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Escribir en la nada
Omar Genovese*

Desde que No Retornable me pidió una colaboración, hice dos extraños intentos por escribir sobre el tema del dossier. Primero en un documento de texto, con tres párrafos de complejidad insoportable. Luego, para deslindar la tecnología del objetivo, tomé notas manuscritas con una caligrafía tipográfica, abigarrada, prolija, pero a la vez breves, inconexas. Fui ganado por la frustración: ni las notas daban lugar a una trama reflexiva, ni de lo ensayado en el tipeo surgía una idea general, alguna teoría al respecto. Con el tercer intento -al que doy cierto aire de actualidad simulada-, espero hacer materia discursiva, encontrar alguna lógica a eso que aparece subrepticio: el horror de no haber publicado en ningún lugar relacionado con la física de los objetos culturales.

El blog no es enfermedad ni solución a mal alguno, tampoco creo que forme parte de algún misterioso circuito de celebración del ego. Al cabo de los años, en mi caso seis, toma fuerza la secuela de su práctica: el blog es una tensión entre lectura y escritura, donde tal vez se manifiesta un estilo en la dispersión de los géneros. Desde el anagrama hasta el haiku, del cuento al ensayo, de la novela al graffiti. En cuanto forma, es un papiro cuya longitud se extiende al temor de un inicio, cierta timidez, hasta la pérdida total de límites. Si el lenguaje está encorsetado por la forma social, el blog desordena y filtra su humedad en la estructura. Más que un logro, su establecimiento formal en el medio web es resultado de una suma entre causal y casual, fenomenología que preocupa a los espíritus comerciales en torno a la cultura. El mal de la estadística señala un poder sin dueños (ni reales, ni aparentes): la suma de lectores de los blogs que figuran entre mis preferidos superan –en una semana- a la de lectores de cualquier suplemento o revista cultural editados en forma impresa, descontando que la mitad de las visitas representan a los mismos lectores y motores de búsqueda. Contando reincidentes y nuevos interesados, se formó un circuito de exposición, publicación concreta de textos de la más variada gestación. Pero hay algo en común en todos ellos, nada que pueda señalarse como denominador exclusivo y excluyente, y es la intuición de que también se ha formado la sinuosa espiral de una pequeña red a partir del vínculo, la llamada a la lectura de los otros, y también, con la constante incorporación de otras miradas. En términos de actualidad estaríamos en un espacio virtual cuya maqueta remite a cierta biodiversidad dinámica: en caso de recurrir a un dios web, se le adjudicaría una particular distracción que impulsa el agregado constante de nuevas manifestaciones.

En aquello casual hay algo de expansión ritual: el tiempo individual se confina y reduce, ocurre el filtro inevitable constituyendo el ejercicio de la navegación web como algo cotidiano e imprescindible. Ya existe un tiempo íntimo para la búsqueda y la satisfacción, una disciplina de comunicación incorporada a la rutina individual. Pero, a la vez, se produce un corte social, y en la cirugía está la diferencia, lo que excluye. Es algo que en nada minimiza el significado de la visión de un radiante Porsche Carrera por parte de millones de empobrecidos del país. Acceder a la web también instala esa mentira piadosa, que tal vez haga del circuito un cerco de lo escrito, casi cárcel ambulante. La “ventaja” tecnológica es un elemento más de distinción, extraño salvavidas en auxilio de la pérdida del lugar social en la física cotidiana. Entonces, el lector web bascula en dualidad víctima o victimario: su única carga defensiva en lo simulado es el juicio de valor, emitir un sentencia, condenar al otro antes de ser condenado. ¿Es eso una herramienta intelectual? Apenas manifestación sin trascendencia política, el brulote hace signo de la desesperación. De la carta a la redacción de un diario, del llamado a una radio, de la protesta indivisa en un espacio público, la violencia y el deseo de trascendencia producen mixturas patéticas, alcanza con recorrer los comentarios a las noticias de los diarios en internet. Y es en la incorporación del comentario a la noticia donde el blog ganó como utilidad. Los medios reconocen a su pesar que la posibilidad de opinión es el plus para atraer ese tiempo novedoso e intangible del lector tecnológico. También colocan blogs, advirtiendo sobre su adaptación desesperada para mantener la pauta publicitaria. ¿Cuánto tiempo más soportarán dichas expresiones multimediáticas? Hoy se discute y aprueba una Ley de Medios ignorando el fenómeno. Desde la perspectiva tecnológica, se trata de un enfrentamiento de poderes económicos pero no de herramientas con garantía de perduración. Televisión, radio y publicaciones, están siendo conjugadas por omisión (su utilidad misma) desde la web. Se habla de contenidos, cuando el contenido está en otro lugar, o en ninguno, viajando en la binaridad de los elementos que lo constituyen. Desde ahí, la Ley de Medios se convierte en Ley de Medias, como inactual es un gesto político de reincidencias: define la medianía de quién es quién en el campo político. Recurso para, tal vez, delinear cuáles son los enemigos y cuáles aliados en la arena de lo posible (e imposible). En ese contexto, los blogs y la literatura tensan la relación hasta sacarla del lugar de los productos culturales y ubicarla en el campo de la crítica discursiva. Lo manifestado en lo real es relámpago del poder y, desde lo virtual, las miradas están inmunes al efecto fatuo de sus estridencias.

