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Tilos
Valeria Meiller*
Conejos

(1)

En el futuro de la casa de campo hay pájaros. Partimos olvidando una valija que no será indispensable. Aceptamos el destino con voluntad, como aprendimos a ahogar crías en los bebederos: era necesario y la necesidad es la forma de nuestra alegría. Las preguntas van a llegar después y confiamos en que tampoco serán tantas. Actuamos de acuerdo a nuestros rudimentos, desde la primera caza de conejos.

(2)

Fue el verano de los cartuchos suaves, agazapados para el tiro al salto, vestidos del color de la maleza. Era un año en que todos los conejos del coto caerían enfermos, eso la había impresionado tanto que en oportunidades todavía soñaba con largas hileras de animales muertos y se despertaba para tocarse los brazos y saber que no llevaba una escopeta. Habían elegido las armas y determinado la cantidad de balas cuando recibieron la noticia- él había llegado en mitad de la mañana con la cara partida de sorpresa para decirle. Las vacunas no habían funcionado. El destino era un misterio ingobernable: la muerte benévola y mansa cediendo ante la muerte benévola y mansa. Cuando su abuela todavía vivía y en la víspera de la navidad visitaban a las hermanas. La visita era la rutina de los años antepuesta a la rutina del té. El monasterio sólo existía en el filo silencioso de la siesta -el ladrido de los perros cortaba el aire. El misterio que coronaba las catedrales era el silencio, todas las familias lo habían aprendido al asomarse al círculo del oro y los que rodaban, en el centro del anillo, eran los hijos.

(3)

Todo era amplio porque en un tiempo alguien había creído que los seminaristas serían muchos. Y también los cerdos, las gallinas y los conejos. La monja le había puesto un conejo blanco entre los brazos, lo había levantado de una jaula inmensa donde se agazapaba tras una pila de heno. Le había costado tomarlo entre las manos porque el animal temblaba y ella sabía que en el principio, como en una mañana glacial, donde el suelo y el cielo parecen un continuo infinito, existía la idea benévola y mansa de la muerte –porque mientras lo sostenía la mujer con el pelo cubierto le había dicho que pronto iban a sacrificarlo y el conejo temblaba. Cuando se iban, imaginaba que las hermanas ordenaban todo rápido- barrían, lavaban los cacharros y los ponían en su sitio, todo de tal modo que pareciese que nunca hubieran recibido visitas. Que no fuera a pensarse que las monjas y los conejos eran lo mismo, ellas no cedían ante el milagro de la vida y era difícil no pensar en eso.

(4)

-Lo que haces primero es partirle el cuello. Le cortas la cabeza y después lo pelas.


(5)

Quitarles el cuero a los animales se había transformado en un acto de amor, el trabajo del cuchillo separando tiernamente el abrigo de la carne. Vivía los sacrificios con gratitud, se alegraba en la temporada de caza. Y ahora que los conejos del coto estaban todos enfermos, la pólvora se humedecía como la mañana y los armeros se llenaban de tierra.


La caligrafía de su nombre en chino

(1)

En tres palmos de jardín, él escribía.
Hay unos tilos en Mendoza, Valeria…
Ella imaginaba llegar a la verdadera medula del sueño –y las cartas que quería recibir empezaban así, a la manera de cuentos irlandeses: sobre un fondo verde, donde todo lo demás era blanco como el arroz cortado.
En el jardín de la casa de campo se levantaba un tallo, precursor del buen tiempo, y dijo.
La rama que me crece del pie tiene unas flores…

(2)
Él dijo. Aquí las especias eclipsan a los tilos. Ella pensó. ¿Qué hago ahora con el libro de las flores silvestres? Cerró los ojos y vio a la rosa china en plena floración, en el ojo de sol de su balcón, peinándose -la rosa se armaba un tocado de novia enamorada de sí misma que empezaba sobre la tierra y terminaba debajo de ella.

