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Confieso que he bebido
Jorge Hardmeier*

Pues la realidad es extraordinariamente superior a
cualquier relato, a cualquier fábula, a cualquier
divinidad, a cualquier superrealidad. No se necesita
más que el genio de saber interpretarla. (Antonin
Artaud)

UNO

Una fotografía recuerda un hecho que es susceptible de ser olvidado. Si cierta fotografía es manipulada, nos enfrentamos a un intento para que ese olvido, efectivamente, se produzca. En noviembre de 1927, León Trotsky es expulsado del Comité Central del Partido Comunista y en 1929 es expulsado de la Unión Soviética. A partir de ese momento, el stalinismo comienza un trabajo de desaparición de la imagen de Trotsky. Su figura, su imagen se desvanece, mediante las técnicas de aquella época, de todos los registros fotográficos. En una de ellas, Lenin, en la Plaza Roja de Moscú, pronuncia un discurso ante el Ejército Rojo. Trotsky, la imagen de Trotsky, aparece de pie en una escalinata. Luego de 1927, aparecerá reemplazado por cinco escalones. La desaparición de Trotsky como imagen, de algún modo, preanuncia la desaparición de su cuerpo, cuando un agente de Stalin lo asesina en México, en 1940.
El stalinismo, tanto como el nazismo y el fascismo, fueron el adelanto vulgar, el inicio burdo y brutal de una época totalitaria que actualmente utiliza otros medios de manipulación más sutiles y hábilmente se autolegitima mediante la falacia electoral.
Aquella manipulación de las imágenes practicada por los regimenes totalitarios fue el comienzo de lo que Guy Debord denominará La Sociedad del Espectáculo: las imágenes existentes no demuestran sino las mentiras existentes.

Guy Debord no murió en 1994, al menos para el ámbito intelectual argentino. Fue un acto de justicia. La sociedad actual, ganada por el espectáculo, sostiene que lo que se muestra es real y lo que no se muestra no existe, así como lo bueno aparece y lo que aparece es, sin dudas, bueno. No hubo registros ni informes sobre el suicidio de Debord en los medios argentinos, por lo tanto aún vive, en tanto es debidamente notificado el fallecimiento de tantos pensadores rebeldes autóctonos cobijados en los ghettos universitarios.

Estamos en un momento exasperado de lo que Debord denominó la sociedad del espectáculo. Todo lo que antes se vivía directamente se aleja ahora en una representación, escribió Debord en su libro publicado en 1967. La realidad ha sido sustituida por su imagen. Nunca antes una sociedad se había vinculado, como la nuestra, a través de las imágenes. Ya no existe la vivencia, la experimentación. Internet, Facebook, chat, conversaciones a través de diversos blogs, fotologs, msn, sms, etc. Ya no existe el intercambio vivencial: la separación ha sido consumada. Creemos estar comunicados todo el tiempo y es la situación histórica de mayor separación. El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre personas mediatizada a través de imágenes.

El espectáculo es una afirmación de la no – vida: toda vida es simple apariencia. La realidad ha sido sustituida por su imagen pero, paradójicamente, en este proceso la imagen se convierte en la realidad he influye en las realidades de las diversas vidas individuales. Lo que aparece, lo visible en el espectáculo no es un reflejo del conjunto de la sociedad sino una estructuración de imágenes conforme a los intereses de una parte de la sociedad que presenta lo que muestra como la totalidad. Esa estructuración de imágenes ejerce un efecto sobre la actividad social de los espectadores de esas imágenes. El espectador no vive, sólo contempla. La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (…) se expresa así: cuanto más contempla, menos vive, cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de necesidad menos comprende su propia existencia y sus propios deseos. El control sobre los cuerpos, tan caro a los regimenes despóticos, ha sido reemplazado por la manipulación de las imágenes, cuyo burdo comienzo fueron los totalitarismos de comienzos del siglo XX, como en el caso de la manipulación de la foto de Trotsky. Ahora, en los regímenes pseudo democráticos, tal violencia no es necesaria: el fragmento de la sociedad dominante imparte órdenes a través de las imágenes en una comunicación unilateral.

