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La Ciudad de los Ojos
Carlos Gardini
Abrió los brazos, despedazó el ataúd, arañó la tierra, escupió el pasto y los gusanos que le llenaban la boca, se apoyó en el borde de la tumba como un nadador saliendo del agua.
Le hizo un corte de manga a Dios o al mundo. Había regresado.
No recordaba su nombre. Una semana atrás había muerto de cáncer en un cuarto de hospital con tufo a flores y remedios. Se había muerto con rabia, sabiendo que le quedaba algo por terminar, y sin saber qué era. Sus últimas palabras habían sido mierda mierda mierda, pero nadie las había oído porque no tenía fuerza para pronunciarlas.
Al morir no había tenido visiones idílicas con túneles de luz y coros angélicos. Después sí había tenido visiones, pero ya no las recordaba. Sólo sabía que durante largo tiempo había escuchado mierda mierda mierda, un Gloria cantado por ángeles borrachos.
Salió de la fosa bajo un húmedo claro de luna. Miró alrededor: hileras de tumbas, mármol blanco, negro, marrón, olor a flores mustias, retratos de difuntos sobre lápidas y cruces, inscripciones, dedicatorias de padres, hijos, cónyuges. Una ojeada a la inscripción de la cruz provisoria (Víctor Valle q .e. p. d.) le permitió recordar su nombre. Víctor Valle sonaba ridículo después de su viaje. Aún no sabía dónde había estado, pero el ritmo de las visiones le vibraba en el cuerpo y en la mente embotada.
Soplaba una brisa caliente. Era una típica noche de enero. Más allá de las altas paredes del cementerio flotaba el fulgor sucio de la ciudad.
Oyó un ruido. Se alarmó, pensó en volver a la tumba abierta. Sintió el miedo de estar en un cementerio de noche, hasta que recordó que él mismo era un muerto. No, no tenía miedo del cementerio, sólo de que lo viera alguien, de que un guardián lo sorprendiera. ¿Había guardianes? ¿Cómo cuidaban los cementerios de noche? Nunca se había puesto a pensar en eso. ¿A quién le importaba cómo cuidaban a los muertos? Era como la cárcel, el hospital o el manicomio. A nadie le importaba hasta que le tocaba vivir las cosas del otro lado. Ahora a él le tocaba el otro lado, aunque quizá vivir no fuera la palabra adecuada.
El ruido se repitió.
Vio pasar una sombra. Un animal, quizás un gato. Sintió alivio cuando la sombra se alejó. Inspirar miedo no era privilegio exclusivo de los muertos. El miedo era mutuo. Eran dos lados del espejo.
Se miró la ropa. Un traje andrajoso y maloliente, el que le habían puesto para velarlo y sepultarlo. ¿Cuánto tiempo había pasado? No mucho, pues aún no habían cambiado la cruz de madera por la de mármol. Se levantó, se sacudió la tierra. Se miró la mano. ¿Su carne también estaría andrajosa y maloliente? No, pálida y descolorida, pero entera. El olor a podredumbre venía de la mugre y la ropa, no de la carne.
Echó a andar. No le asombraba la fuerza descomunal con que había apartado la tierra y despedazado el cajón, pero le asombraba no tener las piernas entumecidas. Caminaba con soltura, como si estuviera vivo. Reconoció el cementerio de la Chacarita, trató de orientarse.
Iría hacia la puerta de la calle Jorge Newbery, donde no habría gente a esas horas. No quería que lo vieran. Era un muerto, pero se sentía como un convicto, un fugitivo.
¿Cómo saldría? Las puertas estaban cerradas. ¿Y si no fuera así, y si hubiera alguien, ese temido guardián? Soy un huésped, le diría, pero hoy tengo el día libre. Sacudió la cabeza. Chiste tonto, pero qué se podía esperar de un cadáver.
No lo vio nadie, y la salida dejó de preocuparle en cuanto se acercó al muro. La muerte le había dado un nuevo vigor. Podía trepar ese muro como una mosca, y luego saltar varios metros para caer en la calle.
El muro no era obstáculo, pero salir del cementerio no sería fácil. Algo lo succionaba, una fuerza que se oponía a su resurrección. La vasta hermandad de los muertos se negaba a soltarlo. Su conciencia era gelatina, y esa gelatina estaba pegada a ese coro numeroso. El coro entonó una advertencia: el mundo de afuera, con sus luces, era tan temible como el cementerio para los vivos.
¡El otro lado es espantoso!
Él respondió que para eso había vuelto. Tengo que ir al otro lado porque debo terminar algo.
El coro se volvió amenazador: irse era una traición, sería castigado. ¡Con cosas peores que la muerte!
El coro no mentía. Había cosas peores que la muerte.
Sé que seré castigado, pero no por esto, respondió.
Sería castigado por algo que había dejado de hacer, y por algo que aún no había hecho.
***

Avanzó contra esa corriente, no se dejaría vencer. Estaba cumpliendo un mandato. En las voces del coro había envidia, pero Víctor Valle sospechaba que aquello que debía hacer no era envidiable.
