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El juego favorito
de Leonard Cohen (Edhasa, 2009)
Tomás V. Richards*

El juego favorito, de Leonard Cohen, es ante todo novela de iniciación. Y lo es en doble sentido: por un lado, cuenta con un protagonista, Lawrence Breavman, que a lo largo de la trama transita su infancia y adolescencia de paso hacia la adultez; y por otro, el libro es la iniciación del propio Cohen –el poeta Leonard Cohen- en el universo de la novela. Ambos, Cohen y Breavman, sortean diversos obstáculos a lo largo del libro.

En la primera mitad del relato –los libros I y II-, la prosa de Cohen es de estilo más bien poético, cuasi verseado, de oraciones breves y párrafos minúsculos –similares a estrofas-, y con recurso a imágenes sensoriales y poéticas antes que a recursos narrativos propiamente dichos. Esta primera mitad aborda la infancia y adolescencia de Breavman, hijo único de una familia judía acomodada de Montreal, que padece tanto la muerte de su padre como la viudez de su madre. En este tramo del relato vamos conociendo las inquietudes de Breavman, a saber: el amor, el sexo opuesto, la amistad y la religión –judía, por supuesto.

La experiencia del niño Breavman es, obviamente, bastante tortuosa. Diversos acontecimientos dolorosos lo van marcando y, junto a su amigo Krantz, va aprendiendo una forma de ver el mundo sarcástica y terriblemente romántica a la vez.

La adolescencia, como corresponde a un hijo de la postguerra, lo encuentra enfrentado al mundo adulto y al orden social establecido, de los cuales, sin embargo, no deja de tener una mirada culposa y de admiración. A través de diálogos intencionadamente inconexos y absurdos, por momentos pretenciosos (también intencionadamente), Cohen construye a sus dos personajes con destreza, poniendo de manifiesto toda su ridiculez pero también toda su capacidad de grandeza, superando así tanto la tentación de la ironía como la de la solemnidad. El rechazo y la llana indiferencia de las mujeres de su edad, que a esa altura son más adultas que los inmaduros varones, hacen de Breavman y Krantz dos marginales inseparables, que recorren Montreal por las noches, sin demasiados riesgos reales, buscando algo así como el sentido de la existencia.

Más tarde, los amores empiezan a entrar y salir de la vida de Breavman, quien va creciendo en pragmático cinismo y dejando sus tormentos e idealismos para el papel, para la poesía, su nueva y verdadera vocación.

El primero en abandonar el Montreal natal es Krantz. Después, bastante después, a Breavman la sociedad y la ciudad canadienses le empiezan a quedar chicas y también se va.

En la segunda mitad de la novela –es decir, en los libros III y IV-, la poesía cede ante la acción narrativa, los párrafos pierden en color poético y ganan en extensión. Acá Breavman ya es un joven emigrado a Nueva York que carga con todas sus obseciones. Un buen día conoce a Shell, “la persona más bella”, que se convertirá en su gran amor, además de volverse su pareja.

Pero el problema recién empieza, porque Breavman no es cualquier persona ni cualquier personaje. El amor y la vida en pareja le reportan evidentes felicidades y comodidades, que le ayudan a escaparle a la soledad que tanto sufre y teme. Pero, de algún modo, Breavman percibe esta dicha seductora como la pérdida de la libertad. Es así que amor y libertad entran en contradicción agitando el mar interior del protagonista. A esta agitación Cohen la trata sutilmente, sin explicitaciones ni obviedades. Así, el poeta supera otra de las tentaciones del novelista primerizo.

El tema se enmarca en una época bastante idealizada para el lector (y no lector) actual, una época de apertura en las costumbres sociales y vientos de cambio político y cultural, que es la época en la que Cohen empezó a caminar en el mundo del arte. Pero a diferencia de otros libros representativos del período –como, por ejemplo, En el camino, de Kerouac- el aire de época no está marcado tanto por la descripción del entorno de los personajes ni por referencias a la Historia, sino casi pura y exclusivamente por lo que sucede dentro de la pareja Breavman-Shell. Aún así, las referencias directas a la sociedad de aquel entonces, son lúcidas, mordaces e incisivas, y son de lo más logrado de la novela.

Pero volviendo a la tensión interna del protagonista (que es el elemento que mueve la acción en casi toda la segunda parte de la trama), esta aparece como irresoluble. En la cosmovisión de Breavman, la soledad del hombre es irremediable, y está ligada a la absoluta separación que impone la existencia misma del cuerpo. La soledad de los cuerpos es invencible, infinita. De ahí que el remedio del amor y la pareja estable –aún a costa de la libertad personal- no sean más que ilusorios; y de ahí la presencia constante del sexo como intento de superación de esa barrera representada por el cuerpo.

Sin embargo, a Breavman no le alcanza. En su imaginario aparece como posibilidad imposible, como remedio ya irremediablemente perdido a causa del devenir de la civilización y de su propia historia personal, la religión se sus padres. El judaísmo de sus ancestros se le presenta de a ratos como una solución verdadera, pero situada en un pasado perdido, inalcanzable y caducado. Y es así que un día, tras mucho padecer sus tensiones íntimas, abandona a Shell y vuelve a Canadá, a su ciudad natal, a reencontrarse con Krantz y con su madre y con todo su pasado.

Pero, por supuesto, a esa altura ya nada es lo que era, y las charlas con Krantz no son ya lo mismo y su madre se ha convertido en una acabada e intratable idishe mame. En esta etapa, el único que se perfila como consuelo es Martin Stark, un mini-Rainman entre retrasado y superdotado que parece salido de otro libro, de otra historia, en cuya peculiar forma de ser Breavman encuentra fascinación y esperanza. Lo ve como a un ser auténticamente libre que no sufre el peso de la soledad. Hasta que Martin muere de forma repentina y todo se desbarranca.

Al final, Cohen define con una buena y ya prácticamente clásica resolución norteamericana, en la que también se devela el porqué del título. En líneas generales y en líneas particulares, Leonard Cohen, el novelista, sale más que bien parado de esta novela de iniciación. No así Breavman, cuyos conflictos son más densos y profundos.

Una perla: en la última página del libro, como si se tratase de un disco, aparecen los “Créditos”, en los que se dan los títulos, autores y permisos legales de las canciones y poemas citados en la obra. Gajes del oficio, que le dicen.

*Autor
Tomás V. Richards nació en Buenos Aires en 1983 y vive allí desde entonces. Estudia Letras en la Universidad de Buenos Aires y reparte videos a domicilio. Escribe. Algunos cuentos de su autoría han sido publicados en diferentes revistas digitales y en papel. Un cuento suyo, “Llegando”, integró la antología Letras ahora, publicada en el 2007 por el gobierno progresista de la ciudad de Buenos Aires. De vez en cuando, escribe reseñas de muestras plásticas para la página web Ramona.