kitty y Liovin (un trasunto del propio autor en muchos aspectos, de quien Thomas Mann decía que era el mismo Tolstoi «despojado de su condición de artista»). En otro nivel es importante resaltar la relevancia del acápite: a nadie le es permitido juzgar (ni al suburbano y nuevo cristiano Liovin, al reformador agrario o al afable padre de familia); mucho menos a la aristocracia rusa de finales del siglo XIX: nadie está por encima de la ley moral. Sólo Dios, a quien pertenece la venganza.

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Buena parte de la literatura del siglo XX reflexionará sobre las novelas de dos escritores rusos: Tolstoi y Dostoievski (Virginia Woolf se pregunta en alguna parte si, además de los novelistas rusos, vale la pena reflexionar sobre otra cosa), dos figuras —«opuestas, pero no remotas ni ajenas»— que imprimen su notable influencia en la novela moderna. Guerra y Paz, Ana Karénina, Los hermanos Karamazov y las Memorias del subsuelo marcan, en demasiados sentidos que exceden los propósitos de este artículo, los nuevos y sinuosos caminos de la novela.

Aunque en sus Aspectos de la novela Forster no mencionara demasiado a Tolstoi, llega a afirmar que «Ningún novelista inglés es tan grande como Tolstoi, es decir, ha dado un cuadro tan completo de la vida del hombre en su aspecto doméstico y heroico a la vez.» La idea de familiaridad o de cercanía con los personajes que nos conmueven y a quienes tenemos la impresión de conocer proceden del talento de Tolstoi, y —en el sentido en que lo plantea Forster— pertenecen por antonomasia a la Novela. En la medida en que leemos sobre Ana Karénina o Fabrizio del Dongo, llegamos a conocerlos como no podríamos conocer a nadie fuera de ese sistema. La lectura, entonces, termina hablándonos de nosotros mismos.

La relectura de todo gran libro justifica nuestra desmemoria. Así, cualquier día de tedio podremos tomar un libro de un anaquel, abrirlo al azar y dejarnos ganar lentamente por la trama y los personajes. Tal vez descubramos que nunca pudimos dejar de leer a Tolstoi.

*Autor
Gastón Navarro nació en 1979. Cursó la carrera de Ciencias de la Comunicación con la idea más o menos fantástica de que, entre la música y la literatura, mejor otra cosa. Se ha desempeñado como traductor, corrector y editor. En la actualidad prepara un libro de relatos y administra el blog: http://lachansonderoland.blogspot.com