Un pájaro surcó la noche, se posó en un árbol. El aleteo sonó como el estruendo de una catarata. La muerte le había aguzado los sentidos.
El mugido del coro se intensificó. Otro pájaro fue a posarse en el árbol.
El coro insistió, reclamándole que regresara. Pero el mandato de la Voz lo inspiró. (La Voz, pensó. Recordaba la textura de esa Voz, pero no qué le había dicho.)
Se desprendió de ese coro gelatinoso caminó hacia el muro, saltó a la calle y fue hacia las luces, hacia la ciudad. Antes de llegar a la plaza iluminada, a la calle Corrientes, temió llamar la atención con su apariencia. Después pensó que pasaría por un ciruja. Había tantos muertos de hambre en la calle que nadie se fijaría en un muerto más. Apuró el paso enérgicamente.
Víctor Valle recordó que amaba esa ciudad, o la había amado. Recordó su colección de discos de tango, su afición por los diccionarios de lunfardo, su conocimiento de bares y tugurios. Ahora, al caminar las veinte o treinta cuadras que lo separaban de su casa, ese amor se extinguía. La ciudad era ruidosa, sucia y caótica. Recordaba otras ciudades que lo habían fascinado, y también eran ruidosas, sucias y caóticas. Siempre eran así, por eso lo fascinaban. Claro que había ciudades limpias, y ciudades apacibles, y ciudades ordenadas, pero en su catálogo personal no figuraban como ciudades. Mendoza no era una ciudad, ni Berna; ni siquiera Venecia era una ciudad, sólo un fantasma, una seductora reliquia. Y Nueva York, la Madre de las Ciudades, era la Madre del Ruido y la Roña. Las ciudades eran cosas putrefactas, y él, que había nadado en putrefacción, ya no entendía ese amor, esa fascinación por lo corrupto.
Había visto la Ciudad de los Ojos, con su lustre de savia, sangre y semen.
Poco a poco recordó cosas, jirones de imágenes. Su mujer se llamaba Marta, que también era un nombre ridículo, como eran ridículas las formas de las calles, los colectivos, la gente. Todo estaba al sesgo, todo parecía chato, unidimensional. Todo era menos que antes.
Se preguntó cómo lo recibiría su mujer. ¿Qué podía decirle un muerto a su viuda? Y a medianoche, cuando todos dormían. Mala hora para regresar de la tumba. ¿Qué pasaría si Marta le cerraba la puerta en la cara? Quizá ni siquiera le abriera la puerta del edificio. ¿Y él sentiría hambre, frío, sueño? Hasta ahora no sabía lo que sentía. Estaba confundido, perdido. Era un hombre empecinado que había vuelto de donde pocos lograban volver, pero también era un alma en pena que sólo ansiaba volver a casa.
Miró con nostalgia el menú de una pizzería, siguió andando y cruzó el paso a nivel sin prestar atención al campanillazo de advertencia. Cruzó las vías clavando los ojos en el tren que se acercaba, escuchando la música de ese traqueteo amenazador.
Las cosas recobraban su relieve. El tren y la pizza eran estimulantes después de una resurrección.

***

—Soy Víctor —dijo cuando tocó el portero eléctrico. Soy Víctor, sin disculpas ni aclaraciones.
—Ya bajo —dijo Marta, sin hacer preguntas.
Eso lo tranquilizó, pero de inmediato lo alarmó. ¿Por qué Marta no hacía preguntas? Ellos no conocían a ningún otro Víctor. ¿Tan pronto le había creído? ¿Lo estaba esperando? No podía tomar su regreso con tanta naturalidad. Víctor no se animó a tocar de nuevo, pero temió que ella no bajara. Quizás estuviera dormida al atender: había respondido automáticamente al oír su voz, pero luego había vuelto a la cama. Sin duda estaría dopada con calmantes, reponiéndose de la agonía y muerte de su marido. ¿Y cómo era Marta? Sólo recordaba un borrón.
La reconoció en cuanto ella apareció en el pasillo del edificio.
Marta abrió la puerta. Estaba dopada, en efecto, y tenía los ojos vidriosos, pero no gritó ni berreó ni lloró ni se desmayó.
—Pasá —dijo con voz seca.
Lo hizo pasar, cerró la puerta, lo llevó hacia el ascensor. Le sostenía el brazo como cuando él estaba enfermo y ella lo acompañaba en el hospital. Ahora Víctor se sentía más fuerte que entonces, más fuerte que nunca, pero se dejó llevar. Marta no dijo una palabra hasta que llegaron al departamento.
Cuando entraron, echó llave y apoyó la frente en la puerta, dándole la espalda.
—Sabía que me harías esto —dijo.
—¿Qué te haría qué?
—Volver. Lo presentía.
—¿Lo presentías? ¿Conocés a mucha gente que haya vuelto?
