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Cuotas partes
Ana Guillot*
Cuotas partes de Claudio Portiglia
Tendencias XXI, Buenos Aires, 2009

Este mundo tal como lo vemos está por pasar”. Elige decir Claudio Portiglia (1) citando palabras de Pablo de Tarso. La cita es vertiginosa. Abre y abre: extremidades, dudas, respuestas siempre inciertas. La primera cuestión, casi biológica, sería verificar si, efectivamente, vemos al mundo (o no); si tenemos el don de verlo; y de verlo bien, además: con el mejor ojo, con la mitad, entrecerrando los párpados, a medio mirar, entre-ojos (a veces tenemos cosas entre-ojos). Es decir, resulta inevitable reflexionar acerca de dónde, cuándo y cómo nos colocamos para observar (a uno mismo, al otro, a lo que nos rodea, al mundo, a la política, a la cultura, a la metafísica, a lo sagrado).

La segunda cuestión es aún más inquietante: ¿vemos al dicho mundo tal como es?, ¿o la expresión “tal como lo vemos” remite, más bien, a un capricho o a una incapacidad? Hay premura por ubicarse en algún lado; por entrampar, de cualquier manera, alguna precisión. Este pequeño abismo moviliza; las tripas hacen ruido. Hay hambre. Pero no aparecen respuestas asertivas: todo es (continúa siendo) una enorme posibilidad. O un inmenso vacío. Encima, Pablo de Tarso y Claudio agregan: “está por pasar”. Ahora se comprende aún menos: ¿“ está por pasar” quiere decir que está por ocurrir; es decir, que todavía no ocurrió?, ¿o se refiere a que está dejando de ser (tal como es) para manifestarse de otro modo?

Este mundo tal como lo vemos está por pasar”. En fin, que la piedrita que apretaba en el zapato, ahora ya es un cascote. Vamos por partes, dan ganas de decir. Cuotas-partes, de a poco. No propongas todo a la vez. Imposible. El libro agranda las cuestiones, las marca y las contrae, las quita de un lugar y las posiciona en otro. Las repite, o las anula. La vida misma se esguinza en estos poemas que van llevando al lector de la nariz, porque parecen repetir el orden de lo cotidiano; pero que, sin embargo, ahondan mucho más allá de lo previsto: “Hay un agujerito ahí/ por el que podés pasar/ ver qué hay del otro lado”. La invitación nos coloca en el lugar de un voayeur: ver como espiar, como descubrir, o fijarse bien, o conocer de otro modo. Y tal vez sea este agujerito el que remita al trasfondo más contundente del libro: vacíos o hendijas imponderables versus gotas, migas, polvo de azúcar; mínimos corpúsculos que definen la naturaleza de lo humano; el hombre, y su variada geografía. Los textos (y, por ende, el ser) se dirimen por ausencia o por pequeñas, cautelosas presencias. Como un cosmos en funcionamiento, como una preciosa geometría. La inercia de la opción no se resuelve, se licua; hasta desvanecerse. “Tiro de la luz y se deshila un árbol/ se deshace el tejido de la calle…”, o: ““Un salto visceral/ del estómago al cerebro/ de la parte a la nada…”; o el poema de la página 25, que comienza también con la palabra ““Nada”, seguida en cada verso, hasta el final, por nueve “ni(s) ”. La red es acuática. Él mismo nombra: “Agua”; o líquido, líquido, líquido que se va, se cuela, se deshace o desteje, se diluye. Como si el hombre y su universo estuvieran constantemente respondiendo a una deconstrucción, una des-contención que repitiera el ritmo del río, sus cauces. Ahí, en el espacio “adonde (sí) hay agua”. Aunque, al mismo tiempo y sin embargo, empecinado, contradictorio o resignado a la ambivalencia del cosmos, el autor pregunte: … “Pero decíme/ adónde hay agua”. En todas partes, dan ganas de decir. La gota (o su símil) aparece y reaparece: abismal, contundente, pura presencia en el resto del libro. Galaxia en miniatura, se cuela entre los versos, reina absoluta. Agua-mater (“no es tan sencillo descender de una mujer”) para pujar el orden de las cosas, para humedecer rigideces, para preñar, para nutrir la tierra.

Claudio dice siempre mucho más de lo que parece querer decir. Entonces la gota, o la mancha de grasa o la gastronómica condición de una servilleta se postulan como los ejes concretos donde se asienta este hombre que también es esa gota, que a veces se diluye, pero que le gana a la disolución, a pura voluntad y empecinamiento. “Levanto el pie/ descubro que el escalón es alto/ levanto el brazo/ compruebo que lo excede la imposición del mástil/ levanto la cabeza/ la vista se disuelve en la licuada vanidad del cielo/ me afirmo entonces en mi porción de tierra/ me aboco a ser semilla/ me reconozco parte insobornable del proceso/…me dedico a nacer cada mañana/ mientras el sol lo pida”. Las fuerzas aparentemente antagónicas (vacío/ posibilidad; fisura/ corpúsculo), jugosas y disolventes, se reúnen en la contundencia del poema que abre el libro. Si hay algo, ese algo es uno mismo. Mástil de Odiseo, columna vertebral, o tallo. La esencia precede, o se va configurando, pero ese carozo o filamento central (que alguna vez Juan José Saer llamó “la casa humana”) es lo que hay. Y no es poco.