No hay inocencia en esto. Ningún actor-blog (1) se deshace completamente de la impronta que lo impulsa: se-escribe, desde sí y para rebotar en un acelerador de particularidades. Hay satisfacción en “ser leído”, en la correspondencia de los comentarios, en el valor y estima por las propias palabras. Y en ese paisaje, para los medios que vinculan el propio esfuerzo con el espacio cultural tradicionalista, ocurre la mutación de marginalidad a resonancia: advierten de un sujeto discursivo que, de no ser por sus blogs y lecturas, carecería de entidad suficiente. Cada cita desde los sistemas externos de comunicación al blog hace que la densidad de las relaciones texto-lectura tomen forma presencial, en la paradoja de lo virtual (sólo adquiere calidad de materia al encender el circuito de intermediaciones tecnológicas), ya no tan efímera, cuya continuidad puede medirse en excesos, depuración y frustraciones. Desgraciadamente (y por eso la resistencia a escribir sobre el tema) tengo que referir a mi propia experiencia, pensando menos en lo autobiográfico que en las resonancias capaces de tender un puente entre un blog y el acto presencial de quien escribe en ese darse a conocer, estar ahí como sujeto de un mercado de valores simbólicos. Durante todos estos años de blogización humana, bajo algún pretexto de reflexión o difusión, he participado en radio, en mesas de debate, ya por invitación del ámbito universitario o algún medio. Lo hice en representación de Nación Apache, y en el nombre de mi propio blog, lo cual no deja de ser –en el segundo caso- más que la corporización animista de un ente ajeno a todo canon. ¿En dónde radica el interrogante del ámbito cultural-periodístico? Supongo que es manifestación de cierto interés por correr el velo del blog para dar identidad, aproximar al fantasma (digo fantasma, invocando a toda esa fantasía en torno a los sujetos discursivos constructores de blogs) que escribe, poner luz sobre su intromisión, ver cuánto de temerario tiene por fuera de lo escrito, traer al interlocutor para hacerlo oral y, también, medir cuánto de esa oralidad corresponde al estilo. Sin desconfianza, creo que es resultado de una necesidad escolar para ligar lo representado con la imagen del sujeto que narra: ubicar, dar forma en lo real, digerir el peligro de lo desconocido. Salvo mi participación en la presentación de un libro (Tierra Metida, de David Wapner) donde la materia publicada tomó forma en la difusión de Nación Apache, los demás actos presenciales los he vivido como cierto interés entomológico sobre lo inasible e inquietante que presupone el nuevo medio. Y en realidad, creo que ni una cosa ni otra concurren en mi persona, todo lo contrario, la materia vital propia se desdibuja en lo social, es más, me jacto aquí mismo de ser ínfimo e irrelevante.

Escribir en un blog tiene toda la apariencia de ejercicio de una sed insaciable. A las iniciales interpretaciones yoicas del fenómeno advino la humorada de la trampa: académicos, escritores y críticos, terminan reconociendo la filtración de otra actividad literaria en tantos y variados estilos expuestos en la publicación on-line. Hasta el punto que muchos de ellos pasaron de lectores a blogers. Pero existe una gran mayoría despechada por el temor de estar obligados a expresarse –demandarse- de acuerdo a la expectativa que generó su trayectoria. Hay pánico a la devaluación de la propia materia publicada, que las intervenciones en un blog caigan al margen definitivo de su posible propagación editorial. O lo que es peor, quedar a merced de la conjetura de esos otros, con la misma herramienta, en un terreno inasible por fuera del mercado (si lo que escribo pierde su valor, ¿qué valor tengo?; si lo que escribo es tela de juicio en lo inmediato contemporáneo, ¿cuánto me devalúo como sujeto cultural?). Eso no inhabilita que, de inmediato, al primer síntoma de resonancia se haya recurrido a una docta opinión sobre blogs de quienes son únicamente lectores: andamio por fuera de la fachada de algo que desconocen por completo, es como pretenderse crítico literario sin haber leído, o de arte ignorando la historia de la pintura, como mínimo; o más práctico, opinar sobre ingeniería o arquitectura desconociendo la física de la línea y la curva.