En su primera película, “Aullidos a favor de Sade”, la voz de Debord anuncia: el espectador, privado de todo, a partir de ahora será privado de imágenes. La película se estructura de la siguiente manera: fondo negro: silencio, pantalla en blanco: una serie de diálogos entre cinco personas, entre ellas Debord.
En su película “In girum imus nocte et consumimur igni”, Guy Debord anuncia, desde el inicio que no hará concesiones al público, porque este público enteramente privado de libertad y que lo ha aguantado todo, merece menos que ninguno ser tratado con miramientos.
Debord es implacable: en una sociedad en la cual se regulan opiniones a partir de las imágenes, los espectadores, unos asalariados pobres que se creen propietarios, unos ignorantes engañados que se creen instruidos, unos muertos que creen votar, no deben ser tratados con miramientos. Pues el espectador ya no vive ni actúa. No experimenta situaciones, sólo contempla. Y el cine tradicional es, por otra parte, una imitación de una vida despreciable, hábil en engañar durante una hora el aburrimiento mediante el reflejo del mismo aburrimiento. Lo experimentable no puede ser representado ni interpretado. Quien siempre mira para saber la continuación, no actuará jamás y ese debe ser el espectador.

Según Marx las relaciones sociales son relaciones de cosas entre personas y relaciones sociales entre las cosas. Debord da un paso más allá en el concepto de fetichismo de la mercancía: el mundo tangible es reemplazado por una selección de imágenes. El espectáculo es una relación social mediatizada por imágenes. El mundo experimentable, tangible, es reemplazado por una serie de imágenes debidamente seleccionadas. La multiplicidad de lo real, la riqueza de lo real es suplantada por una serie de formas abstractas e idénticas. Nuestra época no sólo indica, a partir de un mandato unilateral, lo que debe ser visto sino que genera un difuso terreno de lo que no debe ser visto ni imaginado. La sociedad del espectáculo, la nuestra, está conformada por una legión de espectadores que no pueden ver.

DOS

El epígrafe al capítulo 1 de “La Sociedad del Espectáculo” es un texto de Feuerbach: Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… Lo que es sagrado para él no es sino la ilusión, así, lo que es profano es la verdad (…) la mayor ilusión es también para él lo más sagrado. El espectáculo es, para Debord, heredero de la religión. Ambos generan la separación en el individuo. Tanto uno como el otro están basados en ciertos fetichismos. Las imágenes producidas por el espectáculo y por las religiones impiden que los hombres construyan sus propias vidas cotidianas. El programa de Guy Debord fue eliminar todo aquello que separa al hombre (Estado, religión, economía) de su propia construcción como individuo.

El Estado, la religión y la conciencia, esos déspotas, me han hecho un esclavo y su libertad es mi esclavitud (Max Stirner)

La religión y el espectáculo, tomando como parámetro que la religión es un ancestro excelso de la actual sociedad espectacular, poseen la característica de que la comunicación fluye en un solo sentido: de los poderosos a los espectadores o sea, aquellos que carecen de poder.

Tanto como en la religión, en el espectáculo, el hombre como espectador, se reencuentra con todo aquello de lo que su propia vida carece. El espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, es decir, social, como simple apariencia.

Tanto en la religión como en el espectáculo, un ideal abstracto se materializa y ese fragmento se propone como totalidad. Mediante la manipulación de ciertas imágenes y símbolos se impone ese ideal abstracto. El despotismo del fragmento que se impone como pseudosaber de una congelada visión totalitaria.

El retroceso del pensamiento racional, tan evidente y tan deliberadamente buscado en el espectáculo, hace que se tache de magia negra y de pacto con las oscuras fuerzas de los gurús, del vudú y demás a toda práctica que se mantenga al margen de la magia oficial organizada por el Estado.

Tanto el espectáculo, a partir de la sucesión de imágenes y la mediación de estas en las relaciones entre los individuos, como la religión, con su catarata de símbolos abstractos, manifiestan la esencia de todo sistema que se postule como totalizador: el empobrecimiento y la negación de la vida real. La vida, en el espectáculo y en la religión, está en otra parte: en un más allá o en la pantalla del televisor, da lo mismo. El espectáculo y la religión son la expresión de la separación y de la alienación entre el hombre y el hombre.

