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El futuro llegó, hace rato
Sol Echevarría

Qué criatura tan lenta eres, le dijo la liebre a la tortuga y empezó a reírse. Con toda tranquilidad, la tortuga miró a la liebre y le respondió: Quizás avanzo despacio, pero llego a donde quiero ir. De hecho, podría llegar allí antes que tú, aunque seas más rápida.

Sobre la pantalla verde de la computadora, nuestra tortuga virtual se llamaba Logo. Le teníamos que dar una serie de órdenes para que avanzara de un lado a otro, construyendo figuras. Sus movimientos eran lentos pero precisos. Dejaba trazos blancos, rectilíneos, simples. Así aprendimos en el colegio los principales conceptos de programación, antes de que Internet fuera ni siquiera una idea para nosotros. Empezaba la década del '90, dando paso a la gestión privada de los servicios públicos y a la apertura masiva e indiscriminada de la economía al mercado mundial. Los que nacimos antes de Internet (a.I. ) la vimos aparecer de a poco, tímida al principio, hasta instalarse de forma sólida y seguir avanzando más y más de la mano del modelo neoliberal, de los viajes al extranjero y de la desocupación. Al igual que la proliferación de los locales en los que se ofrecía “todo por dos pesos”, el boom de los celulares y otros espejitos de colores, la tecnología se incorporó a la producción cultural con cierta impronta modernizante. En el año 1995 la tortuga llegó a convertirse en Internet, fecha en que se vendieron en Buenos Aires las primeras conexiones comerciales a la red, en 1996 nació Hotmail y se lanzó ICQ. Cuando en 1999 se creó Blogger y se lanzó MSN Messenger ya no quedaron dudas: la tortuga estaba ganando la carrera.

Entonces se puso fin a una década, cuyas consecuencias todavía no eran claras. Recuerdo el cambio de milenio como uno de esos sueños confusos que se mezclan con lo real al punto que es difícil delimitar uno del otro. Recuerdo que las predicciones más apocalípticas hablaban del fin del mundo. Esta vez, lo que amagaba con sacar a la tierra de su órbita no era el cometa Halley sino un cometa virtual. Hasta ese punto las máquinas se habían vuelto apéndices vitales para nuestro planeta. Se avecinaba el efecto Y2K con la forma de una catástrofe económica mundial ¿Por qué? La omisión del año para el almacenamiento de fechas, que asumían que todos los años de las computadoras comenzaban con 19, provocaría un error del software de las máquinas. Se temía una falla en el funcionamiento de todos los sistemas virtuales, incluyendo los que controlaban a las plantas nucleares y a los misiles de las grandes potencias. Empezó la paranoia, toda la gente hablaba de eso. Incluso, de manera chistosa, en un capítulo del especial de noche de brujas de Los Simpson, Homero olvidaba programar la planta de energía nuclear de Springfield para la llegada del año dos mil y provocaba la destrucción de la ciudad.

¿Qué pasaba en el país? ¿Cómo se preparaba Argentina para el desastre? Un par de semanas antes del Apocalipsis, el 10 de diciembre de 1999, sucediendo al segundo gobierno de Carlos Menem, asumió Fernando de la Rúa como presidente por la Alianza. El año terminaba con un enorme déficit fiscal, un desempleo mayor al 14 % y un porcentaje de pobreza que triplicaba el porcentaje previo a la era menemista. Pendientes del efecto Y2K, temiendo un colapso informático, técnicos y expertos fueron movilizados para prevenir posibles inconvenientes en los ordenadores. Pero el milenio llegó y no se registraron fallos en las oficinas gubernamentales ni en los servicios de distribución domiciliaria de electricidad, gas, agua potable, ni en transportes públicos o telecomunicaciones. Lejos de debilitar su confianza, superar el obstáculo milenario llevó a un incremento en la tecnología y en los medios digitales. Las computadoras y los celulares se volvieron tan indispensables en la vida cotidiana, que pensar en trabajar sin computadora resulta hoy en día tan anacrónico como arrastrar una carreta.

Si bien la crisis ya se hacía sentir, el efecto catastrófico llegaría a la Argentina con delay en el año 2001, y sería otra odisea en el espacio: la crisis económica que el país heredaba (“Menem lo hizo”), los retiros de depósitos bancarios, el "corralito" y la escandalosa huída de De la Rúa en helicóptero. Luego vino la famosa seguidilla de presidentes. No sé por qué me viene la imagen tragicómica de cuando el terminator, Arnold Schwarzenegger, dijo en TV que no valía la pena nombrar a ninguno de dichos presidentes porque, antes de terminar de hacerlo ya sería destituido por otro nuevo. Eduardo Duhalde, al asumir dijo: “La Argentina está quebrada. La Argentina está fundida. Este modelo en su agonía arrasó con todo. La propia esencia de este modelo perverso terminó con la convertibilidad, arrojó a la indigencia a 2 millones de compatriotas, destruyó a la clase media argentina, quebró a nuestras industrias, pulverizó el trabajo de los argentinos. Hoy, la producción y el comercio están, como ustedes saben, parados; la cadena de pagos está rota y no hay circulante que sea capaz de poner en marcha la economía”.

