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Bata rosa pálida mayéutica
Jimena Néspolo

Escribió la última frase de la novela y luego hizo sonar sus nudillos con alboroto mientras volvía a saborearla: “Ella cerró su bata rosa, apoyó la regadera en el piso del porche y entró otra vez a la casa: su tarea había finalizado.” Era una frase insignificante, pero le gustaba sobremanera que su asesina serial llamada “Mary” se calzara luego de sus madrugadas cuchilleras su “bata rosa”, regara las plantas de su jardín de ensueños y luego tomara un café con edulcorante mientras miraba por televisión las noticias matinales en las que se anunciaban sus atroces crímenes… “Bata rosa”, le encantaba eso, le sonaba tan a película de terror de clase B, infinitamente mala pero infinitamente taquillera, que por fin creía haber escrito ¬la novela que le daría algo de dinero, de eso estaba seguro. Ciertamente esa bata rosa insignificante, algo gastada por el uso diario y olorosa a “tocino frito” y “huevos revueltos”, había sido la idea disparadora de su texto. Un olor que ahora se le antojaba parecido a ese delantal viejo de cocina que había dejado su mujer como único recuerdo de sus años de matrimonio y que él a veces, cuando cocinaba algún plato especial a sus hijos, solía ponerse. Por otro lado, había algo en ese sintagma que además de causarle gracia le recordaba a un escritor que había frecuentado en su juventud y a quien consideraba secretamente su maestro. Lo había conocido en un homenaje que le hiciera el gobierno al volver al país después de años de exilio; recuerda que había sido en un teatro y que éste estaba lleno, que no había faltado ningún personaje importante de la cultura de entonces y que al finalizar la conferencia en la que el homenajeado había desempeñado un papel un tanto penoso, todos habían desaparecido como por arte de magia. Él entonces apenas tenía veinte años, no recuerda especialmente lo que había dicho, sólo la seguridad de que aquello dicho no había sido lo que los importantes esperaban oír. Recuerda que la impresión que le había causado era justamente ésa, la de alguien que, a pesar de estar en el escenario de un teatro, no actuaba sino que, más bien, se exponía. Ahora piensa que quizá fue esa indefensión, esa imagen de vulnerabilidad extrema la que lo empujó a él, tímido y reacio siempre a los primeros encuentros, a acercarse a saludarlo e incluso darle una copia de un relato que acababa de escribir. Sólo recordar aquello, en este momento, después de escribir la “bata”, lo llenaba de vergüenza… Pero su maestro había sido cordial con ese palurdo que había sido o que aún era él, le había dado su teléfono y la indicación de que lo llamara la semana entrante. Desde entonces varias veces se habían encontrado en un mismo bar del centro de la ciudad. “Bata rosa”, qué curioso era aquello, nada o casi nada recordaba de las conversaciones que habían mantenido durante esos encuentros, quizá algunas apreciaciones contundentes sobre escritores que él todavía no conocía y que entonces había empezado a leer, quizá alguna anécdota, quizá el relato de un deseo compartido, el de escribir la historia, esa historia que los justificara… Nada preciso acudía al recuerdo, sólo el timbre de su voz grave y rugosa, extremadamente demorada, diciendo –ah, de pronto era como si volviera escucharla diciendo–: “Bata rosa propicia, de la nada, el espanto”. Ahí estaba… Encontrando la voz en su memoria había encontrado de manera casual a aquel relato. “Bata rosa”, recordaba no tanto al texto en sí como al volumen donde había sido publicado. Lo más curioso es que lo recordara ahora, luego de que Mary cerrara la última página de su bata, y no antes... ¡Qué calor!, demasiado para un noviembre que recién empieza, se dice mientras mata un mosquito zancudo de la planta de su pie que, cruzado sobre el otro, ha quedado flotando bajo la esterilla de paja. Luego se rasca la cabeza de cabello escaso y saca el último cigarrillo que le queda del paquete siempre con la mirada fija en la última página de su novela, lo prende. Se pregunta cuándo había sido la última vez que lo viera… Pero no, no recuerda especialmente ese último encuentro, sólo que él había dejado de llamarlo porque le hacía pagar los cafés y entonces, más que ahora, no tenía un peso partido al medio y vergonzoso de exponer esa razón o de fijar otro tipo de encuentros, uno y otro día había ido postergando indefinidamente el llamado hasta que con sorpresa se enteró por los diarios de que su escritor favorito había muerto.
