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El campito
Maria Laura Caraballo*
El campito de Juan Diego Incardona
(Mondadori, 2009)

Entre potreros, pastizales, desechos cloacales, barrancos y calles muertas transcurren las hazañas de El Campito, constituyendo un escenario marginal y contaminado en el que los cordones industriales y los monoblocks contrastan con el descampado rural. Escenario que queda plasmado a modo de croquis en las últimas páginas y que invita al lector a desandar los caminos recorridos por los personajes de esta historia.

Situado en las postrimerías de los ochenta, El Campito se erige como un relato de aventuras, y asimismo, de ciencia ficción, en el que peronistas y antiperonistas, habitantes urbanos y suburbanos han de enfrentarse.

Rescatando el valor de la oralidad y apostando al narrador de antaño, Incardona coloca en el centro de la escena a Carlos Moreno, también autodenominado como “Carlitos”, errante buscavidas que por medio del relato enmarcado, con un registro coloquial y remates entre cómicos e inocentes, capítulo a capítulo será el portavoz de esta epopeya del conurbano bonaerense hasta alcanzar el título oficial de “relator del campito y los Barrios Bustos”. Sus anécdotas acaparan la atención de un Incardona protagonista que se convierte en el principal oyente y “propagandista de la historia del campito”, un estudiante que cursa su último año del colegio secundario industrial del que sólo quiere ratearse, un pibe de barrio que se junta con sus amigos a escuchar rock nacional, entre cerveza y cerveza, en alguna esquina del barrio, un adolescente que encontró en estos relatos el punto de escape a los problemas económicos de su casa, porque entendió que el advenimiento de los noventa ya son una realidad que comienza a anunciarse con toda la crudeza de la que es capaz.

Juan Diego logra entonces evadir la irritabilidad y nerviosismo en la que sus padres se encuentran inmersos, en esta aventura de lucha entre enanos peronistas contra espías oligarcas que Carlitos le acerca cada domingo.

En las aventuras de Carlitos la lucha armada se complejiza a medida que las columnas cívico-militares de la Resistencia peronista y las tropas paramilitares de la oligarquía porteña comienzan a engrosarse. Se da cuenta de una guerra civil en la que jóvenes guerrilleros, censistas montoneras y agrupaciones justicialistas en defensa del “campito” y los Barrios Bustos, se enfrentan a gendarmes y soldados del Ejército Argentino.

De manera análoga, mientras los movimientos de masas montoneras responden y apoyan incondicionalmente la figura del caudillo popular representado por Cardenal Mercante o por Teresa Adelina -en el caso de la rama femenina- celebrando por medio de cánticos y vivas su liderazgo; Carlitos, aclamado por centenares de gritos y aplausos, será recibido por un auditorio que con el paso de los días y las horas ha llegado a ser multitudinario, un auditorio que aguarda su relato como si se tratara de un líder político del cual se espera un discurso decisivo, convirtiéndolo en el héroe narrativo de Villa Celina.

Cabría preguntarse si esta historia en la que enanos, delegadas censistas, bomberos, médicos y changarines se enfrentan a un gigante enemigo denominado “Esperpento” para defender sus contaminadas pero amadas tierras, funciona como una delirante metáfora de un país dividido entre fuerzas y manifestaciones peronistas por un lado y golpistas por el otro, que aquí aparecen representadas con todos sus emblemas y vicios.

Un barrio habitado exclusivamente por enanos, una bandada de loros barbudos que gritan a coro en euskera, una jauría de perros con dos narices, un cielo invadido por satélites espías… ¿Delirio? ¿Fantasía? Tal vez.

