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Glaxo
Maria Laura Caraballo*
Glaxo, de Hernán Ronsino
(Eterna cadencia, 2009)

Un tren, una fábrica, una peluquería de barrio o un clásico western son los elementos que constituyen el engranaje que pone en funcionamiento el motor de este relato. Relato que se materializa en la voz de cuatro personajes: el Flaco Vardemann, el Bicho Souza, Miguelito Barrios y Folcada, haciéndose oír cada una en cuatro momentos distintos: 1959, 1966, 1973 y 1984. A partir de la óptica de estos personajes Ronsino, dueño de una prosa ágil y en ocasiones violenta, coloca en el centro de la escena situaciones donde la traición, el engaño, el dilema moral, el abuso de poder y lo no dicho logran interrumpir el discurrir -en apariencia tranquilo- de las parsimoniosas tardes pueblerinas a la sombra de los paraísos.

Entre el ruido de trenes que descarrilan en sueños , navajas que raspan la nuca, y los mates que Vardemann ceba a su padre viejo y consumido ya, entre cada acción propia de su labor que hace estremecer cabezas y espaldas, entre cada plano detalle de Kirk Douglas y Anthony Quinn de El último tren de Gun Hill que el Bicho Souza recuerda haber reproducido a modo de juego, en cada posible muerte imaginaria de Miguelito Barrios y en cada duda de engaño que carcome a Folcada, Ronsino logra tejer una trama de intrigas que como piezas de un rompecabezas desordenado, se mantienen exentas de un orden cronológico relegando -a diferencia del relato policial tradicional- la escena de misterio para el final, donde recién lograrán encajar. Glaxo es una narración en la que los movimientos cotidianos y sencillos, que son parte de los usos y costumbres propios de un pueblo, se intercalan con el contexto histórico-político de trasfondo. Porque en Glaxo todo parece tener que ver con la “masacre de Suárez” ocurrida durante el período autodenominado por el gobierno de facto de ese entonces como “Revolución Libertadora”, pero también y sobre todo, se trata de una novela en la que lo que está latente es un crimen de índole pasional. Una anécdota trágica pública, una anécdota trágica personal.

“Un día dejan de pasar los trenes. Después llega una cuadrilla. Seis o siete hombres bajan de un camión. Usan cascos amarillos. Empiezan a levantar las vías. Yo los miro desde acá. Los miro trabajar. Trabajan hasta las seis. Se van antes de que salgan los obreros de la Glaxo.” De esta manera Vicente Vardemann presencia desde su negocio la extinción del cañaveral, del ramal ferroviario, el levantamiento de sus vías, el fin de una época. Así se inicia esta historia en la que un tren pasa a ser el hilo conductor del relato. Un tren que conecta las calles tranquilas del pueblo con el tráfico incesante de Buenos Aires, un tren del que un día baja la mujer de las piernas más llamativas para instalarse como la Marilyn Monroe del lugar y sembrar el desengaño y un día se la lleva para siempre. Un tren que logra acallar el sonido de un disparo ya sea jalado en pos de un crimen político o una venganza personal. Un tren que un día desaparece dejando sólo el recuerdo de una tragedia donde el destino público y privado aparecen como dos caras de una misma moneda, donde la violencia y la decadencia de un pueblo forman “un camino nuevo, una diagonal que parece más bien una herida cerrada”.

*Autora
María Laura Caraballo nació en la ciudad de Buenos Aires un 3 de enero de 1983. Estudió Letras con orientación en Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Asistió a distintos talleres literarios y participó en la revista virtual Interjóvenes. Desde hace unos años se desempeña como profesora de español para extranjeros como segunda lengua.