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Mal parida
Soledad Castresana*
I
De mi madre
conservo el miedo a los espacios abiertos

la memoria del feto
el ahogo de romper desde adentro
el útero de una muerta y el olor
del cordón umbilical.

Conservo también el eco
de lo que cae.


II
Toqué la tierra por primera vez
y respiré su frío mojado.

Quería comer.
Repté sobre el abdomen de esa mujer
la trepé hasta el pecho.

Mi voz carbonizada
la piel cubierta de costras
la picazón en los ojos.

Cuando la leche se secó
ya me habían crecido todos los dientes.


III
La mayoría de las mujeres
paren a su padre
para poder matarlo con más culpa.

No voy a escribir lo que no tuve.
Su nombre de silencio
es mi mantra.

Gocé en sus cenizas
con los hombres que lo hirieron
y al vengar la carne
me convertí en la ley.

Tengo debajo del pecho
la marca de su mano.
En mi costado vacío
resiste la sombra de un abrazo.

Contra la locura
llevo su lengua
colgada del cuello.


Marea baja

Estos hijos que pariste sin llanto
descienden de las piedras del mar,

por eso son fríos
y no saben hundir
la boca en tus pezones.

Dejalos morderte
que traguen el aire
de tus pulmones maduros.

Si das todo de una vez,
pasa más rápido.
Mañana bajo el sol de la orilla,
la arena llenará tu útero.


No nacido

Si se nos duerme,
se va a esconder la luz:

la leche
no ahuyentará a las moscas,

el llanto anudado al ombligo
será el eco de un golpe de arena.

En el hueco de las sábanas
San Ramón estallará la siesta.

Trapos tibios y algodones
por el piso.
Cuando el viento se trague las velas
sobre la puntilla
se deshojarán los rosarios.


La celadora

Crío a mis huérfanos
como a mis hijos.

Ellos se dejan limpiar el cuerpo,
las habitaciones.
Comen lo que les doy y duermen,
a veces hacen sonidos hermosos
y no esperan lo que viene
cuando se encienden las luces.

Siempre creí que el miedo
no crecería en cautiverio.
La especie no tiene memoria:
cada individuo repite el terror.


Desbocada

la noche cae a mis ojos
de rodillas
y trae el hambre.

Cuando nada suena
y la sombra se calienta
salgo a buscar lo que persiste:
un temblor bajo el polvo
algo tibio que se asfixie
una queja del barro.

Por el filo
de las cruces y las cúpulas
se abre el cielo.

Muerdo la tierra y las flores,
levanto las tapas.

No necesito luz para recordar
que todos los hombres
tienen el mismo sabor.


Hija única

Cuando eran jóvenes
mi abuela y sus hermanas
los domingos visitaban
a sus muertos.

Detrás de la madre
limpiaban el panteón como la casa.

Lavaban los floreros,
ponían calas nuevas,
barrían y lustraban
el bronce de las placas,
los herrajes, los candelabros,
el barniz de la madera.

Afuera,
el padre fumando en el ford
y en la radio las carreras de caballos.

Mamá no tuvo hermanas,
yo tampoco.

El panteón
cultiva hongos,
filtra humores negros.

La sequía se cuela
por los vidrios rotos
y confunde las cenizas.
Una mariposa de noche
descansa sobre el mármol.
Quedará su huella.


Aclaración
El poema “Mal parida” fue publicado en Última poesía argentina (Ediciones en Danza, 2008); los demás son inéditos.

*Autora

Soledad Castresana (Intendente Alvear, La Pampa, 1979) es licenciada en Letras por la Universidad del Salvador, en donde fue ayudante y estuvo a cargo de varias materias. En la actualidad, se dedica a la enseñanza del español como lengua extranjera y, cada tanto, colabora con críticas y reseñas con algunas publicaciones literarias.
Publicó el libro de poemas Carneada (Alción, 2007) y fue seleccionada para participar en las antologías Poetas argentinas (1961-1980) (Ediciones del Dock, 2007) y Última poesía argentina (Ediciones en Danza, 2008).