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Las aventuras de la señora Ema en el jardín zoológico.
Federico Falco*

Uno: presentación de la señora Ema. La señora Ema es dada a los pensamientos. Piensa, por ejemplo, que sin saber muy bien cómo, se ha vuelto una vieja. La señora Ema lo piensa mientras Marilén, la chica de la limpieza, saca las copas de cristal de la estantería más alta y las repasa. Me imaginaba la vejez como una zona de mucha libertad, piensa la señora Ema. Mis obligaciones ya estarían cumplidas, sería hora de descansar. Y, sin embargo, no es así. La vejez es sólo perderse en pasillos y vericuetos nuevos cada vez más oscuros.
La señora Ema tiene un talante levemente poético y es usual que sus pensamientos se tiñan de metáforas y comparaciones. Pero pronto lo olvida y encarga a Marilén que termine rápido con esas copas, porque también hay que limpiar el balcón.

La señora Ema vive frente al parque, en un piso muy alto. Es viuda y madre de dos hijos a los que sólo ve los fines de semana. Tiene un nieto, pero no se lleva para nada bien con él. La última vez que la visitó podría jurar que le robó dinero. Eran cincuenta dólares escondidos en una cartuchera vieja, en el primer cajón del escritorio. Ahora ya no están más.

En el parque, justo al frente del edificio de la señora Ema, se encuentra el Jardín Zoológico. La señora Ema nunca va, pero a la tardecita se instala en su balcón y mira los tigres de Bengala que pasean dentro de su jaula. Son dos, una pareja. Algún amanecer que la encontró desvelada, la señora Ema vio al cuidador arrojar grandes trozos de carne a los tigres. Y vio a los tigres devorársela.

Marilén va tres veces por semana a limpiar el departamento. La señora Ema odia no hacer nada mientras Marilén trabaja. Da algunas órdenes, controla y cuando advierte que está comenzando a exigir de más, se busca una labor. La señora Ema aprovecha las tardes en que Marilén limpia su casa para acomodar las facturas de teléfono, o para embalar la ropa de verano y ventilar la de invierno, o para tirar papeles viejos. Cuando ya todo está hecho, deja a Marilén a cargo y sale a visitar amigas. A Marilén le dice que se va al centro, a pagar cuentas. De tanto en tanto, la señora Ema se encierra en su dormitorio a leer novelas románticas. Antes le aclara a Marilén que tiene una fuerte migraña o que volvió el lumbago y que, por favor, no la moleste.

Dos: el enigma de los tigres. El martes en que Marilén repasaba las copas de cristal, la señora Ema salió al balcón a controlar el estado de los vidrios y, sin advertirlo, dirigió su mirada a la jaula de los tigres. En el cielo se mezclaban los primeros naranjas con el celeste puro de la tarde que llegaba a su fin y, en la jaula de los tigres, tres hombres rodeaban a la hembra estirada sobre el cemento. La señora Ema se asustó y pensó que estaba muerta. Una pequeña grúa entró al receptáculo de los tigres, cargó a la hembra y se la llevó. La jaula quedó vacía. No se veía al tigre por ninguna parte. El pesar y la angustia se apoderaron de la señora Ema. De pronto, estaba por largarse a llorar. Debía averiguar lo sucedido. Buscó un gran sombrero de paja, le dijo a Marilén que tenía que salir de urgencia y se encaminó al zoológico.

El muchacho de la puerta no sabía nada sobre la salud de los tigres, así que la señora Ema pagó su entrada e intentó averiguarlo por sí misma. Lo primero que vio junto al sendero fue una jaula cilíndrica, angosta y alta. Estaba construida con barrotes de hierro y recubierta de alambre tejido. Ningún cartel decía qué especie la habitaba y parecía desierta. Sin embargo, recostadas en el piso, había dos ratitas blancas de laboratorio y una naranja partida a la mitad. Las ratitas no estaban muertas sino atontadas. Una movía una patita, la otra hacía eses con la cola. La señora Ema alzó la mirada hacia el techo, segura de que algún ave rapaz la escudriñaba desde allí, pero no pudo distinguir ningún movimiento. Abandonó la jaula y siguió por el sendero. Enseguida, un ruido brusco y un chillido la hicieron volver sobre sus pasos. En el piso de la jaula quedaba una ratita sola. Las eses que formaba con su cola eran tan veloces como el ir y venir de sus pupilas asustadas. La señora Ema volvió a mirar hacia lo alto del techo. En el interior del cono de chapas la oscuridad se había hecho más densa, más compacta e impenetrable.

