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Un retrato de Tolstói
Sofía González Bonorino*

Cuando comencé a leer a los rusos, en el ocaso de mi niñez, sentía que el paisaje inmenso, la tierra virgen, cierto salvajismo… todo, en esa geografía, me resultaba familiar. En Santa Cruz, antes de que la nieve nos aislara del resto del mundo, mis hermanas y yo leíamos por primera vez esas novelas incomparables que, a mis espaldas, iban moviendo, sutilmente, los hilos de mi visión. La realidad dejaba de ser ese espacio familiar y previsible, para convertirse, de pronto, en un ámbito pleno de extrañeza. Durante aquellas largas horas de lectura, bajo el tibio sol del invierno patagónico, un oscuro proceso, una alquimia misteriosa, un movimiento enloquecido de células y de sílabas iban creando un mundo nuevo, en el que los peones en sus ranchos, la soledad, el frío, las cabalgatas por el cañadón cercano a casa, el viento y el silencio, se confundían con las estepas heladas de Siberia, las montañas del Cáucaso, los mujiks, la vodka, el analfabetismo, las tormentas de nieve.

Lazos de parentesco que la imaginación establece, de una vez y para siempre.

Tengo un sueño. Ir a Yasnaia Poliana, la casa de León Tolstói.

Iré a Moscú primero. En la calle Prechístenka, bordeada de fastuosos palacios, se levanta el Museo Tolstói. Es un edificio pequeño, de principios del siglo diecinueve, con columnas blancas en el pórtico. Un poco más adelante, el palacio construido en 1903 por Iván Morózov, célebre coleccionista de arte ruso. En su interior, se encuentra la famosa habitación de acero, creada por el comerciante moscovita para proteger su invaluable colección de pintura impresionista. Desde 1921, alberga el archivo Tolstói. La casa del escritor estaba cerca, frente al Monte de los Gorriones. A partir de 1880, dejaba Yasnaia Poliana y se trasladaba los inviernos a Moscú con toda la familia, cuando los hijos varones debían empezar sus estudios académicos y había que presentar en sociedad a las mujeres. Dejaban atrás el campo, sus tutores franceses y alemanes, sus cacerías, sus comidas al aire libre.

Yasnaia Poliana quiere decir, en ruso, “llanura luminosa”. Fue adquirida en 1763 por María Volkonsky, la bisabuela de Tolstói. Luego, su abuelo, el príncipe Volkonsky, construyó la residencia principal, donde vino al mundo el escritor, sobre un diván de cuero verde que conservó siempre, en su estudio.

Nació el 28 de agosto de 1828. Pertenecía a la más antigua nobleza rusa. Su padre se llamaba Nicolás Ilitch, conde Tolstói. Su madre, María, nacida princesa Volkonsky. Era una mujer refinada. Amante de la música, conocía los secretos del piano que tocaba, cada día, en el salón familiar. Tenía conocimientos de álgebra y de matemáticas, hablaba a la perfección inglés, francés, alemán, e italiano y, además, dominaba lenguas muertas. Escribía bellos poemas. Fue modelo, seguramente, de la princesa María Bolkonsky de Guerra y Paz: personaje tímido, de una sensibilidad extrema, pero sólido, hecho de la materia de sus antepasados, con el que Tolstói no tiene la mínima piedad y que, desde las sombras, opacada por la fuerza de su hermano Andrés o del sanguíneo Nicolás Rostov, deslumbra por su nobleza, por su lealtad, y por la belleza seductora de esa extraña femeneidad que sólo la mano de Tolstói pudo crear. Es, creo, uno de los personajes más fascinantes de Guerra y Paz, con su sufrimiento callado, su humildad, el fuego de la pasión de vivir, que la quema, sofocado por un sentido estricto del deber y la tradición y, sobre todo, personaje inolvidable por esas ansias de infinito que la caracterizan y que, sin duda, son las del escritor. Hay algo que no es lo que quiero y me siento dolorosamente insatisfecho con algo. Creo que es la vida. Quisiera morir. (Diario, 1894)

La madre de Tolstói murió joven, cuando él tenía tres años. El escritor nunca la olvidó.

