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El secreto de mi éxito
Entrevista a Claudia Piñeiro
Laura Galarza*

Claudia entra al bar y nadie diría que es una de las mujeres más buscadas por el periodismo en estos días. Sencilla, sin maquillaje, pide disculpas por los diez minutos de retraso. “Es que estoy con mil cosas antes de ir a Frankfurt”. Claudia Piñeiro fue seleccionada junto con otros destacados escritores para representar a la Argentina en la Feria del Libro más importante del mundo. (Ver recuadro)
Claudia habla como escribe. Veloz, certera, cerca de la vida real. Habla en imágenes y acciones. Le preocupa que quede claro qué quiere decir. A poco de estar con ella uno se siente cómodo. Con naturalidad, habla de literatura y de sus contratiempos cotidianos. “Me está llegando un impuesto equivocado y tengo que ir a hacer el trámite por el reclamo.”

Antes de ganar el premio Clarín por Las viudas de los jueves Claudia Piñeiro ya era una mujer premiada: finalista del concurso “La sonrisa vertical” de Tusquets, finalista del Planeta 2003 con Tuya, su primera novela editada y Premio Iberamericano Fundalectura - Norma 2005 de Colombia por Un ladrón entre nosotros.
Propongo comenzar por ahí. Por entender el éxito actual de Las viudas… como una consecuencia. Un punto de arribo. Cuando le pregunto en qué tiempos escribió cada una de esas obras previas, Claudia piensa, se le confunden las fechas, se le superponen.

“Es que lo que a mi siempre me pasó es que entre una novela y otra tengo que “descarbonizar”. Yo nunca tengo la sensación de la página en blanco. Siempre me anda dando vueltas algo que tengo ganas de escribir. Pero como lo que más me gusta escribir son novelas, son proyectos de muy largo aliento, donde sabés que vas a estar metida varios años. Y que además, es aleatorio. Podés empezar a escribirlo y no saber si va a funcionar, si va a gustar, si te lo van a publicar. Entonces entre una novela y otra, siempre escribo algo que me lleve menos tiempo y me permita mayor libertad. La literatura para chicos te permite un manejo de la fantasía diferente al que yo siento cuando estoy buscando la verosimilitud de la literatura para adultos”.

¿Y en ese sentido también es que escribís teatro?

Sí, esa es otra cosa que hago. Porque también tiene una poética diferente, donde te podés mandar a escribir desde lugares muy distintos a la literatura. Y te lleva mucho menos tiempo.

¿Cómo es que empezás a escribir teatro, cómo se te ocurre que podés hacerlo?

A mi me dicen, y yo lo comparto, que tengo facilidad para lo coloquial de los diálogos. Pienso qué van a decir las personas y cómo. Me gusta buscar la palabra bien coloquial. Cómo habla la gente. Y creí que eso podía servir para escribir una obra de teatro. Y bueno, lo intenté. Y como siempre, después que lo intento y lo hago, me pongo a estudiar. Estudié con Kartun y después dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte Dramático.

Y la primera obra que escribiste Cuánto vale una heladera fue premiada.

En realidad no fue un premio. Ganó un concurso entre todas las obras de teatro que se presentaron para Teatro por la Identidad de las cuales se eligieron 10.

La última fue Tres viejas plumas estrenada en el verano de este año.

Sí, está basada en un cuento que escribí hace unos años: “Tres plumas y un zapato”. Un amigo, Marcelo Moncat, me pidió si podía adaptar la obra a teatro. Y ahora, Mónica Viñao está tratando de poner en escena un cuento que fue finalista del premio Avon y que bajé a teatro. Es sobre el asalto a una escribanía donde encierran a todos en el baño.

¿Cuánto tiempo te lleva adaptar un cuento a teatro?

Un mes, si ya hay una historia. Si tenés que armar todo, más.

¿Ese tiempo es por el training que tenés con los guiones para televisión? (Escribió entre otros para Resistiré, Cuatro amigas, Yago)

Sí. Yo creo que si, el escribir guiones te da un oficio importante. Pero en estos casos ya estaba la historia y los personajes.

Tu primer trabajo después de dejar la contabilidad, lo obtuviste gracias a una carta que enviaste en respuesta a un aviso pidiendo editoras.

