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Imágenes argentinas de la política y la literatura
Alejandro Boverio*

No hay demasiado de qué hablar, pero hay que seguir hablando decía Beckett indicando tal vez del modo más sensato la intensificación de una fragmentación en todos los ámbitos de la vida, o mejor dicho, la propia fragmentación de una época. Ya no estamos en la época de la imagen del mundo, hoy en día hay miles de imágenes batallando entre sí que no sólo no reflejan nada, sino que además no alcanzan una coherencia entre ellas. Era Heidegger quien, desde un punto de vista eminentemente crítico, se refería a la modernidad como la época de la imagen del mundo, en su carácter específicamente representacional. La época actual ha dado un paso más, ha desprendido la imagen de cualquier dimensión referencial y la ha constituido en un absoluto: la imagen pura. El espectáculo es, entonces, su forma más eminente, y por ello los trabajos de Guy Debord son sin dudas una referencia obligada para volver a pensar el problema, como lo ha hecho Jorge Hardmeier en su magnífico artículo para este dossier. Hay usinas de imágenes, usinas imaginativas de las que la imagen es un mero efecto: el efecto visible de dispositivos invisibles. Y la comunicación política no es más que un juego de efectos y contra-efectos que miramos por televisión. Ello tiene un nombre preciso en los programas políticos argentinos: el debate electoral. Hay que comunicarse, la política sin comunicación es imposible. ¿Pero qué es comunicarse? La fuerza de la imagen no hace otra cosa que efectuar un movimiento que podría pensarse como comunicativo, pero que sin dudas no lo es. Las imágenes pueden, por supuesto, constituir un lenguaje, pero, a diferencia de la palabra, se presentan de un modo compacto, sólido, lleno. La palabra, lo sabemos desde antiguo (basta referirse al mito de Theuth y Thamus) es pasible de interpretación, y es por ello que era necesario eliminarla del mundo de lo político si era preciso mantener el poder en pocas manos: toda interpretación lleva intrínsecamente el riesgo de la perversión, de la subversión (Borges lo sabía bien). Pero sigue siendo necesario comunicar. Con el uso de la imagen ese riesgo disminuye enormemente: la imagen se muestra con mucha más fuerza como aquello que no es pasible de ser interpretado. La imagen se presenta como un bloque homogéneo, y como tal se dirige a los sentidos en tanto una totalización inanalizable, o acaso mucho menos analizable que cualquier otro lenguaje: no es posible descomponer en partes la fuerza con la que la imagen se impone. Brinda explicaciones simples y, por eso mismo, efectivas. Las razones por las que Sorel creía en la importancia revolucionaria de la imagen o el mito de la huelga general se referían con agudeza sobre este punto. Era, sin dudas, el motor necesario para la revolución, una revolución que para Sorel no tenía fin. Benjamin, sin embargo, desconfiaba de la violencia mítica, así decidió llamar a la violencia que instaura y funda derecho, y es posible que el nombre con que la definió sea una crítica velada a la teoría del mito de la huelga general revolucionaria que Benjamin había leído en Sorel y que cita en Para una crítica de la violencia. La imagen en nuestra sociedad contemporánea procede con la fuerza de una violencia que, como el mito, no acepta razones y se impone como un todo. Pero la imagen, en su funcionamiento político y social no puede ser pensada como un dispositivo que posee la enorme capacidad de captura. Sin embargo, acaso su capacidad es todavía mayor, en tanto es de toque. La imagen ya no captura, no necesita capturar: la imagen se expande tocando. ¿No somos todos nosotros tocados por la imagen? Por más que nos disguste lo que vemos y hasta intentemos negarlo: ¿la imagen no nos ha tocado de todos modos? ¿No nos llama la imagen, con su toque, a hablar de ella? ¿No hablamos todo el tiempo, junto con todo el mundo, de las imágenes? ¿No les damos así una entidad todavía mayor?

La estetización de la política, cuya aceleración parece haber llegado a límites insospechados, nos obliga a detenernos en este punto y mostrar cuál es el límite de la imagen, un límite que la vuelve ilimitada: el modo de la comunicación de la imagen existe, pero es unidireccional. La imagen, en tanto tal, inclusive como holograma, no puede escuchar, ni siquiera dialogar: solo puede ser mostrada. La imagen muestra tocando y desaparece, y en su desaparición, somos sometidos a su régimen. Y en el marco de lo político, la imagen sólo puede aceptar una modalidad: el culto.

