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Mi yeso
Martín Rejtman*

Acostado en la cama me veo reflejado en la pantalla de mi segundo televisor. Soy un fantasma adentro y afuera del aparato; no participo de ninguno de los dos mundos. Mis hijos están con la madre en Villa Gesell. Son los últimos días del verano. Mis padres viven en San Miguel y los veo una vez cada quince días. Suena el teléfono. No sé si contestar. Atiende el contestador. Es Celeste, mi hija menor. Levanto el tubo y hablo con ella. “Papá”, me dice. “Estamos en un locutorio con Lucas y no tenemos plata para pagar la llamada. ¿Qué hacemos?” “¿Adónde está mamá?”, le pregunto. “Con Jorge, en la playa”, dice Celeste. No sé cómo resolver este problema. Nunca sé cómo resolverles los problemas a los otros. Con los míos sé que simplemente tengo que dejarlos, en algún momento van a pasar. Trato de aplicar la misma táctica en este momento y le digo a Celeste que le explique a la persona que atiende el locutorio que la madre está en la playa, que ya va a pasar a pagarle más tarde, y que se vaya. Pero por las dudas también le digo que si eso no funciona le deje cualquier cosa de valor que tenga encima y que lo recupere cuando se pague la llamada.
- ¿Cómo qué? - me pregunta Celeste.
- ¿Tu cédula?
- No tengo cédula.
- ¿Qué traen?
- Tenemos puestas las mallas que nos regalaste vos. ¿Dejamos las mallas?
- No, no dejen las mallas. Decíle a la señora que tu mamá va a venir a pagar más tarde y andáte de ahí.
Cortamos. Me levanto de la cama y me ducho. Ahora me veo reflejado en los azulejos blancos del baño. Me envuelvo en un toallón azul y me seco bien antes de vestirme. Me pongo exactamente la misma ropa que usé ayer.