Ella sacudió la cabeza, no respondió. Dio media vuelta y caminó despacio, sin mirarlo.
—No querías que volviera —dijo Víctor.
—No sé qué quería.
—Tenía que volver —dijo Víctor.
—Y aquí estás. Y yo no sé qué hacer con mi dolor —dijo Marta. Se desplomó en una silla del comedor diario. Se apoyó la cabeza en las manos.
Víctor no supo qué decir. No podía decirle que se iría si la molestaba. ¿Adónde iría? Ni siquiera recordaba quién era. Sólo un nombre y algunas imágenes deshilachadas.
Marta irguió la cabeza.
—Sacate esa ropa y tirala —dijo—. Apesta.
Se levantó, lo llevó hasta el dormitorio, abrió el ropero. Víctor notó que no había muchos cambios, y al notarlo sintió que poco a poco se aclimataba, se recobraba. Reconocía objetos, evocaba recuerdos asociados con ciertos adornos. También notó un aire de ausencia, y comprendió que esa ausencia era la suya.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó—. Desde que…
—¿Desde que te moriste? No sé. Días. Pero no sé cuántos. Nunca fui buena para contar los días.
—¿Todo bien?
—¿Todo bien? ¿Qué pregunta es ésa? Todos me la hacen últimamente, y lo entiendo, pero no la esperaba de vos.
Víctor extendió los brazos. Iba a responder algo, pero no pudo. Marta le dio una palmada afectuosa en la mano.
—Andá, sacate esa ropa y date un baño, que buena falta te hace.
Víctor cabeceó.
Entró en el baño alegrándose de reconocer más objetos, de sentirse más Víctor Valle. El nombre ya no le parecía tan absurdo. Poco a poco la carne se reacomodaba. La resurrección era un proceso lento, como un postoperatorio.
Cuando fue al dormitorio a cambiarse, Marta lo esperaba sentada en la cama.
—Quiero ver mi habitación —dijo él con timidez.
—Todo está igual —dijo ella—. No he tocado nada.
—Claro.
No confesó que no hubiera reconocido los cambios a primera vista. Aún no recordaba con precisión quién era ni qué hacía, pero estaba seguro de que lo recordaría en cuanto entrara en ese lugar que había llamado «mi habitación». Sabía que no la llamaba «mi pieza» ni «mi cuarto» ni «mi estudio», pero no recordaba qué había dentro. La muerte te tritura la mente, pensó. Pero volví para algo, y tengo que averiguar qué.
—Quiero ver mi habitación —insistió.
Aún no sabía qué debía hacer, pero sabía que debía hacerlo en ese lugar.
Marta se levantó y él la siguió.
A su habitación.
A la meca de su peregrinaje.

***

La meca de su peregrinaje era un cuarto pequeño, despojado: biblioteca, estéreo, sillas, escritorio, computadora, discos, su colección de tangos. Reconoció todo en cuanto lo vio. Eso era él, eso era Víctor Valle. Frente al escritorio había una reproducción de un grabado de M. C. Escher, una mano dibujando una mano que dibujaba la mano que la dibujaba.
Quería cerrar la puerta, estar solo para saborear ese territorio tan suyo y tan desconocido. Al volverse vio que Marta se había ido, como admitiendo que no quería entrometerse en ese momento privado y sagrado.
En una repisa vio libros con su nombre en la tapa. Cuentos, novelas, artículos. A eso se dedicaba, pues.
Empezaba a comprender a qué había ido.
En su interior hablaban dos personas, una que entendía, otra que se negaba a entender.
Tenía que escribir la crónica.
¿Qué crónica?
La crónica del viaje.
¿Qué viaje?
Aún no lograba recordar. Sabía que era una travesía, y algo más que una travesía.
El viaje por el río de las almas.
Vio un río negro y lustroso en un paisaje subterráneo.
Quitó la funda de la computadora, encendió la máquina. La máquina zumbó, dio el mensaje de bienvenida, desplegó iconos en la pantalla.
Víctor se sentó. Miró la textura del fondo de pantalla, que era como granito marrón, y recordó que había nadado a través de la tierra, escupiendo pasto y lombrices.
Movió el mouse, tocó un icono con el puntero. Cliqueó. El procesador de texto empezó a cargarse con un zumbido de disco. Le recordó el proceso de su cuerpo despertando en el cementerio. Un zumbido, una vibración de la carne.
Pensó en su cuerpo como un icono.
Clic clic. Estoy vivo.
Recordó.
Mientras agonizaba en el hospital, en medio de los retortijones de dolor, la humillación de los pinchazos, el tufo de sus excreciones, las palabras de consuelo, la coercitiva amabilidad de las enfermeras, en medio de su dolor y el dolor que le provocaba el dolor de Marta, había iniciado un viaje.
Era un viaje hacia adentro y hacia abajo. Su mente se sumergía, nadaba en un río subterráneo. A veces el cuerpo la llamaba con sus aguijonazos, temblores, desgarros, su necesidad de comer, orinar y defecar, y entonces él emergía abruptamente, como un ahogado buscando aire. No, quiero irme de aquí, decía. A veces lo atosigaban con calmantes, y nadaba en una bruma donde no había dolor ni viaje, sólo embotamiento.
