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Un tiempo propio
Esteban Leyes*
El Tiempo Uno de Liliana Guaragno
(Leviatán, Buenos Aires, 2009)

Releo El Tiempo Uno de Liliana Guaragno, voy siguiendo las marcas que hice, y pienso una vez más en “Rumor del mundo” -parte de Final del día- (Ed. Ultimo Reino, 1993) y Los vientos amarillos (Ed. Mixcoatl 1997), más de diez años pasaron de aquel último poemario, y unos cinco de la genial novela Itinerario de una insensata (Ed. Paradiso 2004), también intensamente poética.
Algunas líneas vienen desde esos textos, es fácil reconocer que la poesía de Liliana Guaragno nunca se queda quieta. Las calles, las iglesias y los cuerpos ya transitaban su poesía, así como la muerte y el erotismo, pero quizás en este último libro, se de un movimiento que remite ese recorrido anterior y vuelve a la poesía más próxima.
Se trata de un libro inquieto, lleno de movimientos, de caminos. En él, dos poemarios van articulando un sujeto que se va abriendo más, cuanto más se acerca a sus propias veredas, a sus propios dolores y sueños.
En la primera parte, de la que toma el título el libro, hay un viaje por la Italia de los monumentos y los museos. Pero también la de la pobreza y del frío, en los cuadros y en las calles. La narración de los ríos y de los olivares, de todo ese paisaje ajeno en el que la palabra aparece como una tentativa de traer a la mano ciertos climas, ciertos colores. Poemas de lo que cuesta decir, de lo que solo puede intentarse, de la ciudad que vuelve a todos uno. Otro más que pasa del centro a los museos, a los cafés, a las plazas. Otro que seguirá su camino, porque también la muerte se cuela en la ciudad extraña.
Con el breve paso por los dibujos de la autora, que nos remiten nuevamente a esos paisajes y pinturas, el texto descansa. Pero irrumpe con una fuerza nueva rápidamente.
En Plegarias, segundo poemario del libro, el recorrido se vuelve mucho más personal. Ya no es la ciudad extraña, sino la propia ciudad la que se transita como un extranjero. Raro, ahora el yo poético que camina sus calles, su mundo cotidiano. Sólo en la precariedad se puede ser protagonista, en la precariedad de la propia vereda y la propia vida, en la gata pidiendo que le abran la puerta. En el frío del barrio, de la noche bajo la lluvia.
Plegarias es quizás la escritura de esa escena previa al poema, es todo ese recorrido que lleva a la escritura, y por eso nos deja allí, cuando llega a su casa, prepara el mate, y se queda mirando el laurel. Es el recorrido de lo precario, la vida como la muerte de un hombre o un perro, quedando en suspenso, en la mente en nada, en la mirada perdida, y seguramente en el poema del que cuesta contar.
El Tiempo Uno va del impersonal a lo particular, y si la primera parte concluía en los dibujos de las calles, los cuadros y los paisajes, la última se cierra con el único retrato de una mujer semidesnuda, arrodillada.
Ahí se detiene el libro, donde parece comenzar otro, donde parece comenzar su propia escritura. Ahí nos deja, a nosotros, escribiendo en sus márgenes.

*Autor
Esteban Leyes nació en Buenos Aires en 1985. Es estudiante de Letras de la U.B.A. Publicó un poemario en la revista española Paderne na palabra das súas xentes y participó en lecturas y publicaciones de talleres literarios y revistas. En 2007 publicó su primer libro de poemas Las heladas por la editorial El caballo perdido.