León pasó su infancia en su casa de Yasnaia Poliana, a ciento ochenta kilómetros al sur de Moscú, en la provincia de Tula. En 1837 murió su padre, y el escritor, con nueve años, heredó la propiedad, con sus ochocientas hectáreas, y sus doscientos siervos. Amaba con exclusividad esta hacienda legada por su madre, la casa con su gran biblioteca de volúmenes europeos, su parque inmenso, sus lagos, su aldea. En 1852 escribió: No la vendería por nada del mundo. Es la última cosa de la que estaría dispuesto a separarme. Pero en 1855, en aquellos años juveniles de despilfarro y libertinaje que nunca se perdonó, perdió su propiedad en una partida de cartas. Intentó lo imposible para evitar desprenderse de ella. Se deshizo de sus otras once haciendas con sus siervos, sus depósitos de madera, y sus caballos. Pero la suma no alcanzaba para saldar las deudas de juego. Confesó en su diario: Creo que no tiene sentido escribir, estoy tan asqueado conmigo mismo que me gustaría olvidar mi existencia.

Compra, con el dinero que gana como escritor, parte de la propiedad perdida. Hoy, alrededor de trescientas personas la visitan por día. Casa-Museo, Yasnaia Poliana es dirigida por Vladímir Tolstói, un descendiente del escritor que se ocupa de conseguir fondos necesarios para mantenerla en buen estado.

Sueño con los ojos grises de Tolstói, con su mirada penetrante, sus manos curtidas. Su vitalidad es asombrosa. A su lado, el hermano mayor, Nicolás, a quien él tanto admira por su bondad, su distinción y su belleza, yo soy espantosamente feo, parece un fantasma. Es poderoso en su fuerza. (Increíblemente, Tolstói, en ruso, significa “macizo”). Con una sola mano es capaz de levantar ochenta kilos. Siempre joven, aprende a andar en bicicleta a los setenta años. Odia la muerte. Y sin embargo, fue un valiente. En las trincheras su conducta le valió el reconocimiento del zar. Luchó contra los turcos en Constantinopla, luego en el Cáucaso. Participó en la guerra de Crimea. El Cuarto bastión, donde sirvió Tolstói, era el lugar más peligroso de la defensa de Sebastopol. Ya teniente de artillería, escribirá, Relatos de Sebastopol. Inolvidables novelas saldrán de aquellos años de soldado. Infancia, adolescencia y juventud, Los cosacos, Hadji Murat.

A los veintiséis años ya tiene un lugar en el mundo literario. Los Relatos de Sebastopol causaron sensación. Por primera vez, la gente en las ciudades leía lo que pasaba en el frente de batalla. Tolstói, con los sentidos siempre alerta, los mutilados gimiendo y los borrachos cantando, rodeado de cadáveres o de soldados que mañana, cómo saberlo, caerían bajo un golpe de mortero, escribe, de noche, envuelto en una manta, cuando la paz toma el campamento y el frío enmudece al moribundo. Escribe la guerra. La arranca del tiempo y la vuelve Acontecimiento.

El escritor sufre por la ignorancia en la que vive sometido el pueblo.

Funda, en Yasnaia Poliana, una escuela con un revolucionario método pedagógico. Se consagra a la educación de los niños humildes.

En 1856 propone la libertad a sus siervos. Adelantándose al fin de la servidumbre proclamada por el zar Alejandro II en 1861. Trabaja junto a los mujiks como uno más en las faenas del campo. (“El barín está loco”, decían los campesinos, que no podían entender que el amo quisiera ser como ellos) Tolstói aspira no sólo a vivir como pobre, sino a morir como mueren los humildes. (Ellos seguro mueren bien: la muerte simple del cochero en Tres muertes).

Sólo en Yasnaia Poliana era capaz de encontrar “el sentido básico de la vida”, fundamental para él, que huía de las ciudades, ese invento de los ricos para divertirse. En la casa familiar, escribió dos de sus grandes obras: Guerra y Paz, y Anna Karénina.

Encadenado a su riqueza, padece la miseria, las injusticias sociales imperantes en la Rusia de su época. Todo le parece un lujo, hasta la literatura. En Resurrección, una obra que escribió superados los setenta años, aparece el predicador, el moralista. Pero aunque que él la juzga “mala, desmañada”, la novela es un milagro: perfecta, escandalosamente transgresora.

A pesar del rechazo a su clase, nunca dejó de pertenecer a ella. No se atrevió, como su hermano Sergio, a casarse con una gitana, ni pudo imitar a Mítenka, el hermano que murió joven, tuberculoso, acompañado, como un personaje de Dostoievski, por la misma prostituta con la que, algunos años antes, en la noche moscovita, perdió su inocencia empujado por amigos libertinos. La mujer era vieja, sucia, la cara deformada por la viruela. Dmitri le fue leal hasta el fin.

