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Imágenes de un viaje
Diego Grillo Trubba*

Maxi me lo dijo antes de partir hacia Barcelona: “vamos a presentar La joven guardia en España”. El dinero, lo pone la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad. O sea, por una vía no tan indirecta, Mauricio Macri. O sea, el Pro. O sea, la derecha. O sea, Satán. O sea, luego de esto, tarde o temprano, nos iremos al infierno.
Cuando nos encontramos para retirar los viáticos, Juan plantea sus dudas –me dice que es comunista, aunque no sé-. Comparto las mías, planteo finalmente mi conclusión exigua: “no nos piden que hagamos publicidad de ellos, no existe condición de que hablemos bien, ni siquiera de que los mencionemos, por lo que no nos están comprando: no tendría que haber problema”.
Juan asiente mientras suspira con resignación: “sí, pero sabés lo que van a decir”. Lo que implica, en otras palabras: “vos sabés la imagen que se van a hacer de nosotros”.

Debemos convivir con la imagen que damos y, fundamentalmente, con la que se hagan de nosotros más allá de lo que brindemos. Le ocurre a quienes ocupan un lugar público, pero también el resto: una mujer se hace una imagen de su pareja, un niño se hace una imagen de su padre.
La imagen casi nunca tiene correspondencia con aquello que se aprecia –o desprecia-, pero resulta imposible renunciar a ella. Vivimos haciéndonos imágenes y vivimos generándolas.

Hace dos años que no salgo de vacaciones. Si todo sale de acuerdo a lo planeado, el viaje implicaría diez días. En el diario aviso que me tomaré para esa fecha una quincena de lo que me corresponde por estatuto. Es decir, me lo planteo como un descanso.
La imagen que me hago del viaje es el reencuentro con uno de los pocos amigos con los que hablo de todo de igual a igual. También, regresar a Europa luego de haber explotado el uno a uno durante los noventa. También, comprar historietas que acá no se consiguen. También, la chance de comer buenas tortillas, que acá escasean salvo en el restaurante español de avenida de Mayo y Libertad.
Días antes de partir, en la redacción, Damián me pregunta si ya hablé con editores de allá. Lo miro con cara de “para qué”. Él, inmenso, relajado, me dice que me va a enviar algunas direcciones de mail, que no sea pelotudo, que no deje pasar la oportunidad. Leonardo, por teléfono, dice algo parecido. Me regalan datos: gente a la que “hay que ver”. Lo curioso es que lo dicen en tono de obviedad. Como si dijeran que, evidentemente, el viaje es una puerta que podría abrirse. Como si habérselo planteado como cualquier otra cosa –vacaciones, por ejemplo- fuese una pelotudez. Por las dudas, no les aclaro cuáles eran mis motivos hasta entonces.
Primero, sigo la corriente. Luego, estoy convencido de que Damián y Leo tienen razón. Poco después, estoy enviándole mails a gente que no conozco, venzo mi timidez en la impunidad de la escritura, les comento que viajaré y que me gustaría reunirme con ellos. Lo interesante, lo que me motiva, no es sólo el corto plazo de ubicar una novela, sino el satisfacer la curiosidad de cómo se manejan en otros lugares aquellos que buscan algo similar a uno. Es decir, si hay vida más allá de la General Paz. Y me refiero a la vida editorial.

La imagen implica distancia. En ese sentido, un viaje es imagen en estado puro. ¿Qué nos espera? ¿Qué hay ahí? ¿Qué rol deberíamos ocupar en esa infinita serie de hipótesis?
Si debemos convivir con la imagen que generamos, al viajar nos vemos en la obligación de convivir con la imagen que nos hicimos de la aventura, con la que nos hacemos al efectuarla y con la que se hacen de nosotros mientras viajamos.
Las imágenes son virósicas: se multiplican.