Son las tres de la tarde del sábado. El tráfico es el mismo que el de un día de semana a última hora. Bocinazos y embotellamientos. Tomo un taxi a Puerto Madero. Quedé en encontrarme ahí con Cecilia.
La espero hasta las cuatro y media. Mientras tanto tomo un helado de frutas: limón y ananá. Nunca me gustaron los helados de fruta pero estoy excedido de peso. Tengo que bajar 6 kilos.
Cecilia llega con un amigo y me lo presenta. Este es Juan, me dice. Juan tiene unos treinta años y usa un sobretodo de pelo de camello. Es cierto que la temperatura está un poco baja para la época del año, pero no deja de ser verano.
Caminamos los tres bordeando el canal. Llegamos a la punta y pegamos la vuelta otra vez. En la charla intentamos encontrar temas en común. Yo hago preguntas como para saber un poco mejor quién es Juan, a qué se dedica, si es casado, si tiene hijos y, sobre todo, cuál es su relación con Cecilia. A eso de las seis, casi sin avisarnos, Juan se mete en uno de los cines de Puerto Madero. Cecilia y yo entramos en un bar de la zona. Yo pido un cortado y Cecilia una bebida dietética.
Cecilia me habla de sus problemas en el trabajo. Eso es algo que me aburre terriblemente. No puedo entender cómo algo así puede salir del ámbito de lo privado. Me levanto de la mesa del café y le digo que voy al baño. Me encierro ahí adentro, me quedo todo el tiempo que puedo, me lavo la cara para despejarme. Vuelvo a la mesa. Cecilia ya pagó y se fue, no dejó una notita ni ningún mensaje con la moza. La llamo desde mi celular a su celular. No puede estar lejos. La veo en realidad a través del frente vidriado de la confitería. Está en la calle que da al canal, con su vestido azul por debajo de las rodillas y el teléfono en la mano. Me parece distinguir sus uñas pintadas de rojo fuerte pero quizá sea una visión inducida por lo que recuerdo de unos minutos atrás. Cuando Cecilia escucha mi voz, corta. Debo haberme quedado demasiado tiempo en el baño.
Vuelvo a casa y enciendo el televisor para dejar de ver mi fantasma. Sábado a las siete y media de la tarde. Hay varios mensajes en el contestador. El primero es la voz de una mujer que llama desde un locutorio en Villa Gesell. Dice que no va a dejar salir a Lucas y Celeste de ahí adentro hasta que no se paguen las llamadas de larga distancia. Se deben nueve pesos, incluyendo la llamada que está haciendo en ése momento. No puede dejar de cobrarla, me explica en el mensaje. Ella es empleada y se lo descontarían de su sueldo, que no es muy alto. La mujer no deja ningún número adonde llamar, ni siquiera el nombre del locutorio. El segundo mensaje es de mi hermano: me invita a un asado en su casa nueva para esta noche, pide perdón por avisarme tan sobre la hora. El tercero es de mi ex mujer, la madre de Celeste y Lucas. Está llorando, preocupada por los chicos. Me pide que la llame a la casa que alquilan en Villa Gesell, que se llama “Ya llegué”, y me vuelve a dejar el número de teléfono. Llamo pero no hay contestador, así que no puedo dejarle mensaje. Decido ir al asado en casa de mi hermano Ezequiel.
Mi hermano se mudó a vivir a casa de Lipo hace más o menos tres meses. En realidad es la casa de la abuela de Lipo, que murió de un paro cardíaco dejando a Lipo como único heredero. La mujer quería morirse desde mucho tiempo antes. Cada dos por tres intentaba suicidarse. Un día encendió el gas de la cocina y se encerró ahí adentro. Cuando la mucama volvió la encontró tirada en el piso de baldosa. La abuela de Lipo, que toda su vida había tomado clases de inglés y de yoga, le dijo a la mucama: Please, go. Let me die, go, go, go. Let me go. Pero esa vez no lo consiguió. Tres meses más tarde tuvo el paro cardíaco. Lipo está seguro de que ella misma lo provocó, aunque no sabe cómo.
Antes de heredar la casa de su abuela Lipo estuvo viviendo en mi casa durante un tiempo largo. Mis padres echaron a Ezequiel de la casa de San Miguel porque no estudiaba ni trabajaba, así que se vino a vivir conmigo. Un día Ezequiel me pidió que le deje el departamento para él solo porque tenía una cita con un ceroseiscientos. Los ceroseiscientos son esos servicios en los que se conoce gente por teléfono. Esa noche dormí en casa de un amigo y cuando volví a las nueve de la mañana, Lipo y Ezequiel estaban instalados en el living con las persianas bajas y las luces encendidas, completamente despiertos. Sobre mi mesita ratona había tres botellas de whisky y dos de tequila. Me metí en la ducha. Ezequiel después me presentó a su amigo, que se quedó a vivir en mi casa durante un tiempo largo. Cuando murió su abuela Lipo invitó a Ezequiel a mudarse a la casa que heredó. Una casita inglesa, no Tudor, en la zona sur del Gran Buenos Aires. Un jardín descuidado, pisos de baldosa, ambientes grandes, paredes empapeladas. Parece que Ezequiel lo pasa muy bien ahí.
Llego al asado. Aparte de Lipo y mi hermano hay dos chicas que no conozco. Nos saludamos. Hay velas en el jardín. El pasto está muy crecido. Lipo se ocupa del asado, mi hermano de las ensaladas, las chicas preparan cocteles. Hay música folklórica, creo que es la radio. La casa queda en una cuadra bastante tranquila. Son todas casa bajas, con jardín, algunas muy venidas a menos. La de Lipo parece una más entre todas las otras.
Un rato después voy al coche a buscar las dos botellas de vino que traje. Mi celular está sonando. Es mi ex mujer, completamente histérica. Me grita “Sos un monstruo”, y me corta. Busco en mi libreta de teléfonos el número de su casa de Villa Gesell pero me arrepiento antes de terminar de discarlo y corto.
El asado se prolonga hasta muy tarde. Las dos chicas preparan tragos pero casi no hablan. Son más grandes que Lipo y mi hermano pero más chicas que yo. No puedo enterarme de dónde las conocen. Supongo que son también ceroseiscientos. Una de ellas sugiere ir a bailar. La otra dice para qué ir a un lugar y pagar entrada si pueden bailar ahí. En la radio una locutora anuncia productos para el campo: pesticidas, maquinarias agrícolas, semillas, ese tipo de cosas. Son las tres de la mañana. Alguien cambia de estación y las dos chicas se ponen a bailar en el jardín. Lipo limpia la parrilla. Ezequiel baila con las chicas. Yo no sé muy bien qué hacer. No tengo ganas ni de bailar ni de limpiar la parrilla. Junto el vino que queda en los otros vasos y lo paso al mío. Todas las botellas están vacías. A las cuatro y media de la mañana decido volver a mi casa.
Entro en mi departamento. Ezequiel ya no vive conmigo. El sillón del living ya no es una cama, sigue siendo un sofá cama pero ahora nadie duerme ahí. Mi cuarto tiene una vista impresionante sobre el edificio de enfrente: muchas ventanas, luz en un departamento, una sola persona despierta a esta hora: un hombre de mi edad en la ventana del edificio de enfrente. Cierro la persiana, aunque no del todo. No me fijo si hay mensajes en el contestador; me quedo dormido.