Tres: un par de tortugas prófugas. Los senderos del zoológico corrían por lo hondo de un cañadón. Prendidas de la pendiente, las yucas y los espinillos pendulaban en el viento. Los yuyos del borde del camino se volvían marrones del polvo. De tanto en tanto, a un costado u otro aparecía alguna jaula o surgía otro camino, más estrecho, que conducía a la base de las barrancas donde estaban los pumas y un oso tibetano. Más adelante apareció la pileta de los lobos marinos. Había dos. El más viejo dormía sobre la costa de rocas falsas; el más joven nadaba en el agua turbia. Un cartel advertía a los visitantes que el olor era causado por el alimento de los lobos marinos. También decía que renovaban el agua una vez por semana y que sus estados de pH se analizaban a diario. Lo firmaba el director. Más allá, un par de flamencos apenas rosados custodiaban a una cebra que se espantaba las moscas con la cola.
A la vuelta de una curva, la señora Ema se encontró con dos tortugas de agua cruzando el camino de gravilla. Iban una junto a la otra, zangoloteándose muy rápido. Tan rápido que la señora Ema se asombró. Nunca hubiera pensado que podrían desplazarse a esa velocidad. Las tortugas se sumergieron en una acequia que corría hacia la laguna de los patos y desaparecieron. La señora Ema se preocupó: las tortugas seguramente se habían fugado de alguna jaula y ahora harían estragos entre los patitos recién nacidos, porque las tortugas de agua son carnívoras, lo habían dicho en un documental, por la televisión.

Cuatro: el nombre de Duilio. Hasta el momento, la señora Ema no había visto ningún ser humano. El zoológico estaba desierto y las barrancas lo protegían del ruido de la ciudad. En el silencio se oían los loros y las cotorras, el croar de algún sapo y, un poco más lejos, los gruñidos de un felino inmenso, tal vez un león, o un yaguareté, o una pantera. Justo antes de que la quebrada se abriera para dar lugar a una gran explanada con un kiosco bar y sillas de plástico, la señora Ema encontró a uno de los cuidadores. Llevaba un balde de maíz molido en la mano, botas de goma, pantalones Ombú y una musculosa blanca con el logo de una pinturería. La señora Ema le preguntó qué había pasado con los tigres y el hombre le dijo que no podía darle esa información. Se sacó un cigarrillo de detrás de la oreja y lo llevó a su boca.
¿Tiene fuego?, le preguntó a la señora Ema.
La señora Ema no llevaba consigo ni fósforos ni encendedores, así que el hombre volvió a guardar su cigarrillo y se alejó. La señora Ema lo miró tirar maíz molido a las jaulas de los faisanes y las perdices y pensó que los ojos del hombre transmitían lástima y desazón frente a las aves encerradas, frente a todos aquellos animales aburridos y condenados que para seguir viviendo dependían de su esfuerzo cotidiano y de sus puñados de maíz. En ese momento le hubiera gustado tener consigo una caja de fósforos.

Un barrendero del zoológico subía empujando su carro y se detuvo junto al cuidador. Lo saludó y la señora Ema pudo oír su nombre: se llamaba Duilio. Algo en ella cimbró al escuchar ese nombre. Algo que hacía años estaba dormido y que la señora Ema no llegó a descifrar por completo.
Duilio tiene la dignidad del carcelero de las bestias hermosas, de los animales salvajes, se dijo a sí misma y siguió su camino.

