Volver Menú
De la noche rota
de Marina Porcelli (Edulp, 2009)
Gaston Navarro*

1.

Basta pensar en un cuentista que ronde los treinta años para que un sector de la crítica tienda a situarlo —en general de un modo peyorativo— bajo la preceptiva del taller literario. Digo crítica en su sentido amplio, vale decir, crítica que también formulan y escriben los autores de ficción. Sin embargo, las razones por las que narradoras tan interesantes como Samanta Schweblin o Marina Porcelli (de cuyo primer libro, De la noche rota, pretendo ocuparme más adelante), eligen el cuento no tienen que ver con que las dos, por azar, desgracia o mala fe, hayan asistido a un taller literario; ni siquiera con la especulación de que experimenten graves dificultades al intentar dramas en verso o poesía bucólica. El porqué de su cercanía con el cuento no hay que buscarlo en los talleres; hay que buscarlo en la literatura. Ni siquiera hace falta ir muy lejos: en la Argentina el cuento parece darse con una naturalidad asombrosa. Repetir que Borges nunca se apartó del cuento puede sonar, en el contexto de esta reseña, levemente escandaloso. Quiere decir una sola cosa: uno de los mayores nombres de la Literatura —y por lo tanto una referencia— nunca necesitó apartarse de esa forma breve para construir un modo de narrar y leer.

La idea del escritor joven, formado (o deformado) en y por el taller literario recorre una zona de la crítica de lo que podríamos (mal) llamar “de izquierda”; vale decir la crítica que juzga negativamente, con el criterio fantástico de una policía que ni siquiera Flann O’Brien podría imaginar, literaturas como la llamada “barrial”. Pienso, por ejemplo, en las opiniones de Damián Tabarovsky quien, basado en las premisas según las cuales es necesario dinamitar la solemnidad de cierta literatura argentina a través de la supresión de casi todo lo que constituye la propia literatura, sin haberse tomado el trabajo de leer bien (sospecho que ni siquiera de leer) aquello que le parece el colmo de la seriedad; sostiene, decía, que de Cortázar en adelante, el cuento es algo así como un género menor, fácilmente imitable y por lo tanto uniforme, convencional. En su sentido estrictamente crítico, el acto de leer, para Tabarovsky, parece otra exigencia extravagante de la cultura. En este sentido, afirmar que los cuentos surgidos de talleres literarios poseen una estructura clásica de principio, medio y fin —suponiendo que no sólo fuera cierto (no lo es), sino significativo (tampoco lo es)—, e inferir, que la generación de escritores a la que pertenecen Schweblin, Burzi, Meradi, Arias o la misma Porcelli, jóvenes “serios” que descreen de la escritura automática y redactan cuentos según una especie de fórmula, es tan absurdo como ceñir un género (el cuento) a una fórmula. Fórmula que no sólo no suele aplicarse a casi ningún cuento de estos autores, sino que fracasa por su esencia de vaguedad. De modo que nadie es más o menos serio, más o menos experimental, alocado o vanguardista, al utilizar o no esta fórmula.

También es cierto que no hay casi autor argentino que no haya escrito alguna vez uno o varios cuentos. Lo que no hace sino reafirmar la teoría que venimos sugiriendo: la Argentina (o el Río de la Plata; añadamos a Di Benedetto, a Moyano, a Mateo Booz) posee una fuerte tradición cuentística.

Tal vez, una de las razones por las que se sigan leyendo cuentos tenga que ver no sólo con nuestra antigua disposición a que nos cuenten, sino con el placer inmediato que depara la lectura de un cuento. El cuento, al revés que la novela, admite ser leído de una sentada. La extensión media de una novela depara otros placeres y supone, desde ya, otras relaciones. Mientras que se puede contar casi palabra por palabra, digamos, El tonel de amontillado y, antes de Poe, las historias del cazador frente a la fogata, no se puede contar —insisto, en su acepción antigua— Los hermanos Karamázov.

2.