Es domingo. Suena mi celular a las nueve y cuarto de la mañana. Atiendo sin encender la luz. Es Celeste, para avisarme que ella y Lucas están bien y que ya encontraron a su madre. Están en un parador de la playa, con dinero para pagar el llamado. La mujer del locutorio no los dejó irse hasta que se cubrió la deuda, pero dicen que los trataron muy bien. Cenaron con la familia de ella, les gustó la comida. Cuando yo era chico me gustaba comer en casas de otros. La comida que me daban era la misma que en mi casa, ñoquis, milanesas, bife, papas fritas, pero siempre parecía otra cosa a pesar de ser lo mismo.
Me levanto y la persiana de mi cuarto está cerrada. Me agacho para encender el velador y cuando me incorporo veo otra vez mi fantasma, ahora en el vidrio de la ventana. Me hago un café con leche, en realidad caliento café de ayer y uso lo último que queda de leche en polvo en la lata. Como un par de galletitas con margarina y meto la taza, el plato y los cubiertos en la pileta de la cocina.
Mientras estoy en la ducha suena el teléfono y no atiendo. Cuando salgo hay un mensaje en el contestador. Es Cecilia, está con Juan en un bar cerca de mi casa. La llamo al celular; me dice que vaya para ahí. Yo les pido que me pasen a buscar.
Cecilia y Juan están los dos de jogging y compraron todos los diarios. Vamos a los Bosques de Palermo. Ellos corren alrededor del lago. Yo me siento en un banco con los suplementos económicos. Me pongo el par de anteojos que empecé a usar hace menos de un mes y me pregunto cómo me verán los que no soy yo. Me doy cuenta de que el que ven no soy yo, a veces tengo ganas de decirlo: Esto no soy yo, yo no tengo nada que ver con esto que ven. Pero cada vez que tengo ganas de decirlo no sé a quien decírselo.
Almorzamos en un bar de Palermo Viejo. Cada uno come una ensalada diferente. Yo elijo la Primavera, que trae palmitos. Caminamos por el barrio, miramos vidrieras y nos cruzamos con otras familias de jogging. Pasa en bicicleta Claudia, la mejor amiga de mi ex-mujer. Va sola y también de jogging. Usa unos anteojos oscuros enormes pero igual la reconozco. La rueda de su bicicleta roza el borde de la vereda y justo en el momento en que intenta enderezarla pasa un coche a toda velocidad con una música estridente. Claudia hace una contramaniobra violenta y se cae al suelo. Se da un golpe contra el asfalto. Juan corre a ayudarla. Yo me acerco también. Claudia me reconoce y me saluda mientras se limpia el polvo con la mano y se queja del dolor: se raspó un codo y una rodilla y se torció un poco el pie izquierdo. La ayudamos a sentarse en el zaguán de una casa. Una de las ruedas de su bicicleta está un poco abollada pero no parece nada grave; también se salió la cadena.
Claudia empieza a recuperarse y me dice que mi ex mujer la llamó anoche, preocupadísima porque había perdido a los chicos. “Es la misma neurótica de siempre, che", se queja, intentando establecer algún tipo de complicidad. Enciende un cigarrillo. "¿Qué podía hacer yo desde acá? Me dejó con una preocupación terrible toda la noche. Hasta me costó dormirme. ¿Para qué? Es una egoísta, como si una no tuviera suficientes problemas.” No me pregunta si los chicos aparecieron o si todavía siguen perdidos.
Claudia se queja tanto del dolor que finalmente decidimos llevarla a una clínica. Vamos en un taxi, la bicicleta en el baúl, sujetada con una soga elástica.
El médico, un hombre joven de unos veintiséis años, hace que le saquen a Claudia varias radiografías del tobillo y le da a elegir entre un yeso o una operación. Pasamos la tarde en la clínica mientras la enyesan y después cada uno tiene que poner un poco de plata para cubrir la cuenta, porque Claudia no tiene prepaga y tampoco efectivo. No se sonroja cuando pagamos nosotros. Un poco más tarde la dejamos en su casa; nos agradece, pero en ningún momento sugiere devolvernos el dinero.
La casa de Claudia queda en Barrio Norte y después de dejarla ahí Juan se va solo al cine a la Recoleta. Yo invito a Cecilia a cenar a mi casa. Ella me agradece y me dice que así como está, de jogging, no puede. Primero quiere ducharse y ponerse ropa limpia. Pero me llama a eso de las diez: ya está metida en la cama con un libro.
No se escuchan ruidos desde mi ventana en el piso diecisiete. Apenas me mudé a este departamento puse doble vidrio; siempre tuve que dormir con tapones en los oídos. Mi primer televisor, el del living, ahora está encendido en un programa periodístico. Miro poca televisión, tengo prejuicios inducidos. Mis padres fueron siempre muy reacios. Mi madre es una investigadora científica del Conicet y prefiere cocinar para distraerse antes que mirar televisión. Mi padre en cambio practicó deportes toda su vida, desde pelota vasca hasta ajedrez, y nunca se sintió atraído por la televisión. Ellos siempre creyeron que con esa actitud nos estaban dando un ejemplo a mi hermano y a mí, pero según mi psicólogo la indiferencia es la forma más simple de relacionarse con las cosas. Seguramente fue para combatir estos prejuicios que me compré tres televisores a pesar de que mi departamento tiene apenas dos ambientes, baño y cocina. El primero lo puse en el living, el segundo en el dormitorio y el tercero en la cocina.
Ceno mientras miro el programa periodístico: dos políticos se confrontan con dos personas comunes. Las personas comunes parecen hablar el idioma de los políticos y los políticos intentan expresarse de la manera en que hablan las personas comunes y todo es muy confuso. Me siento en mi sillón de cuero blanco y negro y dejo la televisión como sonido de fondo. Tendría que irme a dormir a medianoche. Al día siguiente me levanto temprano, a las ocho de la mañana, el trabajo me espera, pero igual decido salir a dar una vuelta.
Tomo un colectivo que me lleva hasta el centro. Camino por la Nueve de Julio, que parece completamente desprotegida. Me siento en un café, pido una cerveza de 3/4 litro y me la tomo sin hacer ninguna pausa. Lleno el vaso, lo vacío, lo vuelvo a llenar, así unas cuatro veces hasta llegar al final. Pago y salgo del bar.
Vuelvo a mi casa, saludo al sereno del edificio, y subo a mi departamento. Dejé el televisor encendido. Me meto en la cama y no puedo dormir. Me levanto, me cambio y vuelvo a salir. Esta vez tomo un taxi y le pido al taxista que me lleve a algún local nocturno, alguno que esté abierto y que no quede muy lejos. El taxista me malinterpreta y me lleva a Confusión, una especie de pub en el que hay varios travestis en la entrada. Me siento un poco intimidado y le pido que me lleve a otro lugar. Vamos a la Costanera y finalmente me bajo del coche. Entro a una discoteca gigantesca, repleta de chicos y chicas fumando cigarrillos que tienen que sostener con el brazo en alto por lo lleno que está el local. Me siento mareado entre tanta gente que fuma. Empiezo a moverme rítmicamente con la música. Tengo un whisky en la mano y también me veo obligado a sostenerlo con el brazo extendido por encima de las cabezas de los demás, como si fuera un cigarrillo.
Salgo del local a la madrugada, está nublado, llueve un poco, todos los coches empiezan a moverse al mismo tiempo. Se produce un embotellamiento. Puedo ver lo que pasa adentro de los autos: hombres de traje que bostezan, madres que llevan a sus hijos a la escuela, adolescentes con música en la que los graves hacen vibrar a los coches de al lado. Una chica de unos veinte años pega la cara al vidrio de la ventanilla y me mira como si estuviera presa ahí adentro. Ya es la mañana.
En mi departamento me preparo café con leche. El café está un poco viejo, seco, sin aroma. Me meto en la ducha. Llueve, pienso, y suena el teléfono. Son mis padres, los dos al mismo tiempo. Cada uno habla desde un aparato diferente, mi padre desde el dormitorio, mi madre desde la cocina. Me preguntan si voy a ir a visitarlos esta tarde. Me llaman un lunes a la mañana temprano creyendo que es sábado al mediodía. Mi psicoanalista está seguro de que se trata de un caso de demencia senil conjunta pero yo no me animo todavía a llevarlos a un psiquiatra. Según él, una pareja frente al mundo es una sola entidad, y cuando uno de los dos empieza a perder el sentido de las cosas es muy común que el otro se adapte a esa distorsión. El mundo que comparten es parte de la pareja que forman; es el lugar donde viven, el fondo contra el que se recortan, lo que los une y los justifica.