Cinco: episodio con papiones. La señora Ema pasó mucho tiempo sentada frente a la jaula de los papiones. Miraba al viejo macho de cola pelada ir y venir alrededor de los barrotes de hierro. La hembra, más pequeña y joven, se sacaba las pulgas en lo alto de una rama. La señora Ema los miraba y pensaba en sus cosas. Por un momento se había olvidado de los tigres. Cuando el papión se cansó de caminar, se acercó a la orilla y pasó su mano extendida por entre los barrotes. El pelaje gris disminuía en la muñeca y la palma abierta era pura piel rosada, con las líneas y los nacimientos de los dedos bien marcados, casi como una palma humana pero diminuta. Tenía las uñas redondas, iguales a las uñas de cualquier hombre aunque de color negro. El papión pedía tutucas. Estaba acostumbrado a que los visitantes se las tiraran, pero la señora Ema no tenía. Enmarcada de pelos hirsutos, la cara del papión parecía una de esas caras con las que los científicos ilustran la cadena evolutiva. Es más que un simio, pensó la señora Ema, sin darse cuenta de que eso también lo había escuchado en la televisión. Gran parte de la similitud entre la señora Ema y el papión descansaba en la piel de las manos del animal, aunque también estaban la nariz ahusada, las mejillas curtidas, las cejas y, sobre todo, los ojos. Unos ojos sensibles, inteligentes, marrones, con el globo ocular muy blanco.
Los ojos del papión se posaron en la señora Ema y recorrieron sus hombros, su busto, la cintura. La señora Ema se puso colorada pero no se amilanó: durante un instante miró al papión directo a los ojos y se sintió desnuda y sintió también la furia, la desazón y la tristeza en el fondo de las pupilas del animal. Pero fue sólo un instante, él enseguida bajó la vista, avergonzado. Después, la hembra advirtió lo que pasaba, chilló desde su palo y bajó alocada a interponerse entre el papión y la señora Ema. Él la apartó de un manotazo, pero la hembra volvió, se le subió al lomo y le mordió las orejas. Se perdieron los dos, entonces, en el interior de la jaula. La hembra corriendo delante y el viejo papión persiguiéndola hacia la habitación de ladrillos que los protegía de las miradas.

Seis: el comienzo de la aventura. Se acercó el cuidador llamado Duilio. Llevaba en sus manos un cajón de plástico lleno de frutas y se metió dentro de la jaula del chimpancé. El chimpancé se columpiaba en una cubierta de auto colgada del techo y no se movió. Duilio barrió los restos de comida y heces, llevó una manguera y limpió todo con agua. La señora Ema lo contemplaba, parada frente a la jaula. Cuando Duilio terminó de baldear, descargó el cajón de frutas en una batea. El chimpancé bajó a investigar. Duilio salió de la jaula, cerró la puerta y le puso candado. Después, con disimulo, se acercó a la señora Ema y le susurró al oído:
Los tigres están en el depósito. La hembra se clavó una espina en la pata y hubo que doparla para hacer las curaciones. Al macho lo dormimos también porque solo se pone muy nervioso. ¿Quiere verlos?
¿Se puede?, preguntó la señora Ema.
Nada es gratis en esta vida, dijo Duilio. ¿Está dispuesta a pagar?
La señora Ema lo pensó un instante
Sí, estoy dispuesta, dijo al final.

Ya casi no había sol. A la sombra de los eucaliptos se podía palpar el fresco de la noche. En los edificios frente al zoológico se prendieron las luces de un par de ventanas. Duilio le explicó a la señora Ema que había que hacerlo todo con gran sigilo. El director del zoológico era muy estricto con el personal y si lo veía hablando con un visitante podría castigarlo. Mucho más si se enteraba de la visita a los tigres. La señora Ema no supo qué contestar. Duilio aferró su mano y la arrastró tras de sí. Su pulso era firme y seguro. Subieron a una pequeña montaña, bajaron y se toparon con una construcción de paredes desteñidas. A un costado, a ras del suelo, había una puerta baja, de chapa, pintada de negro. Duilio la abrió.
Métase por acá, dijo. No tenga miedo. En un rato cierra el zoológico y el público debe retirarse. A partir de ahí, tendremos todo para nosotros.
Para pasar por la puerta la señora Ema tuvo que caminar en cuclillas. Ni bien entró, Duilio trabó el pasador y la dejó sola. La señora Ema estaba en la parte trasera de una jaula. Un tabique ocultaba a los visitantes la entrada y proporcionaba intimidad al animal. La señora Ema se asustó muchísimo. ¿En la jaula de qué animal la habían encerrado?