Tolstói nunca pierde de vista los valores para él supremos: libertad e igualdad. Intenta reparar lo que no tiene remedio, excepto, sostiene, en una sociedad verdaderamente cristiana. Se siente responsable de la miseria que lo rodea. Y no espera que la solución venga de un determinado sistema de gobierno. El cambio, para él, es individual. Se trata del hombre y su conciencia. Participa activamente junto a su familia en la terrible hambruna que asola Rusia en 1891 y 1892. Dedica su tiempo, con la pasión que lo caracteriza, a organizar programas de socorro, recolectar comida, dinero, escribir artículos en periódicos rusos y extranjeros alertando a la opinión pública y al mundo sobre la situación extrema que estaba pasando su país. La obra más importante de aquellos años fue La Sonata a Kreutzer, prohibida por la censura.

En la mitad de su vida, Tolstói atravesó una crisis que muchos suponen mística. Se desencadenó, dicen, en la noche de Arzamas, cuando estaba en la plenitud su vida. Acababa de terminar Guerra y Paz. Es el otoño de 1869. “Se entrega a largas y penosas meditaciones”, escribe Sofía Andreiévna, su mujer. “A menudo dice que su cerebro le hace mal, que es el centro de un trabajo doloroso, que todo ha concluido para él, que la hora de morir ha llegado”. Es cierto que Guerra y Paz, como él mismo confía a su amigo el poeta Fets, no había sido inventada sino arrancada de sus entrañas. Tolstói había gastado un caudal de energía enorme. Luego de entregar la última parte de la novela, sufre su primer crisis aguda. La conciencia de que en algún momento todo terminaría para él, se le hace insoportable. Supo con claridad que nada, absolutamente nada, le garantizaría la eternidad. Ni siquiera su escritura. Ante la certeza de que la vida no tenía sentido, meditaba en la gloria que le proporcionarían sus obras. Muy bien, serás más famoso que Gógol, Pushkin, Shakespeare, Molière, y todos los escritores del mundo ¿y después qué? ”, escribe en Confesión. La nada se le imponía. No había respuesta para su pregunta. Su percepción de la muerte y su angustia crecían. Tolstói cayó en una profunda depresión. Aquel septiembre de 1869, lejos de casa, de los hijos, de Sofía, en una posada infecta al costado del camino a Samara, la Muerte se le apareció, incorpórea. Su aliento helado le rozó la nuca y el escritor supo que era Ella.

Desde Saransk, el 4 de septiembre, escribe a su mujer: ¿Cómo están tú y los niños? ¿No les ha pasado nada? Por dos días me he atormentado por la inquietud… En Arzamas, sentí algo extraordinario. Eran las dos de la mañana, estaba muy fatigado, tenía sueño, no sentía ningún malestar. De pronto, me sentí poseído por una gran tristeza, un miedo, un espanto tal como nunca había sentido antes. Ya te contaré los detalles más tarde.

La noche de Arzamas quedó plasmada en el Diario de un no loco.

Vivió obsesionado por el miedo a la muerte. Todas las mañanas, en su diario, escribe: sigo vivo. Y al acostarse, al fin del día, anota: si mañana sigo vivo. A veces, inmerso en el trabajo creador, se pregunta si realmente moriría, si una cosa tan horrible sería, en verdad, inevitable. Escribe, se resiste a dar un fin a la trama. Sus finales son abiertos, y muchos de ellos ya prefiguran la escritura siguiente.

Una mañana de 1873, paralizado con el comienzo de una nueva novela que tenía en mente, encontró un libro de Pushkin en el cuarto de los niños. Estaba abierto en la primera página. Leyó: “La víspera de la fiesta los invitados comenzaron a afluir”. Según su biógrafo Porché, esta manera abruta de abordar un tema sin explicaciones preliminares, saltando directamente a la acción, lo sorprendió tan vivamente que se retiró de inmediato a su gabinete y lanzó al papel el comienzo de Anna Karénina.

Tolstói no miraba con los ojos. Miraba con todo el cuerpo. Por eso fue el escritor que fue. Se transformaba, al escribir, en parte de ese enorme Todo logrado fragmentariamente, donde el comienzo puede ser el fin y donde el tiempo fluye por un espacio sin límites en el que las voces surgen y se apagan, los cuerpos crecen y mueren, los árboles se alzan poderosos, y caen, de repente, bajo el hacha hambrienta del campesino o la lujuria del señor.

El movimiento de la vida, en sus manos, es infinito.

En Zen en el arte del tiro con arco, Herrigel afirma que para ser un verdadero maestro de tiro de arco, no basta dominio técnico. Se necesita rebasar este aspecto, para que el domino se convierta en arte sin artificio, emanado del inconsciente. “En el arte del tiro al blanco el arquero y el blanco dejan de ser dos objetos opuestos y se transmutan en realidad única. El arquero ya no está conciente de su yo, como un individuo cuya misión es acertar el blanco. Pero a ese estado de no- conciencia llega sólo si está enteramente libre y desprendido de su yo”.

