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Mi locura
Traducción de Flavia Cogliano Jalabert y Javier Fernández.

Hay grados de locura, y cuanto más loco estés, más obvio va a ser para los demás. La mayor parte de mi vida, oculté la locura dentro mío, pero siempre estuvo ahí. Por ejemplo, puede que alguna persona hable conmigo, de esto o aquello, y mientras me aburra con sus sobadas generalidades, la imagine con la cabeza apoyada sobre la mesa de la guillotina, o la imagine en una sartén enorme, friéndose, al tiempo en que me mira con ojos aterrados. En situaciones reales como éstas, muy probablemente, intentaría rescatarla pero, mientras me está hablando, no puedo evitar imaginarla así. O, de mejor humor, puedo representármela alejándose de mí en bicicleta. Simplemente, tengo problemas con los seres humanos. Los animales me encantan. No mienten y rara vez intentan atacarte. A veces pueden ser astutos, pero eso es permisible. ¿Por qué? Pasé la mayor parte de mi temprana y mediana edad en habitaciones diminutas, metido ahí, mirando las paredes, las persianas rotas, las perillas de los cajones de la cómoda. Era consciente de las mujeres y las deseaba, pero no quería esforzarme para agradarles. Era consciente del dinero, pero nuevamente, como con las mujeres, no quería hacer las cosas necesarias para alcanzarlo. Sólo quería lo suficiente para una habitación y algo para tomar. Bebía solo, por lo general en la cama, con todas las persianas cerradas. A veces, iba a los bares para registrar las especies, pero las especies seguían siendo las mismas –no tanto y, generalmente, mucho menos que eso.
En todas las ciudades, inspeccionaba las bibliotecas. Libro tras libro. Pocos me decían algo. En su mayoría, eran polvo en mi boca, arena en mi mente. Ninguno tenía relación conmigo o con cómo me sentía: dónde estaba –en ningún lado–, qué tenía –nada– y qué quería –nada. Los libros de las centurias sólo suponían el misterio de tener un nombre y un cuerpo, deambular, hablar, hacer cosas. Nadie parecía asombrarse con mi particular locura.
En algunos bares, me ponía violento, había peleas callejeras, muchas de las que perdí, pero no estaba peleando con nadie en particular, no estaba enojado, simplemente no podía entender a las personas, lo que eran, lo que hacían y lo que parecían. Entraba y salía de la cárcel, me desalojaban de las habitaciones. Dormía en bancos de plaza, en cementerios. Estaba confundido, pero no era infeliz. No era cruel. No podía hacer nada con lo que había. Mi violencia era contra del engaño obvio; estaba gritando y ellos no entendieron. Incluso en mis peleas más violentas, miraba a mi oponente y pensaba: ¿por qué está enojado? Quiere matarme. Después tenía que pegarle piñas para sacarme la bestia de encima. La gente no tiene sentido del humor; es tan asquerosamente seria consigo misma.
En alguna parte del recorrido, y no tengo idea de dónde vino, me puse a pensar: quizás deba ser escritor. Quizás pueda plasmar las palabras que no leí, quizás al hacerlo me pueda sacar este tigre de la espalda. Y entonces empecé, y las décadas pasaron sin demasiada suerte. Ahora era un escritor loco. Más habitaciones, más ciudades. Me hundía cada vez más profundo. Me congelé una vez en Atlanta, en una casucha de cartón alquitranado, y viví con un dólar veinticinco por semana. Sin agua, sin luz, sin gas. Me sentaba a congelarme con mi camisa de California. Una mañana encontré un pequeño lápiz y empecé a escribir poemas en los márgenes de diarios viejos tirado en el piso.
Finalmente, con 40 años, apareció mi primer libro: una pequeña publicación barata de poemas, Flower, Fist And Bestial Wail. El paquete de libros había llegado por correo; lo abrí, y ahí estaban las pequeñas ediciones. Se desparramaron todos los libritos sobre la vereda, y me agaché entre ellos; estaba sobre las rodillas, levanté un Flower Fist y le di un beso. Eso fue hace 30 años.
Sigo escribiendo. En los primeros cuatro meses de este año escribí 250 poemas. Todavía siento la locura correr por mi sangre, pero no conseguí aún reflejar en palabras lo que quería; el tigre todavía está en mi espalda. Me voy a morir con ese hijo de puta en la espalda, pero le di pelea. Y si hay alguien por ahí que se sienta suficientemente loco para hacerse escritor, diría: adelante, escupí a los ojos del sol, acertá esas claves. Es la mejor locura en acción, los siglos necesitan ayuda, las especies lloran por luz, apuestas y risas. Dáselas. Hay suficientes palabras para todos.