Intercambio de mails. Maxi cuenta los preparativos de las presentaciones –una en Barcelona, otra en Madrid, donde hasta nos van a pagar-. Samanta y yo estamos preocupados porque los pasajes no llegan –ella tiene más motivos: está en Cuba y viene especialmente para viajar con nosotros-.
En la cadena se une el otro integrante de la comitiva, que vive desde hace años en Europa y que en cada uno de los mensajes se preocupa por dejarlo en claro. Agentes secretos que conquistan territorio, en sus textos surgen datos que demarcan espacio hasta concretar la rendición de su interlocutor: le pidieron una nota sobre nosotros en Quimera, otra en Etiqueta Negra, es amigo de Jorge Herralde, dice, conoció a Guillermo Schavelzon porque fue su representante –no aclara por qué ya no lo es-, y así.
Mientras armo las valijas, le digo a mi mujer: “me parece que el pibe que vamos a conocer allá es medio forro”. Ella pregunta a qué me refiero con “forro”. Digo “pedante al pedo”.
Ella me sugiere que no insista con mis prejuicios habituales. Luego me pregunta si la voy a extrañar.

Jugamos con la imagen, o al menos lo intentamos.
Buscamos construir la propia, dirigirla, como si estuviese a nuestro alcance. Presentamos datos en forma selectiva, perseguimos denodadamente tergiversar la narración en nuestro provecho, con la inocencia de suponer que la imagen que se hagan de uno depende de uno.

Soy el primero en salir –a Juan lo frenaron para revisarle las valijas y tiene que explicar por qué trae tantos libros de su autoría, Samanta esperaba su equipaje-. Maxi lanza un grito, me abraza bien fuerte. No nos vemos hace cuatro meses, lo extraño en el diario, en el taller.
Llega el resto, más abrazos.
Mientras nos dirigimos a la fila de taxis, Maxi enumera las virtudes de Barcelona. También lo hace cuando vamos hacia el hotel, cuando bajamos de las habitaciones asignadas –me tocó con Juan, y descubro espantado que los españoles comprenden de una forma un tanto extraña el concepto de “doble”: dos camas singles pegadas una a la otra-, cuando viajamos en tranvía hacia la ciudad –nos alojaron en un pueblo cercano, no en Barcelona propiamente dicha-, cuando empezamos a pasear.
Juan y yo tenemos hambre. La comida del avión era exigua, la de los aeropuertos prohibitiva. Incluso Samanta deja traslucir su deseo por almorzar. Maxi dice que hay un lugar donde debemos inaugurar los placeres culinarios barceloneses.
Es domingo. Está casi todo cerrado, incluyendo el restaurante que había propuesto Maxi, quien a medida que continuamos la caminata explica detalles históricos del lugar –“este es el paseo de los artesanos”, y cosas así-, como si hubiera olvidado la comida.
Juan y yo insistimos con el almuerzo, y finalmente paramos en un local de paquistaníes. El sitio es repugnante, la comida una combinación inédita –para mí- de aceite y especias, pero la charla entre los cuatro atemperaría cualquier ámbito.
El resto de la jornada, Maxi nos explica lo que vamos a hacer en nuestros días en Barcelona. Cuando regresamos a la habitación, mientras nos desvestimos, Juan descubre maravillado que, comparado con la obesidad del mío, su cuerpo es el de Charles Atlas. Luego, dice “Maxi está recontra entusiasmado”. Agrego: “y es de comer poco”.
Me introduzco en la cama. El cansancio es mayor al hambre, y me duermo enseguida.

La imagen implica deseo. Es una hipótesis, pero también un plan.
La imagen es el deseo propio que implica el deseo de los demás.
En ese sentido, la imagen es terrorista: toma rehenes.

Por la mañana conocemos al europeizado integrante de la antología. Cuando entra en nuestra habitación, da la casualidad de que Juan y yo estamos discutiendo, fervorosos –y alimentados: apenas desperté fui a comprar comida a la estación de servicio-, una escena de Hamlet.
El recién llegado se queja, dice que no quiere pasar estos días hablando sólo de literatura.
Juan sonríe. “Bueno”, dice, “¿qué hacés, boludo?”.