El arte de olvidarse de uno mismo: Tolstói lo alcanza en la escritura. ¿No es acaso una manera de ganarle a la muerte?

Cuando Tolstói escribe, él es sus personajes: hombres, mujeres, caballos, montañas, árboles, valles. Pero, al mismo tiempo es otra cosa. La escritura resuelve sus contradicciones. Le da, en cierto modo, el único quizá, paz. Lo trae al Presente, una y otra vez, a ese tiempo en el que respira el Zen: un tiempo que permanece, donde la muerte no tiene cabida.

Después de su gran crisis, Tolstói no volvería a ser el mismo. Escribe Mi religión. Sienta los fundamentos de su credo. El profeta ha desplazado, por el momento, al artista. Se resiste a escribir literatura. Turguéniev le escribe desde su lecho de muerte, aquella carta conmovedora que es como un grito: “Amigo mío, vuelva usted a su trabajo literario!” Tolstói piensa en otra cosa. Es como si en la literatura sospechara una pura vanidad. Aspira a una vida despojada. Reniega de sus privilegios. Renuncia al tabaco, al alcohol, se hace vegetariano. Se deja crecer la barba, no se corta el pelo, se viste con largas camisas de lino burdo, igual que los campesinos.

Predicó la no violencia, la no resistencia al mal que luego tomó Gandhi para elaborar su pensamiento. Sin quererlo, fundó una doctrina, el tolstoísmo. Rechazaba los partidos políticos, la simple existencia del Estado, de la Iglesia y de todas las instituciones.

En 1901 fue excomulgado por el Santo Sínodo. Pronto tuvo seguidores en toda Rusia. Se decía: “Rusia tiene dos zares”.

Con los años, se profundizan los desencuentros conyugales. Tolstói se queja: Sofía nunca fue capaz de la austeridad de una campesina. Los hijos están demasiado apegados al confort, a los excesos. Se reprocha a sí mismo la blanda comodidad en que pasa sus días. Luego, se hunde en un silencio doloroso y compasivo. La vida que lleva, que su familia lo obliga a llevar, se contradice con sus convicciones. Su ideal es vivir en un izba, sin sirvientes. Por consideración a su mujer, a sus hijos, soportó esa vida de señor, que tantos conflictos le traía. Si uno quiere algo, tiene que conseguirlo por sus propios medios, sostiene. El hombre no debe usar al hombre. Rechaza el consumo, porque detrás de cada objeto que se adquiere, hay alguien que está trabajando para mí. Aprende a confeccionarse sus propios zapatos, bajo la mirada angustiada de ella, que no se deja convencer. Sofía defiende sus costumbres, su educación, su vida en sociedad, el futuro de sus hijos.

Converso con él, en el insomnio patagónico, el viento rondando los techos de mi casa. Las persianas golpean con furia y parece como si fueran a romperse. Hacía frío aquella noche. Un Tolstói de ochenta y dos años siente, en medio de su sopor, cómo la puerta de su dormitorio se abre, y una persona, en puntas de pie, atraviesa el cuarto, pasa junto a su cama, y entra al escritorio. Es Sofía Andreiévna. El 23 de septiembre, hace apenas dos meses, acaban de cumplir cuarenta y ochos años de casados.

Tolstói se finge dormido. Escucha, con el corazón oprimido, cómo la intrusa revuelve sus cajones. Busca su diario, papeles, documentos. Y es que ella ya perdió por completo el dominio de sí misma. Su marido amenaza quitarle todos sus derechos, hasta los literarios. Los terrores de Sofía están fundados. El testamento último de Tolstói, redactado en secreto, seguramente presionado por el siniestro Chertkov, es implacable: deshereda a su mujer y a sus hijos ofreciendo su obra a la humanidad.

Sofía Andreiévna, esa que cada noche, durante su larga vida en común, además de haberle dado trece hijos, manejar la hacienda, ser el alma de la casa, atenta a cada detalle, con su vestido blanco y el manojo de llaves colgando de la cintura, reina indiscutida de Yasnaia Poliana, pasaba en limpio lo que León había escrito por la mañana. Lo principal es que amo su obra literaria, la admiro, me conmueve, escribe a su hermana Tania. Y refiriéndose a sus escritos pedagógicos: Los desprecio y ni siquiera puedo fingir que me interesan en lo más mínimo. Respecto a los períodos en que Tolstói no escribía: Ahora algo me falta en la vida, algo que he adorado y es precisamente el trabajo literario de Liovóshka, ese trabajo que me ha procurado siempre tanta alegría e inspirado tanto respeto. Así, copió siete veces la monumental Guerra y Paz. Tolstói corregía mucho. Sus originales, custodiados en la habitación de acero perteneciente al Museo Tolstói, suman más de dos millones y medio de páginas.