Pero cuando lograba sumergirse, veía que el río donde nadaba era un río del alma, un río de almas, un río-alma. Si abría los ojos de ese alma, veía la ciudad hacia donde iba. La llamaban la Ciudad de los Ojos, un lugar de apariencia repulsiva, pero también una gema radiante.
Y oía una voz. Una Voz.
Quería representar esa Voz con palabras, escribir esa Voz, pero estaba en coma, a kilómetros de distancia del mundo.
Y de pronto todo se esfumó, la imagen de una película quemada retorciéndose en la pantalla. Sintió los labios de Marta en la frente, oyó un susurro de Marta que era un ruido de hojarasca, y él se fue murmurando mierda mierda mierda con labios que se negaban a abrirse.
Ahora, en su habitación, evocaba todo con nitidez.
Después de la muerte seguía un período de nulidad y oscuridad. Había despertado en el ataúd, pero no con sensación de encierro, sino como un hombre tendido en una barca.
La barca se movía, descendía. Él emprendía nuevamente el viaje que había vislumbrado en su agonía, pero con mayor vividez. Al principio la tierra parecía cemento blando, o agua lodosa. Bajo el cementerio se extendía un mar turbulento que primero era fango y luego era lava, el río-alma que había entrevisto durante el coma. Descendía hacia un lugar como si lo llamaran. No le asombraba ver a través del ataúd. Una vasta comunidad de muertos lo acompañaba.
Sintió un tirón en la cabeza, como si una tenaza le arrancara recuerdos, pensamientos o trozos de cartílago. El tirón se transformó en succión.
Oyó la Voz, que era un huracán.
Veo tus secretos, dijo la Voz.
Víctor ya no iba en el ataúd, en la barca. Caminaba por un pasaje que también era una calle, una cloaca y una llanura. Las formas eran líquidas y escurridizas, y también las palabras de la Voz.
Veo tus secretos también era Quiero tus secretos, y Quiero tus secretos también era Quiero tus recuerdos, y Quiero tus recuerdos también era Mastico tu cerebro. Era un torrente de palabras que no eran palabras, un ritmo que decía muchas cosas al mismo tiempo, pero sin ambigüedades ni incoherencias. Eran palabras que eran colores que eran formas.
Eso buscaba yo, se dijo Víctor.
Ah, tu secreto, dijo la Voz. Y secreto también era culpa y añoranza.
La Voz cobró una forma, la forma de un mártir frenético, amarrado a la hoguera, contorsionándose de felicidad en las llamas.
Necesitamos tu inspiración, dijo la Voz. Inspiración también era respiración y ambición.
Qué sos, qué eres, qué es usted, preguntó Víctor, y pensó que la Voz se reiría de su vacilación.
La Voz no se rió.
Soy un instrumento, dijo.
La Voz era estremecedora en su familiaridad. Era la voz de un viejo amigo en un café, no la de un Jehová tonante a lo Cecil B. De Mille. Era risueña, como si no se tomara demasiado en serio.
Necesitamos tu presencia, dijo la Voz. Presencia también era decencia e influencia.
Las palabras de la Voz eran agua moviéndose con un ritmo musical que no necesariamente era melodioso. Eso buscaba yo. Sí, era el ritmo que él había buscado, y al que había renunciado.
En su habitación, Víctor cerró los ojos, pensando en ese ritmo.
Al abrirlos, notó que había dejado de escribir y miraba la repisa donde estaban sus libros. Por un momento creyó que todo había sido una pesadilla. No se había muerto, sólo se había dormido con la cabeza en el teclado. Pronto se iría a la cama, por la mañana le prepararía el desayuno a Marta y le contaría que había tenido un sueño raro donde él se moría y resucitaba. Ella, bromeando, le tomaría el pulso.
Víctor se tomó el pulso.
No había pulso.
La repisa y los libros se volvieron borrosos.
Repisa. Libros.
El ritmo que había buscado, y al que había renunciado.
Recordó. Sus primeros libros narraban historias donde no había barreras entre los muertos y los vivos, entre lo animado y lo inerte. Con torpeza de principiante, Víctor buscaba un ritmo que coincidiera precisamente con lo que describía, un ritmo contagioso y pegajoso que transmitiera espanto y exaltación a la vez. Los críticos habían hablado de efecto poético, pero él no buscaba un efecto sino una música.
La repisa y los libros recobraron su nitidez. Víctor vio la leyenda «Ediciones Montero» en las tapas y recordó a Vicente, su editor. Vicente Montero era un gran ególatra, un gran amigo y un gran lector. También era un especulador financiero y un apostador compulsivo.
—Por eso publico libros como los tuyos. Porque me gusta apostar —le había dicho—. Gano plata con otra cosa y después la pierdo en este juego.