Cuando yo dejé de trabajar como contadora fue para trabajar en la revista Emanuelle, que era una revista de Oscar Blotta, un ícono de la gráfica argentina. Yo trabajaba de contadora y quería trabajar de otra cosa. Había renunciado al trabajo y tenía otro trabajo para empezar en marzo. Me quedaba el verano libre. Entonces vi el aviso de Emanuelle buscando redactoras. Emanuelle en ese tiempo, era una revista muy distinta, valorizaba cosas de la mujer que otras típicas revistas de mujeres no. Y con mucha nota de autor. Yo dije: a mí me gustaría escribir ahí. No tenía nada para ofrecer como curriculum. Entonces le escribí a Oscar Blotta enumerándole las razones por las cuales yo creía que podía escribir ahí. Y él me tomó por esa carta que yo le mandé.

Y trabajando en Emanuelle, en el año 1992, recibiste el premio Pleyade al mejor artículo periodístico de revistas femeninas.

Cuando empezó a tener difusión el tema del sida, escribí una nota de investigación. “Preservativos: una fobia masculina”. En ese momento el uso del preservativo era todo un tema. Hasta la Iglesia lo boicoteaba. Bueno, como aún hoy. Para el premio competí en el rubro “Mujer y hogar” y las otras notas eran sobre bricolage, ikebana… El jurado, toda gente de mucha trayectoria periodística, se ve que encontró una nota diferente y la premió.

Ahora, todo este ímpetu habrá empezado antes ¿no? El cuento finalista de la Sonrisa Vertical no habrá sido lo primero que escribiste. ¿Cuándo empezaste a escribir?

Escribí siempre. Quería estudiar Sociología, pero se cerró la carrera y terminé estudiando Ciencias Económicas. Mis padres habían empezado la carrera y habían dejado. Nunca había tenido contabilidad en mi vida. Cuando el primer día en la facultad el profesor escribió en el pizarrón: Caja a bancos me di vuelta y le dije a mi compañero, “perdón, ¿qué es la caja?” Pero como soy muy estudiosa hice la carrera en la UBA en cuatro años y me recibí con el mejor promedio de ese año. Pero porque a mí me ponés a estudiar lo que sea y yo estudio.

Vos decís “siempre escribí”, ¿qué escribías?

Cuando era chica escribía poesía. Durante la adolescencia básicamente cuentos. Y después fui a talleres con distintos autores. Antes de ir al de Guillermo Saccomanno, con el primero que hice taller fue con Enrique Medina que me abrió la cabeza. Bueno, él ya había escrito Las Tumbas y otras cosas de una intensidad impresionante.

Y más atrás aún, en tu infancia, ¿reconocés alguna escena inaugural para la escritura?

Lo que sé es que las maestras elegían mis composiciones para leer en los actos. Hasta que una madre un día se quejó porque siempre me elegían a mí. Entonces empezaron a darles a otros chicos mis composiciones. Recuerdo estar ahí paradita y escuchar que los chicos leían mi composición pero que decían que la habían escrito ellos. Terrible.

¿Y qué leías?, ¿en tu casa se leía, alguien te guió?

En mi casa había una biblioteca no demasiado grande pero la he leído. Cada tanto mi papá o mi abuelo traían colecciones de libros. Pero no era una familia tremendamente lectora. Se valorizaba la lectura pero no se transitaba tanto. Mi mamá leía más, mi papá cada tanto. Tenía una tía que quería ser escritora y fue la que más me estimuló. Y más tarde el colegio, donde determinadas lecturas te hacen una marca y vos después buscás otras.

Hay una escena en Las viudas… donde alguien compra una casa con una biblioteca de lomos vacíos. ¿Esa idea cómo surgió?

Conozco una persona a la que le pasó. Compró una casa, incluida la biblioteca de lomos falsos. Eso antes era común. Era una cuestión de status. Ahora no. Ahora la lectura pasó a ser otra cosa. Quién va desaprovechar una pared poniendo libros con lomos falsos. En otra época la lectura daba prestigio.

A partir de Las viudas… quedaste como una escritora que vende, que escribe Best Sellers. Cómo te llevás con esa puja con los escritores “de literatura” por llamarlo de algún modo.