El relato implica tergiversación. De lo acontecido, pero también de lo imaginado. Uno imagina porque desea imaginar –o porque le dijo a alguien que predijo que algo ocurriría de una determinada forma-. Uno vende lo que imaginó. Uno entrega esa imagen a cambio de dinero.
Luego, si lo que ocurre no se ajusta a esa imagen… Bueno, se ajusta.

La flamante incorporación es un tipo canijo, esmirriado, de tono agudo y música amanerada. Comienza a hablar, y una vez más deja traslucir que conoce a mucha gente del medio editorial español. Pero mucha. Editores, escritores, incluso periodistas. Mucha. Todos, podría decirse. Es como si esperase a que mencionemos a alguien para luego decir “ah, sí, lo conozco”, en un tono que mide con precisión quirúrgica el desinterés supuesto.
Le pregunto, entonces, cuánto cobra un representante y si son útiles para publicar acá. “No sé”, dice, y comprendo que no es de la clase de persona a la que le gusta compartir conocimientos. No conmigo, al menos.
En un portal de internet donde trabaja la novia del canijo publican un aviso de las presentaciones. Nos mencionan a todos. Incluye un cuento de la antología a modo de promoción. El del canijo, su novio.

Quiénes construyen imagen de un escritor: el editor, el académico, el lector, el editor, el librero. Y, fundamentalmente, el escritor.
Es curioso: esas imágenes nunca resultan coincidentes.
En otras palabras: por más que se esfuerce el escritor, nadie ve en él lo que él desea.

Por la tarde es la presentación catalana.
Conozco a Ignacio Echevarría, me cae bien de inmediato. “Vamos a discutir”, advierte con ademanes de dandy. Y discutimos. En la presentación, deja traslucir que mi cuento y el de Juan no le gustaron, pero lo hace con una elegancia tal que siento deseos irrefrenables de que me siga flagelando. Es la clase de persona de quien me haría amigo, salvando las distancias de edad y de espacio, fundamentalmente para disfrutar de encontronazos civilizados.
En sus palabras públicas hay una acusación de que no respetamos nuestros orígenes, que no somos lo suficientemente localistas con el lenguaje. Juan interviene, rápido: “¿y por qué nosotros no podemos ser cosmopolitas? ¿por qué sólo ustedes pueden escribir algo para que se lea en cualquier país?”, pregunta. Echevarría sonríe y asiente. No concuerda, pero disfruta el duelo inesperado.
Nuestro integrante canijo, por su parte, se apresura a aclarar en tono obediente, palabras apuradas y susurrantes, como si se tratara de una serpiente que recorre el piso del sótano para enredarse en los pies de quienes lo escuchan, que le interesa la temática de los desaparecidos. Sus palabras son “es un tema que me convoca”.

Las relaciones son relaciones de imágenes. Nos hacemos una imagen del otro, y viceversa. Introducimos nuestros deseos en la construcción de la imagen del otro, y viceversa. Al mismo tiempo, deseamos que el otro vea algo en la imagen que se forma de nosotros. Vemos lo que deseamos –incluso lo que deseamos odiar-, y deseamos que vean lo que deseamos que vean.
La imagen, en ese sentido, es egoísmo exponencial.

Lo que en cualquier viaje organizado se denominaría como “día libre”.
Aprovecho para ir a Norma Comics –descubro, desilusionado, que nada que ver con la Norma de LJG, por lo que no podré garronear libros-. El paraíso. Consigo una novela de Neil Gaiman posterior a American Gods –se llama Los hijos de Anansi-, el From Hell, el V de vendetta y el Watchmen de Alan Moore, la serie Fábulas -ocho tomos, por ahora-, de Willingham. No doy con el Predicador de Garth Ennis. Mierda.
Cuando nos encontramos todos en un bar del centro, Maxi observa con desdén mi carga. “Tan grande y leyendo eso”, dice.

La imagen no sólo se aplica a profesiones, sino a edades, géneros.
La imagen crea universos previsibles aunque precarios. La no adecuación a la imagen genera inseguridad. Es un efecto dominó: cuando algo no se adecua a lo que se asignó como imagen, todas las construcciones simbólicas tambalean. Es decir: uno tambalea. Y, por lo tanto, se defiende con la mejor arma que conoce: imágenes.