Chertkov: el discípulo perfecto. Hombre de una sola pieza. Un tolstoísta extremo, en comparación al cual, Tolstói se sentía siempre en falta. Prisionero de sus propias enseñanzas, de su doctrina rígida y sin concesiones, el escritor, frente a Chertkov no tiene escape: es su conciencia, el espejo monstruoso e implacable que no deja lugar a las contradicciones. Y Tolstói no puede pensarse sin sus contradicciones. Jamás le dieron tregua, excepto cuando escribía. Lo marcaron de un modo brutal, como si consciente e inconsciente tuviesen igual poder, igual presencia. En Confesión, se flagela: Estoy lleno de defectos, soy un hombre despreciable. Y sí, es difícil ser santo. Para el fanático Chertkov, en cambio, no parece un problema la perfección. Hecho de la misma madera que un tirano, soporta la literatura como prédica moral y valora sólo a la mujer asexuada, la compañera fiel en el camino siempre recto de esa doctrina que se ha convertido en el motor mismo de su vida. Sofía intuyó en él su peor enemigo, el fin de su reinado. Y Tolstói vivió sus últimos años atormentado por la lucha entre estos dos seres tan diferentes y tan amados.

Aquel amanecer del 28 de octubre de 1910, el conde Tolstói decide que no soporta más vivir así. Yansnaia Poliana es un infierno. Di un paseo a caballo. Al volver, encontré a Sofía Andréievna muy alterada. Había quemado el retrato de Chertkov. Quise decir algo, pero guardé silencio: es imposible que comprenda. (Diario, 1910)

Es invierno, el campo está completamente nevado. Tolstói escribe la famosa carta a su mujer, no creas que me he ido porque no te amo y huye, acompañado de su médico, con la intención de vivir como un asceta sus últimos años, en soledad y meditación. No lo logra. Enferma de neumonía en un vagón de tercera clase, (estaba decidido a viajar como cualquier mujik), y se detiene con la idea de recuperarse, en la pequeña estación de Astápovo, camino al sur. En el humilde cuarto que le ofrece el jefe de la estación, muere el 7 de noviembre, tras una larga semana de agonía.

Su médico y Sacha, la hija predilecta, le prohíben a Sofía acercarse al moribundo. Su mujer había acabado por convertirse, para él, en el mismo diablo.

Una terrible fotografía se conserva de aquel momento: Sofía, como una criminal, exiliada del terreno del amor, en puntas de pie, espía por la ventanita del jefe de estación, tratando de vislumbrar aunque fuese la sombra del hombre que, con un papel y lápiz en la mano, escribió su diario hasta el último momento de morir.

En Yasnaia Poliana todo está como en su último día. La casa conserva sus objetos y sus muebles, que fueron puestos bajo protección antes de la invasión alemana. Libros por todos lados, los cuadros en las paredes, su estudio, la mesa puesta, la ropa en los armarios, las caballerizas. (Tolstói amaba los caballos. Lo miro en una fotografía que se conserva de él, ya anciano, cabalgando Delire, su caballo predilecto, por los bosques de Yasnaia).

Sobre su escritorio, un libro abierto: Los hermanos Karamazov, (la novela de Dostoievski que dicen que leyó la noche anterior a su fuga). Junto a la Biblia, los únicos libros que se llevó de casa.

Camino, en medio de un sueño liviano, por el parque brumoso de Yasnaia Poliana. Me siento en el viejo banco de madera donde Tolstói se sentaba a contemplar la naturaleza, a pensar en sus personajes, a analizar las sensaciones perturbadoras que trae la primavera a nuestros cuerpos. Descanso mis ojos como los descansaba él, posados con curiosidad en los animales, en las plantas, en la lejanía de un horizonte siempre puro. Atravieso el bosque de fresnos, hasta llegar a un claro. Su tumba, sin lápida, es apenas un montículo verde: nada la anuncia, forma parte del paisaje. Escucho un ruido suave, como de pasos. Me vuelvo. Alcanzo a ver a Tolstói que se aleja por entre el follaje. No importa. Voy tras él. Bajo mis pies, sus huellas intactas en la hierba.

*Autora
Sofía González Bonorino publicó las novelas: Las Cruces (2000, Ed. Paradiso), La Quema (2003, Ed. Paradiso) y El escritorio (2006, Ed. Simurg).