En realidad yo no estoy en la puja. Básicamente no estoy en la puja. Hay otros escritores que han vendido y se han peleado más con los otros. Nunca nadie me dijo nada para que yo me tenga que pelear. Ni nunca me peleé con nadie. Y en general, nunca tuve mala crítica de mis novelas. Quizás no es la literatura que va a elegir determinados críticos o escritores, determinado sector de la literatura. Pero no tuve graves problemas con nadie.

Vos has hecho referencia a ciertas lecturas sobre la novela, de gente que se queda en la anécdota y dice “qué libro divertido” cuando en realidad vos estás contando algo terrible y de cierta responsabilidad social.

Yo escribo de una manera que permito eso y entonces me lo tengo que bancar. A mi me parece que cuando vos no querés bajar línea, vos sólo querés mostrar una situación para que el otro saque una conclusión, ese otro no tiene porqué sacar la misma conclusión que yo. La decisión política del escritor es: yo voy a contar esta historia y la voy a contar desde este punto de vista. En el caso de Las viudas de los jueves la misma escena, a alguno le causó horror y a otro, gracia. Porque está contado con distanciamiento, con extrañeza, para que cada uno saque la conclusión que quiera. Por ejemplo, la escena de la empleada a la que la mujer siempre le regalaba las remeras y una vez no se la regaló y la donó a una feria donde recaudaban fondos para una escuela. Eso a mi me parece desgarrador. Y a mucha gente le parece desgarrador. Esa mujer comprando la remera que antes le regalaban y que encima además se haga caridad con esa plata. Sin embargo una persona que la leyó, me dijo: “¡yo me sentí tan identificada! viste que feo cuando te miran la ropa con esa envidia”. Esa persona sacó otra conclusión.

Hay algo acerca de tus novelas en lo que la mayoría coincide y es en lo atrapante. Algo en tu escritura que lleva a seguir leyendo. Vos has citado a Barthes en El placer del texto donde él toma el Kamasutra para hablar de escritura.

Hay escritores que se preocupan por el lector y hay otros que no. Los que no se preocupan o no saben cómo preocuparse, menosprecian el hecho de que vos escribas para alguien. Parece que lo hacés porque querés vender libros. Y no. La escritura es un acto de comunicación. Puede ser que para alguien sea un acto solitario, hasta onanista, y que no le importe que lo lea nadie y que sólo escriba para él mismo. Cada uno sabrá como quiere que lo lean o quién quiere que lo lea. La mayoría de mis amigos escritores quieren que los lean. Por eso cito a Barthes. Y Barthes no es el dueño de una editorial que quiere vender libros. Es alguien que reflexiona sobre la escritura y él dice que un escritor tiene la obligación de seducir al lector con la escritura.

Y eso ¿cómo lo hacés? ¿Escribís y a posteriori reconocés que hay algo que puede hacer que la persona siga leyendo, o lo construís intencionalmente?

Creo que es intuitivo. Si charlo con vos no quiero que bosteces a los dos minutos porque no te interesa lo que te cuento. Cuando escribo me interesa que lo que estoy contando genere empatía, que atraiga. Además, también me voy a preocupar por otras cosas, por el lenguaje, por la construcción de los personajes. Porque parece que los escritores que nos preocupamos por la trama no nos interesan las otras cosas. Y no es así.

¿Corregís mucho?

Muchísimo. Sobre todo primeros capítulos de una novela porque vuelvo para atrás y empiezo desde el principio. En una novela vos podés llegar a perder el tono si no volvés para atrás. Porque, por ejemplo, el tono en una novela no lo encontrás ni bien empezás a escribir, sino un poquito después. Yo todo el tiempo estoy volviendo para atrás y leyendo. Quizás por los últimos capítulos paso menos veces porque ya tengo más claro hacia dónde voy, cuál es el lenguaje, cuáles son los personajes.

¿Corregís sobre la computadora o sobre papel?

Sobre la computadora. Solamente las últimas cosas sobre papel.

¿Dónde escribís? ¿Tenés un lugar privilegiado?

Desde que tengo una notebook en cualquier lado, aunque mayormente en mi casa. En distintos lugares de mi casa. Antes la computadora de escritorio te obligaba a tener tu lugar. Con la notebook podés escribir en cualquier lado. Es impresionante. Hasta podés irte de viaje con tu trabajo.

