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Todo eso y lo demás que pudiera ser, pero no se hizo...
Nurit Kasztelan*

Andrés Caicedo: Mi cuerpo es una celda, compilado por Alberto Fuguet.
(Norma, 2009)


Así concluye el primer escrito del libro Andrés Caicedo: Mi cuerpo es una celda, compilado por el chileno Alberto Fuguet. Así podemos definir también la obra de Andrés Caicedo, escritor sumamente prolífico que hasta su muerte a los veinticinco años dejó centenares de textos. Pero hay algo pesimista en esa frase, como si el tiempo le hubiera jugado una mala pasada. Por algo él decía: “Me siento con el atroz temor de la terminada a medio camino, entre la confusión de no haber hecho lo que era mi deber...”. Y es que Caicedo tenía miedo de dejar su obra inconclusa, pero es justamente la fragmentación y juventud de su obra lo que la hacen única.
Si grandes hitos del rock como Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Jimi Hendrix dejaron de respirar a los veintisiete, dejando tras de sí obras que marcaron una época, lo que hizo Andrés Caicedo fue darle una vuelta de tuerca a la literatura colombiana y correr un poco del mapa a Gabriel García Márquez. Como dice Alberto Fuguet en la contratapa de Que viva la música: “mientras García Márquez, el mismo año, se maravillaba con las mariposas amarillas, Caicedo se obsesionaba con Taxi Driver y los Stones”. Esto dio pie al surgimiento de escritores como Efraín Medina Reyes (Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, Sexualidad de la Pantera Rosa, Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, entre otras) o Rafael Chaparro Madiedo (Opio en las nubes, cuyo comienzo nos muestra un gato que no sabe si es gato o es tomate (1) y ya nos muestra el delirio que va a ser la novela). Ambos comparten con Caicedo el desenfreno en el lenguaje y la introducción de la droga, el sexo y la música en la literatura colombiana. En los tres, la marginalidad aparece en el centro y son los “desclasados” los que roban la escena.
Pero volvamos a Caicedo.

Calicalabozo

“La ciudad se llama Cali. La ciudad tiene su río. Un río que la parte amargamente como una inmensa navaja. Un río maltratado por la gente. Un río igual a cualquiera. Un río con pastos nuevos en algunas orillas, o con basuras en las más abundantes, y andenes en las más cercanas. Un río con aguas negras.”

La ciudad de Cali aparece como protagonista en su obra. En el uso del neologismo “Calicalabozo” ya aparece el encierro que le provoca una ciudad que lo asfixia y le queda chica pero a la vez lo envuelve: “Esta ciudad, Cali, tiene un embrujo rarísimo, a base de montañas, cielos y mujeres”. La misma aparece personificada y se convierte en una amenaza que lo aprisiona e intenta destruirlo. El doble movimiento de fascinación y rechazo que le provoca se asemeja al ya tan citado verso de Borges sobre Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto...”.
En este juego de palabras, “odio a Cali, una ciudad que espera, pero no le abre las puertas a los desesperados”, se hace visible la forma cruda que tiene Caicedo de describir a la ciudad y cierta atmósfera de desesperación presente en la juventud colombiana de la época. Caicedo elige alejarse de la ciudad y se radica un tiempo en Houston para estudiar cine, pero al irse, siente la extrañeza de estar en un lugar que le es ajeno: “Ciudad de mierda ésta, Calicalabozo, se está y se quiere ir, se va y se quiere quedar.” Es esta nostalgia que le provoca su ciudad, cuyo movimiento puede pensarse como similar a las letras de tango, lo que provoca una operación de escritura: “Podré salir de aquí, pero siempre tendré esa ausencia. Lo cual es importante: la tristeza que da la ausencia es lo que más me hace escribir.”

El desparpajo del lenguaje

En Caicedo la irrupción de la ciudad como protagonista va acompañada de una ruptura a nivel formal. Al fragmentar el lenguaje, también hay una operación de fragmentar la cultura oficial y desmitificar sus relatos, ya que los temas predominantes en su obra son las locuras juveniles en medio del desvarío y la perdición. Caicedo deforma la sintaxis, habla en una lengua que es sólo suya. La escritura es una escritura desde abajo, donde la voz coloquial irrumpe en escena a la vez que la creación de neologismos como “culicagados” y el uso de metáforas e imágenes lúdicas es constante: “será mi cabeza la que perderá todo punto de apoyo y se desinflará como un globo punzado” o “huelo la ponzoña en lo que defeco, y en el color de bosque nuevo que tienen mis excrementos adivino allí todo el sentido de mis nostalgias”. Llama la atención el uso de los diminutivos como en “platica”, “Ratico”, “Toditico”, “momentito”, “Angelitos” y “Destinitos” que provocan aliteraciones de la t, la c y la i. Su escritura, si bien es fácil de distinguir ya que posee un tono propio, es difícil de clasificar. Tal vez este fragmento de Que viva la música nos sirva para definirla: “Yo soy la fragmentación. La música es cada uno de esos pedacitos que antes tuve en mí y los fui desprendiendo al azar. Yo estoy ante una cosa y pienso en miles.”