Después de los primeros libros, le había aconsejado que «cambiara de ramo».
—Esto es sensacional, y lo hacés bien, y recibe muy buenas críticas. Pero a la gilada no le gusta.
Vicente se consideraba un progresista que creía en su papel de redentor de las masas, aunque ya nadie usaba estas palabras, pero también creía en su olfato comercial. Tenía empatía con la gilada, como él decía.
—Para la gilada esto es fantasía, no es real. No es adulto.
—¿Adulto?
—Sí, adulto. Escribí sobre una mujer que sorprende al marido en la cama con un amigo. Hablá del sida. Eso es adulto. Y la crisis, por supuesto.
—¿Qué crisis?
—Cualquier crisis. Crisis económica, crisis de los cuarenta. Eso es seguro.
—Pensé que te gustaba apostar.
—Ya aposté, y gané —dijo Vicente con su sonrisa triunfadora.
Había escrito adulto, un par de novelas sobre parejas separadas, hijos adictos, mujeres desairadas y funcionarios corruptos, un eficaz rosario de opresiones, represiones y depresiones. Las escribió en broma, pero las tomaron en serio. Críticos aduladores citaban sus frases más sentenciosas y latosas como denuncias del «autoritarismo latente en nuestra sociedad», y sus pedestres escenas eróticas como «osadas exploraciones del Deseo». Las ventas crecieron, ganó un par de becas. No se hizo rico, pero fortaleció sus finanzas y su ego. Vicente estaba encantado.
A Víctor no lo preocupaba la cantinela eterna de esos colegas temerosos de «prostituirse», de entregarse al «mercado». No le avergonzaba pagar sus deudas con lo que escribía mientras otros peroraban sobre justicia social y otras vaguedades, pero se sentía desviado. Su afán de buscar un ritmo no era una veleidad literaria. Ni siquiera escribir era una veleidad literaria. Escribir, buscar el ritmo, era como respirar, y él había dejado de respirar.
En eso, o por eso, lo había sorprendido el cáncer. Y en el abismo del coma, el cáncer le había devuelto la visión que él había abandonado.
Pestañeó, miró el monitor. Apoyó las manos en el teclado y siguió escribiendo. Las letras formaban palabras, frases y párrafos que ondulaban líquidamente en la pantalla.
Renuncié al ritmo, escribió, renuncié al ritmo.
Regresó a su crónica: el río de las almas, la Voz, la forma flamígera del mártir.
Ya veo, dijo la Voz con voz socarrona. ¡La Misión del Artista!
Víctor no afirmó ni negó, pero sintió vergüenza.
Misión, protección, salvación, función, dijo despectivamente la Voz.
Detrás de la forma flamígera del mártir Víctor vio una montaña radiante, un fogonazo de luz que lo encandiló.
La Ciudad de los Ojos, explicó la Voz.
En cuanto dijo Ojos, Víctor distinguió con mayor claridad. La montaña no era una montaña sino un cúmulo, un amontonamiento de ojos enormes y palpitantes, con un lustre de savia, sangre y semen. Aunque él navegaba o caminaba por el río de las almas, aunque era un muerto, sintió repulsión por lo que veía, ganas de vomitar. Pero miró de nuevo, y lo que vio ya no era repugnante sino esplendoroso. Los ojos eran gemas.
Qué es la Ciudad de los Ojos, preguntó o declaró. Y ciudad también era racimo y sinfonía, y ojos también era llama y resplandor.
En la Ciudad de los Ojos el mundo se mira a sí mismo en un fulgor incandescente, dijo la Voz.
La Ciudad de los Ojos era un ojo que se veía a sí mismo. Los ojos eran las almas que se fusionaban. Era la conjunción de las almas que eran capaces de esa conjunción, y la aspiración de las almas que aún no eran capaces. Y almas también era labios y párpados.
Caminó por calles de ojos, entre paredes de ojos, bajo árboles de ojos. Había ojos tristes, ojos alegres, ojos risueños, ojos bizcos, ojos negros, ojos azules, ojos legañosos, ojos con cataratas. En ventanas de ojos asomaban pares de ojos curiosos. No eran perfectos, y en eso radicaba su perfección. En la Ciudad de los Ojos el mundo se miraba y con esa mirada se creaba a sí mismo. Estaba del otro lado, pero con su existencia desaparecían los lados. Era el reflejo cambiando la imagen original.
Esto es real, dijo la Voz. Y real también era ilusorio.
Víctor sabía perfectamente que esos ojos lo miraban, y también sabía perfectamente que donde él veía ojos otros verían otra cosa. No era una ilusión. Eran ojos, sí, pero había otras facetas que él no veía y otros sí. La Ciudad de los Ojos anudaba todas las visiones, que otros percibirían como todas las melodías o todos los sabores o todas las texturas.
La ciudad era un vasto koan Zen, una paradoja suprema que sólo era posible en la muerte. Muerte también era simiente.