(3)
Se sintió al tanto, como en la foto donde el caballo no camina. Anotó: Renuncio- ¡El siglo de la velocidad!, dicen. Pero dónde ¿Cómo es así? Nada ha cambiado, la verdad: Buenas noches Valeria- Eso es algo que a menudo ella también decía pero solía sonar como un cascabel en la oscuridad del cuarto. Buenas noches Valeria. En un buen tiempo no volvería a repetir la frase. No es cierto que no pueda llegarse a la guerra agitando banderitas de colores como si recibiéramos al ejercito aliado: cuando es lunes y en la cocina de la casa rueda una lágrima azul ¿puede domesticarse a la naturaleza? Quería. Llorar es bueno Valeria. El condicional. Llorar es bueno Valeria. Quiero. Llorar es buenas noches Valeria. Ahora tendría que llegar a odiar por un rato. Unos minutos antes de dormir, el día después entero y cuando se acordara, el resto de los años.
¿Qué escribiera?
Es todo lo que había hecho: escribir como si fuera a terminarse el mundo-
Voy a pasar de los árboles y la canela por un buen tiempo, dijo.
¿El cuerpo?
Pura memoria: no fuimos, no somos, no seremos compañeros de lectura: todo empezó como si tuviera que durar mucho tiempo. Todo fue torpe y dio trabajo y después todo fue rodar por la superficie rozándose los codos sin tener ganas de contarse secretos. Entonces porqué estaría triste: la conmoverían las chispas de la soldadora en la puerta de un bar al que no volvería nunca? la población mundial multiplicada cuatro veces su número en los últimos cien años? No. Tampoco que las burbujas del agua no se respiran y había detestado el mal té -¿Duele? Si te importa sí, si no te importa no. Pero también podría ser esto: pasar de los tilos a las especias sabiendo que en realidad lo único que se eclipsa está por fuera del mundo. Y saber que todo arde y en el fondo uno sabe que todo arde.
O mejor: tener un sueño con conejos atrapados en un coto de caza.

(4)
Ella imagino que él decía. En la dársena hay un reguero de pájaros y el mar está afuera, en el lugar de las luces oscilantes. Es el mundo ¿Ves? Ahí dónde se curva la panza del océano se nota mejor ¿Qué te despierta? Una sensación de vértigo extraordinaria ¿No es cierto? El mundo se arquea pero bien podría desaparecer por un agujero negro. Cuando volvamos a la casa de campo, en el invierno, todo estará acabado pero ahora mismo el mar se mueve con lentitud, impulsado por un remo enorme y secreto. Ella pensó. La intimidad que me es familiar es otra: vecina de los jardines y la hora del té, bajo la excusa de los jazmines y la conversación sobre los árboles -a esta misma hora nos reuniríamos debajo de los tilos a celebrar el bullicio de los nidos y los pájaros, tendríamos el corazón de menta o de miel, algo silvestre con aroma. En la casa de campo, la pava herviría mientras nos rozáramos los codos. El codo del agua, en cambio, es solitario: donde el Este se sella con la línea del horizonte todo parece muerto. Aquí se cierra mi cuerpo bajo muchos cerrojos y muchas llaves de bronce. Pero hubiera contestado. Tengo los pies mojados y ya es casi entrada la noche. No estoy tramando nada, regresemos.

(5)

