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La puerta infranqueable
Javier Núñez*

Me hubiese gustado ser escritor. Eso lo saben todos los que me conocen. Lo que muy pocos saben es que ese anhelo tiene una fecha exacta de nacimiento: el 13 de noviembre del ‘83. La fecha la guardo con exactitud porque era el cumpleaños de mi padre. Mamá me había dejado al cuidado del abuelo Rodolfo mientras iba con la abuela al cementerio. Afuera llovía.

Rodolfo era un hombrecito parco y ensimismado que se pasaba todo el día en su cuartito de escribir, detrás de una puerta infranqueable a la que ni siquiera podíamos llamar. Para quitarse el lastre que suponía mi presencia, revoloteando inquieto alrededor, me entregó un puñado de hojas y me sugirió que escribiera un cuento. Le contesté que no sabía. “Es fácil” mintió. Tomó tres libros al azar y me pidió que los abriera en diferentes páginas y le dictara la primera palabra que viese. Después me pasó un papel con la incomprensible frase que había surgido y me explicó que se trataba de un cadáver exquisito, algo que sólo comprendí muchos años después pero que, en ese momento, sonó aterrador y fantástico. —En esa frase se esconde tu cuento —me dijo—. Leéla hasta encontrar su sentido oculto; una vez que lo tengas solo tenés que ponerte a escribir.

Dos horas más tarde había escrito mi primer cuento, claramente inspirado en una historieta que había leído en la revista Fierro unos días antes. Una adulteración berreta, en realidad, a la que para colmo —acaso con cierto prurito— había decido cambiarle el final por lo que terminó siendo no sólo una mala copia sino un pésimo cuento. Cuando Rodolfo salió de su cuartito, apenas si lo leyó. Pero no me enojé. Le estaba —le sigo estando— enormemente agradecido: ese día me enseñó que escribir es una de las cosas más hermosas del mundo. Desde entonces, a contramano de todos los chicos de mi edad que elegían ser futbolistas, actores de cine o cantantes, descarté cualquier otra opción y comencé a contestar, a cualquiera que me lo preguntara, que quería ser escritor como mi abuelo.

Rodolfo había publicado dos libros de cuentos y una primera novela que pasaron casi desapercibidos, hasta que una novela breve le valió, a mediados de los ’60, un fulgurante reconocimiento en el ámbito cultural. La abuela guardaba un centenar de recortes que habían salido en los diarios, algunos con desmesurados elogios a la frescura de su prosa y que preanunciaban una nueva vertiente del boom latinoamericano que nunca llegó a cumplirse. Incluso empezaron a ensalzar la obra anterior, que no sólo no había tenido el mismo éxito sino que además carecía de la calidad de su último trabajo. Vale aclarar, a favor de los críticos que a partir de esa novela auguraron una revolución estilística y editorial, que Rodolfo hizo lo posible por evitarlo. Un día cualquiera se levantó, se quedó en la cocina más de lo acostumbrado y, después de varias tandas de mate que parecían no tener más objeto que retrasar el momento de encaminarse hacia el cuarto donde cada día se encerraba a escribir, anunció:

—No voy a publicar más.

Nadie supo nunca el motivo que lo impulsó a tomar aquella decisión. Pero a partir de ese día, como una especie de Salinger autóctono, imitó con fidelidad su determinación y empezó a escribir en unos cuadernos azules de tapa dura que estaban destinados a no ser visto por otros ojos que no fueran los de él.

El tiempo no hizo más que acrecentar la leyenda en torno a la figura de mi abuelo. Aunque Rosario haya brindado un montón de grandes escritores, ninguno alcanzó jamás la magnitud de Rodolfo en la consideración de críticos y pares. Hay —lo supe siempre— una abierta injusticia en ello, que nadie parece reconocer. Ese puñado de excelentes páginas que había publicado lo hacían acreedor de cierto grado de reconocimiento, pero era el misterio en torno a su aislamiento, y no su obra, lo que lo había elevado al podio. Hubo decenas de versiones sobre aquella decisión. Había quienes imaginaban una escandalosa y estudiada maniobra de marketing: uno de esos días, aseguraban, entregaría un puñado de manuscritos que iban a venderse como pan caliente. Otros creían que el temor a los comentarios adversos, después de su romance con la crítica, lo había disuadido de volver a publicar. Que prefería guardar para sí sus obras posteriores, a cambio de no menoscabar su reputación. Pero mi abuela —a la sazón, la persona que mejor lo conocía— disentía con todas ellas. Tampoco le daba mayor importancia.

—No publica más porque tu abuelo es así. Escribe como vive: para nadie más que él—decía, con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar lo que había de verdad detrás del chiste.

