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El centro cultural
Hebe Uhart*

Hace unos diez años, la familia de Arturo le prestó la vieja casa paterna para que instalara lo que era su sueño dorado: un centro cultural multidisciplinario. Las artes están muy separadas entre sí y Arturo consideraba necesario que los artistas se conocieran, intercambiaran ideas y se mostraran unos a otros lo que hacían, no podía ser que un pintor no supiera nada de literatura y un escritor, nada de pintura. En el Renacimiento se potenciaba al hombre total, un hombre que tanto podía pintar un cuadro como hacer un pastel de conejo, celebrar una hermosa fiesta, montar a caballo como los dioses y llevar perfectamente los libros de comercio. Todo esto sin mencionar los viajes, el conocimiento de las propiedades curativas de los elementos y algo, por supuesto, de botánica, de geografía y suma y sigue.

El problema de la casa era que estaba un poco lejos del centro de la City, donde están los grandes centros culturales, pero Arturo no aspiraba a un elefante cultural, sino a una asociación barrial que con el tiempo iría creciendo y sería conocida por el nivel de sus discusiones, de sus exposiciones, de sus conciertos. “No hay que quedarse en una sola disciplina –decía Arturo–. Hay que tener lateralidad”. Y hacía un gesto con la mano, moviendo los dedos hacia los distintos lugares del arte.
Las casas viejas tienen problemas de cañerías, de cerrajería y de cosas obstruídas: esto no era problema para él, que repararía todo con su ayudante Ramoncito. Ramoncito le había contado su infancia tan dura en el Chaco. Arturo sacó en conclusión que el padre del muchacho no lo comprendía para nada y además era un padre castrador. Ramoncito le pidió permiso para dormir en una piecita de la casa que iba a ser centro cultural, y Arturo vio en eso la ventaja de tenerlo siempre a mano: había que bajar la hermosa araña de caireles de colores que estaba sucia desde hacía unos treinta años atrás. Pero Arturo debía supervisar las tareas del muchacho; esa casa tenía objetos valiosos, no por eso Arturo lo consideraba culpable de nada, pero debía ejercer el magisterio con él constantemente. Ramoncito se enteró de una porción de cosas que jamás hubiera presentido en su casita del Chaco: que los objetos viejos tienen más valor por su antigüedad (quedan como ennoblecidos) que era una picardía cambiar el piso de la gran sala, aunque estuviera todo cuarteado, eso no importaba: conservaba los mosaicos de su construcción primitiva. Ramoncito se acostumbró a no hacer más sugerencias, como introducir materiales nuevos para pegar y ensamblar rápido porque para don Arturo, como le decía, cuánto más lento mejor, ya que todo debía ser una obra artesanal, donde se vieran el trabajo humano y las huellas de la creatividad, la gente que fuera iba a palpar ese trabajo amoroso, sin la irrupción de esos elementos modernos que producen un efecto frío y sin alma. Ramoncito nunca lo había pensado así: a él, si lo mandaban a trabajar lo hacía y si no, se tiraba panza arriba debajo de un árbol. ¿A qué tanto problema? Arturo pensaba que el chico era un diamante en bruto, sólo faltaba pulirlo, pero Ramoncito se cansó de la lentitud de la obra y de los discursos de Arturo –sobre todo de uno que se refería a la ignorancia de la gente que no sabía apreciar lo bueno– y cuando se consiguió otro lugar para dormir se fue. Porque además hacía frío en esa casa tan grande: la estufa a leña de la sala sería más noble que las actuales, pero había que ir a buscar la leña al culo del mundo y calentaba sólo la sala, donde se desarrollarían en el futuro las actividades del centro cultural polivalente.
Se fue llevando lo que le pareció más útil: un martillo, una sierra y una pinza.
Arturo quedó muy amargado por la ingratitud humana, no por el martillo y la pinza, ya que tenía como cuatro, sino por el hecho en sí, tenía que buscar otro ayudante para reparar todo, pero a este lo iba a mirar bien; era mejor en lo posible que no fuera carenciado, porque un carenciado siempre necesita equilibrarse. Si Ramoncito volvía y reconocía su falta, su descuido, tal vez un momento de tentación, él lo recibiría con los brazos abiertos y Ramoncito aprendería una lección, porque es de hombres afrontar. Si hubiera vuelto, habría aprendido nada menos que a ser hombre. De modo que a veces se encontraba perorando contra la ingratitud humana, a veces se acordaba de su martillo, que había estado en la casa paterna durante cincuenta años y ya no se hacen así. En eso estaba cuando apareció por la casa en refacción Rolando, buen muralista y compañero de trabajos en el pasado. Era un hombre de gran sensibilidad, pero tenía un problema: su mujer lo dominaba y pretendía que ese ser sensible, abierto al mundo y a todas las manifestaciones estéticas, dejara las artesanías y las decoraciones y que trabajara en un corretaje de no sé qué. ¡Un hombre de esa talla, dedicado al comercio, golpeando de puerta en puerta! No. No estaba hecho para vender. Pero su mujer no pensaba lo mismo y lo echó de la casa, después de tantos años de casado, lo echó de la casa. Ahí vio Arturo la oportunidad de tener un nuevo ayudante –quedaba la piecita que había dejado libre Ramoncito– y le propuso que fuera su ayudante, aunque en este caso era más bien su colaborador. Y vio otra ventaja: no tendría que lidiar con una persona que –respetando las diferencias y sin ofender a nadie– no tenía los mismos códigos que él. Con Rolando siempre le había bastado una mirada para entenderse.
Pero Rolando estaba muy afectado por la separación y, según él mismo decía, desde que se había separado había quedado un poco sordo, y Arturo observó que a veces hablaba solo y pensó: “Es raro y no lo es, porque una separación es una cosa jodida, y más para una persona sensible”. Arturo siempre estaba atento a todas las conductas humanas. Después de ayudar dos o tres días a clavar unas cosas, siempre un poco abstraído, a Rolando le dio por cubrirse con una frazada, a modo de capa, que Arturo no sabía de dónde había salido. Además se había agenciado un loro: por las mañanas lo festejaba largo y tendido. No le importó mucho a Arturo lo del loro, pero sí el asunto de la frazada, por la imagen que podría dar en el barrio. Pero se tranquilizó cuando Rolando le dijo que iba a integrar el barrio al futuro centro cultural polivalente y, vestido con la frazada, se puso en la puerta y empezó a saludar a las señoras que iban con su bolsa a la feria. “Buen día, señora, cómo está”, decía con su voz más amable; algunas salían corriendo, pero otras le contestaban y una preguntó qué era lo que estaban haciendo ahí dentro.
Cuando colgaron los cuadros de Rolando y Arturo –a Rolando le daba lo mismo que los colgaran o no, los miraba como si no fueran suyos– entró una señora. ¡Por fin una clienta, una participante, alguien interesado por la cultura, alguien del barrio! Rolando la hizo pasar con su mejor sonrisa; la señora preguntó por el precio del loro. Este episodio le produjo a Arturo una gran desilusión: se tiró en una camita que había en la otra pieza y entró en un ataque de meditación. Y Arturo pensaba así: “Si bien no era cuestión de que Rolando se dedicara al corretaje y a la venta, tarea inapropiada para él, tampoco estaba para permanecer aquí, como colaborador del centro cultural. Esa capa de frazada ahuyenta a mucha gente, sobre todo a la que tiene capacidad adquisitiva, ya sabemos lo prejuiciosos que son los burgueses”. Si lo sabría él.
El mismo Rolando dio solución a su problema. Cuando Arturo le dijo que lo ayudara a sostener una escalera para colgar un cuadro, se distrajo y la dejó caer. Arturo le dijo: “¡Te dije que la sostuvieras, salame!”. Esto, unido a otras cositas por el estilo, hicieron que Rolando desapareciera por tres días; nadie sabía dónde estaba. Al tercer día Arturo lo encontró en una casa abandonada, semidestruída, con veinte gatos. Ya los tenía a todos bautizados con su nombre, y cuando Arturo le preguntó si quería volver, Rolando no contestó, estaba encantadísimo con los gatos, a uno lo llamó Mancha, a otra Catina, Mendieta y el más grande se llamaba Juan de Garay. Estaba permanentemente ocupado con todas sus interacciones, sus idas y vueltas, estableciendo los límites entre ellos y parecía propiamente que quería fundar un colegio de gatos.