Sin embargo, no sería exacto hablar de un relato fantástico a secas, sino más bien de un relato de ciencia ficción, si convenimos en que en todo relato de ciencia ficción más allá de las situaciones extravagantes y los personajes portadores de singulares cuerpos y destrezas, siempre subyace cierto grado de verosimilitud que no ha de ser quebrantado, que permite establecer una suerte de pacto con el lector, y habilita de esta manera, una valoración empírica que lo aleja de un relato fantástico. En el relato de ciencia ficción, hay una explicación lógica dentro del mismo que garantiza que por más descabelladas que parezcan las circunstancias en las que el protagonista se encuentra, por más abominables que parezcan los enemigos a los que se debe enfrentar, todo tiene, sin embargo, un origen y un desarrollo justificable dentro de los parámetros que constituyen la realidad en la que habita, pues por más extraordinarias que sean las situaciones presentadas, aun así, son factibles de ser pensadas dentro del medio en cuestión, en determinada realidad histórica o a través de ciertos cambios a nivel científico o tecnológico.

Es posible encontrar dos tipos de justificaciones a estas extravagancias dentro de El Campito, una desde el punto de vista pseudo-histórico que remite a los mitos que siempre han estado girando alrededor del peronismo y sus líderes, y otra, desde el punto de vista pseudo-científico.

De esta manera, Incardona retrata con lucidez la idolatría que las masas profesaban fielmente a Evita, su consagración como santa y heroína de los pobres, responsabilizándola de la creación de los Barrios Bustos -barrios secretos peronistas que esta hacedora del bien mandó a construir con la forma de próceres justicialistas- y del acceso a un arsenal de armas que no pudieron ser utilizadas durante la Revolución Libertadora pero que ahora han de servir para defenderse en la batalla del Mercado Central y sus alrededores.

Por otra parte, plasma en El Campito, una constante contradicción: todo se sale de la forma que lo contiene y se transforma en su opuesto. Un enano gigante, un gato humano, un río de fuego, un monstruo que es una profanación viviente, constituyen algunas de las irrealidades reales de esta historia, a la vez que se ofrece dentro de la misma una justificación coherente acerca de éstas.

El mal desarrollo industrial, la falta de conciencia con respecto al destino de los residuos por parte de hombres urbanos y suburbanos trajo aparejado extrañas consecuencias en este medio ambiente en el que ahora es posible hallar especies deformadas, lluvia ácida, jardines de flores metalizadas que lejos de ser un sueño artliano, son parte de este paisaje mutante. La contaminación es lo que permite explicar que un bagre desproporcionado nade en las aguas del Riachuelo, que un barrio entero esté poblado por enanos o que la superficie aceitosa de un afluente del Río Matanza permanezca en llamas.

Por medio de una suerte de adaptación darwiniana se explica la supervivencia, gracias al desarrollo de anticuerpos, de las clases bajas más castigadas y desvalidas, que paradójicamente, terminan siendo las más fuertes para resistir este tipo de daños ambientales. A diferencia de la gente de clase media o alta, cuyos organismos no podrían haber soportado tales perjuicios, los habitantes del conurbano, en cambio, sí pueden sobrevivir a esta atmósfera intoxicada, aspirando los vapores de los desechos en descomposición, moviéndose no sólo entre desperdicios sino entre la putrefacción de los mismos. Plásticos derretidos, pedazos de muñecos, trozos de vidrios: residuos del enemigo fragmentados. Una supervivencia irónica pero no delirante ya que más allá de constituir una explicación al fondo surreal de esta historia, ateniéndose siempre a su lógica interna, da cuenta de un contexto histórico en el que se asiste al fin de una etapa industrial, al desmantelamiento de fábricas y a las consecuencias negativas de las políticas neoliberales que se acentúan cada vez más.

El fin de una década y la llegada de otra. Los noventa se acercan también para aquellos que no representó la época del derroche sino de la exclusión y la supervivencia bajo las mínimas condiciones; para aquellos a los que “la marginalidad les cambió el cuerpo” y que lejos de comer pizza con champagne y veranear en Miami, significó rebuscárselas como nunca, y sobre todo, seguir resistiendo como siempre.

*Autora
María Laura Caraballo nació en la ciudad de Buenos Aires un 3 de enero de 1983. Estudió Letras con orientación en Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Asistió a distintos talleres literarios y participó en la revista virtual Interjóvenes. Desde hace unos años se desempeña como profesora de español para extranjeros como segunda lengua.