El espectáculo genera la ilusión del encuentro. Otra vez: atravesamos una época en la cual cada individuo se siente, ilusoriamente, comunicado y en contacto con sus semejantes. Paradójicamente, la sociedad actual está sometida a un régimen de perdida de la facultad de encuentro. Se da un hecho social alucinatorio: la falsa conciencia del encuentro. Una misa celebrada alrededor de cientos de ordenadores, teléfonos celulares y pantallas. Ya nadie puede ser reconocido por los demás, en tanto experiencia y por lo tanto cada individuo es incapaz de reconocer su propia realidad que se ha tornado ilusoria. La eliminación del límite entre lo experimentable y su falsificación que erige la ausencia del mundo rechaza toda vivencia real e instaura la verdad de la apariencia. La separación ha triunfado.

TRES

En la sociedad espectacular la falta de experimentación se da, incluso, en las formas de dominio o en el sufrimiento de las formas de control. El control y el castigo a los cuerpos se tornan, progresivamente, secundarios. En la sociedad audiovisual del espectáculo se regulan opiniones a partir de las imágenes y se controla mediante mecanismos audiovisuales. Y es el espectáculo el que ejerce ese totalitarismo visual. Así como el nazismo se asocia a los campos de concentración y el stalinismo a una burocracia que domina a una clase obrera a la cual supuestamente representa, en el espectáculo la cámara de vigilancia es la gran metáfora. El panóptico se ha diversificado y no posee como condición que los hombres estén encerrados en prisiones. Hay cámaras de vigilancia por todos lados y allí donde no hay siempre es muy útil un camarógrafo de un canal de noticias. Los medios masivos de comunicación y los elementos de control audiovisuales son la verdadera policía de la sociedad espectacular.

El diseño que aceptamos como “realidad” ha sido impuesto por la fuerza que domina este planeta, una fuerza esencialmente orientada hacia el dominio absoluto. (William Burroughs)

La sociedad espectacular no deja nada librado al azar en su mecanismo de absoluto dominio: en cada rincón del planeta define el programa de una clase dirigente y preside su constitución. Así como presenta los pseudobienes que se deben codiciar ofrece a los revolucionarios locales los falsos modelos de revolución. Hay luchas por todos lados, pero en general y en última instancia se trata de rebeliones a favor de la conservación de un orden ya dado, esto siempre y cuando no se trate de conspiraciones para instaurar regimenes locales aún más opresores. Una de las últimas grandes puestas de la sociedad del espectáculo es la del terrorismo: ha sido montado para que el Estado democrático aparezca como un mal menor. La sociedad espectacular vende revoluciones así como hamburguesas vende Mc Donalds.

Los servicios secretos de la sociedad espectacular son un eje central de la misma. Nada de infiltraciones en ciertos grupos, largos pilotos, pipas o sesudas investigaciones. Operan desde oficinas conectados a fax, modems, computadoras y cámaras. Difunden constantemente información, debidamente seleccionada, sobre cada uno de los aspectos de la vida. El espectador, frente a su pantalla, observa la “realidad” disparada desde los medios. Aquí se aúnan lo mediático y lo policíaco.

Toda afirmación de los mass media se convierte en verdad con tal que se repita dos o tres veces. Aquello de lo que el espectáculo, por otro lado, no habla o puede dejar de hablar durante algunos días, es como si no existiese. Esto es tan fácil de comprobar con sólo rastrear durante un par de meses las informaciones de un diario o un canal argentino. El pasado, inclusive, se remodela sin pudores. Ciertos personajes, por ejemplo, reaparecen, impunemente, en la sociedad espectacular, haciendo caso omiso a un pasado impresentable. Las personas admirables en las que se personifica el sistema son bien conocidas por no ser lo que son; han llegado a ser grandes hombres descendiendo por debajo de la realidad de la más mezquina vida individual, y todo el mundo lo sabe. Es que la sociedad espectacular necesita abolir el pasado, es su condición para presentarse como la única opción posible. Y si algún memorioso subversivo osa alzar la voz siempre está a mano la argucia de la desinformación y el recurso a los tribunales democráticos para que rediman esa injuria.