Ahora se levanta de la silla, con el cigarrillo colgado de la comisura izquierda de la boca, se acomoda la tira de plástico de las chancletas que hace varios días tiene rotas y se encamina a la cocina, llena un vaso con ginebra y vuelve a su escritorio. Prende el ventilador de pie que está junto a la puerta, a esta hora de la noche comienza a sufrir demasiado el calor del delta. Bata rosa propicia, de la nada, el espanto –se dice–: Qué caso. Y qué titulo… Un título sin duda demasiado largo: un título realmente inadecuado a los parámetros de marketing editorial: un título que nunca se le hubiera ocurrido ponerle a su novela aún sin titular que piensa que será un éxito: un título desastroso, le diría Cristian, su agente: un título que nos llevará, no a la ruina, que es donde ya estamos, sino a ningún lado, que es hacia donde no paramos de ir… Un título que ahora se le ocurre ideal para su Mary y que luego de darle el último trago seco a la ginebra le hace espetar a nuestro palurdo: ¡La puta madre que lo parió! Era un título malo pero que alguna gracia tenía después de todo, algún secreto escondía para que él, luego de veinte años de haber leído el cuento y sin recordar siquiera la trama, se le hiciera presente. Claro que, pensándolo bien, él no era un buen barómetro de medición de nada… No obstante el título le parecía tan incómodo como genial. Sí, ya se imaginaba la cara de Cristian cuando le pasara el manuscrito y leyera aquello en la portada. ¡Pobre tipo! Casi un lustro hacía que infructuosamente movía sus novelas y relatos por editoriales nacionales y del extranjero y nada: su ficha de autor esgrimía las mismas publicaciones de más de quince años atrás (dos poemarios chuscos y un librito de cuentos en ediciones de autor). Qué alivio había sentido nuestro escritor al encontrar este héroe de las letras de hoy llamado “agente” –como los “agentes secretos” para quienes trabajaba su Mary haciendo el trabajo sucio: una bala por aquí, un puntazo por allá, un cuerpo que hoy está y que mañana no, nada grave–. El hecho de no tener que volver a tratar con ningún editor había cambiado su vida: los odiaba a todos por igual, odiaba su jactancia, esa ansia de protagonismo que los volvía más pedantes que incluso el más pedante de los escritores, esa histeria que nunca había aprendido a entender en las mujeres y mucho menos en esta raza de bisoños: ¿Qué significaba su silencio? ¿Qué un: “El editor está reunido, llame luego” o un: “Salió”? ¿Qué significaba un: “Disculpe, pero no tenemos línea editorial para su obra”? ¿Qué un: “Señor su obra es genial pero no vamos a publicarla”? Esta complicación de los editores era demasiado complicada para nuestro palurdo y el modo en que en los últimos años lo rechazaban luego de adularlo, le parecía el colmo de las burlas. Antes de que apareciera Cristian en su vida, incluso había empezado a especular que se trataba de una secreta conspiración en su contra; esa idea además lo había obsesionado por un tiempo, el mismo tiempo en el cual su matrimonio empezó a derrumbarse en franca caída libre sin que él se percatara hasta el día en que su mujer, sencillamente, decidió a abandonarlo. Luego de tener a sus dos hijos y dado que las cuentas del hogar no cerraban con su magro sueldo de docente de escuela media, ella le había manifestado su deseo de trabajar, de tener más independencia y él había aceptado, ella le había dicho que el encierro de la isla la estaba matando, le había pedido libertad y él se la había dado. Ella tomaba la lancha colectivo de las siete y media, dejaba a sus hijos en la escuela del delta y se iba a trabajar a la ciudad. Él los retiraba a la salida del colegio y dedicaba el resto de la tarde y la noche a su escritura y a sus furibundas especulaciones. La esperaba con la cena. Ella parecía feliz, él estaba en lo suyo, después de todo el juramento de amor eterno ya se lo habían profesado, para qué volver sobre eso. Pero una noche de agosto le vino con aquello de que estaba enamorada de su jefe, de que tenía un romance desde hacía meses, que ya no creía en él y que iba a dejarlo. Todo eso le había dicho en una sola noche, para a la mañana siguiente salir por la puerta, valija e hijos en mano, y él preocupado por la conspiración de los editores, sin saber qué ni cómo responder a la realidad. Se instaló en la casa