Estoy en el trabajo sin haber dormido en toda la noche. Recorro los pasillos de las oficinas del Departamento internacional del Banco. Trabajo como oficial de cuentas; muevo cifras a las que seguramente nunca voy a poder acceder. Miles de personas ya pasaron por mi oficina que tiene vista al río y la City. Inversionitas, evasores, personas que me hacen acordar a otras personas, otras que me da la impresión que podrían formar parte de mi círculo de amigos y conocidos. Hace cuatro años que tengo este trabajo. Mis padres depositaron todos sus ahorros conmigo. Treinta y cinco mil dólares, colocados al 5,5% anual en el Uruguay. Una inversión muy conservadora que me permite estar tranquilo por ellos.

El jueves me llama Cecilia para invitarme a cenar a un restaurante japonés y compensar por el domingo a la noche que me dejó plantado. Me pasa a buscar en su coche. Me siento en el asiento del acompañante; en el de atrás están Claudia y Juan. Parece que esta es la tercera vez que se ven después del domingo. Claudia tiene el yeso y no puede apoyar el pie, tampoco está autorizada a salir a la calle, en teoría son dos semanas de reposo en la casa y después le ponen un taco. Así que Juan y yo tenemos que sostenerla para caminar. Cuando nos vamos Cecilia deja a Claudia primero en su casa y Juan sube con ella para ayudarla en su nueva invalidez. Cecilia me dice que Juan fue estudiante de medicina y le fascinan los yesos. Lo esperamos un rato pero no vuelve a bajar.

Otro día. Estoy con Cecilia tomando un café en un barcito que queda en la esquina de Rodriguez Peña y Marcelo T. de Alvear que a ella le encanta. Afuera tiene unas lámparas blancas en forma de bolas redondas que cuelgan del techo, bastante elegantes y llamativas. En un momento me levanto para ir al baño y cuando vuelvo veo, a dos mesas de distancia de la mía, a mi ex-mujer y a Claudia que discuten. Claudia todavía tiene el yeso, ahora con un taco. Me siento a mi mesa del mismo lado de Cecilia, dándoles la espalda a las dos mujeres, para evitar que me vean. Cecilia me mira extrañada y yo le hago un gesto de silencio con los labios. Cada tanto podemos escuchar algunas palabras que vienen de la mesa de atrás. Más de una vez me nombran, y eso es cuando suben el tono. Tardo un rato en darme cuenta que mi ex mujer ya volvió de vacaciones y nunca me llamó para avisarme; mis hijos tampoco.

Desde el coche de Cecilia llamo por teléfono a la casa de mi ex mujer. Atiende Lucas. Me dice que no se siente bien y que la madre salió. Le pido que me pase con la señora que los cuida, una mujer con una voz llamativamente gruesa. La señora me dice que Lucas estuvo mirando televisión hasta recién y que se sintió perfectamente durante todo el día. Le pido a Cecilia que me lleve a visitarlos. No estamos lejos.
Toco el portero eléctrico y bajan Lucas y Celeste con la señora que los cuida. Los dos se suben al Renault 12 de Cecilia y se sientan en el asiento de atrás. La señora los espera en el hall de entrada, parada detrás del ventanal que da a un cantero con plantas artificiales iluminadas desde abajo. A Lucas y Celeste les gusta jugar a que son pasajeros de taxi y no paran de darle órdenes a Cecilia sobre itinerarios y destinos inventados por ellos en el momento. Hasta que llega a la puerta del garaje del edificio mi ex mujer con su nuevo novio en un Honda Civic blanco con tapizado de cuero color crema. Nos saludan con la mano sin abrir las ventanillas. Celeste se baja de un salto del Renault 12 de Cecilia y logra colarse en el garaje detrás del Honda Civic justo antes de que termine de bajar el portón automático. Lucas se queda un rato más con nosotros, hasta que lo mando a que toque el portero eléctrico del edificio en donde vive con su madre y se anuncie para que le abran la puerta de entrada, casi como si fuera un desconocido.

