Volver Menú
Spleen del oeste
Silvia López*
Boca de tormenta de Germán Rosati
(Huesos de Jibia, 2008)

Decía Baudelaire, en su elogio del maquillaje, que éste no debe ocultarse. “Puede, por el contrario, exhibirse, si no con afectación, al menos con una especie de candor”. El flâneur de la Zona Oeste que se encarna en este primer libro de Germán Rosati pareciera desaprobar la afectación de las chicas provocativas que desfilan en los poemas. La ropa y el maquillaje, casi tan protagonistas del libro como las mujeres, recuerdan un poco a aquella versión de Quevedo sobre las doncellas que “desvelan sus cuidados y sentidos / en afeites lascivos / mintiendo con semblantes fugitivos / resplandores comprados”. Pero no hay aquí un juicio moral (nada más lejos de semejante anacronismo). En las viñetas urbanas recogidas en Boca de tormenta, el narrador se deleita en la poesía de lo sórdido y lo marginal. Implacable a veces, se entrega al juego de la estafa que esos “afeites” representan, una defraudación que rechaza y al mismo tiempo lo fascina, por la que pide un resarcimiento, que puede ser, por ejemplo, motivado por un pantalón elastizado que lo decepciona:


Pero el engaño textil se disuelve
quiero discutirlo con vos y hacer
un reclamo formal...
quiero la guita -toda la guita-
que me cobraste por adelantado

La hipérbole es un recurso eficaz al describir el maquillaje omnipresente, en que el rouge es una tormenta tropical. Pareciera que el narrador, al embriagarse con la pose de estas chicas, acusara una nostalgia de ese candor del que hablaba Baudelaire: ese lunar ubicado justo / en el camino de tus lágrimas / impide que llores, a menos que sea / absolutamente necesario.

El libro apela a recursos propios de la narración, como cambios en los puntos de vista. La perspectiva dominante es la de este narrador poético jeune et pourtant très vieux (1) que respeta el oficio de la Turca, la madraza del piringundín, porque no se degrada con el paso de los años, o va a los boliches y a los telos baratos, carcomido por su melancolía tanguera, añorando colchones viejos: Yo necesito sentirme acompañado / cercano a parejas de hace tiempo. Observa a las mujeres, pero a veces el punto de vista cambia al de ellas, y en algunos poemas puede haber puntos de vista múltiples. El flâneur también se toma su tiempo para algunas postales familiares, donde incluso las primas se suman a ese baile de chicas pendenciosas. Las descripciones son precisas y contundentes, tienen el filo de una navaja:


La colorada atraviesa la cancha
y la corta, sutil como una sierra mecánica.

Con un registro predominantemente coloquial, que no cae en la impostura, el lenguaje no le teme a la coloración barroca y juega con frases sutilmente elaboradas, administradas homeopáticamente como una especie de antídoto que sublima tanta sordidez:


A la calle hay que tratarla con cariño
como a una madre enferma o una florcita
rara, hay que pisarla despacio
como si se pisara agua congelada
de un lago a punto de ceder

Poesía del sábado que naufraga en un billete escurridizo, dos moneditas que se pierden en una boca de tormenta cierran el libro, porque tal vez el dinero (o su escasez) simboliza el drama común de todos estos personajes: la frustración por haberlo malgastado en la promesa de un pantalón engañoso, la condena a arreglárselas con el patrón de la esquina por necesidad, la imposibilidad de concretar un deseo.

Notas
(1) Charles Baudelaire. Les fleurs du mal. LXXVII - Spleen
*Autora
Silvia López nació en Buenos Aires, en 1964. Es autora de dos novelas (Dios juega a los palitos chinos y Museo de arte amoroso), aún inéditas. Por su trabajo de ficción en cuentos, recibió, entre otras distinciones, la tercera mención en el concurso Joven Literatura de la Fundación Fortabat (1994) y el tercer premio Letras de Oro (2004). Participó en la antología poética Detenerse en el tiempo (Botella al Mar, 2004). Es autora del libro de poemas Cartografías (Huesos de Jibia, 2008).