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El artificio en cuestión
La relectura restiana de los relatos de Tolstói
Maximiliano Crespi*

En octubre de 1978, con motivo de celebrarse el siglo y medio del nacimiento de Lev Nikoláyevich Tolstói, más conocido como León Tolstói, Punto de Vista pidió a Jaime Rest un texto conmemorativo. El excéntrico crítico argentino respondió el envite de un modo singular, entregando a los editores de la revista un texto sutil en que la reflexión sobre la narrativa tolstoiana se convierte en excusa oportuna para ensayar en torno a las posibilidades y límites del relato como género.

“Relectura de Tolstói” (Punto de Vista, Año 1, N° 4, nov. de 1978) es uno de los últimos textos entregados por Rest para publicar. Es parte de un prólogo introductorio a una selección de relatos del escritor ruso que el mismo Rest había preparado y que aparecería bajo el sello de Ediciones Librerías Fausto a principios del año siguiente pero que, por razones no del todo claras, fue postergada –y luego definitivamente descartada– por la editorial. En ese sentido, la nota es coherente con las preocupaciones que acapararon el interés de la última etapa del proyecto crítico restiano: una serie de trabajos que tiene por objeto interrogar los modos de producción de sentido a través del dominio, la conciencia y la puesta en práctica de complejos procedimientos narrativos. Rest trabaja desmontando esos procedimientos, descubriendo sus operaciones, subrayando su artificio sobre todo en aquellos momentos en que se pretenden naturalizados en el horizonte de la cultura.

Con economía inglesa, en no más que una página, Rest, hijo de inmigrantes judíos rusos de Kiev, recupera al escritor nacido en Yásnaya Poliana (provincia de Tula) en el seno de una familia perteneciente a la más antigua nobleza rusa, no ya como uno de los fundamentales cultores de la novela del siglo XIX, con los ejemplos memorables de Guerra y Paz (1865-1869), Ana Karénina (1875-1877) y Resurrección (1899); sino, al contrario, por su modernidad literaria, al reconocer en esos textos una auténtica “consciencia de sí” del género novelesco –que es, al mismo tiempo, una conciencia de sus potencias y de sus límites–, por su carácter precursor de algunas de las más intensas experiencias narrativas del alto modernismo surgido en la primera mitad del siglo XX.

Corre 1978. Se respira aún en el ambiente un aire entre triunfalista y heroico promovido por el monumental despliegue de un relato épico nacionalista, construido y difundido por la última dictadura militar alrededor del Mundial de Fútbol “Argentina '78”, pero consentido, aprobado y hasta cierto punto celebrado por una porción no menor de la sociedad argentina. En ese contexto, Jaime Rest, que viene de recibir continuas amenazas por parte de la Triple A durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, que ha visto en 1976 la paradójica prohibición de Tres autores prohibidos y a quien ese mismo año la dictadura le ha abierto una causa judicial (bajo la Ley 20.840) por “Actividades subversivas”, se elige desconfiando de los textos legitimados [consagrados], sobre todo porque desconfía de los modos de legitimación. Propone leer los “otros relatos”, es decir, aquellos en los que cree posible reconocer el intento de una “incisiva disección de una sociedad en la que el encubrimiento y la simulación se han convertido en exitosos sucedáneos de autenticidad moral y de espíritu crítico”, pero que también –y al mismo tiempo– permiten pensar el carácter artificial de los relatos [sociales, literarios] y finalmente poner en cuestión hasta qué punto también la monumentalidad de los relatos se rige por una preceptiva que apuntala un verosímil alrededor del cual esos relatos se establecen no sólo como posibles sino también como efectivos y hasta cierto punto deseados.

Frente a esos relatos, que extraen su valor en gran medida de la extenuada repetición [lógica impositiva de la Doxa] del relato monumental de la Cultura y no de su actualidad, Rest piensa a Tolstói en la multiplicidad de esos relatos “menores” que aquellos relatos espectaculares [legitimados] parecen marginar pero que tienen y mantienen, como diría Deleuze, un linaje subterráneo con experiencias narrativas como las de Michel Butor, Alain Robbe-Grillet o Samuel Beckett. El ciclo de nouvelles y cuentos tolstoianos señalados por Rest como merecedores de una revisión crítica pasa por La vestisca (1856), La sonata a Kreutzer (1889), El diablo (póstumo, 1911), El padre Sergeii (1898) y La muerte de Iván Ilich (1886). En esos relatos “menores” de Tolstói sugiere “intentar una relectura de nuestros días”, ya que son ésos y no los consagrados los que traducen más intensamente los signos de “nuestra plena actualidad”. Siendo ellos mismos “modelos de concepción artística”, revelan otros “niveles de significación” y en ese sentido traducen una “singular agudeza” a la hora de presentar un “enfoque de la existencia humana”, cuya “vitalidad resulta sorprendente”.