El canijo comienza a piropear a Samanta. Con insistencia.
Es como los adolescentes que lo hacen con una de sus compañeras de clase, en el aula, delante de todos sus amigos, para que si fracasa en su intento todo resulte en una broma a festejar. Como los niños que, cuando descubren haberse mandado una cagada, dicen presurosos: era una broma.
Samanta sonríe con cortesía, y luego mira en otra dirección.
A partir de entonces, comienza a hablar menos cada ocasión en que estamos todos.

El intento de crear una imagen es un acto estratégico: que se vea de uno sólo lo que uno quiere que se vea, porque si se apreciase el resto podría hacernos daño.
El simulador, el impostor, ataca con una imagen falsa, y ésa es su defensa.
Ser quien no se es resulta inevitable.
Desear responder a la imagen, inútil.
La imagen es ficticia y por tanto informe, infinita.
Siempre restará algo por satisfacer en la mirada ajena.

Madrid.
Viajamos con Juan en un vuelo posterior al de Samanta, Maxi y el canijo. Tal como coordinó la gente de prensa de la editorial, él y yo no podremos pasar por el hotel, sino que debemos ir directo del aeropuerto hacia una entrevista.
Elegimos tomarnos el metro, los viáticos no dan para taxi –en especial si prefiero seguir comprando historietas-. Al abordarlo estoy de mal humor por cargar mi baúl pantagruélico. Al hacer la primera combinación, repleta de escaleras fijas, estoy de pésimo humor. Con la segunda, furioso. Con la tercera, ya no contengo las puteadas.
Juan debe soportarme. No le queda otra, en especial cuando llegamos al punto de encuentro y aún no hay nadie. Lo hace con hidalguía: como yo, no es de simular, por lo que supongo tiene para conmigo una paciencia superior al resto.
En las entrevistas, la reiteración de preguntas demarca la imagen que se hicieron de nosotros. No casualmente, son las mismas preguntas que suelen hacernos en Buenos Aires.

Conocemos a Antonio Jiménez Morato. Le gusta la literatura argentina, y sabe más del tema que nosotros.
Dice que cuando visitó Buenos Aires se guiaba pura y exclusivamente por lo que había leído. Recorrió la ciudad, a conciencia, a solas, a partir de un rompecabezas de imágenes.

La imagen es una protección. Nos hace sentir seguros. La construcción simbólica es un salvavidas, y como tal comienza a adquirir su propio peso de poder. A partir de ello, uno podría deducir que las mayores guerras no se producen por bienes materiales sino por las imágenes de bienes materiales.

Presentación madrileña.
Constantino Bértolo es el mejor anfitrión imaginable. Hace las veces de presentador, y se tomó su trabajo en serio. No sólo leyó la antología, sino los debates en internet. Formula preguntas con el esmero de un artesano, y cuando nos vamos por las ramas deja que terminemos y las repite. Quiere saber. Disfruta su deseo.
Maxi, Samanta, Juan y yo hablamos del contexto nacional argentino, un tanto irónicos –o un tanto hastiados-.
El canijo toma rumbo propio, supongo que intenta responder a lo que los españoles esperan de un escritor sudamericano: se dedica a la dictadura, a los desaparecidos y a todos los temas que considero un tanto ajenos. Hay momentos en que, por su discurso, pareciera que no se exilió luego de la crisis del 2001 sino que lo hizo en los setenta y fue perseguido por la Triple A.
Juan y yo hacemos chistes que sólo festejan, entre el público, risas con tono argentino. Al finalizar, me reencuentro con María. Nos abrazamos. Me pregunta qué pasó con las dos novelas que me iba a publicar ella cuando estaba al frente de una editorial en Buenos Aires, pero luego renunció para venir a España y los sucesores no estaban tan convencidos. “Movete acá”, me dice, “allá es un mercado demasiado pequeño”. Reitera que ambas novelas le gustaron, que es absurdo que aún no se hayan publicado. No le aclaro, por cortesía, que además de esas dos novelas tengo otras tres, también inéditas.
“Movete acá”, insiste María.
El resto de la noche, me dedico a moverme acá.
Descubro maravillado que las editoriales independientes españolas consideran obvio que, a cambio de una obra, se paga un adelanto. “Es tu trabajo, ¿no?”, me dicen. “¿Qué sentido tiene tener una editorial independiente si no se le puede pagar al escritor por su trabajo?”, me dicen.

