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Para la señorita primavera
Romina Doval*

Carlos se puso los anteojos para leer las instrucciones en la caja de Torta Especial de Chocolate. La preparación era sencilla: batir huevos, mezclarlos con el polvo, calentar el horno, lo de siempre. Mientras batía los huevos trató de recordar lo que había soñado durante la siesta. Era con Susana, estaban en un bote remando, y ella le decía algo de la maña. Vos sí que te das maña, le decía. Y qué más. Nunca podía retener los sueños. Abrió un armario para sacar el molde de torta y se le cayeron dos cacharros. El ruido del acero en el suelo terminó por despabilarlo. Todavía estaba dormido y era capaz de hacer cualquier cosa. Dónde estaba el molde, el famoso molde de treinta y cinco centímetros de diámetro con el que se había armado todo aquel lío. Como para olvidarlo. Susana le había pedido un molde para tortas y él había salido a comprarle uno. Pero era demasiado chico. Volvió a la tienda y lo cambió por otro más grande. Pero éste era demasiado grande. Tenía que tener treinta y cinco centímetros de diámetro, ni más ni menos, era una norma. Recién ahora se daba cuenta de que era una norma porque la caja de la torta también pedía un molde de treinta y cinco centímetros. Y una vez más ella tenía razón. Siempre tenía razón. Si había que llegar a algún lugar, ella agarraba el mapa y lo guiaba en dos patadas. Si en cambio lo hacía él, terminaban en la loma de los quinotos. Y bueno, no por nada ella tenía más estudios y era más inteligente que él. Pero eso de tirarle la bronca y decirle que él era bueno para nada, eso ya era otra cosa. Dónde había metido esa porquería de molde. Comenzó a sacar los utensilios del armario. Si no había molde no había torta, y si no había torta no le quedaba otra que ir a comprarla, esta vez de verdad, a la confitería de doña Purita. Se había pasado toda la noche pensando en eso y, no bien se despertó, se le cruzó la imagen de una torta llena de corales azucarados. A un aniversario de bodas de coral le correspondía una torta de corales, cómo no se le había ocurrido antes. Pero cuando fue a la confitería y vio a la nueva empleada de doña Purita, una muchacha alta y con una silueta como la que alguna vez había tenido Susana, cambió bruscamente de idea. La torta tenía que ser un corazón inmenso lleno de flores porque Susana había sido la Señorita Primavera y de eso quién podía olvidarse. Claro que la empleada era muy joven y no podía saber que, por aquel entonces, el concurso era un gran evento en el que participaban todas las muchachas del partido. Doña Purita misma había participado varias veces, pero de ahí a que ella le hubiese hablado de eso a su empleada, él ya no podía saberlo. Entonces se lo contó él, y con lujo de detalles, para que ella entendiera por qué él quería una torta así y no otra. A la muchacha el tema no pareció interesarle mucho y, cuando él le preguntó cuánto podía costarle, ella le dio una cifra garrafal. La plata. Hacía ya tanto tiempo que sólo manejaba la plata exacta que Susana le daba para las compras del día que, cuando quería comprar algo de más, se olvidaba de que no tenía lo suficiente. Y una torta así valía sus buenos pesos. Se sintió ridículo. Le había contado todas esas cosas personales y después no tenía la plata. ¿La encarga o no?, le había preguntado la muchacha. Voy a pensarlo, dijo él. No le quedó otra que ir a lo del coreano para comprar una torta de caja y algunas cositas para picar. Carlos miró el piso de la cocina minado de cacerolas y sartenes. Y el molde sin aparecer. Siguió con otros armarios hasta que lo encontró en el fondo de uno, encajado entre el estante y la pared. Respiró aliviado. Iba a rellenar la torta con mucho dulce de leche repostero y, como decoración, le pondría las florcitas de las velas rosas que estaban en el último cajón de la cocina, del tiempo de Matusalén. Él sí que se daba maña. Pero, ahora que lo pensaba, tendría que haberle dicho al coreano que, si veía a Susana, no le dijera nada de la plata que él le quedó debiendo. Pero el coreano nunca entendía nada y además se había emperrado con su nariz y quería saber qué le había pasado. Maquinita de afeitar, le había dicho Carlos contagiado por el modo de hablar del coreano. Pero de qué hubiera servido prevenir al coreano si, tarde o temprano, Susana se enteraba de todo. Ella llegaba de la escuela y le decía: estuviste en el bar de Levino. Sí, decía él. Y compraste cigarrillos en lo de Sánchez. Sí. Tenía que encontrar una excusa creíble. Pero qué excusa ni qué excusa, él había gastado toda esa plata para hacerle una sorpresa. Una sorpresa de cincuenta pesos, le diría ella. Y otra vez la plata. Cada vez que él le pedía, ella se ponía como una fiera: ¿para tus puchitos y tu cerveza