De todos modos, el aspecto de los mass media, para Guy Debord, es la manifestación más vulgar y superficial de la sociedad del espectáculo. El problema es que los medios de comunicación masiva expresan, en modo obsceno, la estructura social de la que forman parte. La contemplación, por parte de los espectadores, de imágenes elegidas por otros, sustituye la experiencia y determinan el accionar real de esos sujetos sociales. Los medios de comunicación masiva son tan vulgares como los policías uniformados. Es decir: son policías.

Lo que motoriza a la sociedad espectacular, además del consumo de imágenes, es el consumo de pseudo bienes. El fetichismo de la mercancía ha alcanzado ribetes exacerbados. La metáfora de la felicidad de la sociedad espectacular es el consumo. Cada nuevo producto es presentado como la gran necesidad. Cada nuevo producto es presentado como el éxtasis, la tierra prometida finalmente alcanzada. Tal producto puede ser un avance tecnológico, una remera o el político de turno. El inconveniente es que el objeto que era prestigioso en el espectáculo se vuelve vulgar en el momento en que entra en casa de tal o cual consumidor, al mismo tiempo que en casa de todos los demás. Con los políticos, por caso, ocurre lo mismo: se tornan vulgares una vez acabado el proselitismo y han asumido sus, por llamarlas de alguna manera, funciones.

La sociedad espectacular debe abolir, siempre, y para perpetuarse, la memoria histórica. El espectáculo debe continuar. Tanto Stalin como la mercancía que pasa de moda son denunciados por los mismos que lo impusieron. Cada nueva mentira de la publicidad es también la confesión de su mentira precedente. Cada derrumbe de una figura del poder totalitario revela que su aprobación unánime provenía de una comunidad ilusoria, la cual no era más que un conglomerado de soledades sin ilusiones.

CUATRO

Según Debord, el espectáculo somete a los hombres en la medida en que la economía los ha sometido totalmente. En ese sentido, detecta dos etapas en la dominación de la economía sobre la vida social: la primera de ellas consistió en una degradación del ser en tener. La segunda etapa, la de la sociedad espectacular, conduce a un deslizamiento generalizado del tener en parecer. Y agrega: Al mismo tiempo, toda realidad individual se ha vuelto social, directamente dependiente del poder social, moldeada por él. En la actualidad, esa degradación se ha exacerbado. Ese parecer se ha profundizado en un (a)parecer virtual, una construcción de cierta imagen supuestamente personal, una apariencia vinculada a otras diversas apariencias en una red social en la cual lo vivencial y experimentable ha sido dejado, definitivamente, de lado.

Cuanto más se contempla menos se vive, cuanto más acepta reconocerse uno en las imágenes dominantes menos comprende sus propios deseos. Y estamos en la apoteosis de la sociedad de la mirada, el absoluto monopolio del sentido visual. La vista es el sentido preponderante en la sociedad espectacular. Nos conectamos por el sentido de la vista: fotologs, Webs cam, pantallas encendidas en los hogares como si fueran el centro de ese espacio. Paralelamente a la efimerización del trabajo y a la inmaterialidad de los bienes, la cibercultura conlleva el desvanecimiento del cuerpo humano, ha escrito Mark Dery en “Velocidad de escape”. La victoria definitiva del espectáculo radica en que nada parece real hasta que aparece en el espectáculo. Lo verdadero, lo vivencial, en el espectáculo, al no aparecer, ha adquirido la categoría de lo falso. La inversión ha sido definitivamente consumada.

Habitamos un mundo virtualizado. Ballard: vivimos en un mundo gobernado por ficciones de todo tipo: fotografías retocadas digitalmente, famosos reconstruidos quirúrgicamente, simulaciones de ordenador, montajes fotográficos, estrellas de pop que samplean y mueven sus labios al ritmo de la canción, sustitutos sintéticos de comida. El surrealismo de todo ello hace que parezca que el subconsciente ha escapado a la luz del día, como si el mundo de la vigilia hubiese sido invadido por las tinieblas. En “Crash”, libro del citado Ballard, el narrador confiesa que su accidente automovilístico fue la única experiencia real que había tenido en años.