La imagen que nos hacemos del mundo, nos coarta. La ficción delimita la acción. Hay quienes viven de construir imágenes del contexto como forma de acumular poder. Por ejemplo: construir una imagen de pobreza, donde sólo importa el amor al arte, mientras el editor que selecciona cobra un sueldo más que interesante.
Por ejemplo: construir una imagen de adalid de la pureza literaria como forma de tapar los chanchullos que resolvieron a favor un concurso literario.
Decir que las mentiras brindan provecho no es ninguna novedad. Descubrirlas cuando la mayoría las compró como verdades, puede que resulte incómodo.

Maxi propone ir a ver una muestra de Francis Bacon, y luego recorrer el Museo del Prado. Samanta y Juan enseguida acceden. El canijo dice que su única relación con el arte es la literatura. Maxi me insiste: “hay que verlo”, dice.
Podría explicarle que ya fui al Prado, que leí Foucault y su estudio de Las meninas, cuadro que gracias a esa explicación me senté y contemplé por horas mientras me preguntaba por el inicio de la modernidad, por el cambio en el punto de vista, por la modificación central en la construcción de la mirada, la constitución de la imagen como determinante definitivo.
En lugar de eso, le respondo “el único bacon que me importa es el que le pongo a las hamburguesas”.
Paso la tarde recorriendo librerías, imaginando milagros –económicos y de espacio en las valijas- para llevar más libros.
En el recorrido, no imagino el futuro: una despedida que incluirá en boca del canijo la palabra amigo, un aterrizaje donde no encontraré las pinturas del free shop que me pidió mi mujer, un mail posterior donde el canijo nos pedirá a los cuatro que dado que vendrá a la Argentina espera que colaboremos en difundir su imagen, un artículo penoso por el intento de ubicarse como Verdad cuando es sólo una brillante y estratégica Imagen.
En el recorrido, sólo me detengo para comer una tortilla deliciosa, perfecta, irrepetible y luego para hablar por teléfono con mi mujer: le digo que la extraño.

La imagen del escritor como ser interesado sólo en lo etéreo es útil.
Para quienes desean publicar la obra del autor porque pueden pagarle menos.
Para quienes lo leen porque esperan una mirada profunda, una verdad alcanzable por comprar un libro y no por buscarla en la propia existencia.
Para los autores porque no es tan difícil simular lo profundo: alcanza con hablar en tono ampuloso, decir frases sin mayor sentido y citar a uno o dos escritores de moda, que siempre los hay.

*Autor
Diego Grillo Trubba nació en Buenos Aires en 1971. Es licenciado en sociología (UBA) y ha efectuado estudios de posgrado en la Argentina y el exterior. Ha publicado la novela Los discípulos (Primer Premio Regional de la Secretaría de Cultura de la Nación; Colihue, 2004), cuentos en distintas antologías de la Argentina y el exterior (entre las que destacan La joven guardia -compilación de Maximiliano Tomas; Norma 2005- y Buenos Aires Escala 1:1 -compilación de Juan Terranova; Entropía, 2007-). Como antólogo ha publicado En celo (Mondadori Reservoir Books, 2007) y en noviembre aparecerá el segundo tomo de la colección de antologías de cuentos de jóvenes autores, In fraganti, sobre casos policiales reales. Mantiene el blog Los discípulos, participa del blog colectivo Mucho, poquito, nada y, bajo el seudónimo de Elemental, mantiene el blog El diario de un neurótico.