de vago? Y sí, él era un vago, pero un vago contra su voluntad, porque nadie iba a decirle que él había elegido que lo despidieran de la fábrica. Era fácil hablar cuando se tenía un trabajo, un trabajo infernal el de ella con todos esos alumnos maleducados pero, al fin y al cabo, un trabajo. Un trabajo. Cuánto daría él por encontrar alguno. Pero qué iba a encontrar a su edad con todos los jóvenes llenos de títulos que había. Y bueno, no había que alterarla a Susana, eso era una regla de oro. Sacó la manteca de la heladera, cortó un pedazo y lo pasó por el molde. Ahora le quedaba hacer la mezcla pero ya se había olvidado de cómo hacerla. Agarró la caja de nuevo y volvió a leer las instrucciones. Se había olvidado de calentar el horno, qué cabeza. De pronto le picó la mano, justo ahí donde estaba lo que quedaba de la cicatriz. Se rascó con cuidado. Todavía le dolía un poco pero ya le iba a pasar. Como todo lo demás. Tenía que ser así. Encendió el horno. ¿No hay olor a quemado, viejo?, preguntaría Susana. Estaba seguro de que, no bien entrara, ella le preguntaría eso. Siempre lo hacía. Pero él no perdería la calma, iría hacia ella, le daría un beso y después sí le explicaría que no era olor a quemado, que era el horno que cada vez que se usaba despedía ese olor. Ella lo sabía. Y como todo lo demás estaría en orden, la mesa puesta, la casa limpia, qué iba a poder reprocharle. Nada. Y ahí mismo, para sorprenderla, él le diría: feliz aniversario. Ella se quedaría callada pero después le sonreiría con sorna: y todavía tenés ganas de festejarlo vos, era capaz de decirle. Y por qué no tendría ganas, le diría él. Ay, Carlos, ya sabés. Pero no, Susana, y por favor no hablemos de eso ahora. Mezcló el polvo con los huevos y batió con tanta energía que se salpicó la camisa. Imaginó a Susana con los ojos fijos en la mancha. Qué pasa, Susi. Sus miradas se cruzarían, él con ansiedad y ella con disgusto. Pero vos no viste cómo tenés la camisa. Sí, es la que uso para hacer las cosas de la casa. Es repugnante. Bueno, bueno, diría él, no fuera que ella empezara con la camisa y después siguiera con otra cosa y... Mañana la lavo. Mañana nada, diría ella. Dejó la preparación y salió corriendo a la pieza para cambiarse de camisa. No podía escapársele nada. Volvió a la cocina. Vertió la preparación en el molde y después lo metió en el horno. Consultó la hora. Veinte minutos de cocción. Ni más ni menos. Tomó la escoba y se puso a barrer. Si su madre estuviera viva no podría creerlo: su hijo haciendo quehaceres domésticos y ... No, eso nunca se lo hubiera imaginado. Él podía entender... Ser directora de una escuela era mucha responsabilidad y además también estaba la casa que tenía que mantener siendo mujer, todo eso debía alterarla. Se golpeó el pecho y eructó. Últimamente todo lo que comía le quedaba en la boca del estómago. Ya había consultado a un médico y el médico le había dado unas pastillitas para la acidez. Pero no había caso: comía y sentía como si tuviera una rata pudriéndose en el estómago. Salió al patio para barrerlo. Ya empezaba a sentirse ese olor a quemado del horno, pero no iba a darse manija. Se detuvo frente al espejito colgado en la pared y se miró la cicatriz. Casi no se veía y si alguno de sus hijos venía el fin de semana y le preguntaba, él diría que se había cortado con la maquinita de afeitar como le había dicho al coreano. Era poco creíble pero nadie iba a sospechar como cuando tenía el hematoma y los puntos. Pero qué te pasó, Carlos, qué te hicieron, qué te hiciste, todas esas preguntas de siempre, qué fastidio. El diariero, el verdulero, el pibe de la quiniela, todos concentrados en su maldita nariz como si nadie pudiera golpearse la cara con una puerta estando un poco dormido, qué tanto. Lo miraban raro como si él mintiera y eso que él sabía mentir bien y ponerse serio y contar la cosa como lo más natural del mundo. Y es que el secreto estaba en creérselo él también. Así que cuando llegaba a su casa se decía: haberse golpeado la nariz con la puerta pero qué mamerto y, cuando se cambiaba la venda: qué imbécil, qué... Y entonces la verdad le venía como un rayo y tenía que bajar los ojos para no seguir mirando esa cabeza de bueno para nada como ella le decía, bueno para nada. Pero eso iba a cambiar, pensó mirándose en el espejito, él iba a mostrarle que sí podía ser bueno para algo, aunque más no fuera para hacerle una pequeña sorpresa. Siguió barriendo y ordenando la casa hasta que se cumplieron los veinte minutos. Volvió a la cocina, abrió el horno y se encontró con una torta deformada. Porquería de aparato. Se habían hecho dos jorobas y eso era un error imperdonable. Cómo iba a hacer ahora para que la torta se aplanara. Una torta camello, diría Susana. Lo mejor era dejar la parte joroba arriba y listo. Él