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Notas acerca de las crónicas de Tolstoi: Sebastopol y La guerra y la paz…
Laura Estrin*

“Las batallas y los relatos de batallas, la guerra y el arte de la guerra y algunos escasos tratados consiguen, para su época, plantear el problema. Los ingenuos de otrora decían, al leer un libro: `es la vida misma´. Más adelante, otros sostuvieron que una cosa era la vida y otra la literatura. Pero ¿y si la vida es la literatura misma? ¿No podría quedar, no se sabe ni dónde ni cómo, escrita a cada instante de modo invisible, no percibida, no leída, no conocida?” (Pasión fija, Ph. Sollers)

“Se siente la crónica, pero no la vida” (J. Mekas, Ningún lugar adónde ir).

En “Algunas palabras a propósito del libro La guerra y la paz(1), Lev Tolstoi dirá: “1) ¿Qué es La guerra y la paz? No es una novela, menos aún un poema, menos aún una crónica histórica. La guerra y la paz es lo que ha querido y podido expresar el autor en la forma en que ha sido expresado. Tal declaración sobre el desdén del autor hacia las formas convenidas de una obra artística en prosa podría parecer presunción, si no fuera meditada y no tuviera ejemplos. La historia de la literatura rusa desde tiempos de Pushkin no sólo presenta muchos ejemplos de estar retirada de la forma europea sino que incluso no da ni un ejemplo de lo contrario. Comenzando por las Almas muertas de Gógol y hasta La casa de los muertos de Dostoievski, en el nuevo período de la literatura rusa no hay ninguna obra artística en prosa, que sobresalga un poco de la medianía, que se acomode completamente a la forma de la novela, el poema o el relato”. Tolstoi así desestima cualquier etiqueta para La Guerra y la Paz que se coloque por encima o por debajo de la forma novela. No disputa con los historiadores sino que da preeminencia a la más verdadera realidad del artista sobre la historia. El relato de historiador parece anterior al del artista pero no lo es, el historiador se ocupa de los ´resultados del suceso´ y el artista ´del suceso´. El comandante de artillería de Sebastopol dirá que al leer a Tolstoi encontró la descripción más fehaciente de los hechos: la mentira es necesaria en todos los discursos –anota Tolstoi-. Reacción inversa fue la de los comandantes con Caballería Roja de Babel. A Sebastopol es interesante contrastarlo con Babel, con Caballería Roja, la batalla que Tolstoi narra casi completamente, en Babel queda sesgada, dramáticamente absorbida por vidas interrumpidas por la guerra. Además, es la misma cuestión formal, genérica, la que los diferencia y, simultáneamente, los acerca: Sebastopol de Tolstoi en ruso se llama Sevastopolskie Rasskazy, es decir, Los cuentos de Sebastopol, mientras que Babel publicó su obra como novela… aunque esos relatos muy breves fueron primero crónicas en diversos diarios de la época…

Con La guerra y la paz confirmamos lo que Sebastopol deja ya suponer: La historia es incomprensible, es más grande que el hombre, es inhumana. Y a diferencia de otras crónicas multiformes como Viaje sentimental de Shklovski, tanto como la obra de Babel, en Tolstoi el combate mismo se repone en la superficie de la narración. La lucha cuerpo a cuerpo, las sensaciones ante la muerte en combate, lo que desfila ante la mente del hombre caído, la sensación de haber sido alcanzado por una granada. La descripción en detalle de una batalla, los efectos concretos en una ciudad concreta, en sus habitantes incrédulos. Aunque en todos ellos la naturaleza es índice comparativo y de compañía (olas del río / olas de soldados), funciona como frontera natural entre los enemigos: al otro lado del río, detrás de las montañas, en los bosques se establecen los ejércitos… “desde lo alto de una montaña vieron al enemigo” –dice La guerra y la paz-. Tolstoi escribirá un relato autobiográfico La incursión sobre su primera época en el ejército. Allí los oficiales hablan en francés y algunos llegan a decir: “¡Es un verdadero placer hacer la guerra en un país tan hermoso!”, estaban en el Cáucaso –naturaleza que también acompaña y de algún modo fundamenta Un héroe de nuestro tiempo de Lermontov, un singular libro que juega con las formas genéricas y también, un tanto, con la guerra-, casi a tres meses de viaje desde Rusia, de Iasnaia Poliana. Allí ya se esforzaba por transmitir y transponer esa rara felicidad y esa terrible infelicidad de la batalla tanto como la naturaleza. Estos fueron “sus artículos de soldado” –como los llamó Nekrasov-… publicados en la época en una revista del ejército, oficial, El inválido ruso.