Ella quería contarle.
El tiempo de las ciruelas es este.
En diciembre cuando los árboles se visten de flores blancas quiere decir que no helo en el invierno. Los ciruelos parecen copos de dulce recortados sobre el fondo del parque. Primero sale la flor -la planta del pie tiene primero un callo de donde brota después al sol el principio del árbol. Para él -una sirena. O más bien la cola de una sirena. Valeria, la planta es una suela permanente. ¿Y la ciruela? La ciruela un corazón de núcleo duro. Un átomo redondo y perfecto que no se deja roer –en un sueño la fruta se convertía en una rata redonda y blanca, tras las rejas de un jardín de noche. No mires.
Miraría. No tengo miedo ¿Recuerdas? La historia de la casa de campo en la que se seca la laguna.
En plena glaciación:
Era de hielo.
Era de árboles.
Era del libro de las flores.
La microscopia de un mundo se dividía en eras que duraban relámpagos de máxima belleza.
Ella pensó.
Diario de un naturalista.
Equivocaba el título: Muerte de un naturalista era- mientras, él rodaba por los peligrosos baldíos de arena del mundo: las ciudades están iluminada pero esto era la dársena y ellos estaban sueltos como engranajes absolutos.
No leerían juntos pero leerían, con la caída libre de los pétalos: El origen de las especias.
La continuidad de los tilos.
Las delicadezas en el lugar del tallo.

(6)

Era otro hemisferio. Él escribía una respuesta.
Tus plantas no van a morirse, Valeria. Recuerda que tienes que regarlas pero háblales también, si puedes.
Ella se miró en el bebedero de la casa de campo:
La prevención de la crueldad- pensó, con la distancia inhumana de la brújula.

(7)

Entonces lo que quedaba era ajedrez de partidas simultáneas, el nueve de enero al sur a una hora suavísima, bajo las estrellas, con el miedo o la ingenuidad de los peces.

(8)

¿Y si fuera África?
¿Y si todo hubiera sucedido muy lejos?
Lo que seguía era más bien como un sueño que se tiene temprano con la sinuosidad de una caravana de camellos:
África.
Berlín.
Caminaban sobre los codos cuando él dijo.
Tu serías feliz allí, Valeria.
Ella supo que no aprenderían a caminar de otro modo: todo era los codos, la juntura de la mañana y la extensión de un hilo amarillo visto desde el cielo.
Asintió sin el menor gesto- el movimiento era todo de él: los tics de la garra anaranjada del tigre y el sueño tenido en el interior de un ojo dorado.
¿Si se dieron la mano?
¿El brazo?
Se dieron los codos. Estaban suspendidos como la brillantez del polvo y tenían el pecho como los sacos de aire de las gaitas. Por un segundo pensaron que no- no todo era barro negro ni el miedo a la temporada de pesca. Nadie supo si olvidaban o no la regla pero creyeron, por un instante, que era tiempo de apoyar los codos sobre la mesa.



Sequía

(1)
El mundo amenazaba terminar con la historia de los árboles: estaba siendo el verano más seco en décadas y los tilos se secaban sobre su pie por la falta de agua. El jardín flotaba en una nube de tierra -permanentes frentes de aire caliente y, por momentos, la ilusión de que se desataría una tormenta. Pero la tormenta pasaba siempre y ellos no podían sino preguntarse a dónde. El río era, apenas, un hilo de agua quieta. Las bancas de la orilla se habían vuelto altas paredes de barro seco y el barranco dentado hacía que no hubiera forma que no fuera peligrosa de mojarse los pies. Era el tiempo de la falta de agua. Los hombres que no habían sembrado estaban aliviados, eran hombres previsores y justos. Los hombres que si habían sembrado estaban ciegos: cruzaban cada mañana los potreros y encontraban, en el cielo, el mismo rayo pelado y firme de sol. El maíz se secaba. Sería una temporada sin niños que en las horas de siesta llegaran en bicicleta desde la zona de casas más alejada del pueblo para cruzar los alambrados pisando las púas y separaran el maíz a la sombra alta de los tallos. Por donde se lo pensara, era un panorama desolador. Afortunadamente, y aunque allí ya no quedara nadie, algo de la historia de los árboles todavía pertenecía a las proximidades de la dársena. Durante los próximos meses, la correspondencia se acumularía en el bisel de la puerta hasta que fuera imposible hacer fuerza para meter las cartas dentro. Entonces en la oficina de correo empezaría a formarse una pila bajo el nombre de él y ellos la retirarían al verano siguiente. Algo de los veranos siempre pertenecería a la dársena y él lo había predicho: es como sí todos fuéramos a convertirnos en personajes, Valeria. Pero ella también lo había visto: con el paso de los meses, él se había transformado en un retrato de otro tiempo sobre el fondo gris de una fotografía.
(2)
Quedaba por contar la correspondencia de las fotografías.
Una mañana en la que ella había recibido la imagen invertida de un jardín recortado sobre un atardecer rojo.