*

Mi locura

There are degrees of madness, and the madder you are the more obvious it will be to other people. Most of my life I have hidden my madness within myself but it is there. For instance some person will be speaking to me of this or that and while this person is boring me with their stale generalities, I will imagine this person with his or her head resting on the block of the guillotine, or I will imagine them in a huge frying pan, frying away, as they look at me with their frightened eyes. In actual situations such as these, I would most probably attempt a rescue, but while they are speaking to me I can´t help imaginig them thus. Or, in a milder mood, I might envision them on a bicycle riding swiftly away from me. I simply have problems with human beings. Animals, I love. They do not lie and seldom attempt to attack you. At times they may be crafty but this is allowable. Why?
Most of my young and middle-aged life was spent in tiny rooms, huddled there, staring at the walls, the torn shades, the knobs on dresser drawers. I was aware of the female and desired her but I didn´t want to jump through all the hoops to get to her. I was aware of money, but again, like with the female, I didn´t want to do the things needed to get it. All I wanted was enough for a room and for something to drink. I drank alone, usually on the bed, with all the shades pulled. At times I went to the bars to check out the species but the species remained the same –not much and often far less than that.
In all the cities, I checked out the libraries. Book after book. Few of the books said anything to me. They were mostly dust in my mouth, sand in my mind. None of it related to me or how I felt: where I was –nowhere– what I had –nothing– and what I wanted– nothing. The books of the centuries only compounded the mystery of having a name, a body, walking around, talking, doing things. Nobody seemed stuck with my particular madness.
In some of the bars I became violent, there were alley fights, many of which I lost. But I wasn´t fighting anybody in particular, I wasn´t angry, I just couldn´t understand people, what they were, what they did, how they looked. I was in and out of jail, I was evicted from my rooms. I slept on park benches, in graveyards. I was confused but I wasn´t unhappy. I wasn´t vicious. I just couldn´t make anything out of what there was. My violence was against the obvious trap, I was screaming and they didn´t understand. And even in the most violent fights I would look at my opponent and think, why is he angry? He wants to kill me. Then I´d have to throw punches to get the beast off me. People have no sense of humor, they are so fucking serious about themselves. Somewhere along the way, and I have no idea where it came from, I got to thinking, maybe I should be a writer. Maybe I can put down the words that I haven´t read, maybe by doing that I can get this tiger off my back. And so I started and decades rolled by without much luck. Now I was a mad writer. More rooms, more cities, I sunk lower and lower. Freezing one time in Atlanta in a tar paper shack, living on one dollar and a quarter a week. No plumbing, no light, no heat. I sat freezing in my California shirt. One morning I found a small pencil stub and I began writing poems in the margins of old newspapers on the floor.
Finally, at age of 40, my first book appeared, a small chapbook of poems,
Flowers, Fist and Bestial Wail. The package of books had arrived in the mail and I opened the package and here were the little chapbooks. They spilled on the sidewalk, all the little books and I knelt down among them, I was on my knees and I picked up a Flower Fist and I kissed it. That was 30 years ago. I´m still writing. In the first four months this year I have written 250 poems. I still feel the madness rushing through me, but I still haven´t gotten the word down the way I want it, the tiger is still on my back. I will die with that son-of-a-bitch on my back but I´ve given him a fight. And if there is anybody out there who feels crazy enough to want to become a writer, I´d say go ahead, spit in the eye of the sun, hit those keys, it´s the best madness going, the centuries need help, the species cry for light and gamble and laughter. Give it to them. There are enough words for all us.

Charles Bukowski. Betting on the muse: poems & stories (1996); Black Sparrow Press, Santa Rosa, 2002.