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Digresiones acerca de Internet
Mariela Ghenadenik*

Me cuesta mucho opinar acerca de cosas desde un punto de vista crítico. Pero me gusta la idea de reflexionar acerca de Internet y su relación con la literatura. No planeo responder preguntas, sino, con suerte, ir y venir con un zapping de ventanas mentales y mostrar algunas imágenes que se abren cada vez que me pregunto algo.

Eso tengo en común con Internet: estamos llenos de preguntas.

Cada vez que en un buscador pongo una palabra, cuando escribo mi estado en Facebook, cuando en el Google chat incluyo un link, en cada post nuevo de mi blog, lo que queda en claro no es mi mensaje sino la pregunta que subyace (dónde hay información, qué estoy haciendo, qué opino sobre lo que veo) que se responde con más palabras que a su vez crean nuevos circuitos, abren nuevos sitios y más preguntas que terminan con la duda existencial de cómo llegué a mirar las fotos del asado y el viaje a Pergamino de algún sub amigo de Facebook que sonríe a la cámara con una remera que dice “es lo que hay”.

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La lectura en Internet y los libros tienen en común que ambos abren interrogantes, pero la diferencia es que –a menos que sea de autoayuda- cuando leo un libro no estoy buscando respuestas. Tal vez aparecen solas y siempre es un momento feliz cuando se descubre un nuevo ángulo sobre las cosas. Pero en Internet leo respuestas posibles a preguntas, tipeo palabras para encontrar exactamente lo que estoy buscando. Partiendo de esta base, creo que la existencia de Internet abre una nueva manera de escribir. Tal vez esté iniciando un nuevo género.

Así como pasó con la fotografía que liberó a la pintura de sus obligaciones; o, después, cuando apareció el tren y la velocidad en todas sus formas llevó a los artistas a descubrir el impresionismo, en una de esas Internet plantee una nueva capacidad artística.

La escritura en Internet es telegráfica o, si es más extensa, en fragmentos. En los blogs, por ejemplo. Más allá de que sea un tema de capacidad el medio (que lo que se tenga para decir ocupe una pantalla para no scrollear mucho ni aburrirme por anticipado), esta manera de escribir se desarrolla en fragmentos que no son ni folletines, ni capítulos de novelas, ni cuentos. Son composiciones que se destruyen en el mismo acto de escribirse y que se acumulan en el éter sólo porque hay espacio de sobra.

A muchos escritores les distrae tener Internet (a quién no). Yo cuando escribo me desconecto del mail y del chat, pero prefiero tener acceso mientras escribo porque muchas veces busco más información en la web y, si bien dispersa, también nutre las ideas, logra imitar el proceso abductivo de la creatividad. Mientras escribo surgen imágenes a partir de las que merodeo diversas páginas y en la maraña de cualquier cosa surgen puntas de ovillo que me ayudan a tejer ideas y relatos. También una telaraña absorbente que está doblando las espaldas. Eso, más las manos cada vez más largas y las palabras cada vez más cortas y el salto de ventana a la otra como lianas me hace pensar en el eslabón perdido.

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Cómo no perderse en los blogs y en las rencillas pseudomediáticas que suceden en la web. Tengo un amigo, por ejemplo, que dice que entre los blogs existe todo un circuito erótico y por eso él se cuida mucho de todo lo que comenta y lo que publica. Le teme al excalibur de su mujer que une su blog con los comentarios y perfiles de otros blogs, deduciendo una ruta de infidelidades online que para él no son nada y para ella son pruebas de delitos recurrentes. Con Internet es posible tener dos realidades y, por otra parte, la “realidad” necesita de ambos espacios. No alcanza sólo con tener una relación cara a cara, además se necesitan los mails, el chat, los mensajitos, el Facebook, etcétera.

Es extraño el mundo en Internet. Que sucedan cosas y que a la vez no. Que algo “exista” y “no exista” o exista en un espacio que no se puede delimitar claramente parece un poco a la idea de fe. O de la psicosis. Con Internet vuelve un poco el animismo, la creencia de un alma adentro de las computadoras que vaga entre yoes anónimos que quieren reflejarse en los ojos de alguien que se detenga a clickear.

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Los blogs son un espacio casi obligatorio para cualquiera que tenga algún impulso de escribir. Son el borrador donde está permitido experimentar y equivocarse y se perdonan los divagues. Nadie es tan exigente con lo que aparece en la web (hay tanto contenido que el desafío es creerle a lo que se lee). Los blogs permiten testear los escritos en un estado más de borrador (bah, no sé. Porque nadie postea algo con lo que no esté más o menos conforme. Creo que lo que diferencia es que es un espacio gratis y que nadie paga por leer un blog y entonces no hay que escribir para vender algo). Escribir en un blog aplaca la frustración de no poder publicar todo lo que se tiene ganas. No existe el cánon Internetario, sólo existe la autoedición, con mayor o menor grado de autocomplacencia.