En ese contexto, las generaciones que habían descubierto la magia de Internet en su adolescencia, estaban transitando la universidad y/o comenzaban a publicar sus primeros textos. La crisis repercutió en el mercado editorial y, por lo tanto, en las formas de circulación de la literatura. “En todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del conocimiento y la fuerza modernos. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son, desde hace veinte años, lo que han venido siendo desde siempre. Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción misma del arte.” escribió Paul Valéry para dar cuenta de la influencia de la técnica en la concepción del arte.

El boom cibernético se impulsó con una economía devastada y un mercado editorial en déficit. Mismo antes de la devaluación, publicar en papel era casi imposible para un proyecto cultural de pequeña envergadura porque era carísimo y, desde ese entonces, las posibilidades de hacer una revista comercial de cultura no existen. Con la devaluación, las publicaciones se atomizaron en pequeñas editoriales impresas hechas a pulmón (casi todas con pérdida) y luego empezaron a multiplicarse en el medio digital (donde no había que pagar nada en la mayoría de los casos). Con el aumento de la publicación y la edición, se multiplicó la cantidad de textos disponibles, permitiendo que una gran diversidad de estéticas conviviera en simultáneo. Así se fue formando una comunidad literaria que no coincidía necesariamente con el canon editorial de mayor envergadura, ya que sus publicaciones poco tenían que ver con las extensas novelas que pedían las grandes editoriales. Luego, claro está, las barreras entre uno y otro espacio fueron traspasadas tantas veces, que terminaron por borronearse. Accedieron a la publicación escritores que, por su formación o estilo, jamás hubieran tenido chance de otro modo (debieron crear primero un proyecto independiente que lo catapultara a las “grandes ligas”). En simultáneo, se fueron modificando los hábitos de lectura, volviéndose más fragmentarios, de picoteo, generando las condiciones para que después ese modelo se trasladara al mundo virtual.

Para los escritores que emergieron en el contexto de la crisis del 2001, el problema no fue principalmente político sino económico (si bien el vínculo entre política y economía es innegable, una cosa es que se amenace con la proscripción y otra, con la quiebra). Herederos de la sensación fragmentaria, que ya había vociferado Babel a fines de los ’80, el primer punto en común fue su contexto que, con la llegada de Internet, era abismalmente distinto. Por un lado, la publicación virtual estableció una relación con el presente signada por la inmediatez que nunca antes había sido posible. Por otro lado, se gestaron nuevas formas de sociabilidad, cuyas repercusiones fueron más allá del espacio virtual para modificar incluso la manera de reunirse (se multiplicaron las lecturas y los ciclos gracias a la comunicación vía mail) y de publicar (el ejemplo más claro es la proliferación de antologías, muchas de las cuales reprodujeron los vínculos -literarios o personales- que ya podían percibirse desde los blogs).

La escritura se libró del peso de las largas esperas editoriales y se hizo posible –aunque fuera simulacro– la lectura en simultáneo, en vivo y en directo. Porque la conectividad, mientras no falle ni el servidor ni el sistema, es veloz. Eso cambia radicalmente el acceso a la información y la divulgación de textos. Para citar un ejemplo histórico, la imagen de Walsh siendo capturado mientras depositaba cartas en un buzón sería una imagen inverosímil en el presente. Hoy la difusión masiva es por Internet, lo que despierta cierta exigencia: los diarios tienen páginas Web, las revistas hacen su difusión vía mailing, las editoriales tienen Facebook. En la era de la conectividad, lo que no está en Internet no existe. Al instalarse en la inmediatez, los textos virtuales se escriben, publican y leen casi al mismo tiempo en el que se producen los cambios en la realidad. En sincro, operan como filtro de los sucesos, confundiendo ficción y realidad: no sólo representan, sino que crean mundo. Ahora bien, si ya en una librería era necesario establecer un sentido de la orientación, lo es aún más en ese mundo rizomático en el que no está la fuerza centrípeta del libro que reúne las páginas sueltas y las ordena temática o alfabéticamente en los estantes de una biblioteca. Los links perforan los textos como agujas, hilvanando sentidos entre un autor y otro, realidad y ficción, presente y pasado. Un lector cibernético lee en paralelo distintos textos y, a medida que se entrega a la lectura de ese material virtual potencialmente infinito, produce una nueva forma de interrelación. Tal vez ese sea, en la literatura, el efecto Y2K que amenaza con destruir desde la computadora el mundo letrado tal cual lo conocemos.

