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El pornógrafo
Juan Terranova*
7.

— El libro se llama Mejore su sexo con hipnosis.
— Buen título.
— Buen título, sí.
— Y el pibe que lo escribió...
— Es un oligofrénico que trabaja acá.
— ¿Cuál?
— No sé si alguna vez te lo mencioné. Le dicen Pirelli.
— Qué lástima, no tengo el placer de conocerlo.
— Es un retrasado mental.
— Suena verosímil.
— Si la cana viola en masa a los travestis de Chacarita, pide la nota y los ojos le brillan.
— Travestis en Chacarita.
— Cerca del cementerio.
— No.
— Sí.
— Morbo.
— Hay putas también. Usan el cementerio de telo.
— Supongo que no será tan incómodo, después de todo.
— Cada tanto cortan un cuello. Hay un desmembramiento.
— Eros y Tanatos.
— Hace diez días fui con Pirelli hasta Barracas. Denunciaron que un vecino de la zona hacía exorcismos.
— Bueno, eso es algo
— Pirelli estaba excitado y transpiraba.
— ¿Fotos?
— Quince fotos de un tipo vestido con una sábana blanca tirándole agua vendita a un gato negro.
— Las fuerzas del mal.
— Las fuerzas del mal están en la estupidez.
— Es probable. Y el libro, ¿lo leiste?
— Lo miré en el coletivo, sí, me regaló un ejemplar.
— ¿Y qué tal?
— Un delirio recursivo.
— Un delirio hipnótico.
— Si te dejás hipnotizar por un especialista, a la hora del sexo, te liberás de tus angustias y tus represiones y se te para la pija sin problemas. Eso dice.
— Qué desilusión, pensé que te enseñaba a hipnotizar mujeres.
— No legué a ese capítulo.
— La moral golpeando contra un reloj de oro que brilla.
— El libro está lleno de testimonios, todos inventados por él.
— Te digo que lo leería.
— Te lo presto.
— Lo acepto.
— Te vas a decepcionar.
— Es probable.
— Lo mejor son los ejercicios.
— La parte práctica.
— Se hacen con una moneda brillante.
— ¿Te dejarías hipnotizar?
— No.
— Una vez, cuando era chico, me hipnotizó un tío que había llegado de Israel.
— El judío hipnótico.
— Yo no me acuerdo, me lo contaron.
— Entiendo.
— Parece que yo lloraba mucho y era muy molesto. Así que mi tío me hizo sentar y con un espejito que tenía me dejo duro como un muñeco.
— Pirelli debería ponerlo en el libro, agregando que cada vez que te dicen las palabras “nene, tranquilizate”, se te para la pija.
— Lo cual sería una incomodidad.
— Ayer no te conectaste.
— No.
— Qué misterio.
— Salí con Vera y después se quedó a dormir acá.
— Muy bien.
— Sí.
— Qué bien.
— Sí, estuvo bien.
— ¿A dónde fueron?
— Ella me llama y me dice que quería salir con la prima.
— ¿La mujer fácil de la fiesta?
— Esa. Se llama Samanta.
— Interesante
— Y te digo que fue muy útil esta salida, me enteré de varias cosas.
— ¿A dónde fueron?
— ¿Sabés quién vino?
— No.
— Fuimos los cuatro.
— Vos, ella, la trola...
— Y el novio.
— El tipo de la fiesta.
— El mismo.
— ¿Y?
— Yo no tenía auto, así que entre Vera y Samanta arreglaron y nos pasó a buscar él.
— ¿Qué auto tiene?
— Un Mercedes importante, plateado, tapizado de cuero negro.
— Grasa saliendo del aire acondicionado.
— La comodidad del mal gusto.
— ¿Y a dónde fueron?
— Fuimos a tomar algo a un bar en Puerto Madero que se llama Asia de Cuba.
— Trampa.
— Luces mortecinas, viejos de viagra, putas.
— El viagra es la nueva droga del poder.
— Obviedades.
— ¿Y de qué te enteraste?
— Tu problema es la ansiedad.
— Problemas de presión.
— Primero había cola para entrar.
— ¿Un jueves?
— Sí.
— Mal.
— Lo mismo pensé y ya cortaba para escapar.
— Uniformidad nocturna, aglomeración.
— Pero el tipo se acercó a la puerta, le dio la mano al de seguridad y pasamos.
— Es así.
— Un trámite.
— ¿Y dopo?
— Apenas nos sentamos, Vera y la otra se van al baño.
— ¿A besarse?
— El tipo me pregunta qué quiero tomar. Me vio dudar.
— Son otros números y vos sos un poligrillo.
— Me ve dudando y dice que pida, que invita él.
— Champán, man. ¿Qué vas a pedir?
— Él pidió sake.
— Envasado en los arrozales sangrientos del Emperador Hirohito.
— Así que tomamos sake.
— El sabor de la traición yakuza.
— Ellas pidieron daiquiri de frutilla.
— Previsible.
— El tipo me contó que hacía poco había estado en Japón haciendo negocios.
— Negocios en Japón.
— El sake es bebida obligatoria.
— ¿Negocios de qué?
— Importación-exportación.
— Transas.
— Sí.
— Japón dulce.
— Supongo.
— Sí.
— Entonces saltó la trola y reclamando que le había prometido llevarla a Japón.
— Tengo cuarenta años y me voy a hacer negocios a Japón con mi novia de veinte que es una puta.
— Un plan.
— Una opción.
— Nagasaki.
— La bomba del cosnumo.
— Luego ellos se iban a una fiesta en no sé que country.
— Bien.
— Nos dejaron en casa y Vera me contó.