Durante la presentación de Las Grietas de Jara contaste una anécdota donde estabas en un bar y escuchaste a tres hombres que especulaban con que si el amigo recién separado iba o no a matar a su ex mujer. Qué hacés con esas escenas y con lo que lo que se te va ocurriendo durante el día, ¿lo anotás en algún lado?

Lo que tiene que ver con la investigación sí, lo anoto. Por ejemplo, para la nueva novela estuve leyendo sobre medicina forense y eso lo anoto porque quizás me olvido. Pero con el resto, confío mucho en mi memoria. Tengo mucha memoria aunque seguramente la voy a perder con los años. La novela se me arma en la cabeza y los detalles también. Permanentemente escucho cosas y digo, esto en algún lugar va a aparecer y aparece.

Estás escribiendo una nueva novela.

Sí. A esta novela me voy a dedicar de lleno el año que viene, voy a tratar de tomar la menor cantidad de otras cosas posibles. Porque tengo muchas ganas de contarla. Me pasa que capaz estoy meses con una imagen que es el disparador de esa novela. Esa imagen me queda en la cabeza. Después el personaje empieza a moverse y empiezan a aparecer otros personajes y se va armando. Cuando lo tengo armado, recién ahí me pongo a escribir. Ahora me pasa que sé más de la novela de lo que pude bajar a la escritura. Y necesito tiempo porque sino se me va a ir de la cabeza. Y ahora estoy pensando que cuando llego de Frankfurt voy a la Feria del libro de Chile, después a Córdoba, a Rosario. Ves, eso te corta. Por más que lleves la computadora no estás todo el tiempo con actitud de concentración para escribir.

¿Y con el tiempo del mundo y la escritura, cómo te llevás? Todo lo cotidiano y ahora la repercusión de la película que te debe demandar tiempo.

Lleva mucho tiempo y eso te fastidia un poco. Soy muy respetuosa del trabajo del otro. Entonces si me llaman por una nota es muy raro que diga que no. Pero llega un momento en que no podés con tanta presión. Pero después pasa. Aparece otra película y se olvidan. Todo es efímero. Hay que tener paciencia.

¿Y vos sabías que eras así? Digo, que te proponías algo y eras capaz de lograrlo. Porque también como contadora te iba bien.

Siempre fui muy trabajadora, si te tuviera que decir algo de mí, te diría que soy trabajadora. Con el trabajo he logrado cosas. Arthur Andersen, la empresa donde trabajaba, es una empresa donde se postula mucha gente. El año anterior al que entré yo, era el primer año que tomaban mujeres y además, con cupo. Solamente entraron tres. Entre ellas tuve la suerte de entrar yo.

En cuanto a género, vos habías dicho hace un tiempo que te interesaría escribir metida en el cuerpo de un hombre. Citaste a Saramago en la escena donde una mujer acepta ser violada para salvar a otras como ejemplificadora de un escritor que puede meterse en el cuerpo de una mujer. ¿Sentís que vos pudiste hacerlo con Las Grietas de Jara?

Es verdad. Siempre me atrajo cómo algunos hombres pueden meterse en la cabeza de una mujer. En esa escena de Saramago se me caían las lágrimas porque es impresionante cómo él la escribió para que uno sienta y entienda lo que le pasa a esa mujer. Lo mismo cuando veo una película de Woody Allen o Almodóvar. Son cabezas que entienden la cabeza de la mujer. Así que era un desafío para mí. Y con Las Grietas de Jara me pasa que un montón de hombres me dicen: “es la historia de mi vida”.

Sé de hombres que se la recomiendan a hombres.

Y también hombres que no se la dejan leer a sus mujeres (risas). Y de parte de las mujeres, el planteo básico que hacen es “¿será que mi marido piensa esto?” Pero a mi me llama la atención, porque en el fondo, no somos tan diferentes los hombres de las mujeres. Todos queremos ser amados. Flaubert dijo, “Madame Bovary soy yo”. Pablo Simó bien podría ser una mujer. Una mujer también puede plantearse qué está haciendo en ese matrimonio o porqué sigue trabajando en ese lugar. No son temas exclusivamente masculinos. Sin embargo, la sociedad tiene marcado que el hombre se puede fastidiar del matrimonio y la mujer no, tiene que seguir atrapada ahí.

Cuando construiste el personaje de Pablo Simó, ¿cómo lo hiciste?, ¿desde el cuerpo de un hombre mirando a la mujer o desde afuera, desde la mirada de mujer?