El viernes viene Ezequiel de visita. Su amigo Lipo lo echó de la casa. Ezequiel hizo una fiesta y no le avisó. Lipo estaba trabajando pero decidió volverse antes. Lo encontró a Ezequiel con tres chicas en su cuarto, se enojó y lo echó. Ezequiel quiere volver a quedarse en mi casa pero yo no quiero que se quede. Me molesta un poco la situación de tener que aceptar siempre los problemas ajenos; ya no estoy en edad de mimetizarme con nadie. Igual, esa noche duerme en casa. Al día siguiente vienen mis hijos de visita. Mientras Ezequiel les cocina yo voy al video club a alquilarles películas de animación. A la noche Ezequiel se muda a vivir a un hotel.

El fin de semana voy a jugar pelota vasca con los dos únicos amigos que todavía me quedan de la secundaria. Alejandro es italiano, Diego es vasco y yo soy judío. Jugamos, jugamos y jugamos hasta quedar empapados de transpiración. Dejo todo en la cancha. Es una distracción, una descarga.
Entro al vestuario; adentro del locker esta sonando mi celular. Abro el candado y atiendo. Es Cecilia. Me dice que está cerca y me pregunta si puede pasar. Le digo que no estoy en mi casa. Ah, me dice. Quedamos en encontrarnos veinte minutos más tarde en un café en Scalabrini Ortiz y Santa Fé.
Estoy en el café con Diego y Alejandro cuando llega Cecilia. Me da un beso, saluda a mis amigos y se sienta. Pide una lágrima y parece a punto de ponerse a llorar. Mis dos amigos se dan cuenta de que algo pasa, están petrificados. Para suavizar la situación empiezo a hablar del partido que acabamos de jugar, de cómo la pelota vasca te cambia la energía, te limpia, te deja como nuevo.
- Andrés dejó todo en la cancha - dice Diego mirando a Cecilia. Y Cecilia, que siempre se toma las cosas demasiado literalmente, me mira como si yo fuera un fantasma, un cuerpo sin materia, una caparazón vacía que toma un café.
Después de un rato mis dos amigos se van y nos quedamos solos Cecilia y yo. Le pregunto de dónde viene.
- Del homeópata - me contesta, y se le ilumina la cara y le cambia el humor -. No sabés lo bien que me hizo.
Le pregunto si ya tomó los remedios.
- No, pero la charla sola me hizo bien. Al despedirnos le pregunté: "Doctor, ¿usted cuándo cree que voy a cambiar?" "Tal vez mañana mismo", me contestó.
De pronto suena mi celular. Atiendo: una voz de hombre me pide por Cecilia. Le paso el teléfono: es su homeópata. Conversan un rato largo. Cecilia anota cosas en una servilleta del bar. Cuando corta, me dice que no se animó a darle el número de su celular porque era la primera vez que iba, y nunca les da el teléfono a desconocidos. El médico la llamó para cambiarle la potencia del remedio que le recetó, en vez de a la sexta tiene que ser a la novena, cinco globulitos al levantarse y cinco antes de irse a dormir. La acompaño a la farmacia. Apenas salimos a la calle Cecilia abre el frasco del remedio homeopático, se mete todos los globulitos en la boca de golpe y se los traga de una sola vez.

Vamos a mi casa. Cecilia me pide prestada la lima de uñas. Le digo que una lima es algo que no se comparte, es como un cepillo de dientes, pero igualmente la busco en el botiquín del baño y se la traigo. Me pongo a cocinar algo. En la alacena hay tres latas de tomates y dos sobres de sopa instantánea. Cecilia se lima las uñas mientras conversamos. No puede dejar de hablarme de su homeópata; parece radiante, iluminada. Me cuenta en detalles toda la consulta. Dice que ante cada respuesta de ella el médico se ponía contento, como si estuviera confirmando un diagnóstico feliz. Ah, qué bien, qué bien, decía, por ejemplo, cuando Cecilia comentaba que dormía por lo general con los pies destapados. Cada pequeño dato que ella agregaba, cada nueva información sobre los hábitos de Cecilia, hacía que a su homeópata se le dibujara otra sonrisa en la cara.

No sé muy bien cómo fue, pero un día me di cuenta de que a Cecilia se le llenaban los ojos de lágrimas frente a cualquier cosa. Un perro que no quiere cruzar la calle, su dueño lo arrastra. Una película por televisión. Una canción en la radio. Su madre llama por teléfono desde Banfield. De a poco empecé a darme cuenta de que se emocionaba de esa manera frente a cosas que a nadie más le provocaban ese clase de sentimientos. Nunca supe si tenía que preocuparme y quedarme callado o si era mejor hablarlo con ella. Terminé contándoselo a mi psicoanalista. El, por supuesto, no me hizo ningún comentario.

Estamos sentados frente a mi tercer televisor, el de la cocina. Cecilia mira únicamente documentales. Los que más le gustan son los de animales, como a todo el mundo. Busca por los canales hasta que encuentra un primer plano de un coatí. El plano dura mucho tiempo; de fondo se escucha una música militar, trompetas y redobles de tambores. Pero pronto descubrimos que se trata de una imagen que está dentro de una película de ficción: dos chicos rubios juegan a ser cazadores y el coatí se esconde asustado. Cecilia, impaciente, con los ojos llenos de lágrimas, apaga el televisor. Nos tiramos sobre la cama de mi habitación. Cecilia me pregunta si quiero fumar. Le digo que juntos tomamos la decisión de dejar el cigarrillo hace más de seis meses y juntos estamos transitando este camino, este cambio. Me mira en silencio. Después abre la boca como para decir algo pero se queda callada. Hasta que finalmente habla: Me muero por un cigarrillo, dice. Yo no digo nada. Propone salir a tomar un café. Caminamos seis cuadras hasta Las Heras y encontramos una confitería abierta. Yo pido una bebida dietética; Cecilia pide una lágrima y otra vez parece a punto de ponerse a llorar. Me dice que tiene que hablarme: no quiere que nos volvamos a ver. Le propongo ir a dar una vuelta en su auto. Vamos a la Costanera. Cecilia se baja y se sienta sobre la baranda que da al río. Yo la sigo y me siento con ella ahí. Los dos miramos al infinito, como si el infinito fuera algo que se pudiera mirar.