Si ya Walter Benjamin había percibido la pérdida del aura en su famoso artículo "La obra de arte en la época de su reproductividad técnica", con Internet se da un paso más allá: todo parece estar al alcance de todos. No sólo es fácil acceder a libros y revistas a través de las numerosas bibliotecas virtuales que proponen descargas gratuitas, sino que también es fácil publicar material propio. Los blogs permitieron que cualquier persona con acceso a Internet pueda hacer públicas sus opiniones, quejas, relatos, poesías, etc. Esto llevó a debates acerca de la calidad de los mismos ¿Quién regula el acceso de la gente a publicar cualquier cosa? La respuesta es clara y, para algunos, abrumadora: nadie. Ocurre algo similar a lo que Benjamin percibió con la prensa, donde cada vez más lectores pasaban del lado de los que escriben: “La distinción entre autores y público está por tanto a punto de perder su carácter sistemático. Se convierte en funcional y discurre de distinta manera en distintas circunstancias. El lector está siempre dispuesto a pasar a ser un escritor”.

La noción de qué se considera literatura es histórica y, dado que el contexto histórico se ha modificado, lo lógico sería que eventualmente también cambiaran ciertas concepciones literarias. Pero en la actualidad hay dos lógicas de publicación que coexisten: la impresa y la virtual. Internet no va a matar al formato libro ni el mercado editorial va a colapsar de un día para otro. La idea de literatura vinculada con un objeto armado y cristalizado, así como el concepto de autoría, aún prevalecen, aunque con cierto debilitamiento. Ni siquiera las discográficas desaparecieron todavía, y eso que están mucho más en jaque por las bajadas de mp3, que los libros con las bajadas de textos. Si bien la tecnología ha permitido que resulte igual de fácil escuchar discos pirateados que discos comprados, no pasa lo mismo con el libro. No hay todavía un público lector preparado para leerlo todo desde la pantalla. Un lector asiduo promedio ¿Cuántas novelas leyó por Internet? A lo sumo una, en un acto más bien heroico que de placer. Un lector esporádico promedio, seguramente nunca leyó nada superior a las 100 páginas. Hay excepciones, claro. Los libros “inconseguibles” o los libros caros son a menudo descargados e impresos al calor del hogar, y eso no sólo pasa en los círculos letrados. Por ejemplo, la última novela de Dan Brown, autor del best seller El Código Da Vinci, llegó a los sitios de descargas apenas horas después que a las librerías. El precio del libro de Brown se vio afectado, pero se siguieron vendiendo copias impresas a buen ritmo. Esto genera incertidumbre ¿Cuál será el devenir editorial en tiempos de Internet? ¿Qué pasa con la coexistencia de diferentes paradigmas? Veamos un ejemplo anterior, el de la oralidad y la escritura que convivieron, no solo en Grecia sino en el resto de las culturas, durante varios siglos. Erick A. Havelock, en su libro La musa aprende a escribir, explica que el tránsito de la cultura oral al mundo de la escritura (tomando el tiempo que mediaba entre Homero y Platón) lo es también de la poesía a la prosa. Durante varios siglos, el libro fue modificando lentamente las pautas de escritura y de lectura. Pero el proceso de adaptación fue lento. Lento como una tortuga.

Los que nacimos antes de Internet (a.I. ), aprendiendo programaciones con la tortuguita de Logo, todavía traemos en nuestro caparazón un sistema de valores que nos resulta anacrónico. Introducimos a presión estos cambios en las categorías convencionales de literatura, aunque es evidente que no encajan. Son piezas de otro rompecabezas que muestra un paisaje antiguo, que se va a modificando de a poco con estos retazos desencajados. Eventualmente, el paisaje será tan irreconocible que habrá que aceptar que ha cambiado y nos iremos entregando a las nuevas tecnologías y a las propuestas de formas del saber que vienen aparejadas con éstas. Según Wikipedia, es Heráclito el primero en usar la palabra “Logos” en su teoría del ser. El ser de Heráclito, entendido como logos, es la inteligencia que dirige, ordena y da armonía al devenir de los cambios que se producen. Otra vez estamos frente a la pantallita, mirando cómo la tortuga Logos se mueve, tratando de dar órdenes, si saber qué hacer. Pero todavía no han cambiado, al menos no sustancialmente, ni el paradigma de lectura ni el de escritura. Quizás a futuro lo hagan y, por ejemplo, siguiendo el razonamiento de Havelock, la aparición de Internet consiga destronar a la novela como género predominante a nivel editorial y logre darles mayor lugar a otros, como el cuento y la poesía. Quizás, al contrario, fortalezca las novelas de estructuras rizomáticas e hiper-fragmentadas, en su enfrentamiento a los grandes relatos. O quizás consiga modificar el dispositivo de mercadotecnia junto con la forma de consagración de las obras y de sus autores. Por el momento la lógica literaria imperante en Internet sigue siendo la de traslado de un formato a otro. Es cierto que la literatura ha empezado a incluir el fenómeno de Internet y las telecomunicaciones, no sólo a nivel argumental sino incluso a modo de experimentación formal. Pero también es cierto que no se han trastocado las nociones de autoría ni de copyright. La idea de plagio, así como la de originalidad y novedad, continúan circulando, incluso con mayor énfasis que antes, quizás para defenderse de su futura imposibilidad.