Esta hipótesis del todo discutible nos lleva, por fin y de un modo un tanto imprudente, al primer libro de Marina Porcelli: De la noche rota. Yo también me pregunto, habiendo llegado hasta acá, qué hacen estas declaraciones levemente polémicas en el contexto de una reseña. Intentan, en principio, hacer explícito un modo de leer, no sólo a mis contemporáneos, sino a cualquier escritor que admire: señalando aspectos de su obra que, de alguna manera, nos revelen su sentido.

Los diez cuentos que componen De la noche rota no pretenden situarse meramente en el curso de una tradición: son el resultado de una elección formal y, por lo tanto, susceptibles de continuidad. Me apuro a afirmar que ningún cuento de este volumen requiere suscita un tratamiento novelístico, lo que nos sitúa en un principio casi universal: la idea de que un cuento es una historia contada de la única manera posible. En efecto, podríamos afirmar que los diez relatos de este libro poseen todos un principio y un fin, lo que no los convierte, creo yo, en sospechosos de vanguardismo, sino que explican un modo de narrar que es habitual después de los cuentos de Joyce, de Borges, de Katherine Mansfield o Rulfo. Y, si a esta altura, como quería Salinger, aún queda algún aficionado a la lectura —o alguien que lea y siga—, quiero hablarle de algunos relatos que me parecen notables. Una ley no escrita afirma que no existe el libro de cuentos perfecto: en general —lo cual es casi cierto— un relato nos parecerá más logrado que otros, por no hablar del gusto personal, que no debería intervenir y, sin embargo, lo hace.

Por mi parte, entiendo que El viaje de Hermes o la última orilla, Esa noche llamó Tamara y Crónica de un lugar muerto, concentran lo mejor de la visión del mundo que esboza Porcelli. Una visión que se organiza desde la ráfaga poética, la eufonía y una notable capacidad visual.
El primer relato de un libro de cuentos (sobre todo si se trata del primer libro de un autor) suele dar las coordenadas por las que transitará de algún modo su obra. De El viaje de Hermes quiero destacar no sólo su atmósfera nocturna, que nos interpela desde el título, esa oscuridad quebrantada a través de la cual circulan y adquieren sentido las historias de este libro, sino detenerme en la organización espacial que cerrará, como en un arco, el libro: el primer relato transcurre arriba de un tren; el último (Crónica de un lugar muerto), en un colectivo. En ambos la tercera persona está muy cerca de los protagonistas; en ambos se está fuera de Buenos Aires, y ambos, tanto Hermes como Vera, son de algún modo abandonados. Hay, incluso, una astucia narrativa que consiste en separar al lector del personaje y llevarlo a ver, desde lo alto: “(...)una suerte de desierto partido en dos por el tren inexplicablemente inmóvil” para regresar al vagón o al asiento de colectivo en los que, indefectiblemente, hay alguien que comparte el viaje. La compañía inquietante o desgarradora de los pasajeros implica también una forma de mirar, y en la mirada de los otros, parece insinuar Porcelli, puede descubrirse uno mismo. Una palabra para los desacuerdos: por momentos hay cierta opulencia del lenguaje que, en un plano minucioso, pareciera regodearse en sí misma.

Por su parte, Esa noche llamó Tamara, intenta reconstruir, y acaso comprender, las señales que una adolescente ha dado antes de suicidarse. Dos amigas de Tamara —la narradora y su interlocutora— intentan menos descifrar que volver a enunciar aquellas señales, como si la ceremonia de repetir la historia de Tamara, además de confirmar ese pasado común, les permitiera de algún modo aliviar el presente. Y el lugar, como sucede en Crónica de un lugar muerto, es la noche. La oscuridad es el trasfondo —pienso también en el opresivo Voces sobre el cuerpo de Lucrecia o Las sombras—, el sustrato desde el que se articulan buena parte de las historias de De la noche rota, como si en esa zona se tramaran las soluciones imperfectas del absurdo al que se entregan sus protagonistas.

*Autor
Gastón Navarro nació en 1979. Cursó la carrera de Ciencias de la Comunicación con la idea más o menos fantástica de que, entre la música y la literatura, mejor otra cosa. Se ha desempeñado como traductor, corrector y editor. En la actualidad prepara un libro de relatos y administra el blog: http://lachansonderoland.blogspot.com