Enseguida apareció Duillo, por afuera. La señora Ema pudo ver sus piernas tras los barrotes.
Duilio, ¿es esto seguro? ¿dónde me ha metido?, preguntó.
Duilio se rió.
No tenga miedo, dijo, es la jaula del perezoso y a esta hora duerme. Escóndase detrás del tabique. Más atrás, se le ve un zapato y la punta del sombrero.
Entonces la señora Ema recordó que llevaba puesto su sombrero de paja. Se lo quitó de un manotazo y se encogió contra la pared. ¡Un perezoso! No conocía a ese animal. ¿Corría peligro allí encerrada? Por lo pronto, todo estaba quieto y la jaula parecía vacía. A propósito, susurró Duilio desde afuera, ¿cómo sabe mi nombre?
Escuché cuando lo saludaba el barrendero, contestó la señora Ema.
Bueno, está bien, yo soy Duilio, dijo. Y usted ¿cómo se llama?
Ema, contestó por lo bajo la señora Ema. Yo soy la señora Ema.
En ese preciso momento algo se movió dentro de la jaula. La señora Ema se asomó por un costado del tabique. La jaula tenía una gran rama muerta en el centro y desde allí descendía una masa oscura.
Escóndase, señora Ema, escóndase, suplicó Duilio. Si alguien la ve, a mí me echan. Con tanto ruido el perezoso se ha despertado pero es un bicho muy tranquilo, no tenga miedo. Ahora me voy. Ni bien cierre regreso a buscarla y le muestro los tigres.
Y la señora Ema se quedó sola allí, escondida detrás del tabique, dentro de una jaula del jardín zoológico y a merced de un animal desconocido.
¡Quién me manda!, exclamó para sí misma.

Siete: un abrazo materno. El bulto gris y negro descendía por la rama. Unas uñas largas se clavaron en la madera seca, dieron un salto y llegaron al suelo. Frente a la señora Ema, en la otra esquina de la jaula, había una batea con agua y manzanas cortadas en cuartos. El bulto avanzó hacia allí.
Duilio, Duilio, qué me has hecho, lloriqueó la señora Ema.
El perezoso la escuchó, cambió el rumbo y se dirigió al hueco del tabique. La señora Ema se hizo un bollo contra la pared y se tapó los ojos, pero espió por entre los dedos. Vio una cabeza gris, un lomo peludo y dos brazos largos que se arrastraban por el piso. El perezoso caminaba despacio, balanceándose. Las manos terminaban en garras negras y filosas. Era un animal digno y triste como una tortuga sin caparazón. La señora Ema temblaba toda. El perezoso le echó los brazos al cuello y se colgó sobre su pecho. La señora Ema estuvo a punto de gritar. El perezoso apoyó la cara en su hombro y se durmió. Entonces la señora Ema comprendió que el perezoso era inofensivo y el alma le volvió al cuerpo.

Frente a la jaula pasó una mujer con sus dos hijos. Uno de los niños se detuvo para ver dónde estaba el animal anunciado en la placa, pero enseguida desistió y se perdieron rumbo a la salida. Escondida tras el tabique, la señora Ema los escuchó alejarse. El perezoso dormía, su aliento era suave y cálido. En la puerta del zoológico, los empleados se despedían con hasta mañanas y buenas noches. Después, se hizo un silencio completo. Después, regresó Duilio.
Señora Ema, señora Ema, llamó entre las rejas.
Shhhh, lo calló la señora Ema, nuestro amigo duerme.
Duilio abrió la puerta de lata y, con mucho cuidado, la señora Ema depositó al perezoso sobre el piso de cemento. El animalito se hizo un ovillo sobre sí mismo. No se despertó. Duilio ayudó a la señora Ema a salir de la jaula.

Ocho: paseo con elefante. Caminaron por el zoológico desierto, uno junto al otro, sin hablar. La señora Ema un poco más lenta. De tanto en tanto Duilio se detenía para esperarla. Rodearon el estanque lleno de patos y pasaron frente al elefante, parado en el centro de la gran explanada, bamboleándose hacia un lado. Duilio lo señaló con el dedo.
Era de un circo, dijo. Lo confiscó la policía porque no tenía los papeles en regla. Como nuestro viejo elefante se había muerto, lo mandaron para acá. Sabe hacer piruetas, si quiere le muestro.
La señora Ema dijo que sí, que quería.
Son diez pesos, dijo Duilio. Por menos de diez pesos el elefante no se mueve.
La señora Ema lo pensó un instante, buscó en su bolso y le extendió un billete. Duilio lo tomó, se lo guardó en el bolsillo del pantalón, saltó el tapial y se paró frente al elefante.
¡Arriba!, le gritó mientras alzaba las manos.
El elefante se paró sobre sus dos patas traseras. Parecía un perrito gigante esperando una galleta.
Saluda a la señora Ema, ordenó Duilio.
El elefante alzó la trompa, la extendió y bramó bien fuerte.
Bien, muy bien, buen muchacho, exclamó Duilio y le dio una palmada. El elefante bajó la trompa y volvió a pararse en cuatro patas. Duilio corrió hasta el refugio y le trajo como premio un gran puñado de pasto seco.