Hubo una etapa de transición, en la que si bien la casa estaba arreglada, no había permiso municipal para habilitarla como centro cultural. Arturo fue a la comisaría, les contó detalladamente el proyecto –no parecieron inmutarse en lo más mínimo– y mientras un oficial ponía papeles en un casillero, le dijo:
–Necesita permiso municipal.
¡Lo que es la burocracia! Llevaba meses juntar todos los papeles y mientras tanto, la casa quedaba abandonada. Entonces Arturo accedió a que se quedara a dormir allí, a cambio de unas barridas, un viejo que fabricaba de forma artesanal escudos peronistas y los ponía a secar al sol en la vereda. Ese viejo no molestaba para nada, pero era tan misterioso como el destino de los escudos, que eran muy pesados, color café con leche y redondos. Tenía su habitación llena de ellos y cuando se acordaba echaba una barrida, todo hecho de forma tan maquinal como cuando se arrastraba hacia la calle para poner a secar su material y tomar un poco de sol.
Arturo se mantuvo firme y no accedió al pedido de una vecina, que dijo que ese lugar era ideal para poner la taberna de María la Vasca, donde se harían representaciones teatrales: toda la vida ella había querido ser María la Vasca, que vendría a ser una especie de mesonera de casa alegre. No le inspiró confianza la mujer, no le gustaba el personaje de María la Vasca, y además, ¿quién se creía ella para fijar leyes y decir, como si estuviera en su casa “Tiramos esa pared” y “Esa alfombra vuela”? Tu cabeza va a volar. ¿Qué se cree la gente? ¿Cómo se atrevían a querer jugar en su casa? Entonces Arturo se puso a meditar sobre cierto tipo de mujeres: son insatisfechas, caprichosas y peligrosas, porque son las que mueven el mundo escorchando a sus maridos para que compren objetos inútiles y caros, y son como las artífices secretas de toda esta alienación, todo este enloquecimiento del mundo contemporáneo.

