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Entrevista a Romina Doval
Sol Echevarría y Marcelo López

En Signo de los tiempos marcás una suerte de enfrentamiento generacional en casi todos los relatos y, en uno de ellos, un chico cuestiona a un militante de izquierda y sus inquietudes políticas ¿te parece que la despolitización sería un signo de estos tiempos? ¿Por qué?

Creo que hay un sentimiento que se relaciona con la falta de política y con la sensación de no haber vivido una época más apasionante. Pero también es cierto que de la mano de este desencanto, surge un cuestionamiento.

Muchos de los relatos plantean personajes adolescentes ¿te identificás con ellos?

No sé si me identifico, pero es el lugar desde donde escribo. Mi adolescencia fue en los años 90. El punto de vista de Signo de los tiempos es mi generación, la de los hijos de la dictadura.

¿Cómo se vivía esto en la Facultad de Letras? ¿Había una suerte de mandato de los más grandes respecto a cómo debían ser estos “hijos de la dictadura”?

Yo no viví la década del 60, pero en la actualidad queda un vestigio, un despojo, de ese momento. Quedan ciertos resabios en algunos discursos de izquierda, que a veces son hasta casi ridículos. De todas formas, cuando yo cursé había mucha actividad y creo que sigue habiendo. No es tan importante como antes. Yo nunca participé, así que esto es lo que veía de afuera. Me daba la sensación que eran unos fantoches de lo que fue en otro tiempo.

Mientras leía la novela El desencanto se me vino a la cabeza que ésta era la denominación que se hace del período post-franquismo en España ¿Vos pensaste en eso?

No. En general la palabra “desencanto” está asociada con la muerte de las ideologías. Se puede leer por ahí, pero no le quise dar ese sentido a la novela. Su desencanto pasa por el contraste que la protagonista vive entre la realidad y el mundo de los libros. Es un personaje quijotesco que quiere vivir las novelas decimonónicas que lee, pero la realidad no es lo que ella imagina ni lo que quiere vivir. También hay una búsqueda de sentido en una Europa decadente. Hay un desencanto de la vida en general. Veo más una relación con el fin de siglo XIX que con el período post-franquista. Una decadencia, un spleen tanto en el personaje como en el tiempo.

La protagonista intenta vivir aventuras, pero a su modo.

Son aventuras truncas, porque no va a ningún lado. Le gustaría que le pase algo, pero va más allá de su voluntad eso. Ella se escapa sin darse cuenta. Sus huidas son algo absurdas.

¿Este personaje lo creaste a partir de la acción o armaste una idea previa de su mentalidad y, a partir de ahí, armás su transcurrir?

En general yo tengo muy claro la psicología de los personajes al momento de ponerme a escribir. No sé todavía qué les va a pasar pero sé cuál va a ser su degradación interna. El argumento se va armando a medida que uno va buscando. Tengo que tener claro a donde quiero llegar a nivel interno, los hechos salen después. En este caso en particular, el conflicto del personaje me vino en Francia. Estaba mirando un programa de televisión que es una mezcla de reality show con programa de investigación, donde presenta patologías extrañas. Había una mujer que contaba que se escapaba sin darse cuenta. Se tomaba un colectivo y se iba. El marido estaba al lado de ella y la consolaba, a pesar de sus fugas. Eso me impactó tanto que lo apliqué a lo que estaba escribiendo en el momento. Me gustó la idea de que la protagonista tuviera un problema que no controlara. Además era muy novelesco porque ella podía irse y aparecer en cualquier lugar, producto de su enfermedad. Eso me resultó más interesante que plantear la historia de una mujer que simplemente dejara a su pareja.

Los enfrentamientos generacionales ¿fueron apareciendo en tus textos de manera inconsciente o fue una búsqueda deliberada?

Me salieron solos. Por más que quisiera escribir otra cosa, siempre termino cayendo en ese lugar. No es premeditado. En Signo de los tiempos hice una selección de relatos que tenían en común eso: personajes jóvenes en relación con los adultos.

De todas formas hay una continuidad entre personajes adultos y adolescentes, tal vez por estar condenados a compartir un mismo espacio. Eso los hace interactuar ¿Cómo incorporás en los diálogos estos diferentes registros generacionales?