Sin embargo, mientras estaba en el frente de Sebastopol, Tolstoi dirá en una carta: “No tuve la oportunidad de estar ni una sola vez en combate, ¡pero doy gracias a Dios por haberme permitido ver a estas gentes y vivir en un tiempo tan glorioso”.

Ganar la guerra es resistir. La guerra hace comprender la vida, “en el mundo no había nada terrible”. Paradoja, la guerra humaniza. Tolstoi, singular corresponsal de guerra, lector de Stendhal dijo deberle “el conocimiento de la guerra misma. La cartuja de Parma es el relato de la batalla de Waterloo en la más pura realidad”. Stendhal en Vida de Napoleón había notado: “Este libro, lo siento, presenta con demasiada frecuencia relatos de batallas; pero, ¿cómo evitar este desfile, si nuestro héroe ha empezado por ahí, si el placer de adquirir la gloria mandando a soldados y de vencer con ellos ha formado este carácter? Estos relatos de combates parecerán un poco menos desprovistos de interés, si queremos tomarnos la molestia de juzgar las ideas siguientes. Después de todo, se habla sin cesar de guerra en nuestras sociedades modernas…. En fin, en este siglo de universal hipocresía, las virtudes militares son las únicas que no pueden ser reemplazadas con ventaja por la hipocresía. El arte militar, si se quiere ser de buena fe y librarlo de las grandes palabras, es de definición muy sencilla; consiste para un general en jefe en que sus soldados se encuentren dos contra uno en el campo de batalla…”.

Napoleón repetía “Entonces como entonces” –dice Stendhal y lo define: “En resumen, era un hombre aparte”-. Y continúa: “Pero volviendo a las batallas, hemos presentado y casi siempre con las palabras de Napoleón, las batallas… Para ser explicada militarmente, una batalla exige cincuenta páginas; para demostrarla, por lo menos, claramente, hacen falta veinte. Es fácil ver que las batallas llenarían todo este libro. Además, todo lector tiene alguna idea de geometría… en los autores o en las memorias que se han tomado la molestia de comparar seriamente los boletines y las mentiras de los dos partidos el asunto queda claro”. Tolstoi en La guerra y la paz compara documentos…

En ese sentido, Tolstoi cuando finaliza “Sebastopol en mayo” escribe: “El héroe de mi relato, el héroe al que quiero con todas las fuerzas de mi alma, el que me he esforzado en reproducir en toda su belleza, que siempre fue y será admirable, es la verdad”. La censura lo consideró antipatriótico y se publicó el relato mutilado aunque Nekrasov le asegurara que su verdad, original para la literatura rusa de la época, no se perdería. La censura había dejado pasar sin grandes cortes “Sebastopol en diciembre” y así el público letrado estuvo en contacto con la realidad de esa guerra. Así también Turgueniev cae encantado por esta prosa, Tolstoi le había dedicado un relato, “Una tala en el bosque”, todavía con iniciales, recién con “Sebastopol en agosto” escribirá su nombre completo (Conde León Tolstoi) mientras una nota de la dirección del diario indicaba que Infancia y Adolescencia tanto como las anteriores entregas de las crónicas de guerra pertenecían al mismo autor que firmaba L.N.T… Además, había compuesto la Canción de Sebastopol, canción satírica de soldados, y una novela, Los decembristas, de carácter profundamente histórico…

Tolstoi escribiò La guerra y la paz durante seis años, lo hacía con una letra microscópica y la pasó en limpio 7 veces según sus biógrafos. El título fue tomado de Proudhon y lo encontró más tarde, su idea inicial había sido escribir una novela sobre la insurrección de 1825 y de sus oficiales exiliados en Siberia por Nicolás I, que regresaron recién en 1856. La obra finalmente concluía con los indicios del 14 de Diciembre de 1825, mezclaba figuras auténticas con las literarias… mientras que para seguir con el contraste, en Caballerìa roja Babel tenía pseudónimo y los personajes tenían nombre propio.