***

Y llegó el día del primer evento del centro cultural: la fiesta de los santiagueños. Esa fiesta resultó memorable por su calidad. El micrófono andaba perfectamente bien, pese a haber sido hecho de modo artesanal con partes de otros micrófonos; las empanadas estaban bien cocidas y ceñidas, eran de un tono moreno claro, como la cara de los concurrentes. Como era verano, todas las mujeres llevaban vestidos de colores y cantaron lo más bien: “Zamba de mi esperanza anochecida como un querer”. Había un poeta que también era cantor, como pintor era Oropeza, que llevaba las morenas empanadas a las mesas. Las llevaba como si siempre hubiera sido mozo, pero sin la servidumbre del mozo, marchaba como alado por las mesitas de madera, con un dicho alegre para cada mesa y todo estaba sincronizado: los santiagueños trajeron a una señora mayor que fabricaba las empanadas silenciosamente, Arturo las traía en una enorme fuente a una barra que él mismo había construido, y de ahí a las mesas. El baño estaba perfectamente habilitado. Los santiagueños trajeron floreritos diminutos con flores para cada mesa y además de cantar todos juntos, el poeta cantor habló de la identidad, de las raíces, del terruño y de la unidad. Eran todos criollos finos, aplaudían modosamente y un señor le llevó un ramo de flores a una poeta que leyó sus versos. Todo estaba limpio y confortable y la gente se agolpaba en la puerta con cara de excluidos de un espectáculo tan hermoso. Arturo pensaba: “Por fin se me da”. (Iba enumerando para sí todas las prácticas culturales que se realizaron: poesía, música y canto, oratoria y cocina, que también es cultura.) Pero lo bueno dura poco: no se volvió a repetir otro evento de santiagueños porque esa noche leyeron todos los poetas santiagueños que vivían en Buenos Aires.
El viejo de los escudos dormía apaciblemente en su piecita, se ve que no lo afectaban los ruidos y, después de todo, no molestaba; a las nueve, ya estaba en la cama.

***

Cuando Arturo vio semejante éxito, puso un aviso en la revista Segunda mano donde se ponían anuncios gratis. Era una revista alternativa, como se decía, que no pertenecía al sistema. Era una revista de mucho canje, había avisos que decían: “Canjeo un perro ovejero por una guitarra”. Entonces él puso: “Fiesta de las colectividades, centro cultural multidisciplinario”. Al día siguiente cayó por ahí una alemana bajita y gorda, pura energía, y evaluó el local de un solo golpe de vista. Se presentó así:
–Soy la esposa de Anastasio Quiroga, el inca.
“A la mierda”, pensó Arturo. La mujer no miró los cuadros colgados, no preguntó nada; solamente se puso a medir el local a largos pasos; quería hacer un recital de música de la Puna con “mi marrido”. Arturo pensó: “A la mierda, ¿ella cantará?”. No, no cantaba, era la representante legal. Ella planteó la dificultad para trasladar el erke (un instrumento tan grrande) y él se acordó del colectivo de Zavaleta y le dijo que se lo solucionaba. Miró el micrófono y dijo:
–Prefiero el mío. Y traeré la alfombra.
No preguntó si podía traer una alfombra, lo dio por sentado como si hubiera estado en su casa. ¿De qué están hechas las mujeres?, pensó Arturo. Esa era su casa y su micrófono, que no se le ocurriese pedir nada más. Además, cuando uno va a un lugar, confraterniza con la gente, observa los productos del trabajo humano, esta mina es una aplanadora. Pero lo conmovió el hecho de que estuviera en pareja con el cantante coplero del Norte, un indio auténtico. Ella lo debía mover, porque Anastasio Quiroga, como todo indio, debía ser tímido y estaría perdido en la ciudad y por eso solo. En el fondo, ella debía ser una buena mujer y además, como era alemana, nuestras raíces y nuestra identidad serían promovidas en la vieja Europa. Animado por este entusiasmo, pensó en el colectivo de Zavaleta su amigo que era utilero de la televisión. Zavaleta siempre ofrecía después de una reunión llevar a la gente a su casa en ese móvil que era como un largo ciempiés, flaco y largo como su conductor; a la gente le encantaba viajar en semejante extrañeza, pero Zavaleta iba siempre taciturno; el único tema que le interesaba era la Segunda Guerra Mundial. Muchas personas fueron a la Cantata del inca, como la bautizó la alemana, sólo por el placer de viajar en ese vehículo, junto al erke.

