Volver Menú
Santiago Roncagliolo
Santiago Roncagliolo*

1 - La tecnología ha permitido que resulte igual de fácil escuchar discos pirateados que discos comprados. ¿Pasa lo mismo con el libro? ¿Hay un público lector preparado para leerlo todo desde la pantalla?

Para cambiar del disco al ipod no hacía falta cambiar de hábitos de escucha, para pasar del libro a la pantalla, sí. Eso le da un tiempo de gracia a la industria editorial. Además, los adolescentes consumen más música que literatura, lo que implica que la generación ipod empezará a consumir libros digitales más adelante. Pero en la industria editorial todo el mundo sabe que ese momento llegará pronto, y que el que no esté preparado, desaparecerá o mutará, como ocurrió con las discográficas.

2 - Si el libro, como soporte, ha modificado las pautas de escritura y de lectura de manera significativa (el tránsito de la cultura oral al mundo de la escritura lo es también de la poesía a la prosa). ¿La aparición de Internet implicaría algún cambio de formato? ¿Hacia qué dirección?

Es difícil saberlo. Lo que ha cambiado ya es la interactividad. Los blogs, facebooks, twitters, son espacios colectivos donde la gente no entra a leer al autor sino a conversar con él. Siguiendo con tu símil, el mundo de la escritura no acabó con la poesía, al contrario, le otorgó nuevos espacios, y es de prever que lo mismo ocurrirá con la narrativa. Nos gusta leer historias, eso no va a cambiar.

3 - Hay quienes afirman que este cambio afectará los modos de lectura y, por consiguiente, llevará a la decandencia al reinado del libro impreso, pero, ¿es esto así? ¿Uno reemplaza y perjudica al otro inevitablemente?

También se dijo que la radio acabaría con la prensa y que la televisión acabaría con la radio, y ahí están todos conviviendo. Más aún, la llegada del ipod ha puesto de moda el disco de vinilo en algunos sectores. Lo que cambia es quién se queda con el dinero, que pasa de EMI a Sony. Para los escritores, la difusión digital debería ser económicamente ventajosa, porque reduce los intermediarios. pero los libreros sí tienen un grave problema.

4 - Hay textos muy malos en los blogs, también cosas buenas pero ¿hay una literatura específica a dicho formato?

Lo genial del blog es que no hay cosas y buenas y malas porque no hay jueces autorizados. Tú escribes en busca de lectores que van formando grupos por afinidades. Es, en cierto sentido, más democrático, considerando que la democracia total es la anarquía.

5 - Si bien es evidente que la circulación de revistas o libros por Internet tiene ciertas particularidades respecto a su circulación impresa ¿Hay realmente un cambio sustancial en cuanto a la forma de consagración de las obras?

En el fondo, lo que consagra a una obra es el boca a boca: la gente que la recomienda. En el espacio virtual, el boca a boca puede alcanzar a lectores en cualquier lugar del mundo. Eso significa que el editor en red tendrá cada vez menos interés en un país u otro. Más bien concentrará sus esfuerzos en áreas de interés: amas de casa, tenistas, aficionados al porno casero... esas definiciones están remplazando a las fronteras en la mente de los promotores de libros.

6 - Si estar on-line sería indispensable porque la conexión global, masiva, lleva a pensar que estamos cerca, dada la propia comunicación, precisamente con quien no está a nuestro alcance real e inmediato; entonces ¿la conectividad implica pobreza?

En cierto sentido, implica una comunicación más honesta. Con la gente que conoces debes guardar ciertas apariencias, satisfacer ciertas expectativas. En la comunicación virtual puedes cambiar de nombre y de rostro. Igual que en el carnaval, las máscaras permiten decir la verdad.

*Autor
Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) es el autor de novelas como Pudor, llevada al cine, y Abril Rojo, premio Alfaguara 2006. Pero también ha escrito reportajes como La cuarta espada, guiones y libros para niños. Su trabajo ha vendido más de 15000 ejemplares y se ha traducido a más de quince idiomas. Entre los años 2006 y 2007 llevó un blog de crónicas de viajes. Una selección de esos textos se publicó en libro con el nombre Jet Lag.