La escritura como salvación

Dicen que muchos escritores, como sería el caso de Alejandra Pizarnk, como es el caso de Caicedo, crean un personaje donde la escritura y el sufrimiento se encuentran ligados a tal punto que si desaparece el personaje, también desaparece la escritura: “Somos infelices, hermanita, pero nuestro alimento principal es el sufrimiento. Como quien dice, si el poeta deja de sufrir, deja de escribir, y punto final.”
Al igual que Truman Capote, que en el prólogo a Música para Camaleones identifica a la escritura como un látigo (2), Caicedo la toma como aquello que lo condena pero a la vez lo salva: “Mi sufrimiento amainará mientras me dure la fiereza que me haga seguir escribiendo.”. Escribir, para él, se convierte en su salvación: “Escribo para calmarme y para buscar un orden.” Es un ser melancólico, que se la pasa hablando sobre su estado de perdición absoluta. Pero incluso al hablar de ello, siempre hay un componente literario que se cuela: “He pasado por un auténtico horror lovecraftiano, compuesto sólo de vergüenza e incapacidad”. Parecería que su agudeza para pensar en la literatura y escribir está directamente relacionada con su incapacidad para las relaciones sociales: “Algo acecha en el orden de las relaciones humanas que yo no entiendo. Cuando lo llegue a desentender del todo, ese día me cruzaré de brazos y ni comeré ni me dará sueño.”
Caicedo tenía conciencia de lo que le pasaba y del sufrimiento que acarreaba encima, sólo que no podía más con ello. Le molestaba, sobre todo, ser un incomprendido por su familia, especialmente por su padre: “Mi papá se está esforzando por demostrarme amor, con lo que hace más que demostrar una total incapacidad, el desentendimiento que ha tenido siempre”. Pero, quizá, a pesar de reconocer sus incapacidades en ciertas áreas, adentro suyo sabía que le esperaba fama futura: “Como quien dice, si triunfa mi novela seré famoso.”

“Espero la muerte con mucha frescura”

“Ay, que me muriera, que me muriera, que me muriera, que me muriera así no más, sin decir ni pío, que mañana amaneciera muerto, quiero morirme quiero morirme, quiero morirme, cada día es una carga peor, quiero morirme, mi desorden no puede ser otra cosa que aviso de la muerte, yo estoy preparado, quiero morirme, estoy esperándolo, quiero morirme. “
Bogotá, mayo de 1976, Diario

Andrés Caicedo tenía un look andrógino, era excesivamente flaco y de pelo largo; tenía problemas ocasionados por exceso de drogas y alcohol y su sexualidad era ambigua. Sabía que no encajaba en ningún lado. El definía su patología como un “Desubique geográfico, completa inestabilidad emocional y física”.
Si bien el libro de Fuget rompe con los códigos básicos para escribir una autobiografía, dado que, por definición, una autobiografía sería “el recuento de los hechos de una vida contada por la propia persona”, el proceso de montaje llevado a cabo nos hace creer que casi no hubo intervención y que estamos frente al verdadero Caicedo. El contradictorio, El sufrido, el genio.
Pasamos por sus estados amorosos que rondan la desesperación y el infantilismo: “La amo desde la uña del dedo gordo hasta la punta del dedo más largo y con toda la complicación que tengo adentro” hasta sus estados más lúcidos: “No puedo más con la vejez de la adolescencia". Pero entre estas contradicciones lo único que aparece como certero es la muerte, (“Rico morir en la madrugada de un domingo”) y todas las formas posibles de autoconvencerse: “Ahora acabo de salir del cine y contemplo con horror la noche que me habita dentro. Que no me pierda en esa noche, digo yo.” Lo más terrible era que sabía que el suicidio era la salida más fácil de frenar su angustia: “Oh, yo creía antes que el mecanismo de la autodestrucción era una forma de lascivia, ahora voy sabiendo que no más es una forma de comodidad, la mayor de todas, obscena y perversa hasta la médula.”