Memorias y olvidos fluyen también en la corriente. Portiglia niega, casi como un nihilista; pero no decae. Las negaciones y extrañezas del paisaje (que se adivina juninense, pero que podría pertenecer a cualquier otro espacio) no invalidan su fortaleza: “califico el poema/ firmo”, dice. Firma y reafirma, reconfirma, insiste; no elude su responsabilidad. Es voluntarioso, casi obcecado; pero no agónico. Si hay nihilismo, que no se note, porque voy a dedicarme a vivir, parece decirnos. Hay, entonces, tiempo para la escritura (“trazo unas líneas hondas como el aliento que las impulsa”… “leo las treinta o cuarenta palabras que llevo conformadas”), para el amor o para hacer el amor cuando vale la pena (“hay un calabozo entre tus piernas/ una inmoral manera de apresarme”), para leer y estar al día (“Y ahí estamos usted y yo/ del otro lado/ leyendo desde la comodidad del café/ las infaustas novedades”). La gota-lupanar, libidinosa es también, alternativamente, tibia, tronadora, cortés (“considerada gota única/ total/ definitiva” ).

El apelativo que aparece en el segundo capítulo, y que luego se reitera, nos mete de bruces en sus poemas, en la cadencia de los mismos. En su ars política o poética. En sus sospechas o enojos, que describen también un costado incómodo de lo cotidiano Y en sus juegos sonoros, reiteraciones in extremis. O en postulados, que va modificando, a veces, en una sola palabra; pero que repite como un zumbido, como una alucinación. Las moscas de Antonio Machado (ahora, tal vez, más de Serrat que del poeta sevillano), también revolotean, afirman la incomodidad; ¿quién se posa en esta hoja? Manchita negra que pasa y pasa, pero que está, que zumba al ritmo del autor. Los siete capítulos (como los días de la semana, los grados de la perfección, las esferas o niveles celestes, los colores del arco iris, o las notas musicales) vuelven y revuelven el magma acuático: 1) Autorretrato, 2) La otra condición, 3) Cuotas partes, 4) Vertedero, 5) El otro disfraz de la poesía, 6) Polisemia, y 7) Al margen de cualquier consideración. A cada quien le toca lo que le toca (la intertextualidad de lo leído se abruma en la intertextualidad de lo que se va viviendo). La repartija carece de solemnidad, y nos cabe: boleto, o tiempo compartido; plan de ahorro o turno cama adentro cama afuera; cónyuge o amante; mitad del paraíso, doble purgatorio, o infiernito cotidiano. Fractal o espejo, las esparcidas moscas se resisten a la paleta de plástico, pero mueren por aplastamiento. Su error es detenerse cuando debían volar.

Inquietante, sincero, sutilmente irónico, directo pero no sencillo, este nuevo libro de Claudio perdura, más allá del final. Hay en él un rumor: gota que mancha, mosca que regresa. Y no descubriremos, nunca tal vez, el acertijo: si vemos, si mundo, si es así tal cual, si cesa en esta forma, o muta, o estará por mutar. La vida va, y hay que estar ahí, simplemente, tramando la casa humana o el cordón. Las muertes que abusan del regreso también están. Y habremos de ignorarlas, al menos por ahora.

Notas
(1) Claudio Portiglia (Junín, 1957). Es poeta y ensayista. Fundó el Movimiento Poesía en 2001 y coordina desde entonces el Encuentro de Poetas de Junín. Fue co-editor de las publicaciones Horizonte de Cultura y Junín es Plural, y colabora en medios del país y del exterior. Premiado en España y en Estados Unidos; Primera Mención de la Fundación Fortabat, subsidio de la Fundación Antorchas y Faja de Honor de la ADEA, su Libreta de almacenero fue mejor libro 2000 para la SEP. Publicó, además, Álamos y yunques; Los ojos, los miedos; La espiga se declara soberana; El gran errador y Cabría preguntarme, entre otros.
*Autora
Ana Guillot nació en Buenos Aires. Es profesora en Letras y ha ejercido la docencia secundaria y universitaria. Actualmente coordina talleres literarios, y dicta seminarios de literatura y mitología en el país y en el exterior. Como docente ha publicado El taller de escritura en el ámbito escolar, y ¿Querés que te cuente el cuento? Como poeta: Curva de mujer (1994), Abrir las puertas (para ir a jugar) (1997), Mientras duerme el inocente (1999), Los posibles espacios (2004), y La orilla familiar (2008). Integra diversas antologías y colabora con publicaciones del país y del exterior. Es miembro del consejo de redacción de la revista Barataria. Ha sido invitada a participar de encuentros de poesía nacionales y en el exterior. Su obra ha sido publicada, parcialmente, en España, Venezuela, Chile, Méjico, Brasil, Alemania, Estados Unidos, Italia y Puerto Rico; y ha sido traducida al inglés, catalán, árabe, alemán, italiano y portugués. Tiene una novela (Chacana) inédita.