Me gustaría decir que, con el tiempo, Rodolfo me enseñó mucho más que aquel cadáver exquisito cuyo objetivo principal no había sido otro que librarse de mí. Sobre decálogos y esfericidades, sobre efecto e intensidad, sobre diálogos y silencios. Que me habló de Poe, de Maupassant, de Carver y Quiroga, de Hemingway, Borges o Cortázar. Pero lo cierto es que no. No, al menos, de la forma tradicional. Sólo muchos años después, cuando yo ya era adolescente y publiqué un par de cuentos en algunas revistas literarias, volvió a prestarme atención. Un día fuimos a su casa y me pidió que lo acompañara al living. Sobre la mesa había una revista abierta en la que parecía que habían estado probando todas las biromes del barrio. Después comprendí que eran tachones, y que debajo de todos ellos sobrevivía algo de mi cuento. Había tachado adverbios, varios sustantivos y casi todos los adjetivos del texto. También dos párrafos completos.

—Lo que se puede decir con tres palabras nunca lo digas con cuatro; menos con diez. Las piedras en el camino del lector te hunden el cuento —me dijo mientras me entregaba la revista—. De todos modos, sigue fallando el final: es previsible.

No me dio tiempo a contestar, y mientras se me llenaban los ojos de lágrimas de bronca dio media vuelta y subió las escaleras para refugiarse en su escritorio. Yo no tenía más de catorce años: era mí primera crítica y me parecía descarnada —habré pensado “dura”, o “cruel”— e injusta. Tal vez, si hubiese aprendido entonces a dominar mi ego, si no hubiese roto en pedazos ese pedazo de papel, podría haber aprendido entonces algunas cosas que sólo comprendí después de mucha lectura, algunos años y unas cuantas decepciones similares a la de esa primera vez.

No volví a mostrarle mis cuentos a Rodolfo. Sé que la abuela lo hacía, pero él habrá entrevisto mi terquedad y optó por no volver a corregirlos sino sugerirle las modificaciones a mi abuela, quien luego me las trasladaba a mí como si fueran sus ideas. A veces me daba cuenta: la abuela —que no leía más que esos novelones románticos de tapas ilustradas con besos y atardeceres—, me señalaba cuestiones vinculadas con el tono narrativo, descubría fisuras en mis tramas u objetaba algunos aspectos que le restaban verosimilitud al relato.

—Me refiero a la verosimilitud del cuento —explicó, en una de esas charlas, cuando yo me atajé a su crítica aduciendo que se trataba de un cuento fantástico. Estábamos en la cocina tomando mate y el abuelo leía en el living—. Podés creer que un tipo hable con los pies, pero podés no creer en la forma de hablar del tipo si toda la narración es en primera persona y el diálogo no se condice con el tono discursivo del resto del cuento. ¿Entendés? Se trata de coherencia narrativa.

Miré de reojo a Rodolfo, que simulaba leer pero sacudía la cabeza en forma apenas perceptible, como si la abuela hubiese omitido algo o hubiera alterado el consejo que, con seguridad, él le había transmitido la noche anterior. Me callé y, desde entonces, presté mayor atención a las críticas de la abuela. No sólo para aprender de esos consejos indirectos, sino tratando de entrever si los elogios eran su contribución para moderar el mensaje o si, detrás de alguno, se escondía el inesperado reconocimiento del abuelo.

Con el tiempo me empezó a resultar cada vez más difícil escribir. A veces tenía alguna idea que me parecía extraordinaria, entonces me pasaba horas en silencio armando y desarmando la trama en mi cabeza. Diseccionaba la historia en busca de puntos débiles como si se tratara de un animal muerto por una enfermedad desconocida. Todo me resultaba trillado o muy traído de los pelos, demasiado endeble para sostener la trama de un cuento. Ninguna idea parecía satisfacerme. Si eran demasiado simplistas y trataba de enredarlas, les llevaba a un extremo tal que me estancaba al comprender que sería imposible desarrollarlas en menos de cuarenta o cincuenta páginas. Esquivaba los temas infantiles o inmaduros, pero cuando se me ocurría alguna idea más profunda me aterraba la posibilidad de que se notara, en el tratamiento del tema, mi propia inmadurez. Muy pocas ideas sobrevivían lo suficiente como para justificar que me sentara a escribirlas.

