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La sombra del animal
de Vanesa Guerra (Bajo la luna, 2008)
Victor Da Silva

Es usual oír que el cuento es una especie en vías de extinción, o bien, que éste es un género mucho más accesible –como si se tratase de un ejercicio hasta llegar a “La novela”- y, en un punto, más fácil de “encorsetar” que otros. Y es cierto que existe más de una “escuela”, si de relatos cortos se trata. De Poe a Carver, y de éste a Onetti, por citar algunos ejemplos. Tan solo con estos autores tendríamos tres sistemas, tres poéticas, si bien no enfrentadas, al menos lo suficientemente diferentes como para poder ver hasta qué punto la idea –siempre aproximada- de cuento se pone en cuestión cada tanto y se metamorfosea a sí misma. Basten esos tres nombres para analizar y sostener esto que estoy diciendo.

Habiendo abierto ya el camino sobre estas “discusiones” en torno al cuento es que quisiera ahora referirme a este volumen de Vanesa Guerra, llamado La sombra del animal -que, vale decir, fue distinguido con el primer premio en su categoría, en el concurso organizado por el Fondo Nacional de las Artes en el 2007 y publicado por editorial Bajo la luna, a fines del año pasado-. Este libro de relatos es, verdaderamente, una rara avis en la producción local del género en estos tiempos. Y hay más de una razón para hacer esta afirmación, veamos:

1- Estos cuentos no tienen finales impactantes, cuya iluminación de su propio sentido esté dada a través de un hecho que es revelado en las últimas líneas. 2- Tampoco tienen aires de realismo. 3- No asume una primera persona del singular para narrarnos una experiencia personal.

Sobre este último punto se ha producido mucho en la narrativa actual y también se ha dicho otro tanto al respecto. La vuelta autobiográfica a nuestra literatura tendrá razones que, aquí, no analizaremos pero que sirven, no obstante, de coordenadas para leer(nos). Los relatos de Vanesa Guerra desautomatizan muchas de las supuestas filiaciones internas que se dan entre los jóvenes escritores de la nueva generación. Por supuesto, no pretendo de ningún modo aglutinar todas las obras de esa generación, sino, simplemente mencionarlas para ver hasta qué punto, Guerra -sus relatos-, transgreden esas relativizaciones. La apuesta más fuerte de estos relatos es a nivel lenguaje: sus juegos y asociaciones nos hacen notar que lo importante en ellos no es tanto lo que se cuenta, sino el modo en que esos mismos hechos son narrados. Ahí es donde Vanesa Guerra asume su lugar más “vanguardista”, haciendo uso de una lengua poética tan potente que sus relatos se vuelven sobre sí mismos, para, de ese modo, explotar en una supernova de posibilidades narrativas que la autora muestra con precisión.

En este sentido, el relato que presta su título al volumen es, tal vez, el más apropiado para entender el mundo de Guerra y su intención de crear una atmósfera de ensueño, a través de una lengua que, incesantemente, vive disparándose “más allá” de un sentido, de un orden sintáctico.

“A veces solfeábamos.
Yo recuerdo.
Mi padre me fue a buscar un día.
Al ver lo que nunca vio, dijo
me deprime
el color negro de los pianos
el castaño de la madera
el lustre ataúd.

No volví” (p.87)

No hace mucho Alejandro Zambra decía que la novela era el género del Siglo XX, y que, de algún modo, las grandes obras lo que hacen es aunar la poesía y los relatos -en su etimología más rudimentaria, entendiéndola como concatenación de hechos- formando ese híbrido que hoy llamamos novela. No sé si estoy tan de acuerdo en esta afirmación, pero sí creo que es posible también llegar a hacer esto en relatos breves. Vanesa Guerra, lo sabe y, por lo visto en estos once cuentos, queda demostrado que, además, lo hace muy bien.

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