Ya era de noche. Las luces de la vía blanca, de tanto en tanto, sobrepasaban los árboles y las barrancas e iluminaban algún sector de zoológico. Murciélagos salvajes volaban entre los corrales y las jaulas. En sus cubos de cristal, las serpientes comenzaban a desenrollarse y a oler con sus lenguas húmedas el aire alrededor.
¿Cómo se llama?, preguntó la señora Ema.
¿Quién?
El elefante.
No tiene nombre. Se llama Elefante, nada más, contestó Duilio.
¿Falta mucho para llegar donde están los tigres?, preguntó la señora Ema.
Es aquí cerca, dijo Duilio.
Estoy cansada, dijo la señora Ema.
Duilio no contestó.

Nueve: el encuentro con los tigres. El depósito de los empleados del zoológico estaba detrás de la casa de los leones. Duilio prendió una bombilla. Era una habitación grande, sin ventanas, con un gran portón corredizo de chapa acanalada. Había fardos y bolsas de granos y una cámara frigorífica donde guardaban las medias reses para alimentar a los animales. Había algunos roperos, bancos, sillas amontonadas cubiertas de polvo, un carrito de pochoclo destartalado al que le faltaba una rueda y, en una esquina, cientos de palas, rastrillos, azadas, escobas e implementos para el jardín.
El centro de la habitación lo ocupaba un acoplado sobre el que descansaban dos jaulas estrechas. En una dormía el tigre de Bengala. En la otra dormía la hembra, también anestesiada. Tenía una de las patas envuelta en vendas.
Ahí los tiene, dijo Duilio.
La señora Ema se quedó quieta frente a las jaulas. Aspiró profundamente, pero la emoción hizo que el aire se atravesara en su garganta y le pareció que ya nunca más iba a salir. Se llevó una mano al corazón.
¿Le gustan?, preguntó Duilio.
La señora Ema hizo que sí con la cabeza y el aire escapó en un suspiro.
Son bellísimos, dijo.
Dé la vuelta, así los ve desde este otro lado.
Con pasos lentos y sin retirar la mano de su pecho, la señora Ema giró alrededor del acoplado. Las respiraciones acompasadas del tigre y la tigresa dormidos llenaban el galpón. Los zapatos con suela de goma de la señora Ema no hicieron ningún ruido al caminar sobre el polvo del piso. Duilio carraspeó y escupió hacia afuera.
¡Shhh!, exclamó la señora Ema. ¡Los va a despertar!
¿A quién? ¿A éstos? Éstos hasta mañana no se enteran de nada, dijo Duilio y metió un brazo por entre los barrotes, subió los belfos del tigre y lo tomó por uno de sus colmillos.
Le va a arrancar la mano, pensó la señora Ema. Ahora el tigre se va a despertar, va pegarle un zarpazo y le va a arrancar la mano. Duilio hizo como si quisiera aflojar el colmillo. La cabeza del tigre se movió sin oponer resistencia.
Déjelo, no sea molesto, dijo la señora Ema.
¿Quiere tocarlos?, preguntó Duilio.
Me da miedo. Con verlos así de cerca a mí ya me alcanza.
Venga, tóquelos, dijo Duilio.
¿Se puede?
Sí, claro.
La señora Ema extendió con cuidado la mano y la posó sobre el lomo del tigre. Un escozor le recorrió la espalda. Es bello, pensó la señora Ema, es bello y oscuro y fuerte y de un solo bocado podría engullirme. Y la señora Ema ya no pudo pensar más nada. El tigre la absorbió por completo. Estuvo así un buen rato, con su mano jugueteando entre las rayas del pelaje. Sus dedos recorrían la piel y, al tacto, sintió las costillas que se inflaban y desinflaban. A la señora Ema le pareció que el tigre ronroneaba al recibir sus caricias.

Duillo controló las vendas en la pata de la tigresa y se aseguró de que en las jaulas hubiera agua para cuando los animales despertaran.
¿Suficiente?, preguntó. Ya es la hora, tenemos que irnos.
Sí, sí, suficiente, dijo la señora Ema y sacó su brazo de entre los barrotes, separándose del tigre. Sí, sí, suficiente, dijo mientras se volvía y le daba la espalda a los dos animales dormidos.
Detrás de ella, Duilio apagó la luz. En la oscuridad la señora Ema creyó percibir un aliento espeso alrededor de su cuello. Pensó en el tigre, saltando sobre ella. Se volvió y sólo encontró la cara de Duilio, que dijo:
Ya vio a los tigres, son cincuenta pesos, veinticinco por cada uno.
La señora Ema buscó en su cartera y le pagó.