Las primeras entregas no despertaron fervor alguno (febrero de 1865), no había sido comprendido. El autor deseaba publicar en forma completa la novela que por entregas, fragmentos, se falseaba. Había pensado incluso en una edición ilustrada… El primer título había sido Todo está bien cuando termina bien aunque ya el anuncio en los diarios fue el de su forma definitiva. Usó documentos de la francmasonería rusa, manuscritos que aparecieron luego de 1825. También había querido traducir el Memorial de Santa Elena de donde tomó numerosos datos sobre Napoleón y en publicar una revista que se titularía No contemporáneo, cuyo objeto sería todo lo que no había tenido éxito en el XIX pero lo tendría en el XX…

Tolstoi sorprende hablando de detalles, insinúa saber una totalidad cuando sólo sabe sus detalles, el efecto de lo real: con las puntas de las botas de Alejandro o de la risa de Speranky construye el mundo. Al lado de las novelas exitosas de la época, de Dostoievski y Goncharov, Tolstoi no hablaba de los problemas que apasionaban a la opinión pública: liberación de los siervos, libertad de prensa, reorganización de tribunales, derechos de la mujer, reforma del gobierno… luego de los relatos de Sebastopol no había trabajado sobre ningún elemento del presente. Tampoco se sitúa dentro los géneros clásicos pero sí con una profunda conciencia de la representación literaria: “Tolstoi ha mostrado, en Guerra y paz, la gran diferencia que existe entre la batalla real, vivida minuto a minuto por los combatientes angustiados, casi inconcientes de lo que está pasando, incluso si se encuentran en la seguridad de un estado mayor, y la narración de esta misma batalla, dotada de orden racional y lógico por el historiador, que conoce todas las peripecias del combate y su resultado” –dijo Troyat-. Tolstoi pasaba a la novela todo asunto que lo preocupaba, volviéndose ensayista todo el tiempo: “he comprobado que un relato impresiona mucho más cuando no se sabe de qué lado está el autor” –anotó-.

Bajtín señaló que Tolstoi se valió en la descripción de la batalla de Borodino del punto de vista de Pierre, quien no la comprende pero bajo la influencia de Stendhal puede representarla –rara perspectiva del movimiento de Tolstoi-. También el teórico ruso señaló contrastivamente que “A diferencia de Dostoievski, en la obra de Tolstoi el cronotopo fundamental es el tiempo biográfico, que transcurre en los espacios interiores de las casas y haciendas de la nobleza… Tolstoi no valoraba el instante, no trataba de llenarlo con algo importante y decisivo; la palabra ´de repente´ aparece raras veces en él y nunca introduce hechos significativos”. Dificultades críticas evidentes que la traducción agiganta seguramente.

Mucho más tarde, La muerte de I. Ilich nació como diario y se convirtió en relato, transformaciones genéricas que también ocurrieron con Crimen y castigo que inicialmente fue pensada como el Diario de Raskolnikov. Tolstoi recurrió siempre a sus verdaderos diarios personales escritos en lengua campesina: “El frecuentar profesores conduce al detallismo, al empleo de palabras difíciles y a la confusión –decía- y el frecuentar a los mujiks a la concisión, a la belleza del idioma y a la claridad”. Tolstoi sólo abandona la escritura de sus diarios cuando trabaja, siempre desasosegado, sobre sus grandes novelas.