CINCO

El tiempo, en la economía capitalista, adquiere una nueva categoría, diferente al de épocas anteriores. Es un tiempo cuyos momentos son todos absolutamente iguales y se distingue por la noción de cantidad. En el capitalismo el tiempo se ha convertido en una mercancía. Siempre regulado por el tiempo laboral, el espectáculo ha creado la organización de pseudoacontecimientos, la organización de paquetes de tiempo supuestamente interesantes, rige el tiempo miserable de las vacaciones, tiempo que como toda mercancía en la sociedad espectacular es aguardado como la panacea y pierde su espesor apenas comienza. Cabe agregar, claro, que los poderosos, por ejemplo, no tiene vacaciones: su vida es una interminable vacación.

El tiempo consumible espectacular es un tiempo de consumo de imágenes. El espectáculo vende los momentos de ocio, debidamente regulados, así como la publicidad presenta las nuevas mercancías. Esos momentos de ocio, entre ellos las vacaciones, son presentados como algo obligatoriamente deseable, como toda mercancía presentada por la sociedad espectacular. Son esos retazos de tiempo que se deben esperar, sí o sí. Es en ellos donde la sociedad espectacular hace su mayor despliegue. La realidad del tiempo ha sido reemplazada por la publicidad del tiempo.

La conciencia espectacular ya no conoce su vida como un tránsito hacia su realización y su muerte. Quien ha renunciado ha vivir su vida ya no debe confesarse su muerte. La publicidad de los seguros de vida le insinúa, solamente que es culpable de morir sin haber asegurado la regulación del sistema después de esta pérdida económica.

El espectáculo debe negar la historia pues se presenta como la única opción posible, y debe negarla porque la historia indica que todo es proceso, que nada es ley ni definitivo. El espectáculo es el dominio de un eterno presente que pretende ser la última palabra de la historia. El espectáculo destruye todo espesor histórico para así destruir todo pasado distinto de sí mismo.

Siempre he tenido una sensación muy viva del paso del tiempo, me atraía como a otros los atrae el vacío o el agua.

La pérdida de ese espesor histórico no deja a los hombres más opción que contemplar el decurso inalterable de la sociedad espectacular. Eliminando el pasado se elimina toda opción de comparar el espectáculo con opciones sociales anteriores. El espectáculo es el discurso ininterrumpido del orden actual sobre sí mismo, su monólogo elogioso.

SEIS

La sociedad espectacular acondiciona el territorio y el tiempo ofreciendo diversas posibilidades, solamente en apariencia. Los individuos, sin embargo, están estrictamente obligados a residir en un espacio único: el mismo circuito de domicilios, oficinas, autopistas, vacaciones y aeropuertos siempre idénticos.

En la sociedad capitalista, las modernas formas de producción habían aglutinado, peligrosamente, a los trabajadores. Lograr la separación de los individuos fue una de las tareas del urbanismo, especialmente del así llamado movimiento moderno, tan difundido en los claustros universitarios. En una primera etapa se tomaron las necesarias medidas para mantener el orden en las calles y, progresivamente, se realizaron elogiadas reformas urbanísticas que culminaron con la supresión de la calle.

La sociedad espectacular ha procedido a la destrucción del medio urbano. El diseño urbanístico espectacular indica el grado de separación que dicha sociedad planifica. La dictadura del automóvil ha generado la aparición de autopistas que disgregan, definitivamente, el entorno urbano. Dichas autopistas conectan diversos centros: barrios cerrados, lugares de trabajo, zonas de vacaciones y centros comerciales, no lugares de consumo frenético y alocado. El diseño urbano del espectáculo es un digno mapa de la separación que, definitivamente, ha triunfado. La planificación urbana es una geología de la mentira.

La separación iniciada por el urbanismo espectacular es completada por los medios de comunicación masivos. El control se torna mucho más eficaz. Se organiza un circuito: vivienda – autopista – trabajo – autopista – centro de consumo – vivienda. Allí uno se conecta al ordenador o enciende el televisor y siente estar comunicado o informado a partir del consumo de imágenes. Nunca hemos estado tan separados. Es la producción circular de aislamiento. El automóvil, la televisión, la computadora, todos los bienes ofrecidos por el sistema espectacular son también las armas que permiten reforzar de modo constante las condiciones de aislamiento de las muchedumbres solitarias.