Juan me llama una tarde a la oficina. Quiere encontrarse conmigo; necesita hablar. Se siente tironeado, dice, entre Claudia con su yeso, Cecilia, que es muy demandante y lo absorbe, y mi ex mujer que lo llamó por teléfono con amenazas para que deje de ver a Claudia. Le doy cita en el barcito de Rodriguez Peña y Marcelo T. de Alvear. Lo que Juan necesita es alguien que lo escuche, así que prácticamente no hablo durante nuestro encuentro. Después de la charla Juan dice que se va al cine y decido acompañarlo. Tiene un reloj Swatch en la muñeca izquierda. En la película hay muchos momentos de silencio y el ruido de las agujas al moverse es muy fuerte. Además, uno de los personajes secundarios se parece demasiado a mí, tiene las mismas dudas, se hace las mismas preguntas. Eso me irrita. Pido permiso a toda la fila y salgo al baño. Me encierro en una cabina y me quedo ahí todo el tiempo que puedo. Esto resulta mucho tiempo. Tanto que, cuando vuelvo a entrar al cine, Juan ya no está sentado en la butaca en la que lo dejé.

Lipo y Ezequiel hacen las paces y mi hermano se vuelve a mudar a su casa. Un sábado a la tarde decido ir a visitarlos con mis hijos. Mi ex mujer no quiere que los lleve ahí porque dice que en esa casa se fuma marihuana. Desde que me separé yo también fumo cada tanto. Le compro veinte pesos a Lipo, que me duran un par de meses. Parece que cerca de la casa vive un hombre de más de cincuenta años que tiene plantas de semillas holandesas. El olor de esta marihuana es más suave que el de las locales pero a la vez el producto es más intenso, me explica Lipo siempre que me entrega un poco; lo dice con las mismas palabras, como un cajero de fast food. Juego con mis hijos en el jardín y le hago una toma de judo a Celeste. Ellos también saben judo, toman clases los dos juntos. Celeste me hace una toma a mí, me tira al piso, y en la caída me tuerzo el brazo, que queda aprisionado entre mi cuerpo y el piso. Mi hijo me salta encima y me pega con los dos puños con todas sus fuerzas mientras Celeste se sienta sobre mi espalda y me inmoviliza. Lucas me deja la oreja sangrando: me da un golpe seco con una palita de hierro de jardín. Me pongo agua oxigenada, los reto un poco, y los dejo al cuidado de Lipo y Ezequiel mientras voy a la panadería a comprar facturas para el té. Al día siguiente me ponen un yeso en el brazo por cinco o seis semanas.

El viernes a la noche tengo el casamiento de Luz, la hermana menor de mi ex mujer. No me extraña mucho que me haya invitado, Luz es con quien mejor me llevo de toda esa familia. Tiene veintitrés años y no parece importarle lo que digan sus padres o su hermana, que me odian. Decido ir de todas maneras, a pesar del yeso y del clima adverso que seguramente voy a encontrar en el salón. La invitación es para Cecilia y para mí, pero como no nos vemos desde el día del homeópata, el día que intentamos mirar el infinito, invité a Ezequiel en su lugar. Para poder usar el saco del traje tuve que descoserle la manga porque si no el yeso quedaba trabado.
Luz me saluda con demasiada efusividad y me doy cuenta de que caí en su trampa: me está usando para demostrar su independencia. Sirven la comida, son dos entradas, plato fuerte (carré de cerdo), y carrito de postres. Me toca en la misma mesa que mi ex mujer y su nuevo novio. Con las dos entradas no tengo problemas, uso el tenedor con la mano izquierda, a pesar de ser diestro. Pero para el carré de cerdo me veo obligado a pedirle ayuda a un mozo. El mozo se lleva mi plato; veo que lo apoya sobre una barra, a lo lejos. Me lo trae de vuelta con toda la carne cortada en pedacitos. Mi ex mujer le comenta a su nuevo novio que así es como les dan de comer a Lucas y Celeste en el comedor de la escuela.
Más tarde estoy bailando. Levanto alternadamente un brazo y el otro por arriba de las cabezas. Levantar el yeso ahora me cuesta mucho menos que el día que me lo pusieron, debo haber desarrollado músculos especiales. De pronto, entre las cabezas de los bailarines, veo a alguien que me mira. Es Juan, que baila con Claudia en el medio de la pista. Claudia está de espaldas a mí y entre tanta gente no la veo bien, pero deduzco que le quitaron su yeso; se mueve con demasiada libertad. Saludo a Juan agitando la mano de mi yeso. Juan sonríe.

