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Una mina como vos
Azucena Galettini*

—No todas las fantasías se realizan —le dice ella al tipo. Si la viera ahora Rodrigo. Él podrá levantarse a todas las minas de la fiesta, pero ella hizo, con solo estar parada esperando el colectivo, que un tipo se bajara del auto para hablarle.
—Sos tan hermosa —dice él y estira la mano para tocarle el brazo. Ella lo saca antes de que llegue a hacerlo. Tiene que tener cuidado después de todo: son las tres y media de la mañana de un jueves y no hay nadie en la calle; ni autos pasan. Obvio que no piensa hacer nada, el tipo no le gusta y parece medio borracho, pero tampoco puede rechazarlo de manera violenta. “Donde éste se saque…”, piensa. Pero le gustaría que Rodrigo pasase con el auto y los viera, que se acuerde de que ella también puede levantarse a cualquiera, aunque no quiera hacerlo. ¿Y ese colectivo no va a venir nunca?
El tipo vuelve a insistir, y ella repite lo que ya dijo unas quince veces desde que él se bajó del auto.
—Estoy muy enamorada de mi novio.
Y de nuevo espera que le pregunte lo evidente: “¿y dónde está tu novio que andas sola a esta hora en una zona como ésta?”. Pero el tipo no lo hace. Vuelve, como las otras veces, a decir que entiende, que está todo bien, que él sólo quiere que pasen un buen rato, o por lo menos acercarla a su casa: esa zona es peligrosa y por ahí se larga a llover de nuevo. Ella se envuelve con los brazos, tratando de cerrarse mejor el ridículo saquito que es más decoración que otra cosa. ¿Cómo se iba a imaginar, cuando se vistió para la fiesta, que un par de horas después iba a refrescar tanto?
Vuelve a agradecerle al tipo, le dice que está todo bien, el colectivo no tarda en venir, que vaya tranquilo, no quiere hacerle perder más tiempo.
—¿Cómo va a ser perder el tiempo estar con una mina como vos? —dice él, probablemente con la voz que llama “seductora”. Ella hace un esfuerzo para no poner su cara de “¿eso es lo mejor que se te ocurre?” y no dice nada. Por lo menos esa noche alguien considera que estar con ella no es una pérdida de tiempo. Tendría que hablar con Rodrigo ese tipo.
—Tu novio tiene suerte —dice él y ella asiente.
—Es una persona maravillosa —dice ella y su voz le suena falsa. Tan maravillosa que desde que entraron en la fiesta no le dirigió la palabra y se fue a hablar con cuánta mina había. Ella encima no conocía a nadie, si eran todos compañeros de laburo de él. Había sido una venganza, por lo del mensaje de Chelo que él había encontrado en el contestador de ella.
—Por lo menos buen gusto para elegir mujeres, tiene —dice el tipo, y por suerte no vuelve a insistir con que se suba al auto. Ella asiente.
Igual irse como se fue había sido una boludez. Es que pensó que él la iba a parar antes de que se fuera. Si habían llegado en el auto de él y ya se había largado el primer chaparrón. Pero no, él sólo le dijo:
—¿Ya te querés ir? Es temprano, si me aguantás una horita más…
—Me quiero ir ya, no dentro de una hora.
Él se encogió de hombros.
—Bueno, como quieras —y se dio vuelta para seguir con su conversación.
Después de eso ella no podía volver a buscarlo cuando se dio cuenta de que no le daba la plata para tomarse un taxi. Por lo menos ya no llovía cuando llegó a la parada. Casi no se mojó, pero hacía frío para un día de verano.
—Si querés, podés ponerte mi saco —dice el tipo, porque ella está temblando ¿Qué diría Rodrigo si pasase y la viera con el saco de otro encima? Ella dice que no con la cabeza, concentrada en la calle. Parece que el colectivo no va a llegar más.
¿Y ella qué culpa tiene si Chelo estaba de vuelta de su viaje y quería verla? Si le había explicado a Rodrigo que Chelo siempre iba a ser importante para ella. Sí, era cierto que no había borrado el mensaje a propósito. Y bueno sí, quería que él lo escuchase. Toda la tarde hablando de la nueva compañera de laburo, que era tan copada, que había viajado por todo el mundo, y que. Ella también tenía un lado aventurero que había dejado atrás por elección, pero en cualquier momento...
¡Gracias a Dios! Ahí está llegando el colectivo. Lo para. El tipo le da un papelito con su nombre y su teléfono. Ella lo agarra sin saber bien qué otra cosa hacer y se sube a toda velocidad al colectivo.
Ya en su asiento suspira aliviada. Es la única pasajera, deben estar cerca de la terminal. Había estado bueno que le recordaran que es una mina atractiva, después de todo. Rodrigo no se portó nada bien esa noche, dejarla sola así, “si te querés ir, arreglate”. Ella no le importa tanto, se preocupa más por su orgullo que otra cosa. ¿Quién se cree que es, además? No, esta vez se terminó. Se ter-mi-nó. No podría soportar otra noche como esa. No necesita una relación así.
Está empezando a cabecear. Se incorpora en el asiento, lo único que le falta es pasarse. Ve subir a una parejita de adolescentes que se hablan al oído, como si hubiera mucha gente que los fuera a escuchar. Ella siente ganas de ir y explicarles todo lo que les espera. Pero ¿para qué? Ya se tiene que bajar, además. Por suerte es solo una cuadra hasta su edificio. Camina rápido. Cuando llegue le va a dejar un mensaje a Rodrigo en el contestador. Le va a decir que su relación ya no da para más, que tienen cortar por lo sano.

Qué placer estar en su departamento. Ponerse ropa seca y tomar un té. Va a su cuarto. La lucecita del contestador está titilando. Ella pulsa la tecla para oír el mensaje. Es Rodrigo. Se quedó mal por cómo se fue ella:
—Perdoname —dice—. Me porté como un boludo. Llamame para saber que llegaste bien y así hablamos. Te quiero mucho. En serio.
Se desviste y se pone un camisón. En el fondo ella también lo quiere mucho. Y se lo escuchaba tan triste y preocupado en el mensaje. Cuando dobla el saquito para ponerlo a lavar, siente el papel que le dio el tipo de la parada. Lo saca. No había sido tan mala noche después de todo. Mañana a primera hora lo va a llamar a Rodrigo para decirle que está perdonado. Con una birome marca el nombre del papelito, para que se vea bien claro, y lo deja, como por descuido, en la mesita de luz. Pone el despertador para que suene a las ocho. A esa hora va a estar bien llamarlo a Rodrigo; cosa que no sepa si ella pasó la noche afuera o se acaba de levantar.

*Autora
Azucena Galettini nació en 1981 en Buenos Aires. Es Licenciada en Letras, graduada de la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como traductora para varias editoriales y como intérprete para diversas compañías estadounidenses. En el 2006 recibió una mención del Fondo Nacional de las Artes por su libro de cuentos, del cual el presente relato forma parte. Pueden ver más información y textos de la autora en www.azucena-galettini.blogspot.com