Diez: las marcas del viaje. Caminaban entre jaulas desiertas y animales dormidos. Duilio conducía a la señora Ema hacia la salida de servicio, la orientaba en la oscuridad, le advertía sobre raíces o escalones con los que podía tropezar. Justo antes de llegar, la señora Ema comenzó a rascarse. Sentía un fuerte ardor. Le picaba el brazo y la axila y el cuello y el pecho. Duilio le preguntó qué le pasaba. La señora Ema se lo explicó.
Ya estaban cerca de la verja y Duilio la arrastró hacia una zona de luz. Un foco de la vía blanca formaba un cono brillante e iluminado en los confines del jardín zoológico.
A ver, muéstreme, dijo Duilio.
Avergonzada, la señora Ema se abrió el escote de la camisa. Duilio la observó muy de cerca.
La han picado las pulgas, concluyó. Las pulgas del tigre.
¿Cómo sabe que son pulgas? Tal vez sea alergia, dijo la señora Ema.
Usted no es alérgica a los tigres. Aunque nunca en su vida haya estado con uno, se le nota en la cara que no es alérgica a los tigres. Además, mire. La pulga del tigre pica tres veces y muere. Y las tres veces que pica, pica muy junto. ¿Ve?
Duilio señaló tres manchitas rojas sobre la piel blanca del cuello de la señora Ema.
La pulga del tigre pica igual que las tres Marías. Tres veces y en línea, es fácil reconocerlo, dijo Duilio y la señora Ema tuvo que aceptar que era verdad.
El tigre le había contagiado las pulgas.
Dese un buen baño y pásese jabón Espadol por las picaduras, con eso va a mejorar, dijo Duilio y abrió la puerta y dejó a la señora Ema salir del zoológico. Estaban en medio del parque. A un costado, en un monte de chañarcitos, tres o cuatro parejas se besaban sobre los bancos.
Bien, aquí nos separamos, dijo Duilio. Ha sido un gusto, y ya sabe, cuando quiera otra visita especial no tiene más que buscarme.
La señora Ema estrechó la mano de Duilio, dio media vuelta y comenzó a caminar.

Once, final: el regreso a casa. Caminaba por el pasto suave, recién cortado. Estaba fresco. Las hojas de los árboles dejaban y no dejaban pasar la luz de la calle y moteaban el césped. Por un momento, la señora Ema no supo muy bien en qué parte del parque estaba, pero no tardó en ubicarse. Descendió por una loma, se sentó en un banco. Calle abajo pasó una ambulancia con la sirena puesta. La señora Ema levantó la vista, contó los pisos y encontró los vidrios de su balcón. Brillaban en la noche, reflejando la ciudad iluminada. Marilén los había pulido a la perfección. La señora Ema sonrió. No había nada mejor que un trabajo bien hecho. Se masajeó un poco las rodillas, se incorporó y cruzó la calle. El guardia de seguridad le abrió la puerta y la saludó. Charlaron un minuto sobre la próxima reunión de consorcio mientras llegaba el ascensor.
La señora Ema se dio un baño y se pasó desinfectante por las picaduras, comió una fruta y se acostó. Sólo entonces, quieta en su cama y con los ojos cerrados, recordó el sombrero de paja. Lo había olvidado en la jaula de perezoso.
Mañana vuelvo a buscarlo, se dijo a sí misma antes de dormirse.
Mañana paso por el banco, saco más plata y vuelvo a buscarlo, dijo y se durmió.

*Autor
Federico Falco (General Cabrera, Córdoba, 1977). Es escritor y video artista. Ha publicado los libros de cuentos "222 patitos" y "00" y los libros de poemas "Aeropuertos, aviones" y "Made in China". La editorial Tamarisco publicó su relato "El pelo de la Virgen" en su colección de "Simples de Tamarisco". Cuentos suyos aparecieron en diversas antologías, entre ellas "La joven guardia", "In Fraganti", “Replicantes, cuentos contemporáneos dominicanos y argentinos” y “Es lo que hay, joven narrativa en Córdoba”.