del otro y nuestro palurdo agradeciéndole el gesto de que le dejara la casa, ese ranchito que habían construido juntos, sin percatarse siquiera de que además de su mujer perdía a sus hijos. Cuando comenzó el trámite de divorcio él todavía mantenía la esperanza de que aquello sólo fuera una pesadilla de la cual en algún momento se despertaría. Entonces nuestro escritor terminó de derrumbarse. Crisis: ataque de pánico: licencia en el trabajo: meses sin salir de su isla cenagosa… Se recompuso escribiendo una novela de un realismo naturalista extremadamente anómalo, en la que narraba a lo largo de más de quinientas páginas un día en la vida de un palurdo que no se atrevía a salir de su departamento ni a entablar relación con nadie real, sólo a navegar por internet, páginas y blogs creando identidades apócrifas. Bata rosa… por suerte su Mary era tan distinta a sí mismo. Tan perfecta, tan rubiamente fría e irreal, una chica James Bond, una chica Tarantino, una Uma Thurman latina con su sable afilado dispuesta a decapitar todas sus penas, con su vida rosa perfecta y sus objetivos de asesina justiciera tan pulcramente cumplimentados bajo su camuflada apariencia de simple ama de casa: sin culpa, sin olvido, sin perdón…
Sin hijos que mantener –el jefe era un hombre generoso–, nuestro escritor renunció a casi todas sus horas. Se quedó con aquellas pocas que necesitaba para gastos elementales. Con más tiempo podría escribir la novela que pusiera todo en su sitio, con la cual pudiera recuperar a su familia, darse a conocer, ser “alguien”… Todavía recordaba la última discusión que había tenido sobre literatura con uno de los pocos amigos del medio que le quedaban. Había sido antes de su crisis matrimonial y a propósito de la publicación de una novela por parte de un escritor que ambos conocían. Nuestro palurdo había leído la novela del escritor famoso y le había dicho a su amigo que era lamentablemente simplona, que explotaba trucos fáciles de violencia gratuita sólo para disfrazar su pacatería de malditismo, que “literariamente no existía”. Así le había dicho y su amigo, al parecer sorprendido e indignado, le había respondido que el que literariamente no existía era él. Lo había dicho de manera relajada, como quien piensa en voz alta, y al momento cayó en la cuenta de sus palabras y empezó a disculparse, lo que subrayó aún más el agravio: Que lo decía porque como había publicado tan poco, que porque nadie o casi nadie lo conocía y en cambio al famoso tantos, que debía publicar cuanto antes –aunque más no fuera pagando la edición– para que al menos sus amigos o conocidos lo leyeran... No volvió a verlo. Esa noche escribió el cuento en donde su Mary surgía germinalmente como personaje: una especie de Edith Piaf actual, más sensual, arrabalera y porteña que Tita Merello, que asesinaba a los artistas que intentaban vampirizarla en sus obras de una manera degradada, a aquellos que no estaban a la altura de su arte. El cuento, que aún le gustaba, fue a parar al mismo saco roto donde iban a parar todos sus cuentos: un mismo volumen que ya tenía quien sabe qué cantidad de páginas. Cuando logró salir de su crisis y de su personaje-navegador-solitario de la red recordó a ese personaje y pensó que aún tenía mucho para dar, sólo debía quitarle esa afectación francesa, tan demodé, tan anacrónica, y encuadrarla con el aire voluptuoso de estos tiempos. Entonces sometió a su Edith Piaf a un baño yanki de leche grasosa en teleseries: rubia platino, pechos turgentes de pelota, cara de muñeca Barbie y un sadismo carnicero sólo comparable a El Matadero de Echeverría y a otros tantos compadritos orilleros. Sabía que teniendo el personaje adecuado, la novela saldría sola, más si abandonaba desde el vamos todo tipo de pretensiones sobre el lenguaje y la mar en coche y apostaba de lleno a una bazofia que fuera cien por ciento vendible y que lo sacara de la miseria. Un thriller de suspenso, le había anunciado a Cristian –aunque ahora que la había terminado no estaba totalmente seguro de haber logrado aquello–. Comprendía que debían pasar al menos seis meses de distancia para tener una percepción más acabada del texto y que, cuando lograra tenerla, poco iba a importarle puesto que entonces ya nada podría hacer. Por experiencia, sabía que la lectura próxima le otorgaba una percepción