— ¿Quién? ¿Vera?
— Sí, como son muy unidas con la prima conoce la historia real.
— La historia dentro de la historia.
— El tipo se llama Mauricio, vivía en Vicente Lopez, estaba casado, tenía dos hijos y trabajaba en una empresa de la putrefacción capitalista.
— Un alienado.
— Humo de Hiroshima en la TV.
— ¿Y?
— Quince días de vacaciones, una rural hecha mierda, tratamientos de conducto con un dentista de barrio.
— Pero…
— Pero al tipo le gustaba el porno, los juguetes, las novedades de la calle Florida.
— A quién no.
— Se sentía diferente a sus compañeros de oficina.
— ¡Lo era!
— La cosa es que los tipos con los que trabajaba le empezaron a pedir que les consiguiera tal película, que les pasara tal producto, etcétera.
— Se transformó en el proveedor de gel íntimo, señor gerente.
— Sí, el dealer oficial de la empresa.
— La sociedad te da la mano, pero la mano está sucia.
— Un día se dio cuenta que trabajaba gratis.
— ¿Eso te contó la señorita Vera?
— En la familia de Vera lo sabe todo el mundo.
— ¿Y qué hizo nuestro Hombre G?
— Empezó a cobrar por el servicio.
— El negocio del tabú.
— Los oficinistas pagaban con gusto.
— Dinero y esperma seco en el dinero.
— Empezó a traficar para desconocidos, amigos de amigos.
— Yo ya tengo ganas de comprarle algo.
— Al principio era acá y allá, pero al final tuvo que tomar una decisión.
— El corretaje de porno en el microcentro amenaza tu statu quo, querido.
— La cosa se fue poniendo anal.
— Consoladores fosforecentes y películas de mujeres zoofílicas.
— Vera me contó que una vez fue a la casa del tipo y, como el tipo no estaba, Samanta la hizo pasar a una oficina y le mostró las carpetas de lo que vende.
— El catálogo perdido.
— Películas, aparatos, lencería, lo que quieras.
— Así que ahora el tipo vende y compra y hace negocios en Japón.
— Sí, japanese.
— Orden y progreso.
— Y lo mejor es que dijo: “Bueno, si me voy a dedicar a esto, mi vida cambia”.
— Me imagino.
— Largó la tan temida oficina, pero también a la mujer y a los hijos y se mudó a la capital.
— Y empezó a coger.
— De golpe, todo se deslizaba por el dulce terreno de una vacación latente que florecía.
— Adentro.
— Se la mandó a guardar a todo el mundo.
— La hizo rendir.
— Vera me lo contaba y se reía, después se ponía seria, después se volvía a reír.
— Estados de ánimos franceses.
— Le parecía trágico, pero se entusiasmaba como una niña.
— Creo que es una niña.
— A ella, el tipo no le cae ni bien ni mal, pero reconoce que es el mejor novio que tuvo la otra.
— Y aparte tiene un sudoroso Mercedes que funciona a base de whisky.
— Parece que la Samanta andaba con descarriados.
— Te creo.
— Fue la que le presentó el drogón a Vera.
— ¿Y después?
— Se quedó a dormir por segunda vez.
— Oh la lá.
— Sí.
— Va en serio.
— No sé, puede ser, algo hay.
— Hay algo en el horizonte.
Món cheri.
— Tabú, mon amour.
— No sabés la cantidad de sex-shops que hay en el centro.
— Me imagino.
— ¿Hace mucho que usted no camina por las galerias de Lavalle?
— Hace un tiempo, en efecto.
— Es un espectáculo.
— Siempre lo fue.
— El neón en la piel, tiñendo el asfalto.
— ¿Todavía se ven los fetos sangrantes en los tachos de basura?
— El microcentro es un lugar muy especial.
— Casi maligno.
— Poesía de la desesperación.
— La última vez que fue al cine en la calle Lavalle era menor de edad.
— Lavalle post nuclear, el centro, la jungla peronista.
— Así que hay muchos sex-shops...
— Galerías escondidas, llenas de disquerías, cines pornos, cámaras de fotos robadas.
— La única fauna que no se extingue.
— A veces me levanto, me lavo la cara y me vengo un rato antes.
— Llegás cuando la gente se está yendo.
— No, más tarde, tipo diez.
— ¿Y?
— Los viernes es un quilombo, pero el resto de la semana es tranquilo.
— Extraña forma de vida la tuya.
— ¿Conocés el Caravelle?
— No, hijo del parásito. ¿Qué es?
— Es un bar que queda sobre Lavalle, un bar de viejos, no tiene treinta metros cuadrados.
— ¿Dónde se toma el café de parado?
— Sí, ahí.
— Gallegos que fuman toscanos y escupen en el suelo.
— Exacto.
— ¿Qué pasa?
— En la pared, tiene cuatro relojes que dan la hora de Buenos Aires, Madrid, Atenas y Roma.
— Y vos ahí te sentís… ¿Liberado?
— Conectado, mejor dicho.
— Usted es un melancólico.
— Quizás, amigo mío. Eso o simplemente creo que la tradición todavía define muchas cosas.
Aclaración
Capítulo 7 de El pornógrafo. Gárgola, Buenos Aires, 2005. Reescrito por el autor para la ocasión.
*Autor
Juan Terranova nació en Buenos Aires a fines de 1975. Es autor de las novelas El caníbal, El bailarín de tango, El pornógrafo, Mi nombre es Rufus, la reciente Los amigos soviéticos y de un libro de poemas, El ignorante. También publicó dos libros de crónicas, La Virgen del Cerro y Peregrinaciones.