(3)
En las horas muertas, era franca: sabía que el destino de la casa de campo era distinto al que había imaginado. ¿Por qué te demoras? Debo llevar un registro minucioso de los días para saber qué es cierto. Lo cierto era que la sequía terminaba, o al menos parecía que terminaba. Llovían milímetros que reverdecían los jardines y dejaban los cercos y los árboles cubiertos de cuentas de agua. Pero la cosecha ya estaba perdida: el girasol no caía por su peso. Los hombres perdían la palabra, suspiraban por la tierra, por el mal de la tierra, todo era la tierra para los hombres. Largas extensiones de tierra sembradas y perdidas con la esperanza del aceite y una parva de heno. Por amor, los hombres de la casa de campo cosechaban. Miraban el cielo cubriéndose la cara con la mano derecha. Esperaban la lluvia con los pies plantados al suelo polvoriento. La supervivencia: se acercaban cada mañana a contar el destino del agua, sobre el portón de entrada del jardín, cerca de los arbustos amarillos. Dormir, despertar, contar las gotas como inválidos. Ellas los miraban por la ventana abierta, alejándose cada mañana como manchas de lana sobre las patas delanteras y sabían que ese instinto labriego los hacía hombres honestos.

(4)

Había algo triste de estar allí. El silencio a la hora del almuerzo y los pasos de los hombres arrastrando los zapatos por todos los ambientes de la casa, golpeando las puertas y las ventanas durante todo el día.
Ahora había empezado a armarse una tormenta, se había desatado un viento caliente y acababa de cortarse la corriente eléctrica, incluso antes de que cayera la primera gota.

(5)
El tiempo de las mujeres era el mediodía, cuando los hombres se retiraban al descanso por la furia del sol y ellas demoraban la losa adrede en la cocina. Se habían vuelto rústicas con firmeza, lo necesario para llevar adelante la rutina de la casa de campo: sabiendo que cualquier destino eran circunstancias fortuitas y que la fe era llevarlo a término sin languidecer nunca. Eran desapegadas, vivían al abrigo de los árboles y la certeza de estar cumpliendo el plan que Dios había preparado para ellas. Por eso el verano de la sequía, mientras a los hombres se les endurecía la cara como un peñasco blanco, siguieron sonriendo con la suavidad del aire lavado: la cara barrida, la frente amplia y la modestia con que se amasa la alegría cándida que prende en la mañana. Andaban los caminos terrosos del monte sin entrantes, juntaban las ramas que obstruían el paso repitiendo: la tierra nos pertenece, la tierra no nos pertenece. Tenemos el privilegio de poder habitarla y debemos estar agradecidos por eso.

(6)
La primera tormenta, cuando las luces se fueron, dispusieron candelabros en todas las habitaciones de la casa. Mientras los hombres esperaban la hora de salir a contar los milímetros con las botas puestas, les contaron a los niños la historia más antigua que conocían sobre viajes en barco
*Autora
Valeria Meiller nació en Azul, Argentina en 1985. Estudia Letras en la Universidad de Buenos Aires y trabaja como traductora. También colabora en la sección de literatura del suplemento cultural Ñ, del diario Clarín y administra el blog www.blondonblog.blogspot.com. Poemas suyos fueron publicados en distintas revistas de poesía de Argentina y Latinoamérica. Parte de su primer libro inédito, El Recreo, fue incluido en la antología de poesía argentina contemporánea Lo humanamente posible. Actualmente trabaja en la preparación de su segundo libro, Tilos.