La forma del mártir cambió. Se convirtió en un animador vestido de payaso que anunciaba las maravillas de la ciudad ante una muchedumbre de turistas. ¡Pasen y vean!
Con cada frase, el prodigio se convertía en una postal o en una foto de vacaciones, lo extraño se volvía empalagosamente familiar. Víctor trató de no oír el pregón del animador.
La Voz era menos pura, más chillona. Ya no era una Voz, y la Ciudad de los Ojos ya no era una gema sino una baratija.
Comprendió lo que la Voz quería decirle. Comprendió la intuición que él mismo había tenido antes de morir. Comprendió que ese mundo era más prosaico porque él se había desviado.
¿Porque él se había desviado?
Sin duda era víctima de una deformación profesional, o una arrogancia suprema. Su desvío no podía tener tanta importancia.
No te corresponde decidir eso, dijo la Voz. Tu soberbia es pensar que el ritmo te pertenece. Cada cual empobrece o enriquece la Ciudad con sus actos.
¿Cómo podía saberlo?

La ignorancia no es excusa, dijo la Voz. Tendrás que volver.
¿Volver?
Al otro lado.
Víctor se intimidó. Sospechó que la vuelta no sería placentera. ¿Todos tienen ese privilegio?
No todos, y no es un privilegio. Además se paga un precio.

Un precio, repitió Víctor.
Nadie cruza esa barrera sin pagar un precio, dijo la Voz.
¿Qué gano yo con cruzarla?
El ritmo no te pertenece. Tu ganancia es lo que menos importa,
dijo la Voz.
¿Y qué deberé hacer cuando vuelva?
Viaje ahora, pregunte después, dijo el animador vestido de payaso.
Y Víctor se encontró bajo el suelo del cementerio, destrozando la madera del ataúd para salir. Se enorgullecía de haber vuelto, aun sabiendo que el orgullo era un error.
***

El orgullo era un error, escribió Víctor, y miró el reloj de la pantalla.
Había escrito como en trance durante un par de horas. Ahora sentía la presencia del ritmo en la sangre, en esa sangre que no palpitaba, y también sentía el reclamo de la hermandad de los muertos. Pero con el ritmo sentía algo más potente. Marta, que tan borrosa le había parecido desde su resurrección, apenas una vocal jugando a la rayuela entre tres consonantes, había cobrado relieve y presencia.
El ritmo le había permitido recuperarla porque Marta respiraba con ese ritmo, porque Marta le había mostrado el ritmo en sus mejores momentos. Al alejarse del ritmo, se había alejado de ella, porque el ritmo tenía la vibración del amor. Guardó el archivo, salió de la habitación, vio luz en el dormitorio y fue a buscar a Marta. La encontró sentada en la cama, con una taza en la mano. Al verla así, en bata, despeinada y lánguida, sintió un arrebato de adoración, se sintió vivo.
—¿Querés un café? —preguntó ella.
—Sí, quiero un café. Pero antes quiero besarte.
Ella no se movió.
—Soy tu viuda —dijo, con una mezcla de temor y pudor.
Era la frase perfecta, y en cierto modo era cómica.
Víctor se echó a reír.
Marta también se echó a reír.
Por un instante recobraron la espontaneidad y la alegría que la enfermedad les había arrebatado.
—¿No vas a besarme? —replicó Víctor, aún riendo—. ¿Sólo porque estoy muerto?
La idea de acostarse con su viuda lo excitaba. Era algo que nunca había probado. Ella se contagió la excitación, pero ambos vacilaron un instante. Una frontera los separaba. Ninguno de los dos sabía si quería cruzarla.
Fue Marta la que franqueó la barrera del miedo. Víctor notó que ella se recobraba como por milagro del efecto de los tranquilizantes y se le acercaba con lánguida voracidad.
El ritmo.
El ritmo de la Voz, el ritmo de la crónica que había escrito, el ritmo de la fiebre que compartían. El ritmo los fundió como se fundían las miradas en la Ciudad de los Ojos. Víctor se preguntó cuál era el castigo prometido. ¡No había castigo! Sólo vaivén, carne muerta fusionándose con carne viva, un espasmo de gloria.
Después se quedaron un rato en silencio.
Muchas más cosas se le aclaraban a Víctor. Escenas enteras de su vida acudían a su mente, incluso escenas que no recordaba ni siquiera cuando estaba vivo.
—Vicente me preguntó por vos —dijo Marta.
—¿Te preguntó por mí? ¿Por mi salud?
—Me preguntó cómo habían sido los últimos momentos.
—¿No fue a verme?
—¿Al hospital? No mucho. Vicente no sirve para esas cosas.
—Y te preguntó si había dejado algo escrito.
—¿Qué tiene de malo? —dijo Marta—. Después de todo estuvo con vos desde el principio. Son muchos años de amistad.
—Una amistad que le convino.
—¿Y a vos no?
Víctor reconoció que ella tenía razón, pero no lo dijo. Le sorprendió que la muerte no lo hubiera redimido de esa terquedad pueril.