Perdí de vista a Ezequiel: apenas llegamos se encontró con una amiga - otra ceroseiscientos, me dijo- a quien le encargaron que grabara en video el casamiento. Lo busco por el salón pero no aparece. Voy a la barra a pedir un trago y veo que detrás hay una puerta abierta que conduce a un patio. Agarro un vaso de whisky y decido salir a tomar aire, el calor en el salón es sofocante y es el turno de la cumbia, todos pegan gritos y saltos, los hombres ya están con las corbatas desanudadas, y algunas mujeres incluso andan sin zapatos. Afuera, sentado en el borde de un cantero, está Juan fumando un cigarrillo de marihuana. Me hace una seña con el cigarrillo y me acerco. Me lo ofrece. Le digo que tengo uno mío, que saco del bolsillo. Juan me dice que su marihuana crece en las Sierras de Córdoba. Yo le explico que la mía es del Gran Buenos Aires, de semillas holandesas. Me siento en el borde del cantero y fumamos de manera alternada una pitada cada uno a cada uno de los cigarrillos. Lo bueno de la situación es que ninguno de los dos intenta hacer una comparación de los productos: nadie dice “este es más suave y te tira, te deja por el piso”; "el sabor del que tengo yo es más dulzón, te pega inmediatamente, te pone más speed”, o cosas así. Simplemente fumamos.

Vuelvo del trabajo y encuentro un mensaje de Juan en el contestador. Respondo su llamado. Me dice que se le terminó la marihuana de las Sierras de Córdoba y si le puedo conseguir un poco de la del Gran Buenos Aires, de semillas holandesas. Le digo que sí, y quedamos en ir el fin de semana a casa de Lipo y Ezequiel.

Juan me pasa a buscar en coche; Cecilia le prestó su Renault 12. El la sigue viendo pero a mí no me quiere ni hablar. Intenté llamarla a su celular varias veces pero siempre encuentro el contestador, y el teléfono de su casa tiene una grabación que dice que ese número no pertenece a ningún abonado en servicio.

A la tarde Juan y mi hermano duermen la siesta; Lipo no está. Por lo general yo no duermo durante el día, así que me subo al auto de Cecilia y enciendo el motor. Nunca manejé con el brazo enyesado y quiero ver si puedo con una sola mano. Para probar, empiezo a dar vueltas a baja velocidad por el jardín alrededor de la casa, pero al final de la tercera vuelta me llevo un macetero rojo por delante y me doy por vencido. Bajo del auto, me siento en una silla de hierro en el porche de entrada y miro la calle y, extrañamente, veo pasar en el lapso de cinco minutos cuatro Peugeot 504 color azul eléctrico. En la semana, cuando voy al psicoanalista, le cuento todo este último episodio como si fuera un sueño. Hay muchas cosas simbólicas para interpretar y tengo la impresión de que si se lo contara como un episodio de la vida real él no me haría ningún comentario. Voy tres veces por semana al psicoanalista. En cada sesión me siento otro, es como si flotara en el aire mientras hablo. Al principio de mi terapia, dos años atrás, nada fluía; pero ahora hay días que no puedo esperar el turno y hablo solo en mi cabeza o me grabo en un cassette en el equipo de música de mi casa. Descubrí que tiene micrófono incorporado y es algo que me entusiasma. Antes de psicoanalizarme hacía yoga y mi profesor me enseñó a concentrarme en distintas capas de sonidos. Los más lejanos, los que están a una distancia media, los que están más cerca, los que producimos nosotros mismos... Después cambié el yoga por el psicoanálisis. Mi miedo es ahora cambiar el psicoanálisis por el autoanálisis, con este asunto del micrófono del equipo. O por la televisión. Pasé demasiado tiempo ignorándola y eso es peligroso, me dice mi psicoanalista; tanta indiferencia no puede provocar más que deseo.

Salida al cine con Juan, Lucas y Celeste. Antes de entrar Juan le compra un reloj imitación Swatch a cada uno. Durante la película estoy rodeado: lo único que escucho son los tic tacs de los tres relojes que cobran más y más presencia. Los tres tic tacs se cruzan, se intercalan, nunca coinciden.

Al día siguiente es domingo y le pido a Juan que me lleve a San Miguel a visitar a mis padres en el coche de Cecilia. Antes de entrar fumamos marihuana estacionados en la puerta. Es la única manera de aguantar su doble demencia senil. Al verlos así, coordinando con tanta precisión su irracionalidad, se me ocurre que tendría que cocinarles una torta de marihuana y traerla la próxima vez de regalo. Lipo, Ezequiel y Juan vienen a mi casa una noche de la semana y cocinamos. Lipo tiene la receta. Preparamos la torta mezclando las dos clases, la de semilla holandesa y la de las Sierras de Córdoba. Después de hornearla pongo la torta a enfriar en el lavadero, cubierta con un repasador y una vez que está a temperatura ambiente la meto en el freezer y espero la próxima visita.

Quince días más tarde vamos con Juan y Ezequiel de vuelta a San Miguel con la torta de marihuana. Tocamos el timbre y nos intercepta una vecina; la conozco desde los doce años pero nunca supe su nombre. La vecina nos dice que están en el hospital. Le pregunto de quién habla. De Jaime, me dice ella. Jaime es mi padre.

Cuando llegamos al hospital ya es tarde. Mi madre tiene puesto un guardapolvo blanco y nos saluda con su cara de todos los días, como si fuera lo más natural encontrarnos ahí, en el hall de un hospital público. Un médico se acerca con una expresión de tristeza mucho más intensa que la de mi madre. Nos habla en voz grave y baja, tan baja que tengo que hacer un esfuerzo para entender lo que dice. Me concentro en escucharlo únicamente a él, hago abstracción de los llamados por los parlantes y del ruido de la enceradora que alguien pasa en el piso de abajo y retumba en el hueco de la escalera. El médico pregunta quién va a reconocer el cuerpo. Yo, digo. Me llevan a la planta baja a una especie de pasillo. Miro una fracción de segundo y desvío la mirada. Es la tercera vez que veo un muerto. "Es mi padre", le digo al médico. Pero en ese mismo momento dudo: puedo estar equivocado, tal vez es otra persona. Tiene algo distinto. Además, hay miles de hombres de más de setenta años, canosos, de un metro setenta y cinco y de aspecto judío. Las personas no son tan particulares y la muerte, supongo, hace que todos nos parezcamos.