Entonces comenzaba un nuevo desafío. ¿Cómo contarla? Trataba de encontrar, en esa historia que tenía atragantada, el tono. En plena búsqueda de un estilo propio, me descubrí permeable a los estilos de los autores que leía en el momento. A la mitad de la primera carilla releía el texto y, para mi asombro, no me reconocía en ninguna de las frases. Y de algún lugar incierto, entre el pecho y la garganta, surgió una voz que me recordó a la de Rodolfo:

—Si vas a escribir como, pensá en dedicarte a otra cosa. ¿Para qué compraría alguien un libro de un tipo que escribe como Cortázar, cuando puede comprar uno de Cortázar? Nunca Rodolfo me había dicho eso, ni nada parecido. No obstante, algo en esa voz me hizo pensar de inmediato en él. Comprendí en ese instante que esa voz no era nueva, que era la misma que en todo ese tiempo había estado marcando los errores de mis tramas y descartando mis ideas. Su voz había logrado proyectarse hasta mí para convertirse en mi crítico más feroz, e impedirme cometer los mismos errores que en los cuentos anteriores. Acepté que, sin dudas, esta vez tenía razón. La voz, el estilo, hace al escritor. No importa qué es lo que quiera contar si no puedo contarlo con mi voz. Fui en busca de la carpeta donde guardaba mis cuentos y los desparramé sobre la mesa de la cocina. Empecé a leer el primer párrafo de cada uno para reconocer mi propio estilo y, con espanto, descubrí que todas las voces anteriores eran imposturas: Cortázar, Borges, Quiroga, García Márquez, Castillo. Estilos variados se habían conjugado en mis cuentos, a tal punto de que había algunos que eran irreconciliables entre sí: solo mi nombre junto al título los unía. Parecían escritos por dos personas diferentes.

Ese día —a diferencia del principio, no guardo el recuerdo exacto del final— dejé de escribir. Durante los años siguientes, hubo temporadas de sosiego, donde la rutina del trabajo y mis obligaciones actuaban como un sedante de la bestia interior que, tanto tiempo atrás, mi abuelo había despertado. Pero no siempre. A veces leía un cuento o una novela que tenían ese maravilloso efecto de contagio; esa necesidad de sentarse a escribir que se parece tanto al hambre o a la sed. Una o dos veces claudiqué: encendí la computadora, abrí el Word y me quedé allí, inmóvil ante la pantalla, la cabeza a mil y la voz rugiendo en el pecho. Pero los dedos se mantenían impasibles. Y entonces sobrevenían esas ganas de llorar como huérfano; esa íntima desolación de mudo en el momento de un gol.

A veces, después de esas frustraciones, pensaba en Rodolfo. En su rutina inalterable de mates, un cigarrillo y el encierro en su cuartito para empezar a escribir. Todos los días, durante años. Quería preguntarle cómo hacía. Cómo nunca, en todos estos años que pasaron desde que decidió dejar de publicar hasta hoy, dejó de escribir. ¿Cuántos cuadernos se amontonarían en ese cuarto, llenos de su letra prolija, llenos de ideas, cuentos o novelas que nunca verían la luz? Pero no se lo pregunté cuando pude, y ahora ya no puedo hacerlo.

Murió hace tres días. Tenía setenta y siete años y ni un solo día había dejado de subir a su cuartito para refugiarse detrás de esa puerta infranqueable que dividía el mundo real de ese otro mundo íntimo, infinito e inabarcable que salía de su pluma. A pesar de su edad estaba saludable y su muerte fue toda una sorpresa: esa mañana, después del desayuno, se había empezado a sentir mal. Le faltó el aire y, al cabo de un rato, dejó de respirar.

Esta mañana fui a su casa y le pedí a la abuela que me dejara entrar al cuarto donde escribía. Al principio dudó. Acaso ella lo sospechaba, no porque Rodolfo lo hubiese dicho alguna vez sino por su intuición de esposa, porque al cabo de tantos años sabía leer en sus ojos cada pensamiento y cada desolación. Finalmente me dejó pasar y me miró en silencio mientras revisaba, estupefacto, los infinitos cuadernos azules con hojas en blanco que Rodolfo había acumulado a lo largo de más de treinta años. Cientos de cuadernos que compraba cada semana para sostener un simulacro que continuó hasta que el día de su muerte.

Cuando llegué a mi casa me senté a escribir. “Me hubiese gustado ser escritor”, puse, sin hacerle caso a esa voz que me cuestionaba desde el pecho con esa voz que se parecía tanto a la de Rodolfo pero que, sin margen de dudas, reconocí como mía. Y seguí escribiendo con la certeza de que nunca sabría por qué Rodolfo había entrado en ese bloqueo eterno, pero convencido de que yo tenía que evitarlo a toda costa, que tenía que escribir lo que fuera pero escribir; soltar a la bestia y dejarla hablar antes de que me cerrase los pulmones a mí también.

*Autor
El autor nació en Rosario, Argentina, en 1976. Cuentos suyos fueron galardonados en el Primer Concurso Nacional de Cuentos "Eduardo Gudino Kieffer", Buenos Aires, 2003, en el IV Concurso de Cuento "Encuentro de Dos Mundos", Paris, Francia y en el Concurso literario para escritores rosarinos, Rosario, 2005. Integró también la antología “De las sombras a la luz – 12 narradores jóvenes”, de la Editorial Municipal de Rosario