A lo largo de los años peregrinan a Iasnaia Polaina diversos personajes, Pasternak niño con su padre, quien hará más tarde su mascarilla fúnebre; lo visita Lombroso quien trata inútilmente de explicarle su teoría del hombre delincuente a la que Tolstoi responde: “Todo castigo es criminal”; Rilke junto a Lou Andrea Salomé quienes no le producen ninguna impresión pero asisten asombrados a una pelea del matrimonio Tolstoi.

Tosltoi se mantuvo siempre fiel a sus admirados de juventud: Stendhal de quien había aprendido a describir la guerra, de Hugo que creía que el arte servía a la humanidad, de Sterne y Rousseau, de Dickens, amigo de los humildes, de Maupassant al que defendió así: “Un talento verdadero tiene dos nombres: uno de ellos es la ética, y el otro la estética. Si el lado ético sube mucho, el de la estética baja, y el talento es contrahecho”. Extraño parecer para un autor que era acérrimo moralista. Maupassant fue el autor que tradujo y apasionó a Babel…

Puede pensarse que si en estas crónicas la guerra vuelta literatura abre la brecha entre la historia y las formas de su representación, el tema del testigo es uno de los principales: Tolstoi parece haber escrito Guerra y Paz presenciando las batallas napoleónicas… eso se discute en Vida y destino de Grossman, esa saga que recorre demasiado todo: “La idea, en su momento expresada por Tolstoi, según la cual es imposible cercar totalmente a un ejército, se basaba en la experiencia militar de su época. La guerra de 1941-1945 demostró, no obstante, que se puede sitiar un ejército, encadenarlo al suelo y envolverlo con un anillo de hierro. El cerco, durante la guerra de 1941-1945, fue una realidad implacable para muchos ejércitos soviéticos y alemanes. La observación de Tolstoi era indudablemente cierta en sus tiempos, pero como la mayoría de las reflexiones sobre política y guerra expresadas por grandes hombres no poseía vida eterna”. Luego dirá en ese recorrido novelesco tranquilizador, domesticador de tragedias que por eso mismo pierde mucho pie literario: “Un poco como Tosltoi: él dudaba, le atormentaba la cuestión de si la literatura sirve a la gente, si los libros que escribía eran o no necesarios”.

La guerra es el caos, objetos diferentes arrumbados, amontonados. Pero es un desorden calmo en la lente de Tolstoi, seguro casi, por el patriotismo y el heroísmo plasmados por esos rusos que allí combaten: “En efecto, uno se desorienta realmente la primera vez que penetra en Sebastopol. Se busca vanamente en los rostros señales de agitación, de espanto o de entusiasmo, o por lo menos de esa resolución de gente que se prepara a morir. No ve nada de eso, sino gente que se ocupa tranquilamente de su tarea cotidiana; hasta uno se acusa de ser demasiado exaltado y acaba por dudar de la veracidad de las noticias recibidas sobre la heroica defensa de Sebastopol”. Y allí comienza el “vaya y observe”, “entre y mire”, “sobrelleve” y el consejo: “Lo primero que hay que hacer, excelencia, es no pensar tanto; cuando no se piensa no hay nada… Todo el mal proviene de que la gente piensa demasiado”. Simultáneamente la crónica de Tolstoi tiene una primera persona fortísima: “Yo elijo…”, “Pienso que yo también me hallo en Sebastopol”.

Con Tolstoi se ve que la vida es, sobre todo, inestable. La guerra lo interrumpe todo e ir a ver es entender, hay una grandeza que se ignora y que allí se ve patente como la simplicidad y la obstinación como rasgos principales de los rusos, sus fuerzas obsesivas. Y se presencia, además, su representación directa, la transposición de estas crónicas: “Ud no verá la guerra bajo el aspecto regular, seductora y brillante con acompañamiento de música y tambores, con la bandera desplegada y generales que galopan, pero sí la guerra bajo su forma real, de sangre, de sufrimientos y de muerte (…). Solamente ahora esos relatos han dejado de ser una bella leyenda para llegar a ser una real descripción de hechos”.

Para Tolstoi la guerra es mirarse, analizarse. Y la guerra tiene sonidos naturales: las balas semejan el silbido de las serpientes o el zumbido de las abejas, y allí recordamos Volynia de Caballería roja donde para Bábel… no quedan más abejas… Para Babel la guerra tal vez había sido “un fracaso con música”.

