Volver Menú
Pliegues en el camino a la ficción
Metano, de Walter Iannelli (Editorial Paradiso, 2008)
Laura Gentilezza*

El metano es un gas. Mezclado con el aire es inflamable y produce explosiones. Cuando esto ocurre se llama grisú. El aire y la explosión le cambian el nombre. Quizás por eso el libro de Walter Iannelli lleva el nombre de Metano: sus personajes no explotan, pero están a punto de mezclarse con el aire y generar combustión.

Metano (Paradiso ediciones, 2008) reúne dieciséis cuentos de una prosa accesible que desde lo no dicho conducen al lector a los lugares sórdidos que se esconden en la cotidianeidad. Sus personajes son mundanos, ordinarios, y en el relato de sus historias hay un pliegue por donde la narración se mete a buscar lo que va a contar, como si en un principio no lo supiera.

Lo que hay en la casa de Javier (“Los que vuelven a la casa de Javier”), que el narrador apenas soporta, pero que ratifica lo que él es; las soluciones que Mario busca en el consultorio de Li (“Carpintero”) y que abren camino para una reflexión sobre la condición del hombre en Oriente y Occidente; ese lugar al que hay que patear para ganar pero donde todo deja de existir (“El rincón de las ánimas”). Pliegues.

Los narradores van descubriendo qué es lo que cuentan a medida que lo hacen. El lector queda implicado en la construcción de estos relatos y de esta búsqueda como testigo presencial. Es un logro de la prosa desacelerada de Iannelli y de su mirada particular sobre lo real. Mirada que emerge en los dos cuentos cuyo objeto es la misma práctica literaria: “Un tal Roberto Drode” y “Apuntes acerca de la obra de Carlos Nonato Zúniga”. En el primero, parodia el circuito de concursos literarios. Un escritor frustrado busca a Drode, quien aparentemente roba sus obras y gana los que deberían ser sus premios. En el segundo, un crítico literario destruye con su comentario una novela para prestigiarse y es visitado por el autor. Zúniga lo desafía a reparar su error escribiendo él mismo una novela. El escritor obliga al crítico a padecer la experiencia de la narración, de la búsqueda de ese lugar tercero que Saer llama ficción.

En esa lúcida definición sobre la narración que es El concepto de ficción, Saer cita una frase de Goethe “‘La novela es una epopeya subjetiva en la que el autor pide permiso para tratar el universo a su manera; el único problema consiste en saber si tiene o no una manera; el resto viene por añadidura’”. Lo que Goethe afirma vale también para el cuento, para la narración. Esa manera es el modo en que el autor se aproxima a lo real, el modo en que decide contar. En eso consiste la ficción, una manera particular, ni verdadera ni falsa, de acercarse a la realidad.

En Iannelli esa manera es eso no dicho que los narradores van buscando y que construye, mientras avanza, un clima cotidiano con repliegues sórdidos. Son todas situaciones usuales: policías que llegan a una casa en “Construcción de una muerte”, una broma de campo a un pibe de ciudad en “La caza de la Becacina”, amigos en un pool en “Cajas chinas” y el encuentro con un viejo compañero de la secundaria en “La vida a partir de Teresita”; y toda esa cotidianeidad es rasgada por un pliegue que se abre y conecta con lo oscuro: el nene ahogado en la bañera, la Becacina que no existe y que por eso Bruno no podía encontrar, las fotografías que El Ruso muestra y que dan cuenta de que él no sólo es testigo de lo que retrata y, magistral, la verdadera Teresita que Lucho esconde.

Este modo de “tratar el universo” se evidencia en “Metano”, el cuento que le presta su nombre al libro. Relato fantástico (aquí lo cotidiano está burlado), hacia el final un instante de sueño del narrador hace dudar al lector sobre todo lo ocurrido. Sólo hacia el final nos damos cuenta de que no hay nada oculto en ese instante: el narrador va descubriendo lo que ocurre mientras lo cuenta. Los personajes explotan voluntariamente, y esa metáfora fantástica sirve de clave para leer a los otros personajes de estos relatos que no explotan, pero que están a punto de rozarse con el aire. Los micro relatos enlazados de “Moebiusuibeom” dan cuenta de eso, los personajes soportan: su trabajo, su angustia, su pareja, sus deseos, pero no explotan; y esa posibilidad da lugar a la narración: porque no explotan y soportan es que sus historias pueden contarse. Lo que importa es cómo atraviesan sus experiencias, ése es el material narrable. El profesor Van Kilmer, que sabe que el trabajo de Mónica no sirve y que no quiere publicarlo, y sin embargo lo corrige. Porque Van Kilmer soporta (y opta por no hacer) lo que realmente quiere hacer es que hay relato.

El libro se cierra con “Islas”. Un relato extrañado con un clima familiar tanto por el tema, que es el fin de semana de una familia, como por el tono monótono que le infunde tranquilidad a todo el cuento. Excelente modo de cerrar un libro en donde lo habitual genera todo el clima y la narración se filtra por esos intersticios sórdidos, que son los que todos tenemos en nuestra vida diaria. Porque recupera esos rincones donde todo está a punto de explotar pero no lo hace es que vale la pena leer este libro.

*Autora
Laura Gentilezza (Avellaneda, 1982) estudió Letras en la UBA y dicta clases de Literatura en una escuela secundaria de Avellaneda. Asistió al taller de narrativa de Hebe Uhart, y actualmente al de Alejandra Laurencich.