Creo que es como decía Borges, que si uno puede hacer hablar a un personaje, conoce su psicología. Para mí es importante cómo habla un personaje porque eso lo define. Yo utilizo muchos diálogos, sobre todo en ese libro. Trato de que cada personaje tenga su particularidad, su manera de decir las cosas. Entra más directo un personaje que habla de una manera que si aparece un narrador que lo explique. En la novela Desencanto también hay bastantes diálogos, pero hay más partes introspectivas.

Vos hiciste un taller con Liliana Heker ¿Cuáles fueron los aprendizajes más significativos que sacaste de ahí?

Empecé el taller cuando era una adolescente. Por momentos dejé y después retomé. En mi experiencia, todo lo que aprendí se lo debo a ella y a mucha gente que pasó por el taller. Fue una experiencia muy rica. Para mí es difícil evaluar qué cosas puntuales me fue dejando. Lo que en particular rescato de los talleres son las diferentes miradas. Porque no todo lo que uno tiene en la cabeza sale al papel, y otros pueden señalarte qué es lo que no pasó. El riesgo es que uno busque escribir lo que quieren los otros. Más allá de las concepciones de quien dirige un taller, lo que se aprende es saber qué es lo que le falta a tu texto para llegar a ser lo que tiene que ser. Y eso se puede aprender.

Participaste en varias antologías (La joven guardia, In fraganti y De puntín) ¿Hay algo así como una identidad en común entre los que participaron, una “joven guardia”?

La generación de la Joven Guardia tiene un mérito que es haber sabido imponerse en el mercado. Eso está bien. Después hay un panorama muy amplio. Yo no lo conozco todo, y no puedo juzgar el nivel de escritura de alguien por un solo cuento que salió en una antología. Varias antologías tienen cuentos malos. Creo que muchos escritores tienen más ganas de publicar que de escribir. Yo vengo de una formación con Liliana Heker, que planteaba mucho trabajo del texto. Desde su lógica, no importa que te lleve diez años una novela. De todos modos esto tampoco es una garantía, claro, hay gente muy talentosa que escribe rápido y bien. Pero también es verdad que hay mucha espontaneidad, en el mal sentido.

¿Qué autores contemporáneos te interesan?

Samanta Schweblin, Hernán Ronsino, Andrés Neuman y lo poco que leí de Pedro Mairal. Después conozco textos sueltos que leí de algunos, y también escritores que no pertenecen a mi generación. Leo de todo un poco. Leo mucho en francés y me gusta la literatura del siglo XIX. Si estoy escribiendo trato de no leer nada antiguo porque me influye y empiezo a escribir trabado. Me resulta leer a Roberto Bolaño, me suelta mucho la mano.

En general, las editoriales suelen preferir las novelas. ¿Cuál fue tu experiencia con estos libros de cuentos? ¿Qué pensás del género cuento en general?

Los libros de cuentos suelen ser rechazados. Hay una contradicción en la literatura argentina, porque los cuentos son importantes en nuestra historia. Pero el mercado actual lo rechaza. Hay excepciones. El caso de Samanta Shweblin es una excepción, porque en general los libros de cuentos son rebotados. Para poder editar libros de cuentos en general necesitás algún premio, como el del Fondo Nacional de las Artes.

¿Vos qué géneros leés? ¿Poesía también?

Leo más cuento y novela. Me fascina Arthur Rimbaud, los simbolistas franceses. Leo poesía en francés y en castellano porque me cuesta leer poesía traducida. Hay una frase de Faulkner que dice algo así como que quería escribir poesía y, como no podía, pasó a cuento y, como tampoco pudo, terminó escribiendo novelas. A mí me pasa lo mismo, me encantaría escribir poesía pero me resulta uno de los géneros más difíciles.

¿Tenés algún ritual de escritura? ¿La encarás con la disciplina de un trabajo o esperás que te llegue una “inspiración”?