El de Tolstoi es casi un relato cinematográfico que va avanzando siempre hacia el centro de la batalla… El capítulo puede comenzar en el inicio de un día ajetreado en la ciudad, un día común y termina con un vals donde se mezclan cañonazos: la mezcla, la Biblia y las balas en la obra de Babel, y la caída de la tarde en ambos. El tiempo de una jornada abre y cierra el primer capítulo de Sebastopol.

Luego, las diferentes perspectivas de la batalla: “el soldado herido considera el combate perdido y sangriento”, si el miedo lo cubre no hay otra visión, el acostumbramiento cambia la visión, “miraba de otra manera”: el extrañamiento que trabaja Shklovski a partir de Tolstoi es evidente, no hay teoría más allá de la propia, apropiada literatura. Y, al final, Tolstoi duda, pone en entredicho dónde están los buenos y dónde los malos en esa guerra… Los buenos de la revolución serán el suplicio de Babel… El héroe es la verdad entonces, que clama entre signos de admiración… Y el saber de la guerra: uno aprende dónde y cómo cae una bomba –dice Tolstoi-, en la guerra que retrata Babel el judío que es secretamente él mismo, no sabe matar.

La guerra lo cambia todo, la temporalidad queda desacompasada. Un mes dura un año, una jornada –lo dijimos-, una batalla. Y el clima que siempre acompaña: el viento trae los ruidos de los fusiles como una lluvia.

Shklovski dice que “El punto de vista del propio Tolstoi es analítico. Él quiere entender qué es el coraje, para qué pelea la gente, por qué va a la muerte…. El principio analítico es un método acostumbrado de Tolstoi de aquella época, por ejemplo una de las variaciones de ´La Tala del Bosque´ comienza con el análisis de la conducción de la guerra en el Cáucaso: ´En el Cáucaso existen tres tipos de guerra: incursiones; asedio de las fortalezas, o más bien de las aldeas reforzadas; y la construcción de las fortalezas en el territorio enemigo´” y agrega: “Tolstoi no ofrece la imagen de los acontecimientos (en sus obras más grandes), sino su análisis. Sus ensayos se adjuntan a los esbozos fisiológicos de aquel tiempo, es decir a los trozos descriptivos de los relatos y ensayos de Marlinski, Dal y Turgueniev, bosquejos de Nekrasov, pero van más lejos preparando el amplio análisis de la novela realista” (2). Y Tolstoi lo sabe: La guerra no es justa. El estado del ejército de los últimos zares era pésimo, sin pertrechos, diferente al de la época de Napoleón en que podía homologarse el ruso a cualquier otro ejército europeo: Las batallas comenzaban bien y terminaban fracasando. El asunto consistía en la mala composición de alto comando; incompetencia en el manejo de los mapas y en el mal aprovisionamiento del ejército. La dilapidación de los fondos estaba oficializado. En Sebastopol para recibir de la tesorería el dinero que correspondía a sus regimientos, los comandantes tenían que dar coimas hasta del 8% de la suma. Eso nos recuerda Shklovski.

Pero Tolstoi no deja de anotar: Sebasopol es hermoso y es triste. El sol se pone detrás de las baterías de los ingleses. El 26 de noviembre del año 1854 escribe en una carta: “El teniente Titov salía con dos piezas de artillería de montaña de un cañón y de noche disparaba a lo largo de las trincheras enemigas. Dicen que desde las trincheras se oían unos lamentos tan fuertes que esos sonidos se escuchaban en el tercero y en el quinto baluarte. Parece que yo también desapareceré pronto. No puedo decir, si lo deseo, o no”. En un párrafo habla de los irreprochables guantes blancos del oficial que camina por la calle, en otro del rostro del marinero que fuma y del rostro de una muchacha, que “temerosa de mojar su vestido rosado, cruza la calle saltando de piedra en piedra”. Es un mundo diferente pero paralelo el de la crónica de guerra. Tolstoi en “Unas palabras con respecto al libro “La Guerra y la Paz” recuerda algunos apuntes que había tomado en otros tiempos: “Lamento que no hice copias de estos informes. Era la mejor muestra de aquella ingenua, necesaria mentira militar de la que se arman las descripciones”.