En los supermercados, los rascacielos y los lugares de vacaciones se hace evidente que la verdadera dicotomía moderna se sitúa entre organizadores y organizados, la misma oposición que entre actores y espectadores, fundamental para el espectáculo.

Los miembros de la Internacional Situacionista, grupo vanguardistas liderado por Guy Debord, estudiaban la psicogeografía: observación sistemática de los efectos que los diversos ambientes urbanos producen en el estado de ánimo. La exploración urbana se realiza mediante la técnica de la derive, paseos en los cuales los situacionistas se dejan llevar por las calles, vagando. La solución indicada por los situacionistas es el urbanismo unitario: una organización de ambientes verdaderamente humanos que no sólo permitan expresar sensaciones sino suscitar situaciones nuevas, permanentemente.

SIETE

El situacionismo no existe, afirmaban los situacionistas. Esto indicaba que lo que intentaron fue definir una postura, no una ideología pues Guy Debord y los otros miembros del grupo consideraban a todas las ideologías como alienaciones, un deseo de poder que se instalaba para ejercer poder sobre el resto de los individuos, una transformación de la subjetividad en objetividad, voluntad abstracta de lo universal.

Las palabras reforzadas por el sufijo “ismo” delatan una peculiar pretensión, una voluntariosa tendencia, a veces una hostilidad anticipada. Son palabras con destino a sectarios, a gentes que sólo han leído “un” libro, a los que “han jurado sus banderas y permanecen incondicionalmente fieles a la causa” (Ernst Jünger)

Para Debord, las ideologías son intentos para que un pensamiento se convierta en la verdad total universal. Es despotismo del fragmento que se impone como pseudosaber de una congelada visión totalitaria. Ese despotismo, en la sociedad actual, se realiza a través del espectáculo que expone, hasta la exasperación, la base de todo sistema ideológico, esto es: la separación entre el hombre y el hombre, el empobrecimiento y la negación de la vida real.

El espectáculo es la eliminación de límites entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y la imagen. Se rechaza lo vivencial en un reino de falsedad creado a partir de la organización de la apariencia. En un mundo así, el yo es destruido, se diluye en la imagen falsa de un mundo. El que soporta pasivamente su suerte cotidianamente extraña, es empujado entonces hacia una locura que le ofrece una reacción ilusoria ante esa suerte, recurriendo a técnicas mágicas. El reconocimiento de las mercancías y su consumo ocupan el centro de esta pseudorrespuesta a una comunicación sin respuestas. Una experiencia religiosa.

No hay mayor locura que la organización actual de la vida.

OCHO

Había que echarlo abajo todo. Y semejante programa no contenía más promesa que la de una autonomía sin freno y sin regla.
Esta era, en esencia, la propuesta de la Internacional Situacionista. El Grial por ellos buscado era el de la formula para destruir el mundo dominado por el espectáculo. Y construir uno nuevo, no gobernado por la mercancía, la imagen y el espectáculo, sino por la creatividad vivencial generalizada.

Se debían crear situaciones en la ambición de que la vida cotidiana se transformara en un hecho artístico. En este sentido, el situacionismo, comandado por Debord, abrevaba en Lautreamont, el dadaísmo y en la vivencia transformada en arte de la biografía de Arthur Cravan.

Nuestra intención no fue otra que la de hacer aparecer en la práctica una línea divisoria entre los que quieren más de lo que existe y los que ya no quieren más.

El origen de todas las separaciones que anidan en la sociedad tiene su origen en la primera de las separaciones: la del Poder. Una de esas esferas separadas es la cultura: su función fue la de representar la unidad perdida. En la sociedad espectacular, reino de lo separado, entonces, la cultura debe ponerse en duda a sí misma. En cuanto se le otorga la función de representar la imagen de aquello que falta, la cultura y el arte deben negarse como esfera separada encargada únicamente de ser la imagen de lo que falta y autodestruirse. Este arte es forzosamente de vanguardia y no es. Su vanguardia es su desaparición.