Cuando todos llegaron, la alemana estaba parada en la puerta junto a Anastasio Quiroga. Miró su reloj y dijo:
–Cinco minutos después de hora.
–¿Quién se cree que es para marcarme? En mi vida he marcado tarjeta.
La alemana estaba vestida con una pollera de gajos verdes y violetas, su blusa negra tenía adornos dorados refulgentes, su pelo también refulgía, era de un rubio intenso. No era una ropa para estar a la orilla del río, ni para sentarse junto a la chimenea. ¿Para qué era? Para alguna guerra, por ejemplo la de las galaxias. Anastasio Quiroga estaba todo de marrón, a tono con su piel; su poncho era colorido, pero en tonos opacos, como si uno no debiera ofender con las vestiduras. Ella desplegó la alfombra que había traído, con potentes pero cuidadosas patadas, conectó el micrófono y empezó a mandar a diestra y siniestra. Arturo pensó que si no hubiera sido porque se trataba de una fiesta de la identidad nacional, le hubiera dado una patada en el traste que la hubiera mandado adonde pretendía ir: a las galaxias. Anastasio Quiroga se retiró a la gran habitación trasera, que en un futuro estaría ocupada por las múltiples actividades del centro cultural, pero que ahora estaba absolutamente vacía, se sentó en una silla y se quedó ahí, quieto y solo. Una persona acostumbrada a revisar la casa (todos los conocidos solían recorrerla libremente de cabo a rabo, porque era una casa democrática y, como se sabe, un elemento de la democracia es la publicidad) entró a la habitación donde estaba Anastasio Quiroga, imperturbable. La alemana vio al intruso y dijo perentoriamente:
–Debe retirarse. El cóndor está meditando.
Menos mal que la alemana no se apercibió del viejo que dormía con sus escudos peronistas, porque hubiera sacado todo ese conjunto a la calle. Porque ella no miraba las cosas de a una: pensaba en conjuntos. A la gente le dijo:
–No se permiten fotografías, no se permiten filmaciones ni grabaciones.
Iba de un lado a otro, produciendo un efecto desconcertante. Con esa pollera era como un general vestido de mujer en día de fiesta. Ninguna coquetería, ninguna mirada a cualquier parte para ver qué efecto causaba. Pero como la gente estaba estupefacta ante el tamaño del erke (tuvieron que replegarse para que entrara) no la miraban demasiado. El erke es oriundo de la soledad de la Puna, donde uno podría desplegar cien elefantes en sucesión y parecería natural; ahí, en ese ámbito chico, era el centro de atracción. Anastasio Quiroga manejaba el erke, la guitarra, su canto y su palabra como si todos fueran uno con él. No había un atrás en cada cosa que hiciera, la voz brotaba más adentro de la garganta, y cantara o hablara su expresión era imperturbable; no miraba a nadie del público sino más allá, a algún punto invisible y lejano, manejaba ese enorme aparato como si hubiera sido un pito de carnaval y cuando pasaba del erke a la guitarra, sus movimientos eran ocultos. Cuando terminó, los aplausos volteaban el lugar; él seguía cabizbajo, como si todo le diera igual. En un entreacto, la alemana pasó por la concurrencia para vigilar si sacaban fotos. Después Anastasio cantó una copla:
Ya se acabó el carnaval,
estamos todos cansados,
toda la gente parece
puro zapallo sentado.

Cantó unas ocho canciones y una copla, ella dijo:
–Terminó la función.
La gente pedía más pero no hubo caso. Y mientras Anastasio Quiroga se tomaba unos vinos (también era uno con los vinos), la alemana se acercó a Arturo y le dijo:
–El lugar es satisfactorio. Hay que mejorrar la higiene, los horarios, y confiscar a la entrrada todas las maquinarrias.
Y Arturo pensó: “Ya me tenés cansado, ya vas a ver quién es Arturo Parodi, con cuántos no me habré trompeado y ahora me viene a chumbar este poroto de manteca. Son mujeres dominadoras, como bien decía el doctor Bermúdez. Son la ruina de los hombres, como esa mujer que tuve, la Nelly segunda, que tenía un ejército de patos sólo para ejercer el mando. Son mujeres que tienen el complejo de castración y mandan hacer al hombre lo que no quieren o pueden, como la Nelly primera, que me hizo comprar el auto y me hizo alquilar un departamento”. Entonces le dijo: –No va a haber más funciones, señora, se suspenden.
La alemana dio media vuelta, sacó a Anastasio de su comunión con el vino y quiso irse, pero había que llevarla, junto con el erke. En el colectivo de Zavaleta, Arturo no quería estar cerca de la alemana y además ella le impedía hablar con Anastasio Quiroga, en el caso de que este hablara con la gente luego de las funciones, para que le revelara los secretos de su alma coya, para ver qué encerraba ese silencio tan ensimismado. Entonces se fue junto a Zavaleta y le dijo:
–¡Pero quién se cree que es!
Y Zavaleta empezó a contar la toma de París por los alemanes. Arturo le dijo:
–Sí, ya sé, ya me la contaste como diez veces.
Y Zavaleta siguió en silencio, amargado como siempre y ahora con motivo, mientras la gente viajaba lo más alegre en el colectivo. Anastasio Quiroga y la alemana, en un rincón aparte, sin hablar con nadie.

***

Cuando Arturo estaba decidido a tomarse unas vacaciones –había descubierto que las preocupaciones cansan, cansan antes y después de los hechos (qué cosa, antes no lo cansaban)– apareció una mañana un hombre sigiloso, retacón, todo vestido de oscuro y con importantes lentes. Le dijo:
–Disculpe, caballero, Antonino Huamani Tejedor, para servir a usted, soy Tejedor por vía materna y Huamani por parte de Evaldo Tejedor. Acá tengo mis documentos en regla que presento a usted para su verificación...
Y sacó pasaporte, permiso de residencia, libreta de casamiento y suma y sigue.
Arturo le dijo:
–Guarde todo eso, no hace falta.
Pero Antonino no estaba dispuesto a interrumpir su discurso ni a dejar de lado lo que traía para mostrar. Había venido desde lejos para decir todo completo, para que quedara redondo. “¿Qué querrá?”, pensaba Arturo mientras lo miraba y escuchaba: “En nuestra circunstancia, y teniendo en cuenta que la expansión es necesaria a los fines...”. “¿Qué querrá pico de oro?”, se decía Arturo. Era un discurso de los que los griegos comparaban con los mantos de abigarrados tejidos, en cuanto uno mira el rojo, ya aparecía el amarillo, y no se sabía cuál era el punto. Antonino viraba de la situación presente a “Dios no lo quiera ni lo permita” y después a la trayectoria de honor y honestidad que él mismo representaba. Cuando en una parte del discurso le dijo “señor”, Arturo le respondió:
–El Señor está en los cielos.
Antonino no acusó recibo. Dijo: “Vayamos al centro de la cuestión”. Y ahí dijo que si el caballero lo consideraba conveniente, si las circunstancias eran propicias y si nadie se molestaba, si podrían hacer una celebración de la colectividad que lo había enviado para ese cometido, todos esperaban que él no volviera con las manos vacías.
A Arturo le gustó el mensajero, le hizo acordar a su tío Victorio, petiso entre hermanos gigantes, y jodido como el ají picante. Este más que jodido parecía demasiado precavido y un poco tapado, porque se había aumentado la estatura con unos tacos muy disimulados. Los zapatos estaban muy bien lustrados y a Arturo le pareció bien que hicieran la fiesta de la colectividad allí: los bolivianos son verduleros, que es un oficio noble, están en contacto con la tierra, trabajan con sus manos. Ahora este Antonino debería tener menos rodeos y menos apocamiento para encarar, pero esto lo hace la misma sociedad; el hombre no nace apocado, lo hacen. Y si se desenvuelve en distintas actividades sociales, irá perdiendo su apocamiento con el tiempo, como no. Pico de Oro dijo:
–Nosotros traemos el vino y el ají de gallina.
Y ahí cerraron el trato.