Puede de todos modos decirse que la guerra concluye pero a la estepa no llega aún el silencio verdadero: los gritos, los gemidos, los insultos y los pesados ruidos de las batallas atraviesan la tierra siempre porque permanecen en las crónicas.

Eichenbaum afirma que La Guerra y La Paz tiene su origen en la literatura de memorias. Shklovski suponía en cambio un trabajo con la metonimia, el sistema de los detalles, un procedimiento sobre las proporciones. Tolstoi, según sus propias palabras, aprende de Pushkin “la correcta distribución armónica de los objetos”. Mereshkovski recuerda el diálogo entre dos personajes de Tosltoi: “Poseéis una cualidad sorprendente: la franqueza” -dice Nekliudov a Irteniev. -“Sí -responde Irgeniev no sin secreta alegría- las cosas que digo en voz alta son precisamente las que me avergüenzo de confesar”. El teórico simbolista también aseguró que Tolstoi muestra que lo sensible es histórico pero su presentificación histórica es justamente una actualización, Sebastopol, Ana Karénina y La Guerra y la Paz están ubicados en el fin de siglo XIX y no en sus principios como dicen las mismas historias. Sus detalles son tal vez intercambiables, muestran todos la misma época porque Tolstoi transporta su tiempo al nuestro -dice Mereshkovski en una lectura contemporánea al autor-.

Flaubert cuando Turgueniev le da a leer Guerra y paz halla el paralelo que tiene toda la obra de Tosltoi: historia y ensayo, o moral, o verdad… pero sus crónicas muestran que cuando la campaña finaliza en derrota Tolstoi se propone sólo escribir, quizá porque nadie y menos él dudan del vaivén de la valoración: todos se consideran triunfadores, todos pierden las guerras… Los franceses llamaban “victoria del Moscova” a lo que los rusos denominaron “victoria de Borodino”.

Quizá la lucha entre observar y escribir, la que llevan a cabo las crónicas literarias, es decir, esta enorme literatura rusa, se resuma en la carta que Turgueniev le escribe a Tolstoi antes de morir, el 28 de junio de 1883: “No puedo curar y es inútil pensarlo. Le escribo solamente para decirle qué orgulloso estoy de haber sido su contemporáneo y para hacerle un último pedido. Amigo mío, vuelva a su trabajo literario… Amigo mío, gran escritor de la tierra rusa, escúcheme…”.

Notas

(1) Traducción de Omar Lobos inédita.

(2) Afirmaciones que pertenecen a la biografía crítica de Tolstoi compuesta por Shklovski de próxima aparición en España traducida por Irina Bogdaschevski.

*Autora
Laura Estrin (1967) publicó el ensayo César Aira. El realismo y sus extremos (1999), sobre R.Rojas y E.Pezzoni (Políticas de la crítica, 1999), sobre E.Wilde y H.Murena (Historia del ensayo argentino, 2003). Escribió sobre A.Gerchunoff y C.Mastronardi (Literatura Argentina del Siglo XX, Tomo I y III, 2007). Escribió el ensayo “El viaje del provinciano” que incluye estampas de Zelarayán, Steimberg, Uhart y Raschella de reciente aparición en Las políticas de los caminos. Prologó y seleccionó los poemas de Simbolistas rusos (2006), Tres poemas (2006) y El cazador de ratas de M.Tsvietáieva (2007), preparó la introducción al Tolstoi de V.Shklovski y la de una antología de textos en prosa de Jlebnikov, ambas para la editorial Casus Belli de España. Ordenó y prologó Lata peinada de R.Zelarayán (2008). Escribió Álbum (2001), Parque Chacabuco (2004) y Alles Ding (2007). Trabaja en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) desde 1992 en Teoría Literaria III y desde el 2003 en Literaturas Eslavas.