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El consuelo de la escritura
Laura Gentilezza*
Tu mano izquierda de Laura Meradi
(Alfaguara, 2009)

Walter Benjamin dice con lucidez que el narrador es una figura de por sí alejada y que tiende a alejarse cada vez más. Si bien la reflexión de Benjamin se dispara en otro sentido, me quedo, para acercarnos al texto de Meradi, con la idea de que para narrar es necesaria esa distancia.

En Tu mano izquierda, Laura Meradi reconstruye un período de la infancia del personaje de Cecilia a partir de un narrador alejado, distanciado, desdoblado que le va a dar a toda la novela un cuerpo muy particular. Los sucesivos cambios que debe afrontar Cecilia en poco tiempo, cambios ligados a la separación, la pérdida y la muerte, por un lado, y al inicio, la vida y el placer, por el otro, la dejan en un espacio intermedio entre un mundo que se desarma y otro que comienza a armarse. Ese espacio es abordado por una primera persona que le habla a Cecilia y le cuenta cómo fueron las experiencias que ella atravesó, como si fuera necesario que alguien se las explicara. La novela consiste en el discurso que recibe Cecilia, con verbos en segunda persona, y las intervenciones de una voz en primera que es la que le habla. Como nunca abandona la perspectiva de la nena, es el lector el que debe completar lo que ocurre en el mundo de los adultos que rodean a Cecilia.

La presencia de otra en la familia que compite no sólo con su madre sino también con ella y desarma la imagen idílica del padre da comienzo a la transformación del mundo tal como Cecilia lo conoce. De ese mundo partido, Cecilia debe pasar al mundo de los otros: la escuela. Ámbito que reproduce al mundo social, a la protagonista le da miedo, tarda en animarse, pero cuando lo hace encuentra en Raulina a una aliada para la vida, alguien que ocupa el lugar que dejó vacío Leandro, su antiguo amigo.

Un reencuentro con Leandro, en el que el lector configura la conflictiva situación de los padres de ambos, muestra la esencia del personaje de Cecilia. “Vos lo seguiste, y mientras su madre lo arrastraba por el pasillo le fuiste poniendo en la palma de la mano las piezas del juego que habías logrado juntar”. No se queda con los juguetes. Aunque Leandro la rechazaba, Cecilia, en un acto de amor, lo corre para que se lleve lo que él más quería.

Son los personajes de Manuel y Leonel las expresiones más claras de estos dos mundos sucesivos por los que Cecilia debe transitar. Por un lado, Manuel, el mayor, el que lleva la mano en su propio nombre, el amor más fuerte de Cecilia y el que más atención le presta. Su mano izquierda carga las verrugas que sólo ella se anima a tocar y que funcionan de traba para poder dormir: “Apenas alcanzaban a tomarse de los dedos, y dos o tres verrugas de tu hermano hacían de traba entre yema y yema. Necesitabas tocar a tu hermano para poder dormirte.” A medida que esas verrugas y esa mano se transforman el personaje de Manuel también y ese cambio ubica a Cecilia en otro lugar: el de la escritura y el deseo sexual.

Y por el otro lado, Leonel, el nuevo, que rima con Manuel pero no es y que viene a ocupar su cama y reinstaurar un orden familiar que parecía ya disuelto. El nacimiento de Leonel y la desaparición de la abuela Consuelo terminan de cerrar un mundo y abrir el otro. Desaparición de la que Cecilia deberá redimirse y lo hará mediante la escritura: la carta que le entrega a Manuel.

Así la familia, el matrimonio, se reorganiza para seguir y Cecilia debe acomodarse a la nueva situación. Las intervenciones de la primera persona se dan mayoritariamente con el verbo recordar. El narrador en primera le dice a Cecilia lo que recuerda de su vida, de la vida de Cecilia, ¿Cómo puede ser que recuerde aspectos de la vida de otro? Porque podría tratarse de la misma Cecilia, adulta, que recorre su infancia, desdoblada, hablándose a sí misma. Jamás se explicita, pero el narrador se mete en los recuerdos más íntimos de ese personaje, en escenas en las que Cecilia está sola, en sus percepciones más profundas. Y en esa relación entre adultez e infancia, en ese abordaje adulto de los primeros dolores (los más dolorosos) se funda esa lejanía de la que habla Benjamin. Lejanía que es temporal y que permite a Cecilia explicarse a sí misma, como hacemos todos, su propia infancia.

La tendencia a alejarse es la que permite la narración en este caso. La plena conciencia de que esos momentos, los que elije narrar, serían fundantes para el resto de la vida sólo puede ser ejercida por una voz distante y a la vez íntima, propia. Una voz que fue sujeto de esas experiencias y que, atravesada por los años, puede leer su infancia en clave adulta y detectar los momentos que configuraron su personalidad. Y me refiero a los momentos que elije narrar porque esta novela está constituida por momentos, escenas de la infancia, esas escenas que todos albergamos y que nunca podremos constatar si efectivamente ocurrieron tal como las recordamos porque, en última instancia, que hayan o no sido así no es lo que importa sino la marca que han dejado. Marca que nos conforma (que nos da forma). Tal como la mano izquierda marca la vida de Cecilia, porque la tiene y la puede usar. Y encontrará el placer, ese punto en donde volvería a poner su mano cada vez, con la mano de la escritura. Placer y escritura aparecen ligados indisolublemente en la mano izquierda.

Porque como dice Camus la novela es el universo en que la acción halla su forma, en esta novela esos recuerdos escogidos se unifican en una dirección marcando a Cecilia, una dirección que no puede ser otra que la de la literatura.

*Autora
Laura Gentilezza (Avellaneda, 1982) estudió Letras en la UBA y dicta clases de Literatura en una escuela secundaria de Avellaneda. Asistió al taller de narrativa de Hebe Uhart, y actualmente al de Alejandra Laurencich.