***

Llegaron casi todos juntos, en grupitos, miraban con sigilo como si hubiera alguna emboscada y no se sentaban hasta que no lo distribuía Antonino. Se ve que los ubicaba de acuerdo a un rango, pero el rango no coincidía con sus vestimentas: Unas mujeres muy bien vestidas estaban al fondo. Se conocían entre sí y todos preguntaban: “¿Cómo está la mamita?”. Y la efusiva respuesta era: “La mamita está bien”. Pero había una mamita que estaba mal y la interlocutora que tenía una pollera de inspiración coya pero pasada a color moderno emitió un hondo suspiro hacia adentro. Para empezar la función esperaron a la mamita de alguien que tenía que llegar; finalmente llegó y era una vieja que sólo salía (la sacaban) en contadas ocasiones, porque su vestido de calle tenía más de veinte años. Ella tenía una mezcla de humildad y altanería, le dieron la primera fila y la silla más cómoda. Y a pesar de notarse que salía poco, no parecía perturbada por la gente, no miraba a nadie ni de reojo, como si le diera lo mismo estar en una alta montaña que en una peña. En cada mesa había varias mujeres y un hombre, que era quien le hacía señas a una especie de mediador que había entre Antonino y la gente; el mediador le trasmitía lo que la gente necesitaba a Antonino. La gente hacía señas, pero el mediador las reforzaba con palabras: “Mesa del fondo a la derecha: vino”. Ese intermediario también repetía a la gente lo que la orquesta iba a tocar. Dijeron que iban a tocar Cholita traidora por el micrófono y el intermediario dijo en voz alta:
–Para nosotros, y para la dama abuela, nuestra mamita, Cholita traidora.
Iban tomando en silencio y aplaudían con prudencia, hasta que una canción los despertó un poco: trataba de una mujer casada que es descubierta por un vecino en relaciones con otro hombre; ella le implora al vecino que no se lo cuente a su marido y el vecino le dice que si no quiere que cuente, él debe tener su parte. Más tarde se pusieron a dedicar canciones a todo el mundo. A la querida mamita abuela, a la niña Marylin Huamani capullo de alelí, y finalmente le dedicaron una al gentil caballero Arturo, que se había quedado pensando en la canción de la mujer y el vecino y se dijo: “Mirá vos, cómo las matan callando, con tanto distinguido Toribio, tanto caballero Alonso, con qué se salen”.

Después que comieron abundante gallina bien cocida, Antonino Huamani Tejedor se acercó al micrófono y dijo:
–Pido autorización al caballero Arturo para el inicio de la lluvia de papel picado.
“¿Qué será eso?”, pensó Arturo. Pronto lo supo. El intermediario de Antonino sacó no se sabe de dónde una bolsa madre que contenía como cincuenta bolsitas de papel picado, primorosamente envueltas y las distribuyó por las mesas. Antes dijo:
–Procedo a distribuir.
Las distribuyó como si hubiera sido oro. Todos esperaron pacientemente que en cada mesa hubiera una bolsita y después tiraron suavemente el papel a las mujeres de las mesas vecinas y las mujeres dejaban el papel educadamente como si fuera un casquete y un honor. Ahí sí brotaron unos: “Eso, eso”. Más tarde se lo sacaron subrepticiamente, moviendo los dedos como quien no quiere la cosa, como para no ofender a nadie. Arturo pensaba en cuándo se irían, porque ya era la una de la mañana; no daban muestras de irse porque seguían tomando vino en cantidades industriales sin que pareciera hacer efecto. Recién entonces algunos cambiaron de mesa para hablar con otros: “Dichosos los ojos que lo ven”, “Ahorita le daré mi nuevo domicilio”. Cuando la peña había entrado en esa meseta, atraídos por los efluvios del vino, como los peregrinos se unen a una procesión, como los manifestantes de un partido político engrosan una manifestación, cayeron cuatro borrachos del restaurante vecino, que había cerrado. Como insectos que buscan la luz habían encontrado el lugar y los bolivianos no ofrecieron ninguna objeción porque ya estaban hablando íntimamente en una semioscuridad. Pero estos eran borrachos ruidosos; se puede decir que habían aterrizado allí y estaban dispuestos a instalarse. Arturo le dijo severamente a uno:
–Esto es una peña, viejo, esto es un centro cultural.
Y a ellos les daba lo mismo que fuera una peña, una cueva o la cápsula del cohete de Cabo Cañaveral.