Volví al psicoanalista. Lo extraño es que en la sesión de hoy ni siquiera mencioné la muerte de mi padre. El me habló todo el tiempo del sueño del coche que manejaba con una sola mano alrededor del jardín, del macetero rojo, de los cuatro Peugeot 504 azul eléctrico a la hora de la siesta.

Ezequiel decide irse de lo de Lipo y vuelve a mudarse con mi madre a la casa de San Miguel. Ella, en vez de hundirse, parece haber renacido. Sale prácticamente todas las noches, me dice Ezequiel. Va mucho al bingo y a bailar tango hasta cualquier hora con sus amigas. Ezequiel empezó a trabajar en una fábrica de pastas de la zona y se levanta al alba. Muchas veces mientras desayuna se la encuentra a mi madre que vuelve de bailar. Dice que le encanta sorprender el amanecer. Igual sigue un poco perdida. Una noche que volvió del bingo a eso de las dos de la mañana se metió equivocada en la quinta de unos vecinos y durmió en un sillón hamaca del porche, creyendo que el porche era su dormitorio y el sillón hamaca su cama.

Llueve, el fin de semana todo se inunda y el yeso se humedece. Lo único que podemos hacer es quedarnos en mi casa y jugar a las cartas o a la generala mientras afuera diluvia, las calles se convierten en ríos y los días pasan oscuros hasta casi parecer noches. Las luces de mi departamento están todo el tiempo encendidas; las sábanas y las toallas siempre húmedas; las paredes, mojadas. Me pregunto qué estarán haciendo mi madre y Ezequiel, los dos solos, encerrados en la casa de San Miguel, envueltos en el mismo fenómeno climático que nosotros pero al mismo tiempo tan lejos. Así pasan cuatro días y al final ya casi no nos quedan recuerdos del sol, ni de algo seco.
El martes a la noche todavía sigue lloviendo. Suena el teléfono: es Cecilia. Se enteró por Juan de la muerte de mi padre y quiere saludarme. Me dice que está saliendo con su homeópata. El es casado pero le prometió dejar a su mujer el mes que viene. Juan también le habló mucho de mi brazo enyesado y quiere saber cómo fue exactamente. Yo prefiero no pasar por la humillación de contarle que mis hijos me atacaron, me tiraron al suelo, y no pararon de golpearme hasta conseguir fracturarme el brazo, así que esquivo el tema. Nos deseamos suerte mutuamente y cortamos.

Hay un paréntesis de tres días de sol pero la lluvia vuelve. Y después, otra vez sale el sol. Todos esperamos que el buen tiempo ahora dure un poco más aunque hace ya dos semanas que terminó el verano. Juan me acompaña a la clínica; finalmente van a sacarme el yeso. Esperamos el turno durante más de una hora en la sala de espera con vista a la calle. Me concentro en el tic tac amplificado del reloj de Juan y dejo que el tiempo pase. Cuando se escucha mi nombre por los parlantes nos despedimos; Juan dice que me espera, pero yo sé que cuando salga sin el yeso ya no va estar ahí.

La semana pasada también venció mi contrato de alquiler. Con el dueño arreglé una prorroga de veinte días por que por los últimos sucesos no tuve tiempo de buscar departamento. Ahora busco en los clasificados. Son cosas que hago cada dos años, cada vez que me vence un contrato. Pienso cambiar de barrio, tal vez Caballito. Mientras tanto voy guardando todas mis cosas en canastos, descongelo la heladera y vuelvo a meter mis tres televisores en las cajas de telgopor en las que venían cuando los compré. Vivo así mientras busco, para que la mudanza sea menos traumática. El brazo sin yeso ahora lo siento más liviano, es como si ya no existiera la gravedad. Lo raro es que en lugar de haber ganado un brazo siento una pérdida. Algo se fue para siempre, algo irrecuperable. Toda la fuerza que desarrollé ya no tiene por donde canalizarse, tengo más de la que necesito. Mi brazo pesa tan poco, está tan pálido, tan delgado... Es como si hubiera perdido todas sus cualidades, ya no lo reconozco, dejó de ser mío, es el brazo de otro.

*Autor
Martín Rejtman nació en Buenos Aires, en 1961. Estudió cine en la New York University (Estados Unidos) y luego trabajó como asistente de montaje en los estudios de Cinecittà (Italia). Antes de dirigir su primer largometraje, participó en varias producciones como asistente de dirección y realizó dos cortometrajes: Doli vuelve a casa (1984-2004) y Sitting on a Suitcase (1986). Filmó tres largometrajes: Rapado (1992), Silvia Prieto (1999) y Los guantes mágicos (2003). Ha publicado, en Argentina y Europa, Rapado (Planeta, Buenos Aires, 1992), Treinta y cuatro historias (incluido en Un libro sobre Guillermo Kuitca, 1993), Velcro y yo (Planeta, Buenos Aires, 1996) y el guión de su película Silvia Prieto (Norma, Buenos Aires, 1999). En el año 2000 recibió la Beca del International Writing Program de la University of Iowa (Estados Unidos) y en 2002 la Beca Antorchas (Argentina).