Los trabajos que he tenido como contadora han sido de mundos masculinos. De algún modo escuchás conversaciones. Un escritor está atento a eso. El mundo masculino no me es ajeno, lo conozco. Además tengo dos hijos varones y estuve casada 15 años. Lo qué sí me pasó fue, que como Pablo Simó tiene mucho ratoneo, después de escribirlo se lo di a leer a varios hombres para ver si resultaba creíble. Ninguno me quiso contestar. Me decían “te llamo” o “pero ¿vos qué querés saber? porque sos amiga de mi mujer”. Todas excusas. Los únicos que sí contestaron fueron gays pero es otra cabeza.

En la nueva novela que estás escribiendo, el personaje ¿es un hombre o una mujer?

Una mujer. Pero hay hombres con personajes importantes. Me da la sensación que esta novela no va tener sólo un punto de vista. Si bien la protagonista es esta mujer también habrá otras cabezas.

¿Utilizás material de tu realidad, de tu vida para escribir?

La vida se te impone todo el tiempo en el medio. Lo que estoy escribiendo ahora no tiene nada que ver conmigo y sin embargo cada dos por tres me encuentro contando algo que escuché o me pasó. Y no quiere decir que a vos te pase exactamente eso. Pero hay una escena de tu vida que irrumpe ahí y se mete. Patricia Highsmith tiene un trabajo que se llama “El suspenso”. Ahí ella dice que si uno pone algo de lo personal en lo que escribe tiene otra llegada y otra profundidad. Cuenta de una novela que escribió, donde al personaje se le meten unos chicos por la ventana. Ella dice que le pasó eso estando en un hotel. Que sintió ruidos en el techo. Finalmente era un gato. Pero ella pensó que era alguien que se quería meter en la habitación. Y no es que a ella le pasó lo que finalmente escribió en la novela. Pero ella sí sintió lo que le pasó al personaje y al meter eso de su vida camuflado, tuvo una verosimilitud y una emotividad mucho mayor que si lo hubiese inventado. Uno no escribe de lo que le pasa a uno. Pero uno sí conoce las sensaciones que se atraviesan: la ironía, el humor, la tristeza. Y eso le da una verdad mucho mayor a la escritura.

Claudia mira a la cámara y sonríe naturalmente cuando pido sacarle una foto. Después mira el reloj y se despide apurada. “Sino, no llego a buscar a mi hijo al colegio”, dice. Y desaparece por la puerta. Llevándose en su cabeza ésa, su próxima novela. La que va a escribir. Va a publicar. A vender. Y va a ser traducida en el mundo entero.

Notas
(1) La edición 2009 de la feria Internacional del Libro de Frankfurt será la carta de presentación de Argentina que en el 2010, será el país Invitado de Honor, como este año lo es China. Por esa razón fue seleccionada una comitiva de escritores y periodistas literarios para, durante la semana del 12 de octubre, recibir en una ceremonia el pase de “antorcha olímpica” de China a la Argentina. La presentación oficial de la Argentina estará a cargo de Mempo Giardinelli. Cancillería otorgará subsidios para la traducción de 40 obras de ficción y no ficción de aquellos escritores más solicitados en diferentes países y editoriales.
Algunas de las obras seleccionadas fueron:
Operación masacre, de Rodolfo Walsh.
Valer la pena, de Juan Gelman.
La ciudad ausente, de Ricardo Piglia.
El Aleph, de Jorge Luis Borges .
Muerte lenta de Luciana B. , de Guillermo Martínez.
El enigma de París, de Pablo de Santis.
Tierra del fuego, de Silvia Iparraguirre .
Zama, de Antonio Di Benedetto.
A quien corresponda, de Martín Caparrós.
Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro.
El matadero, de Esteban Echeverría.
Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal. Auschwitz, de Gustavo Nielsen.
Antología, de Alfonsina Storni.
*Autora
Laura Galarza nació en Buenos Aires en 1968. Es psicoanalista. Desarrolló carrera docente en la Universidad del Salvador. Se formó con Guillermo Saccomanno. Sus cuentos han sido publicados en antologías, revistas literarias y de psicoanálisis. Actualmente colabora para el suplemento cultural del diario El Popular de Olavarría donde vivió su infancia y adolescencia.