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Por lo bajo
Vanesa Guerra*

La araña que picará la mano de F no sabe que va a morir. Tampoco sabe de manos ni de mujeres que le temen hasta el salto y el vaciado estertóreo de un tubo grande de aerosol venenoso.
La araña lleva otro veneno en sus pelitos largos y alguien ha comentado que cuando crecen lo suficiente le depilan las seis patitas al fuego y las comen como si fueran cangrejos de carne blanca. Hay que ser asqueroso para andar comiendo esos bichos con todas las cosas ricas que no abundan en el planeta, dice F agitando la mano que ya es un globo nada agradable. L trae Pervinox del baño, estaba dentro del botiquín, ¿te dije adentro del botiquín? No, no me dijiste pero lo encontré; y mientras se lo derrama sobre la puntita roja del globo que nace del muslito del dedo gordo, grita con espanto que se ha vencido. Un medicamento vencido es inocuo, salvo ciertas excepciones que mutan a líquidos letales. L enjuaga o lava desesperada la mano de F porque teme haber hecho lo peor. F la deja mientras asume que el globo sigue creciendo y que una guardia o algo parecido sería un destino oportuno.
Primero habría que encontrar las llaves del auto. ¿Alguien vio las llaves? Yo vi las de una casa, dice alguien con ganas de decir algo, como si eso fuera una clave para alguno de los que está ahí, alguno de los que no saben discernir si el problema es grave o sólo una estupidez que arruinará un asado de campo. ¿Y cómo eran las llaves? pregunta F con algo de sorna a ese flaquito que nunca le cayó bien, ¿alguna seña particular? Mh, un peluche azul tipo delfín o pingüino. ¡Esas son las del auto! grita L ¿dónde las viste?
El flaquito no recuerda adónde las vio, porque las vio hace mucho, digamos que las vio al mediodía y ya andamos por las seis de la tarde y el asador no parece muy ducho y los que no se fueron en vino se fueron en otros venenos.
F cree que la mano se le mueve por dentro. La sensación es vaga, pero a medida que se dispone a sentir, la mano, efectivamente, se mueve por dentro. El globo crece; debe ser el líquido desplazándose, aventura L que busca las llaves y ya pide cualquier llave de cualquier auto para socorrer a F.
F no puede creerlo, se sienta y observa su mano, claramente ve cómo se infla, parece un pez globo, o un pez limón, no, un pez globo, el pez globo es el que andanadando hasta que se asusta y cuando se asusta se infla, y no sólo se infla, sino que además saca espinas de su piel y se convierte en una especie de erizo flotador mortal para quien ose tocarlo. Ese es el destino del pez globo, si tiene miedo mata, dice F. El flaquito que aún está ahí con esa cara blanca nieve, agrega que eso es bastante ordinario, pues cualquier chorrito de buenos aires hace lo mismo, tiene miedo, saca un fierrito y mata, por eso: hay que exterminar lo que daña. A F le duele la mano, una punzada, y bien sabe en este instante porqué no tolera al flaquito: el infame alardea de aséptico y esta mañana bien temprano votó mata putos, mata gente, mata muertos de miedo; lo odia porque el tipo no acierta a descubrir que él también será parte de la matanza, lo que significa que lo odia por estúpido, porque la estupidez es peligrosa, acentúa: es peligrosa, y lo mira y aun lo mira más y se desdobla un poco la imagen y ahora son como dos flaquitos o tres o seis con varios ojos y a L se le dibuja un hoyito en el cachete y busca otro medicamento que no encuentra en un bolso profundo y profuso en cierres y pliegues frente al flaquito con cara de nada que escucha indolente cómo son las cosas para F. F, con ese pelo alborotado y esa mano que asemeja un muñón elefantino colorado, colorado negruzco y ahora gris.
F concluye con la mirada en vuelo rasante al techo y el flaquito pareciera retirarse a las habitaciones y desaparecer por el interior de la casa, pero al rato nomás volvió y pasó por ahí con el delfín azul entre las manos, apretándole la cabeza con los pulgares, primero con uno, después con el otro, varias veces, sonriente el infame, presiona esa cabeza suave que emite un pitido, un chillido, una voz imposible de animal herido; ¿y las llaves donde están, querido? le grita L que ya ha sacado la cabeza del bolso sin fondo que vació a los pies de F. Ah, no sé... estaba solo el bicho, sin llaves, che. Ya de pie, L se le va encima, F no lo puede creer, L lo prepotea, lo patotea, lo papea, dale taradito ¿dónde pusiste las llaves? faccito ¿intentás una apertura anal?