del texto que generalmente solía ser errada de cabo a rabo. Bien recuerda ahora que cuando volvió a leer, un año después de finalizada, la novela que mientras la escribía consideraba su “gran obra”, le pareció una soberana porquería producto de la constipación que entonces lo aquejaba. Su novela de aventuras de título brillante, Mil enaguas en el desierto: un dramón apenas digerible con sales. Su historia romántica: una opereta bufa de humor negro… Ya fuera por saturación exasperante o por adelgazamiento bulímico, por algún extraño mecanismo su escritura terminaba logrando el efecto contrario al buscado. Algo, en el proceso, derrapaba, se salía de eje y despachaba la idea base inicial a una existencia larvaria inespecífica o enquistada. Claro que eso no era lo que le había ocurrido con su Mary, esta vez estaba seguro que había tenido las riendas bien firmes, que su Mary no se le había escapado de la senda que él, su autor, su dueño, le había marcado. De eso estaba seguro, claro que sí. Pero lo mejor era ahora tomar distancia, sacársela de encima cuanto antes, no fuera que empezara a meter mano por aquí o por allá y malograra aquella construcción perfecta de economía sanguinaria. Por otro lado, hacía días que no salía de su casa, semanas que no iba a trabajar dándose por enfermo; quería enviársela por e-mail esa misma madrugada a Cristian así, de inmediato, podría empezar otra vida... Esa mala posición que adoptaba al escribir le había dejado, en estos últimos tiempos, la espalda a la miseria; por la falta de ejercicio, de caminata, las várices le dolían horriblemente; y como si fuera poco había engordado unos cuantos kilos más en las semanas finales de su Mary. El accionar justiciero de su protagonista era una pieza sincronizada de perfección extrema, su casa y su matrimonio eran un ducado de felicidad, la oficina donde proyectaba su accionar, un quirófano blanco de éter y algodones. La casa de nuestro palurdo, en cambio, era un desastre. Ya no tenía ropa limpia que ponerse, ni platos limpios donde comer, ni rincón de la casa que no estuviera plagado por el caos de libros, mugre, ropa, revistas… La ley de las compensaciones, eso todo el mundo lo sabe y nuestro escritor también, por eso estaba ansioso por terminar la novela, quería volver a tener el control sobre su vida y pensaba que el texto de múltiples y variadas maneras iba a colaborar con su objetivo. Mientras piensa todo esto, nuestro escritor ha estado acomodando el índice y tentando títulos posibles en la carátula, ha recorrido con el cursor unas páginas de su texto, aquellas donde su Mary se desplaza por el barrio gótico de Barcelona en la feliz realización de sus últimas escaramuzas: hacia el final de la novela descubre que dentro de las siliconas de sus pechos la CIA le ha conectado un chip de control bioenergético a través del cual ha sido impulsada a realizar sus ya famosas escenas de descuartizamiento de criminales y terroristas, eso lo descubre mientras asiste a un simposio de nombre extraño, ella ha viajado allí con el preciso objetivo de liquidar al principal orador y ha terminado sometiéndose a una cirugía extractora mediante la cual ha perdido, además de sus rasgos psicopáticos, la memoria de su accionar sanguinario. En fin, que cuando su Mary se cierra su bata en el porche, ya es otra Mary como sucede, claro está, en todas las buenas malas novelas, o en todas las malas buenas novelas que hemos leído. Ella es otra y él también, por eso está ansioso en sacársela de una vez de encima, más si encuentra ahora a su maestro agazapado atrás de esa bata… ¿Quién sabe qué rostro horripilante tendrá en realidad su pequeña Frankestein? Ni quiere imaginárselo. Pero ahora sólo le falta el título, “el” bendito título que le cuadre a esta bazofia, a la cual –después de todo– le ha tomado cariño y cuyas anacolutas dimensiones de bata rosa le cuesta entrever… Sí, ya está a punto de enviársela por e-mail a Cristian, sólo necesita un buen mal título que le cuadre, sólo necesita neutralizar por un momento las dudas sobre el en sí y el para sí, necesita sencillamente encontrarlo, sólo necesita olvidar nuevamente a su maestro y a su bata, esa bata rosa, vieja, gastada, ridícula, impiadosa, que es exactamente igual a la que yo tengo puesta ahora.

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