Lo que me resulta un tanto curioso es que si hay tanta consciencia de uno mismo en los ojos de los demás, cómo se hace para escribir. Si en ese acto uno se resta a sí mismo, entra en estado “zenil” (de zen) donde uno desaparece un poco y así surge una historia que deja de pertenecernos. Hacerse a un lado es (al menos para mí) la única manera de narrar algo que no es verdad. En los blogs, entonces, cuesta que sea pura ficción, cuesta restarse como autor porque no se entendería de quién es esa voz narrativa. Y esa complejidad no se resuelve tampoco con seudónimos.

Y la escritura en fragmentos complejiza el desarrollo más clásico de una trama que sostenga las digresiones. Internet es digresión pura, desvíos permanentes que, si bien hacen que todo sea mucho más interesante, tienen un efecto de olvido permanente: un texto lleva a otro y a otro y nunca se sabe bien cómo se llegó hasta algún lugar, ni de dónde se partió y, mucho menos, cómo se hace para volver.

Lo que sí me pasa desde que se instaló Internet es que cuando leo o escribo, necesito que lo que estoy leyendo venga con referencias de todo tipo para que me hagan ir cambiando los climas o que la intertextualidad me lleve inmediatamente a la referencia y así, con la mezcla audiovisual y frases cortas, vaya logrando capturar un sentido que, más que con palabras, tiene que ver con sensaciones sin tiempo.

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Según recuerdo haber leído alguna vez, el reloj es uno de los objetos que construyeron el mundo tal como lo conocemos ahora. Después se abandonaron las agujas (los arcos y las flechas) y se pasó a los relojes digitales y las horas dejaron de marcar los intersticios entre las horas. Saltamos en un zapping de uno al otro (quién no se quedó alguna noche de insomnio mirando a ver cuándo cambiaba la hora en el reloj). El tiempo es un continuo fluido, es agua que se evapora y, sumergidos en esa agua de tiempo, la realidad se vuelve extraña y sorda. Paralela.

Eso es la web por momentos: una realidad paralela con un tiempo casi onírico. Internet como síntesis de época. El mundo está yendo hacia objetos cada vez más chicos, hacia tecnologías que se manejan con el tacto, con el impulso de las ideas. Es llamativo que la gente dejó de usar relojes y eso me hace pensar que tal vez el concepto de “tiempo” quede obsoleto. Si la inmediatez y el micro tamaño hacen que cada segundo sea un instante cada vez más largo porque puedo dividirlo cada vez en más partes tal vez llegará un momento en que no haya más conceptos para fraccionar. Que el tiempo deje de existir y que todo sea un pulso indivisible, que la medida de tiempo sea Internet, que se expande sin posibilidad de abarcarlo, como un infinito de palabras que no logran delimitar absolutamente nada.

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Si pienso en el libro, por ejemplo, es probable que, como sucede con la música, el soporte conocido se reemplace por tecnologías digitales. Aunque la música envasada tiene menos años que el libro, no es imposible que el libro de papel deje de existir.

No sé qué pasará con las bibliotecas, en el sentido ornamental de la palabra. Una vez me pidieron un listado de libros que sí o sí yo consideraba importantes de leer, mezclando clásicos, contemporáneos, locales y extranjeros, de culto, etcétera. La persona fue y compró todos los que consiguió y así armó su bodega de joyas literarias que cumplían la misma función que los cuadros de una casa y estaban dedicados a que los invitados los vieran formados uno al lado del otro.

En el fondo creo que no importa si un libro existe en papel o en digital. Lo que cambia en realidad es el uso, las formas de lectura, la manera de leer, de mirar, de formular. Más parecido al funcionamiento inconsciente y visceral. Caprichoso como los recuerdos y los sueños.

No me resulta cómodo leer de una pantalla, algo que hago todo el día. Pero como soy parte de la generación del cambio, tal vez más adelante esto no sea un problema. La nostalgia de conservar un primer libro (Mujercitas) con manchas de tostadas con manteca y Nesquik se reemplazará por una atemporalidad con otro tipo de recuerdos donde la infancia no quedará atrapada en unas hojas amarillentas y el paso del tiempo se llamará de otra manera, porque el tiempo no transcurrirá nunca más de manera lineal y tal vez se relatará de otra forma.

*Autora
Mariela Ghenadenik nació en Buenos Aires. Se graduó de Ciencias de la Comunicación (UBA). Algunos de sus cuentos fueron publicados en diversas antologías y suplementos culturales, entre los que se destacan: Cuentos Breves (Mondadori), Studio Shenkin (publicaciones Amia), En Celo (Mondadori) De Puntín (Mondadori), Suplemento de Cultura del diario Perfil. Su cuento "Mi vecina y yo" fue premiado en el Concurso Interamericano de Cuentos de la Fundación Avón y "Las cosas nunca son lo que parecen" fue distinguido en el Concurso de Cuentos breves "Diversidad Cultural en la Argentina" de la Fundación Lebensohn. En la actualidad, trabaja en Comunicación Institucional.