En ese gesto brutal, F siente y sabe que L es su mejor amiga, la ama, ama que la defienda, ama que la cuide, y quiere pararse y darle un beso, un abrazo, una palmada en la cola. Pero no puede moverse y la mano tiene el tamaño de una cabeza, ya es un guante de goma roja, bien inflado como para jugar a la teta de la vaca, los dedos han quedado tan chiquitos en esa mano que ya no es mano que se le va la mano y F piensa que si no hay llaves de ningún auto, que si desaparecieron todas, es porque el flaquito mosquita mierda las escondió. F ve cómo la gente amiga busca; también ve cómo la miran, a ella y a su mano, como si fueran dos personas, una es mano, la otra no. El asador que no sabe asar ha entrado al living junto con dos más, parece que está al borde de un colapso y está ahorcando al flaquito, lo tiene a unos centímetros del piso, con una mano le aprieta el largo cuello, lo sacude contra la pared y las patitas con zoquetes marrones apenas patalean. La envuelve un griterío complejo que F no logra comprender; es que hablan otra lengua, se dice, tal vez ruso, estonio, árabe, balcan, ignoso; pero justo F quiere contar algo, algo a L que está al lado con la boca llena de palabras que no despilfarra, que larga una por una, F quiere contar algo con su lengua desmayada, ¡son 30 kilómentros al puesto! interrumpe L al asador, el flaquito babea, el facho tomó acido o alguna pepa y no sabe qué hizo con las llaves. Alguien rememora: Un duodeno, un decadro, un duodecadrón. Pero a F se le va cerrando la voz, o la garganta, y ella quiere contar una historia de cuando era chica, de la mamá, con una araña. ¡Tiene que ser inyectable! ¿cómo lo va a tragar? Alguien está macerando la pastilla con un tenedor mientras a F le cuelga la cabeza, cabeza caída sobre el respaldo bajo del sillón; ahora entra un hilo de aire, un hilo por la ventana y otro hilito entrecortado por la boquita de manteca, tortita de manteca, manita de manteca mama le da la tet y L escucha que el flaquito propone una traqueotomía. L cree que va enloquecer, y enloquece, entonces se levanta del lado de F, agarra un botellón espigado de un metro y medio y lo parte sobre la cabeza del flaquito. Se presume lo peor. Entonces vuelve al lado de su amiga y exige que terminen de macerar esa pastilla de mierda. Todos obedecen. F sabe que mientras L siga a su lado todo va estar tan bien como mal pueda estarlo, por eso se quieren tanto, entonces F, ya más tranquila, ya sin oxigeno, comienza con su lengua ponzoñosa a balbucear a su amiga la historia del garage, la historia de la araña que vino desde Zárate, prendida por lo bajo con sus seis patas al chapón del auto del papá, es que habían estacionado el Dodge Polara debajo del puente del Brazo Largo para pescar y los yuyos altos arañaban la chapa de abajo con un sonido áspero y sordo, y el auto se internaba en el monte selvático de la zona, y el olor a río y a barro se evoca y la embriaga; a los días jugaban a la mancha en el garage de la casa grande y cuando estaba quieta y envenenada de mancha levantó los ojos al techo y vio arrinconada a la araña gorda, morruda, es un plato hondo de lentejones pegado al techo, gordo plato, que plato parece una lenteja única, enorme, del tamaño de un plato ¡mamá! A pura oreja vino y vio y se fue y al rato volvió con un rifle de aire comprimido, la madre, y mató a la araña de un escopetazo. La araña explotó primero y cayó despatarrada y fláccida desde lo alto después, pero era una araña madre, una madre araña, una madre preñada y dentro o fuera, agarraditas de la panza y de las patas peludas, vivían movedizas y camufladas miles de arañitas que huyeron ilesas, sin rumbo, e invadieron el garage de la casa y treparon urgidas zapatos, medias, pantalones, remeras y pelos. F asegura que si le dan un escopetazo en la mano libertarán a las miles de arañitas o lentejas que la habitan, que se reproducen inquietas en el muslito gigante de su pulgar: esa es la solución ¡esa! ¡Ésa! le grita a L pero L no escucha porque la voz de F no sale.
L se acerca a F, le besa la boca y después empuja con la lengua ese pastiche del duodecadrón con un poco de agua o jugo o saliva o amor o con eso que nadie vio bien. Pero ahora, ahora, sólo falta esperar.

*Autora
Vanesa Guerra nació en Buenos Aires, Argentina, en 1965. Licenciada en Psicología; ejerce como psicoanalista en la Ciudad de Buenos Aires. Los ensayos que ha publicado en diversos medios digitales y gráficos rescatan y recrean los cruces entre la literatura, el arte y el psicoanálisis. En 1993 funda y dirige junto a Sergio Rocchietti la Revista Transdisciplinaria Con-versiones, actual propuesta de tránsito y devenir entre disciplinas: http://www.con-versiones.com
Publicó los libros de cuentos Metáforas del Lunar Conyugal, Editorial Nueva Generación, 2000, Buenos Aires y La sombra del animal, Editorial Bajo La Luna con el que obtuvo el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en 2007.