Como el joven Barthes que, siguiendo la notación de Thibaudet, recupera a los grandes Autores Clásicos a través de sus “obras-límite”, aquellas en que ellos mismos han depositado (acaso inconscientemente) el secreto y la caricatura de su propia creación [sin dejar de sugerir la obra aberrante que no escribieron y que acaso hubiesen deseado escribir], Rest se sale del canon tolstoiano y de algún modo señala indirectamente hasta qué punto ese canon es un relato cuyo verosímil responde a una lógica histórica de lectura [que se articula sobre la “realidad” de los relatos sociales] y que coincide con intereses sostenidos sobre posiciones acríticas respecto de los relatos y sus lenguajes.

Rest usa a Borges para dejar en evidencia el carácter potencial de los relatos, aduciendo que se trata de textos nunca definitivos sino en la actualización que el lector hace de él a partir de la experiencia del mundo y la literatura. Teje [restablece], a contrapelo de lo predictible, los vínculos formales entre las nouvelles tolstoianas y los textos de Watt (1945), Molloy (1951) o El mirón (1955), La celosía (1957) o La modificación (1957). Atento lector del formalismo ruso pero también de la Escuela de Frankfurt, Rest descubre [imagina] vasos comunicantes entre los textos tolstoianos considerados “menores” y las técnicas narrativas exploradas por aquellos escritores cuya obra sigue funcionando a manera de negatividad radical respecto del texto de la Cultura. Subraya el artificio de la formulación “objetiva” de los sucesos presentes/ausentes en los relatos, los recursos a un narrador protagonista “innominado” [la mágica incertidumbre de lo desconocido], “el efecto calidoscópico de la historia” presentada o sesgada en el relato [“los trineos que aparecen y desaparecen en medio de la tormenta”] o la construcción fragmentaria del relato en que están deliberadamente excluidas “explicaciones iniciales y finales acerca de la procedencia, destino y propósito de la historia”.

Vista retrospectivamente, la reflexión restiana en torno a La muerte de Iván Ilich resulta realmente impactante. La densidad con que Rest piensa el acontecimiento de la muerte [a través de la nouvelle tolstoiana] sorprende además por su lucidez, su precisión y su deliberada ausencia de patetismo, teniendo en cuenta que desde hacía años Rest arrastraba una cruel enfermedad que acabaría por vencerlo apenas meses después de la aparición de esta nota. Es claro que si la exploración de la incertidumbre y el contrasentido planteados en el relato tolstoiano remiten a autores posteriores como Franz Kafka o Albert Camus, para Rest, la forma en que la narración examina el advenimiento de la muerte “no pretende consolar al lector con simplificaciones fáciles o vanamente alentadoras: la muerte es un enigma irremediable, una suerte de deslumbramiento en que naufraga cualquier esperanza que se abrigue, convertida en desesperado manoteo en el vacío”. Tolstói pone al descubierto la inutilidad de las “promesas o vindicaciones de especie alguna”, al momento de ese “salto al abismo” que entraña el fin de toda existencia. En ese sentido, cuanto se ha escrito respecto al enigma de la muerte no llega más que al umbral señalado por Tolstói en ese relato: “nada –escribe el crítico argentino– exhibe tal lucidez y precisión al evocar el desamparo que circunda tantos afanes, nada habla en términos tan inequívocos del absurdo en que transcurre esta agitada espera que denominamos vida”.

En resumen, Rest presenta un Tolstói crítico y ciertamente problematizador del modo clásico [hegemónico] de producción del relato. Estos textos proponen un quiebre de la visión unilateral, homogénea y espectacular de la historia [contenida en el relato], cuestionan radicalmente toda objetividad supuesta y todo privilegio o inocencia en el punto de vista señalando su artificio a partir de un modelo de relato que deliberadamente se sustrae a las miserias de la explicación porque reconoce su carácter potencial y el lugar activo del lector a la hora de su actualización.

Al igual que Tolstói, Rest tiene en claro que ni en la literatura ni en la sociedad hay relatos inocentes. Cada uno guarda, cual carta robada, su propia verdad. En lo que a la literatura respecta, la verdad política de los relatos es su verdad estética. Y la verdad estética es siempre una verdad formal, una verdad técnica, procedimental: la verdad de su artificio. Los relatos tolstoianos dan pues la pauta de un narrador consciente de la verdad política de la literatura; un narrador que pone al lector en la encrucijada de producir [actualizar] el relato desplazándolo de la posición pasiva en que la colocan los formatos oficiales de la cultura, y poniéndolo en situación de producir sentido y no meramente de aprehenderlo.

*Autor
Maximiliano Crespi (Oriente, 1976). Es escritor, ensayista, investigador y docente. Ha publicado Grotescos (Ediciones de Barricada, 2006) y El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (17grises editora, 2009). Prologó la reedición de El laberinto del universo. Borges y el pensamiento nominalista de Jaime Rest (Eterna Cadencia, 2009) cuya obra crítica investiga actualmente en el marco de CONICET. Su Blog [http://maxicrespi.blogspot.com].