—¿Y además qué podía decirle? —preguntó Marta—. ¿Mandarlo al cuerno?
—Por ejemplo.
—Para vos es fácil decirlo. Yo no estaba de ánimo para eso. No sabés lo que es perderte.
Víctor quiso protestar, decir que él también la había perdido, pero supo que era otra puerilidad. Era él quien se había ido. Era él quien había emprendido el viaje. Agachó la cabeza. Le besó las manos.
—Perdón —dijo, y sintió lágrimas en los ojos. ¡Lágrimas! Era la primera vez que lloraba desde su resurrección. Se recobró—. ¿Y qué le dijiste?
—¿Qué iba a decirle? Que no había nada. Hice tal como me habías dicho. Tiré todos los borradores e impresos, y también los archivos inconclusos que dejaste en la máquina.
—¿Aunque presentías que volvería? —preguntó Víctor, con cierta mezquindad.
—¿Por qué no? Si podías volver, podías reconstruirlos.
—¿Cómo fue?
—¿Cómo fue qué?
—¿Cómo fue que lo presentiste? ¿Cómo presentiste que volvería?
—Lo vi en sueños. Vi ojos que me miraban. Vi ojos y sentí un ritmo.
—Como el de recién.
—Sí, como el de recién.
Víctor cabeceó. Sentía en la cabeza otro ritmo, el coro de los muertos que lo reclamaba.
El castigo es la despedida, pensó.
Sintió un abatimiento que borró su euforia anterior.
—Volviste —dijo Marta, leyéndole el pensamiento—. Pero no para quedarte.
—No puedo quedarme. Aunque quisiera, no podría quedarme.
Quería disculparse, pero ella lo silenció con una mueca.
Víctor asintió. Si la primera separación había sido dolorosa, ésta sería intolerable. Al menos la enfermedad había tenido un desenlace. Si las puertas de la muerte quedaban abiertas, ella siempre tendría esperanzas de que él volviera otra noche. Esa esperanza sería su peor enemiga.
—No podría volver más, aunque quisiera —insistió, pero ella lo hizo callar.
La herida no se cerraría nunca. La vida de Marta estaría consagrada a un posible regreso, aunque ella supiera que él no volvería nunca. Agonizaría a cada minuto. No podría recobrarse del dolor porque no querría recobrarse. Anhelaría continuamente lo que recién habían tenido, la fusión de la carne muerta con la carne viva.
Víctor tuvo un fogonazo de comprensión. El castigo no es sólo la despedida. Es algo peor.
Tendría que vejar ese cuerpo que amaba. Para abreviar el sufrimiento de ambos, tendría que matar a Marta.
La miró a los ojos, buscó una respuesta. En los ojos había un Sí, pero en los labios había un No.
Tendría que hacer lo que ambos querían que hiciera, pero ella se resistiría, porque estaba viva, porque estaba del otro lado del espejo.
Él debía ser su liberador y su verdugo.
Y cuando regresara al otro lado, también debería afrontar el castigo por ser el verdugo. Tendría que reparar ese acto, pero de lo contrario tendría que reparar algo peor, una despedida cobarde. La imagen y el reflejo se habían unido, no podían desprenderse.
No puedo hacer esto, le dijo al coro.
—Tengo que irme —le dijo a Marta, e intentó levantarse.
Ella se quedó tiesa, irguió los ojos, le clavó una mirada de súplica y reproche. Temblaba. Todo su cuerpo era una convulsión de ansiedad y terror. No decía nada, pero sus ojos lo decían todo.
Ojos que lo miraban, pensó Víctor, y al mirarlo se miraban a sí mismos.
Se levantó.
—Tengo que irme —repitió.
No puedo hacer esto.
¿Hacer qué?,
cantó el coro.
Ni siquiera quiero nombrarlo.
Marta se levantó sin soltarle las manos.
—¿No querés ese café? —dijo, pero el tono de las palabras desmentía las palabras. La pregunta no tenía nada que ver con el café. La pregunta era otra, y no se animaba a decirla.
Víctor la abrazó con todas sus fuerzas.
La miró, quiso besarla. Ella seguía temblando.
No podía matarla, pero no podía abandonarla.
Acalló sus pensamientos y sentimientos. Los anuló, los desactivó, los desconectó. No podía pensar ni sentir para tomar esa decisión.
Agradeció que la muerte lo hubiera fortalecido de esa manera. Agradeció el poder de sus músculos, que podía silenciar el poder de sus emociones. Cerró los ojos y tomó la cabeza de Marta entre las manos, aferrándole la barbilla y la nuca como si fuera a besarla en las mejillas, en la frente, en un gesto de ternura que era —notó en los ojos de ella— inesperadamente brusco. Ese gesto de ternura era un acto de amor y una traición.
Le torció la cabeza con un golpe seco. El cuello crujió, y el crujido hizo brincar el corazón de Víctor, aunque ese corazón ya no palpitaba.