***

Al día siguiente Arturo no se pudo levantar hasta el mediodía, cansado por el esfuerzo de echar a los borrachos visitantes. Había conseguido un ayudante nuevo absolutamente silencioso, al que daba órdenes para tareas y mandados desde la cama. El ayudante tenía el pelo tonsurado hasta la mitad de la cabeza y después le crecían unos mechones, pero como bien evaluó Arturo, lo que importa es lo de adentro. Ahora estaban en la casa donde vivía Arturo, se había propuesto refaccionar su propia casa para embellecerla con el trabajo humano. Como él creía en el reciclaje permanente, el tubo del teléfono era de un color y la base de otro, porque estaba hecho con partes de dos teléfonos distintos. Las sillas tenían el respaldo de un color y el asiento de otro. Esto cumplía tres fines al mismo tiempo, o más: el mundo se convertía en una fábrica permanente donde primaba el trabajo humano, se hacía un ahorro en la producción de bienes y, de paso, no se contaminaba el ambiente. Con un tacho de helado construía una hermosa maceta, con una bola encontrada por ahí, una lámpara, que comprar cualquiera compra.

Mientras su ayudante daba vueltas –él se había propuesto no aficionarse a él para no desencantarse después– Arturo pensaba en voz alta, sumido en hondas cavilaciones: “Será posible que no entiendan lo que uno habla, cuando uno dice ‘Andate’ es te las tomás, es ir-se. Esto no es una borrachería, es un centro cultural polivalente. Basta que uno tenga una iniciativa para que todo se ponga en contra. Tanto que he querido hacer por el barrio desde el centro cultural y la gente ni mu. Van por ahí con la bolsa de la feria, lo único que les importa es el estómago, y la familia tampoco me ayudó, cuando dije de arreglar la casa, ni sí ni no, si querés arreglarla es cosa tuya. ¿Y el trabajo humano, que ennoblece el lugar, donde se rescata el pasado, los momentos que se vivieron en esa casa? No, nada les importa, sólo el dinero, y siempre faltan cinco para el peso, que si está habilitado, que te sacan plata de todas partes. Tendría que existir un mundo sin dinero o como en esas cooperativas de la India que se manejan con cuarenta pesos mensuales. Todo lo que se podría hacer con cuarenta pesos locos; toda la humanidad cambiada”. El ayudante no decía ni sí ni no; Arturo tampoco esperaba que contestara, no parecía pensar en nada. Además en el barrio se habían quejado del viejo que sacaba al sol los escudos peronistas; el viejo tomaba sol con la vista bien hacia arriba mientras custodiaba toda esa masa marrón que tenía a sus pies. Y Arturo decía: “Ahora, digo yo, ¿en qué los molesta? Aceptan el incesto, la corrupción, la contaminación del ambiente como si nada, ¿y protestan por ese viejo que no jode a nadie?”. Lo iba a tener que echar. ¿Y adónde iba a ir? “Y después vienen a tu casa y te quieren mandar –en tu propia casa– como la alemana, como la que quería hacer la taberna de María la Vasca ‘Esa pared se tira’. ¡Pero habrase visto, andá a tirar la pared de tu abuela! Y las mujeres cuando no quieren mandar y comprar de todo (cosas caras) son como las bolivianas de la peña, quietas como zapallo sentado. No, no hay un término medio; como decía el doctor Bevilacqua, el mayor problema es el de poner los límites. Y yo no voy a poner un mono en la puerta para que eche a los intrusos y a los borrachos (además son caros). No tengo cara para echar a esos bolivianos que toman sin hacer mal a nadie, les gusta vivir como en una penumbra, pero con el tiempo y el progreso se van a acostumbrar a la luz y la van a disfrutar. Es notable cómo cambia la gente según el lugar donde se la pone: si uno pone a una persona de la villa miseria en un lugar soleado y con buenas construcciones, parece otra persona.”

Decidió dejar en remojo el centro cultural por un tiempo, hasta que se le ocurriera una nueva idea; son las ideas las que mueven el mundo y no la materia y por ahora se iba a abocar a reparaciones e inventos domésticos. No quería pensar en el centro cultural; le hacía daño. No quería más fiestas de las colectividades: traían complicaciones. Tal vez podría trabajar en algo con niños, que se los puede manejar y por lo menos no se emborrachan. Pero eran ideas vagas, había que dejar que se pulieran con el tiempo y tomaran forma. Se tiró en la cama para idear un aparato para que el gato entrara y saliera del jardín a voluntad y un sistema de riego por tuberías, para eliminar las macetas que ofrecían un aspecto inarmónico. Cuando estaba feliz en la cama ideando estas novedades y mirando con el rabo del ojo el televisor, vio algo que lo hizo estremecer; en el televisor veía su casa, la del centro cultural; la sobrevolaban helicópteros. El locutor decía: “Esta casa ha sido tomada, no se sabe aún por quién. Se guarda el hermetismo que requiere el procedimiento judicial”.