Cinéfisilis

“Como funciona la naturaleza humana del cinéfilo. Tal parece que somos unas personas melancólicas y enfermizas, de una memoria fabulosa.”

Caicedo confesaba que hubiera podido pasarse todos los días de su vida sin otra cosa que hacer que intercambiar títulos de películas y nombres de directores: “no voy a tener tiempo de escribir otra cosa que no sea cine. Es un estado de total esquizofrenia.” Es más, en Destinitos fatales hay un cuento de un hombre que va tanto al cine que termina enloqueciéndose. Y es que el amor por el cine se transforma en una enfermedad, por eso quizá el neologismo “cinéfisilis” (filo quiere decir “amor a”, y lýsis “descomposición”), ya que es tanta la fascinación que tiene por el cine que se transforma en una patología. Dado que confesaba que solía escribir más de 4 horas por día sus experiencias al respecto, ironizaba que hubiera podido recopilar todas sus anotaciones en un libro cuyo título fuera “Todo lo que tenía lo perdí en el cine.”.
En sus anotaciones, encontramos análisis de directores de cine como François Truffaut, Robert Rossen, Luis Buñuel, Elia Kazan, Donald Siegel, Peter Bogdanovich, John Ford o Alfred Hitckcock. Su lucidez e inteligencia no sólo servían para hablar del montaje, la fotografía, la actuación y los planos sino para desarrollar un análisis de tipo más existencial: “Bergman se fue alejando definitivamente de la enojosa búsqueda de Dios (que ya se sabe, permaneció en silencio), para reflexionar sobre la materia que tiene entre manos, sobre sus capacidades para tallar en emulsión esa escultura del rostro humano que viene apoderándose de la obra entera.”

Un mito

Pocos escritores se transforman en mito. Se necesita quizá, un conjunto de cualidades para serlo, entre las cuales podemos mencionar, como mínimo, muerte, misterio, excesos. Hace falta ser un autor prolífico, de preferencia marginal, casi underground, con sexualidad ambigua, que haya experimentado en más de un género, con pocos lectores pero devotos, (esa especie que devora las obras con fanatismo), que tenga una muerte prematura, (si es un suicidio, mejor), con una etapa de reclusión previa a la muerte, una circulación de la obra de forma reducida donde casi todo se descubre una vez que el autor muere y son sus amigos los que se encargan de publicar sus “papeles”.
Pero para convertirse en un autor de culto, quizá se necesite algo más. Algo que va más allá de una propuesta radicalmente nueva con respecto al uso del lenguaje; una propuesta estética que rompa con lo anterior e inaugure una nueva etapa desparramando epígonos no sólo por su país de origen sino por el resto del mundo. O como dijo Andrés: “Yo, por mi parte, lo que me propongo, y ya en serio, es unir el narcisismo y la fatalidad, que es la muerte. Cualquiera de los dos explica la juventud.”

Notas

(1) Soy Pink Tomate, el gato de Amarilla. A veces no se si soy tomate o gato. En todo caso a veces me parece que soy un gato que le gustan los tomates o mas bien un tomate con cara de gato

(2) “Un dia empecé a escribir sin saber que me había encadenado de por vida a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo y éste solo tiene por finalidad la autoflagelación. Entretanto, aquí estoy en mi oscura demencia, absolutamente solo con mi baraja de naipes y, desde luego, con el látigo que Dios me dio.”

*Autora
Nurit Kasztelan nació en Buenos Aires el 16 de septiembre de 1982. Es licenciada en economía y estudia letras. Publicó Movimientos Incorpóreos (Huesos de Jibia, 2007), la plaqueta “Necesidad de lo liviano” (Color pastel, 2009) y colaboró con poemas, ensayos, reseñas y entrevistas en las revistas 150 monos, Esperando a Godot, No-retornable, Plebella, El interpretador (Argentina) y Cerbatana (Chile). Participó de los proyectos Antología de Poesía Manuscrita, Dos Obras y Poesia e guerra vivil espanhola: diálogos e intervenções (San Pablo) y participó en el III Encuentro de poesía latinoamericana actual Poquita Fe 2008 (Chile). Es una de las organizadoras del ciclo de lecturas La manzana en el gusano. Su mail es nuritkasztelan@yahoo.com.ar
* Ver en este numero "39 preguntas a Alan Pauls