Los situacionistas pusieron en práctica dos medios para cuestionar al mundo espectacular y, a la vez, buscar uno nuevo en continuo movimiento. Uno de los medios era la dérive: ir sin rumbo por las calles en búsqueda de signos e imágenes que provocaran atracción o rechazo. La fórmula para trastocar el mundo no la buscábamos en los libros, sino vagando. El segundo de esos procedimientos es el détournement, tomar imágenes y hechos estéticos ya existentes y utilizarlos en un nuevo contexto de creación propia. Así, las imágenes generan nuevas asociaciones. Si en su película “Aullidos a favor de Sade”, Debord privaba al espectador de imágenes, en su película “In girum imus nocte et consumimur igni” toma escenas de películas ya filmadas, las roba y las monta acompañándolas con el texto. Las asociaciones provocadas son absolutamente nuevas, los sentidos que se generan son otros, las imágenes robadas al cine espectacular son utilizadas, en combinación con el texto, para discurrir en contra de ese cine y hacer una crítica a la sociedad espectacular que genera a ese cine espectacular. Esas películas de ficción robadas, que son ajenas a la mía pero que han sido trasladadas a ella, se encargan, sea cual sea su sentido anterior, de representar, por el contrario, la inversión de la “inversión artística de la vida” .
El objetivo del détournement es, para Guy Debord, además de tratarse de un poderoso medio de propaganda, lograr un mecanismo cultural al servicio de una bien entendida lucha de clases. Una verdadera herramienta artística proletaria.

Luego de los acontecimientos de Mayo del 68, se difundió el rumor de que Debord permanecía oculto, apoyando ciertas causas terroristas, cuando ciertamente siempre estuvo al margen de lo que él mismo denominó, de una vez y para siempre, espectáculo. La sencilla verdad, acaso más penosa para los aficionados y los caciques del actual espectáculo social, es que en toda mi vida jamás he aparecido en ninguna parte. Debord vivía en secreto y quien así lo hace es tomado por un clandestino y un clandestino, progresivamente, será tomado como un terrorista. Sin embargo, Guy Debord decidió prestar su imagen a la sociedad espectacular luego del asesinato de su editor, Gerard Lebovici, crimen en el cual los medios intentaron, en mayor o menor grado, involucrarlo. Por lo tanto y respondiendo al fracaso de las investigaciones periodísticas que intentaban encontrar la fotografía más actual de Debord (corría 1984), él mismo publicó una en su libro titulado, justamente, “Consideraciones sobre el asesinato de Gérard Lebovici”. Una verdadera inversión de la manipulación de la imagen de Trotsky comentada en el inicio de esta nota.

Guy Debord vivió al costado de la sociedad, absteniéndose de participar en ese mundo espectacular que había criticado, siendo como era un pensador conciente de las imágenes que dominan a la sociedad actual. He vivido, en suma, en todas partes, excepto entre los intelectuales de esta época. Lo cual es natural, ya que los desprecio; ¿a quién que conozca sus obras completas le extrañaría? Guy Debord, en su tarea de provocar la bancarrota de la sociedad espectacular dirigió diversas revistas, escribió un par de libros fundamentales, filmó seis películas, llevó la gasolina cuando se provocó el fuego de Mayo del 68 y organizó la Internacional Situacionista, la última vanguardia de nuestra época. Aunque he leído mucho, es más lo que bebí. He escrito mucho menos que la mayoría de los que escriben; pero en comparación con los que beben, he bebido mucho más. Puedo incluirme entre aquellos de quienes Baltasar Gracián (…) pudo alguna vez decir: “Existen aquellos que sólo han bebido una vez, pero hacerlo les ha llevado la vida entera”

A RETOMAR DESDE EL PRINCIPIO

*Autor
Jorge Hardmeier (1968) es arquitecto, dibujante y escritor. Ha publicado los lilbros de divulgación Artaud para prinicipantes (1998) y Edgar Allan Poe para principiantes (1999), ambos en colaboración. Editó dos libros de cuentos: Sobrespejos (1998, Editorial Botella al Mar) y Animales Íntimos (2002, Simurg) y forma parte de la antología La erótica del relato, escritores de la nueva literatura argentina (Adriana Hidalgo Editora, 2009). Colaboró con sus ensayos y entrevistas en diversas publicaciones y ha fundado dos revistas: El Anartista (1999 - 2005) y Expreso Nova, de actual circulación.