Arturo lanzó un grito: “¡Mi casa!”.
Y entonces empujó al nuevo ayudante hacia allá, el chico no entendía nada, pero comprendió que algo grave pasaría, porque tomaron un taxi.
Cuando llegaron al centro cultural, Arturo usó una palabra que nunca había empleado antes. Dijo:
–Esto no tiene parangón.
No tenía parangón y no había más centro cultural, porque en cada habitación, como si fuese una casa de inquilinato, vivía un grupo de gente. Había grandes y chicos, pero los chicos no parecían hijos de los padres, no se notaba bien qué hacían conviviendo perfectamente en multitud; unos estaban sentados en el suelo, otros ambulaban pero con prudencia; habían sacado los cuadros de la sala y los habían puesto en cada habitación “¿Con qué martillo colgaron?”, pensó Arturo y fue adonde antes estaba su caja de herramientas, en ella ahora no había nada. Fue al azar a una habitación, y ahí estaba el más porrudo de todos, el que parecía el más canchero de todos y Arturo pensó que debía ser como un jefe. Le dijo:
–¿Dónde están mis herramientas?
El de la porra levantó apenas los hombros y en un segundo dejó de mirarlo, como si no existiera. Entonces Arturo, con el ayudante a prudente distancia, fue preguntando lo mismo en todas las habitaciones, encarando a los que le parecían más despiertos o enterados de algo; les decía que era el dueño, les mostraba su documento de identidad, que dónde estaban las tenazas y en todas partes lo miraban con absoluta indiferencia, como si fuera un extranjero indeseable. El cuadro que era una naturaleza muerta estaba en una habitación donde había una madre con seis o siete chicos: cuando la madre vio a Arturo, le dijo a uno que estaba en la puerta: “Vamos, adentro”. Como si fuera el cuco. Arturo estaba a punto de señalar lo extraordinario de la naturaleza humana a los habitantes de esa pieza, cuando vio en la de al lado una cara con unos ojos feroces, eran unos ojos que decían: “El minuto fatal”. Entonces, en vez de hablar sobre la ignorancia del género humano, dio una patada en el suelo con fuerza mientras gritaba:
–¡Esta casa es mía! ¡Todo esto es mío! Quiero mis herramientas.
El ayudante se apartó para que los ocupantes no lo asociaran a esas manifestaciones y los ocupantes miraron a Arturo como quien ve caer una garúa finita.

Con ese fuerte impulso Arturo se fue a la comisaría; un fuego lo invadía. Pidió hablar con el oficial de guardia y aclaró que solo quería hablar con él. Le dijo:
–¿Será posible que un ciudadano quede tan desprotegido al punto de que le invadan la casa, le usen las herramientas, le descuelguen los cuadros que fueron colgados con tanto cuidado, ni el martillo, ni la tenaza, ni la pinza, ¿debe ser uno un malvado para que le tengan un poco de respeto?
El oficial no entendía nada, no le gustaba el tono dramático de Arturo y quería ordenar los hechos. Le dijo:
–Me parece que usted vio demasiadas películas. Vamos por partes.
Pero empezar por partes no lo tranquilizaba a Arturo, cada vez le subía más el fuego y le agarró un ataque de presión. Cuando se acordó, estaba en una cama de hospital –no sabía cuál– y toda una precisa rutina circulaba a su alrededor. Empezó a contarle a un viejo de la cama de al lado lo que le había pasado. El viejo parecía haber nacido en el hospital, en esa cama, parecía habituado a todas las rutinas y lo miraba con una alarma lúcida, como si lloviera en la sala o se hubiera filtrado un chancho. Ese hombre estaba seguro de que alguien iba a proceder en el hospital: siempre procedían. Y efectivamente, cuando vieron que en la sala 8 había algo no reglamentario y decidieron que no era para hospicio, todavía el paciente no se podía ir pero tampoco se podía quedar perorando, la enfermera se acercó y dijo:
–Baje la voz, tesoro, acá somos como una familia y hay gente con diálisis.
–¿Cuándo me voy?
–Ya se va, ya se va –dijo la enfermera en un tono ausente, como si se fuera a ir hoy, mañana o en la otra vida.
Era inútil preguntarle a ella por qué estaba ahí; no había lugar. Pero el viejo de la cama de al lado, que era experto en hospital y ayudante de la enfermera (a veces le daba de comer a uno, le ponía la chata a otro) le dijo:
–Usted vino con un ataque de presión. Ya se va a ir.
Cuando el viejo le dio el alta, Arturo se tranquilizó un poco y se puso a meditar sobre lo sucedido: siempre le habían simpatizado los marginales, de algún modo él había luchado contra el sistema y el tipo más lúcido que había conocido fue un croto, pero tampoco la pavada. Y ahora su ayudante no estaba por ningún lado, seguramente se había escapado, porque era de escaparse.
Se dispuso a meditar en su cama con el gato al lado. “¿Será posible que el ser humano no vibre con los objetos de arte, tan oscurecidos pueden estar con necesidades tan fáciles de solucionar? Se puede fabricar pan, se puede fabricar de todo. Si hasta el hombre primitivo dibujaba bisontes y otras cosas”. ¿Dónde se habría escapado ese ayudante? Por ahora no importaba; era momento de ver cómo encaraba todo eso; sí, iba a ir allá y les iba a explicar con toda su calma por qué era que ellos no podían percibir los valores artísticos de esos cuadros ni la belleza de la araña de la sala. Y justamente ¿estaría la araña o la habían arrancado? No podía volver hasta no tomar una determinación firme, debía ir con un discurso bien preparado. Había uno o dos que no lo miraron bien. Como decía el profesor Sartori en Bellas Artes: “Cuando den clases deben apoyarse en los alumnos que tienen una mirada abierta, sonriente”. Porque es creer o reventar: hay miradas cristalinas y miradas torvas. A lo mejor la educación es un proceso lento. “Hay que desensillar hasta que aclare”, se dijo y “París no se hizo en un día”. Por lo pronto iba a mirar un poco de televisión, que aclara las ideas. La vida de los animales es notable: hay una especie de peces que se come a la propia esposa. Ahora qué mundo sumergido el de los peces, nunca ven la luz del día y están lo más panchos. En eso estaba cuando escuchó el timbre: era el ayudante, lo reconoció por el timbrazo tímido y muy abrupto, como de alguien que quiere irse inmediatamente; le abrió desganadamente la puerta y le encargó que hiciera dos o tres pavadas. No quería pensar en nada, que hiciera lo que Dios quisiera. Volvió a la televisión y encontró, gracias a Dios, una película del neorrealismo italiano. ¡Qué extraordinario, sin dinero, sin tecnología, con tres o cuatro personajes hacían cosas extraordinarias! Y estaba toda esa gente arrojada a la mísera intemperie, todo por robar una bicicleta y un pobre viejo con su perro, Dios mío, daban ganas de llorar.