En la reproducción escalar de los blogs hay un sistema de correspondencias matemáticas. Y se produce el salto desde lo mecánico (impresión del papel) a la representación binaria: sí o no, cero o uno. El vacío y el sujeto: la incógnita siempre estará en el otro como incertidumbre. ¿Será leído lo que escribo? ¿Quién será el lector? ¿Cómo reacciona? Interrogantes de un principio que luego, con el discurrir, desaparecen a favor del lector inteligente, con su posición crítica y generosidad en el comentario. Con la falsa visibilidad del comentario se abre una pérdida en lo escrito, su verdadera pérdida, ya no pertenece, está en manos del suceso de difusión y de la acumulación de palabras que ponen una barrera de olvido: lo actual nunca es tan actual, y el tiempo suma hasta diluir lo escrito. Pero, ¿cómo aparece el estilo en un blog? En las lecturas señaladas, en reflexiones de otros textos, en el mismísimo ensayo, o en la mera publicación de una obra capitulada, completa.

Ahora bien, ¿puede un escritor construir su novela en la actualidad del blog? Hace unos días leí ciertas referencias de Juan Cruz respecto al esfuerzo físico de la escritura, desde la presión del bolígrafo en el papel y su influencia en la mano, al uso de los dedos en precipitada velocidad de tipógrafo. Ésa observación puede sumar una noción de momento por el que el mismo acto de construcción de la frase requiere de cierta intimidad y sumisión al transcurso de lo que se ejecuta.(2) Erradicando la mecánica, queda ese tiempo que implica todos los procesos: búsqueda de sinonimias, tachaduras, remiendos, relecturas, notas, reflexión, y la corrección misma. En la sucesión de instancias está el trabajo en sí, de cuyo proceso emana el carácter definitivo que espera por la totalidad, el fin mismo del texto, su culminación. Ahí es donde basculan las definiciones, dudas e inquietudes, el otro trabajo de corrección sobre la página impresa, la galera tipográfica irreemplazable, laboratorio secreto de la definición del conjunto. Sobrevuela al aquelarre cierta resonancia del estilo, su voz concreta, a punto de partir deshaciéndose del escritor para hacer obra, y ahí la dificultad de esa mirada insomne desde la contracara del blog. La intimidad de la escritura se vería invadida, tal vez seccionada por el cruce de una lectura poderosa, tan primitiva como animista, capaz de hacerse de ese uno apasionado, expuesto, a punto de la disección de un otro tan intangible como severo. En la continuidad siniestra de tal frontera, es donde ciertas pautas de la ejecución literaria, fobias e inquietudes individuales, reclaman pudor. Dudo que el aparato mecánico personal de los escritores pueda dar resultado en la exposición a esos lectores convertidos en testigos ineludibles: si tan desagradable resulta la lectura del otro sobre el hombro, cuánto más la escritura con la sensación de sumisión a un voyeur invisible.

Creo que el experimento de la escritura individual tiene en el blog infinitos ingenios por descubrir, puertas a punto de abrirse para sorprender y desubicarnos respecto al espacio que creemos más seguro detrás de un artefacto tan dinámico como huidizo. De ahí a la felicidad de la literatura hay una distancia inmensa, en cuyos bordes se conjetura el sentido (o falta) de la discursividad humana. Quedan los caminos de tal difusión, el desprendimiento de la obra de la identidad del sujeto que la genera, y tantos interrogantes por observar: qué pensar de la crítica frente a una herramienta tan omnípoda, cuál será su destino atado al desplazamiento del gregario social y sus rituales, y cuándo ocurrirá que un hombre quede en soledad absoluta, frente a una pantalla indiferente, buscando nociones para darse a entender, cuando del otro lado de la noche histórica no haya nadie, nada, la misma nada que acecha desde que el primer grafo marcó el destino de una piedra con alguna pretensión simbólica, trascendente.

Notas

(1) Me permito introducir esa noción en el montaje de palabras: al representarse, quien escribe en un blog necesariamente da indicios aproximados de sí, se ofrece para un sacrificio mediático no exento de riesgos: aceptaciones, rechazos, conjeturas y agresiones de la fauna psiquiátrica más variopinta. Sube al escenario a sabiendas de una lluvia de hortalizas pútridas, y sin embargo, escribe.

(2) Esta idea general es de Guillermo Piro.

*Autor
Omar Genovese es escritor, editor, diseñador y especialista en marketing político. Estudió Ciencias Exactas en la Universidad Nacional de La Plata, y Dirección Cinematográfica en EDAC, Avellaneda, Buenos Aires. Formó parte del comité de redacción de la revista de Cinegrafo. Colaboró con el suplemento cultural Cultura y Nación del diario Clarín, en las revistas Caras y Caretas (segunda época) y Nómada (Universidad Nacional de San Martín), con críticas literarias y artículos sobre cine. Es editor del blog cultural colectivo Nación Apache (http://www.nacionapache.com.ar), ganador en dos oportunidades del premio al Mejor Blog de Argentina Mate.ar. Se encuentra trabajando en la selección de textos para la edición de Los Archivos de Nación Apache (Libros del Sur). Tiene publicada una nouvelle on line: Marfil, breviario de un cineasta (http://marfilbreviario.wordpress.com). Además, escribe artículos sobre fútbol para la web Maestros del Fútbol (http://maestrosdelfutbol.com/). Su blog: El Fantasma (http://omargenovese.wordpress.com).