El horror lo paralizó. El crujido retumbaba en su cabeza, hendiéndole el cerebro. Soltó a Marta, y el cuerpo flojo se desplomó. Víctor se arrodilló frente al cadáver. Quería llorar, emborracharse, suicidarse.
Suicidarse. Eso tenía gracia.
Como un sonámbulo, fue hasta la ventana y entreabrió una cortina. Vio que el cielo ya estaba gris. Amanecería pronto, y él no soportaría ver el fruto de sus actos a la luz del día.
***

De nuevo anuló sus pensamientos y sentimientos. Su mente adquirió la frialdad del acero.
Volvió a su habitación, copió su crónica a un disco y guardó el disco en un sobre dirigido a Vicente. No era importante que lo publicara o no. El lustre de la Ciudad de los Ojos se reforzaría con la sola existencia del texto, y bastaba con que el ritmo estuviera precariamente apresado en palabras, pero en todo caso era importante que otros lo compartieran. En un papel escribió: «Para que sigas apostando». Lo firmó y sonrió. Vicente notaría que no era un escrito que hubiera quedado de antes. No sólo la crónica citaba el día y la hora de la muerte de Víctor, sino que Vicente era demasiado buen lector como para no sentir, no respirar, el viejo ritmo. Sabría que él había vuelto, aunque se negara a reconocerlo y atribuyera esa crónica a un bromista perverso. En todo caso, tendría algo en qué pensar mientras se divertía con sus apuestas.
¿Qué haría con Marta? Podía llevarla consigo, para que iniciaran el descenso juntos, pero sólo empeoraría las cosas. ¿Qué dirían los parientes y amigos? El espanto de una desaparición sería más desgarrador que el espanto de una muerte violenta e inexplicable. Levantó a Marta, la tendió en la cama, la acomodó delicadamente, le besó los labios. La cabeza floja rodó a un costado y le evocó el horror de su acto. Recordó que ella lo sostenía en el hospital, sostenía su peso muerto para ayudarle a comer y orinar, y le temblaron las manos.
No podía perdonarse lo que había hecho. No podía perdonar que no hubiera tenido más remedio. El castigo había sido tan espantoso como había temido. El precio había sido más alto de lo que había pensado.
Se fue, dejando las luces encendidas, la puerta entreabierta.
Desanduvo las veinte o treinta cuadras que había caminado esa noche.
El cielo aún estaba gris cuando llegó al cementerio. El coro de voces, la hermandad de los muertos, llamaba y reclamaba. Víctor estaba agotado, pero ese coro le dio fuerzas.
Saltó el muro, caminó hacia su fosa. El rocío salpicaba las flores de las tumbas. El cementerio, que horas atrás le había parecido misterioso, le resultaba tan prosaico como un hotel o un aeropuerto, un lugar de tránsito.
Se acomodó en su cajón despedazado. Con ese vigor sobrehumano que había obtenido en la muerte, se dio sepultura a sí mismo. Pensó en los cuidadores, que verían la tierra removida, se rascarían la cabeza intrigados y al fin emparejarían el suelo sin hacerse más preguntas.
Se relajó en el cajón, cubierto de tierra, raíces y lombrices.
Cerró los ojos. Le rezó a Marta, le pidió perdón. Sabía que en ese momento ella pasaba por ese período de oscuridad y nulidad, el principio de la muerte. Volvió a oír el chasquido del cuello partido. Tiritó de espanto. Ese acto monstruoso era el precio que había debido pagar por el regreso. Ahora debía pagar por ese acto monstruoso.
Lo pagaría con su espera.
Dos o tres días, mientras la encontraban, la velaban, la sepultaban. Trató de no pensar en la nueva vejación que sería la autopsia. Trató de pensar sólo en su crónica, la historia que había escrito como en trance. Aun antes del descenso, ya notaba un cambio. Las voces de los muertos eran más ricas, más profundas. La crónica surtía su efecto, el reflejo modificaba el espejo, la Ciudad de los Ojos recobraba su lustre.
El coro lo desgarraba como el cáncer lo había desgarrado en sus últimos momentos de agonía. Sintió la tentación de ceder al reclamo de los muertos, de reunirse con ellos de inmediato para atenuar el tormento, pero resistió. Necesitaba el estigma de este dolor para redimirse ante su mujer.
Cuando ella llegara a ese laberinto de tumbas, se encontrarían en el mar terroso que se encrespaba bajo la superficie del cementerio. Esta vez bajaría con ella, un descenso nupcial.
Clavó los dedos en el ataúd, aguantando cada latigazo de esa música hiriente que lo reclamaba.
Todavía no, le respondía al coro.
Olvidó su nombre, olvidó quién era. Sólo recordaba un ritmo, y sabía que esperaba a alguien, aunque no sabía a quién. Cuando ella llegara, la reconocería por el ritmo, y viajarían juntos.
En su barca, por el río de las almas.
A la Ciudad de los Ojos, donde el mundo se miraba a sí mismo en un fulgor incandescente.
*