podría decirle que era un detalle que él había buscado a propósito. Mirá, le diría, las dos jorobas somos nosotros. ¿Porque estamos jorobados? le diría ella. Pero no, Susi. Se puso una manopla y sacó la torta. Y sí. Era una torta deprimente, pero la intención era lo que contaba. Y él siempre había tenido buenas intenciones, salvo aquella noche que… Qué tanto. No era porque ella se había enfermado de los nervios que él no podía agasajarla para el aniversario de casados. Al fin y al cabo era su mujer, él la había elegido y seguía eligiéndola. Todos los días. Consultó la hora una vez más. Mientras la torta se enfriaba iba a preparar la picada. Colocó papas, palitos y maníes en diferentes platos, sacó el queso de la heladera, lo cortó en dados y lo mezcló con las aceitunas rellenas que tanto le gustaban a Susana. Salió al patio para hacer una pausa y se encendió un puchito de vago. Cada vez que fumaba no podía evitar mirarse la cicatriz de la mano. Ésa sí que no se le iba a borrar nunca, y cuánto tiempo tuvo que rehabilitar la mano por eso del tendón. Más que una puñalada en la mano eso había sido una puñalada en el corazón porque hasta entonces ella nunca había ido tan lejos. Y después lo de siempre: me corté con la sierra, doctor. Pero qué barbaridad, don Carlos. Apagó el cigarrillo y así como así le vino el sueño de la siesta con más nitidez. Vos sí que te das maña, le había dicho Susana, pero soy yo la que tengo la fuerza. Se quedó mirando la cocina y tuvo ganas de entrar corriendo y revolear todo como hacía antes. Porque cuando él era joven también tenía sus ataques. Y cómo se peleaban y se insultaban delante de los chicos. Ahora ya no. Desde lo de la fábrica no tenía ganas de buscarle camorra a nadie, y mucho menos a su mujer. Es más, ni ganas tenía de juntarse con los del bar. Qué es de tu vida, Carlitos que no pisás más por el bar, le decían hasta hace muy poco. Prefería tomar solo, mirar la televisión, ocuparse de las cosas de la casa; porque si él no las hacía, quién iba a hacerlas. Eso sí, él jamás hacía las cosas como ella quería y entonces, con cualquier excusa, ella se sacaba. Y no paraba. Cualquier objeto a su alcance se convertía en un misil y, a partir de allí, Carlos era incapaz de entender lo que realmente pasaba. Los golpes no eran nada frente a la transformación que se producía en ella y que la convertía en otra. Nunca más, le había dicho Susana. Pero cuántas veces lo había dicho y siempre recomenzaba. Qué había sido de su mujer, la misma que había sido un encanto de cuerpo y de alma, la Señorita Primavera del año sesenta y tres, la sonrisa sin sorna y esa dulzura en la mirada. Qué había sido. Entró a la cocina. Miró la picada que había preparado, la torta camello y se dijo que no podía seguir como si nada. Tan sólo pensar en esa noche... Nunca supo qué le pasó para salir así, a lo loco, a la comisaría. Tenía la boca destrozada pero casi no la sentía. Cuando entró lo invadió una especie de vergüenza. No de él, claro que no, sino de estar a punto de denunciar a su propia mujer, más aún, a una mujer que todo el mundo admiraba y respetaba. Qué tal Carlitos, le había dicho el agente, tanto tiempo. Pero no bien él llegó al mostrador, el agente dejó de sonreír. Su aspecto debía ser aterrador. Qué te pasó, Carlitos. Una denuncia y todo terminaba. Qué pasó, Carlitos, hablá. Se imaginó la cara de Susana recibiendo el telegrama en su oficina de directora. En la propia escuela, linda sorpresa para la Señorita Primavera y para todas las generaciones de chicos que pasaron por esas aulas, semillas de la futura patria como ella decía en los actos. Carlos se desplomó en una silla y se escuchó decir: me robaron. Había jurado estar con ella en las buenas y en las malas y ahora, después de tantos años, no iba a quebrar su juramento. Además Susana podía cambiar y quién sabía esa noche, gracias a la torta y el aniversario, todo volvía a ser como antes. Carlos levantó la torta y la contempló como si su fuera un trofeo. No era la torta más linda del mundo pero era su torta. Y eso que todavía le faltaba el dulce de leche. Y las rositas.



Aclaración
Cuento inédito perteneciente al libro Caída libre.
*Autora
Romina Doval nació en Buenos Aires, a fines del año 1973. Es docente y traductora literaria. Publicó Signo de los tiempos, libro de cuentos distinguido con el premio nacional Estímulo a la Creación Literaria y Teatral de la Secretaria de Cultura de la Nación en el año 2000. En el año 2004 ganó el premio Ciudad de Arena de género fantástico. Sus cuentos y notas han sido publicados en revistas y antologías tanto nacionales como extranjeras. Residió en Francia durante diez años y actualmente vive en Buenos Aires. Desencanto, su primera novela, obtuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes 2007.