Un día de primavera decidió encaminarse a la casa para ver en qué andaba todo. Era uno de esos días que producen buenos designios, en los que la gente se llena de pensamientos constructivos, la luz ayuda y la vida se llena de esperanzas. “Hablando la gente se entiende –dijo Arturo–, el principal problema es que falta educación, a la gente hay que educarla.” Iba a ir a pie hasta la casa para ir pensando lo que iba a decirles todo lo que él comprendía, estaba dispuesto a ayudarlos a buscar un lugar si era que no encontraban, también estaba dispuesto a facilitarles una pequeña cantidad de dinero para que viajaran a pedir ayuda a las autoridades y les había recortado direcciones de muchos lugares de la municipalidad donde ayudaban a los sin casa. También podía proponerles que fueran un poco al campo, donde con una quinta, dos o tres gallinas y un cerdo todo queda asegurado. La idea del campo lo entusiasmó: le daban ganas de irse a él, de tener una vaquita y ver cómo crece todo, como los zapallos gigantes que había visto en una huerta. Mientras caminaba, pensaba: “El aire regenera, la tierra regenera”, y cuando llegó a su casa, casi en un santiamén se sorprendió al ver todo silencioso y vacío. No veía a nadie, ni un ser humano, las herramientas no estaban pero en la última pieza, sentado, cosiéndose los botones de un pantalón, había un hombre ya grande, con los zapatos muy lustrados y con el poco pelo que tenía muy fijado a la cabeza. El hombre le dijo, en tono muy cortés:
–Buen día, amigo.
–¿Y qué pasó acá?
Arturo miró bien al hombre, tenía una cicatriz grande en la frente que al principio no se notaba, disimulada por la corrección de su vestimenta y sus modales.
–Pasó que no hay códigos, mi querido amigo. Códigos eran los de antes. Toda esa manga de inexpertos, perdonando la expresión, se iban de noche por los techos, con riesgo de su vida, había chicos, mujeres embarazadas y robaban a los propios vecinos. Lo que es la ignorancia humana.
–A mí la policía no me avisó.
–Eso sigue su curso legal, mi querido amigo. Seguramente en breve le notificarán. Pero volviendo a lo nuestro –usted debe ser aproximadamente de mi edad–. Usted recordará que antes la gente se casaba, no se “juntaba”, como vulgarmente se dice ahora. Hace muy poco, sin ir más lejos, se casó mi sobrino más querido y yo estaba dispuesto a hacerle un buen regalo, no es que me sobre, pero tampoco puedo decir que me falta. Me comunicó que se juntaba y no se casaba. Estábamos los tres en un restaurante. Inmediatamente tiré el mantel y con él todo lo que estaba arriba, para demostrar mi indignación. No, nada se puede comparar con ahora.
Arturo quería saber más de lo que había pasado con la gente de la casa, pero no había lugar. Entonces dijo:
–No, no se puede comparar. Sin ir más allá, yo quise poner un centro cultural que ampliara... –Loable proyecto. Pero este mundo tal como va, va a la perdición. Se destruyen las fuentes de riqueza, de agua, y el capital humano, que es lo más importante...
Arturo coincidió en que el capital humano era lo más importante y miró otra vez esa cicatriz enorme que tenía en la frente; quería preguntarle cómo se la había hecho, pero no se atrevía. El hombre se dio cuenta y dijo:
–A usted le llama la atención, como a mucha gente; es una marca de mi pasado descarriado, una ocasión en que casi me alcanza la parca. Ese pasado ha sido superado, pero la llevo como marca permanente del pasado, jamás me la operaría. Un pasado oscuro, si se quiere, pero siempre con códigos. ¿Le gusta el tango, caballero?
–Algunos sí.
Y ahí se pusieron a hablar de tangos, el hombre tenía un repertorio amplio y de tangos curiosos, pasaron como dos horas. Finalmente Arturo dijo que el tiempo se le había pasado volando pero que tenía que irse, y se despidió así:
–Ha sido un placer conversar con usted.
Y el hombre dijo:
–El placer fue mío, caballero.

*Autor
Hebe Uhart nació en 1936 en Moreno, provincia de Buenos Aires. Es autora de los libros de cuentos "Dios, San Pedro y las almas", "El budín esponjoso", "La luz de un nuevo día", "Guando la hiedra" y "Del cielo a casa", entre otros. Publicó también las novelas "Camilo asciende" y "Señorita". Recibió el Premio Konex Diploma al Mérito en el 2004. Actualmente es profesora de Filosofía, dicta talleres literarios, hace notas de viaje y también crónicas.