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Fragmento de Desencanto
Romina Doval





Encendí la computadora y puse una página en blanco. Tenía que dejar de lado las frases, las ideas, los tratados y las confesiones para escribir una verdadera novela, de esas que tienen comienzo, desarrollo y desenlace, bien a lo decimonónico. La teoría no me faltaba, sólo - pequeño detalle- la práctica. Al cabo de una hora en la que me pasé mirando la página en blanco, lo primero que se me ocurrió escribir fue: “Me llamo Sara que en hebreo significa Princesa”. Releí la frase y me quise matar. Eso parecía el comienzo de una composición de una nena de ocho años. “Dios dicta, yo escribo”, decía Dumas. Y por qué a mí no me dictaba nada. Debía comenzar con la imagen de un lugar fastuoso, una ciudad o un pueblo en medio de un campo, una gran descripción aérea a lo Stendhal. Me pasé una hora más pensando la ciudad de mi relato para llegar a la conclusión de que en realidad describir paisajes o ciudades no me interesa en absoluto y que, por otra parte, no suelo retener cosas de ese estilo. Escribir lo primero que se me hubiera venido a la cabeza era algo que me había prohibido estrictamente. Todo - absolutamente todo- debía ser pensado y calculado. Detesto el nuevo género delirio de la literatura de moda, los escritores que lo practican son falsos vanguardistas que tienen pocas ganas de pensar y trabajar a fondo una obra. Mi relato se iba a parecer a la vida aunque los académicos dijeran más tarde en tono peyorativo: “Realismo psicológico” o “literatura cuyo referente es el mundo” como si uno pudiera tener como referente a Marte o a Júpiter. Tener como referente al mundo quizás no sea lo mejor, pero en todo caso es lo único que hay. Tenía que pasar al héroe. Quién era el héroe y en qué época vivía. Mi blanco no podía ser más blanco. ¿Sobre qué puede escribir alguien que jamás ha ido a la guerra, que nunca ha sido raptado o torturado, que no sufrió hambre o frío ni dio la vuelta al mundo en ochenta días? Sólo tenía mi propia persona para contar. Al parecer reunía todas las ventajas para hacer de mí un personaje totalmente insignificante. Me decía: “No pertenezco al sexo del poder, no soy europea ni norteamericana, no estoy casada y el trabajo me indigna. Tampoco me encuentro del lado romántico de los miserables: ladrones, prostitutas, alcohólicos, drogones o asesinos”. Debía hacer una advertencia al lector diciéndole:
Lector hipócrita, no encontrarás nada de ello en las páginas que siguen y, si no estás de acuerdo, lo mejor que puedes hacer es dejar el libro en el estante donde estaba, comprar la última novela de Paul Auster o ir a tu casa y encender el televisor.
Tengo que aceptarlo de una vez por todas, no vivo en un mundo de aventuras y todo lo que puedo hacer es lamentarlo.



Aclaración:
Romina Doval, Desencanto, primera parte. Literatura Mondadori, 2009