En general tengo momentos en que escribo un montón y momentos en que escribo menos. Trato de tener un ritmo, porque si uno espera la inspiración capaz que no se sienta nunca. El hecho de leer con otros escritores me motiva un montón. Hago miles de versiones, siempre a máquina, hasta llegar a algo definitivo. Me gusta escribir por la tarde.

¿Estás trabajando algo nuevo ahora?

Tengo otro libro de cuentos que se llama Caída libre y estoy trabajando una nueva novela. En la novela aparece ese costado generacional, sin ser el tema central, pero está presente. También estoy armando un libro particular porque tiene que ver con los viajes. Pero es un proyecto por ahora, ya que tengo apenas dos cuentos.

En todos tus relatos los personajes cambian, enfrentándote a cierta tendencia llamada “literatura del yo” ¿Por qué? ¿Hay alguna intención en esta estrategia narrativa?

No, no tanto. Cuando escribo siempre pongo cosas mías y las transformo. Además, cualquier cosa que escucho, la robo y la mezclo con otras cosas. Nunca nada sale exacto como lo viví o como me lo contaron. En el caso de la novela, que es un personaje en primera persona, hay muchas cosas mías. Algunas personas tienden a pensar que estoy contando mi historia, pero no es cierto. Que el personaje tenga mi humor o mi tono es una cosa, pero de ahí a que sea yo hay una enorme distancia. El personaje es una creación con la que me sentí cómoda, pero nada de lo que le pasa a ella me pasó a mí, ni todo lo que piensa ella lo pienso yo. Me gusta poner cosas provocadoras con las que no estoy de acuerdo, aunque otras veces sí. Sólo la gente que me conoce sabe discernir lo que es verdadero de lo que es falso. Por ejemplo en el cuento “La maquinita de la risa”, me inspiré en una maquinita que tenía mi abuelo, en la que se escuchaba un señor que se reía. Pero después, la maquinita aparece en el cuento y no tiene nada que ver con la anécdota originaria.

Para este número de la revista armamos un dossier sobre literatura e Internet ¿Cómo te parece que se da esta relación? ¿Vos leés textos online? ¿Blogs?

Yo tengo una relación romántica con el libro y no me gusta leer en la computadora. Desconozco el tema y no sé si hay una literatura en Internet. Particularmente, los blogs me aburren un montón. No me interesa leer la vida privada de nadie, hay algo de narcisista en eso. Una cosa es lo que hacen ustedes, una revista literaria, y otra un blog. En un momento leía el blog de Maxi Tomas, cuando salió la Joven Guardia, pero ahora ni siquiera. Aparte hay que tener tiempo, y yo prefiero leer un buen libro. Ni siquiera me interesan los suplementos literarios. Me causan mucho rechazo. Hay mucha pose en todos esos lugares.

En general suele acusarse de sectarios a aquellos que pasaron por la academia. ¿Te parece que hay algo de eso?

Conozco mucha gente que pasó por Letras y que no escriben académicamente. Por ejemplo, Terranova pasó por la academia y no es un escritor académico. Yo tampoco me considero como tal. Habría que pensar qué se considera académico. Quizás tiene que ver con la experimentación con el lenguaje, y la falta de historias. Después están los mitos que crea la Facultad respecto de lo que se considera “buena literatura”. A mí siempre me gustó contar historias, no experimentar.

¿Cómo fue tu relación entre escritura y cursada?

Para mí esa relación no fue conflictiva para nada. Yo tenía mi espacio de creación, que era el taller, y por otro lado un espacio de estudio. Podía disociar ambas actividades.

Volviendo al tema del principio, de la despolitización ¿Se puede escribir literatura pensada como intervención política?

Creo que todo texto es político y que un libro siempre está tomando una posición en el mundo. Pero de ahí a pensar una intervención política, pasar a la acción, eso ya es otra cosa. Para pasar a la acción hay medios más eficaces y más directos que escribir una novela o un cuento. Por otro lado aborrezco la literatura correcta con buenas intenciones donde el escritor es una suerte de oráculo que sabe lo que la gente tiene que pensar o hacer. La literatura, para mí, no es el lugar donde se va a buscar respuestas categóricas sino más bien todo lo contrario, un terreno donde lo consensuado se cuestiona, donde no reina un único sentido.