¿Cómo conciliar la politicidad con el culto? En tanto la política no difiera de la experiencia religiosa, difícilmente podamos hablar con criterio de que vivimos en democracia. ¿De qué hablamos cuando hablamos de democratizar? Si no nos referimos primero a crear las condiciones de posibilidad de un régimen político en donde los candidatos no sean elegidos con el control remoto de la televisión, por el rating que tienen, difícilmente podamos hablar luego de cualquier otra cosa. ¿Dónde ha quedado aquello que Gramsci denominó el Príncipe Moderno? Los partidos políticos han desaparecido del escenario político actual y con ellos las internas abiertas que son el sine qua non de cualquier régimen que verdaderamente podamos llamar democrático. Al ritmo frenético de los media, los slogan han desplazado los proyectos, y las ideologías parecen ser el mal recuerdo de una época sin tecnología ni gestión.

La lógica del mercado ha convertido a la política en una mercancía más, consumible como cualquier otra, y es la imagen el modo sensorial en que ella adviene en tanto tal. ¿Cómo asimilar tan rápidamente mercado, religión y política? La mistificación religiosa que el fetichismo de la mercancía comporta, como lo demostró Marx en su detallado análisis del funcionamiento de la mercancía en el comienzo de El Capital, se ha trasladado hoy al campo de lo político. Ello queda evidenciado con el triunfo de Francisco De Narváez en la Provincia de Buenos Aires y con el de Gabriela Michetti en la Capital Federal en las últimas elecciones. No se impuso el Pro. Ni siquiera es correcto decir que ganaron Michetti y De Narváez. Lo hicieron Francisco y Gabriela. Construcciones imaginarias precisas que, bajo lemas totalmente vacíos de contenido como “¿Me ayudás?” y “Yo tengo un plan”, invadieron todo el espacio publicitario, en absolutamente todos sus segmentos bajo la vacuidad del signo de una flecha que apunta hacia la derecha y no nos dice nada más. ¿De qué peor modo podía cerrarse el ciclo que abrió el “que se vayan todos” en el 2001?

Desde que la mercancía ha devenido, con el marketing, en imagen, algo que ya vislumbraba Benjamin en su Libro de los Pasajes, ella ha tomado una fuerza inimaginable apenas un siglo atrás. En todas las esferas de la sociedad la imagen parece incidir de un modo preciso, desestimando cualquier tipo de especificidad. O acaso rompiendo los límites de las diferentes esferas de lo social y, con ello, su relativa autonomía. Pero, ¿qué es lo que sucede en el campo cultural? ¿Qué es lo que sucede específicamente con el arte? Como lo ha mostrado Luis Juan Guerrero en su Estética operatoria, el arte nació con funciones rituales, en sus orígenes era un modo de culto. Es la modernidad con lo que Weber ha denominado su separación en esferas la que le brinda una relativa autonomía. Pero, ¿autonomía en relación a qué? Autonomía en relación a una subordinación con respecto a otro campo, sea éste religioso o específicamente político. Sin embargo, es engañoso pensar en una autonomía en relación al mercado económico. Si bien pensar lo político bajo esa dinámica es algo absolutamente novedoso, por el contrario, el arte está determinado desde varios siglos en gran medida por el mercado. El arte se compra y se vende en el mercado. En el siglo veinte nos encontramos con una profundización de esa tendencia con la proliferación de la cultura industrial en donde la producción específicamente cultural se vuelve un apéndice de la producción industrial, ésa es la novedad que señalan Adorno y Horkheimer en la Dialéctica del Iluminismo. Pero esto no es más que una intensificación del régimen mercantil específicamente capitalista en relación al arte, marco por excelencia en el que circula desde el origen de este modo político -más que económico- de producción. Pero, nuevamente, el arte circula como una mercancía desde los orígenes del capitalismo. La diferencia en el siglo XX, creo yo, reside en el momento productivo: el arte comienza a producirse como una mercancía más entre otras en relación a evaluaciones mercadotécnicas muy específicas que determinan con precisión qué es lo que da ganancia y qué no. En el marco de la literatura, que es lo que aquí nos convoca: qué libro vende y qué libro no. Tendremos diferentes mercados editoriales, entre ellos uno masivo, otro off, sin embargo, en todos ellos la lógica editorial de ventas se impone, en algunos con más énfasis, en otros con menos, como una determinación ineludible. Sin dudas que el campo cultural, con su lógica específica de capital simbólico, incide en las determinaciones del mercado, pero también se ha producido un cambio en la última década en relación con su dinámica específica de funcionamiento: hoy en día son los suplementos culturales los que determinan qué es lo que se lee y qué no, y la lógica económica editorial se inmiscuye en gran medida en ellos. El campo cultural está en sus bases invadido en exceso por el mercado. Hablamos entonces del mercado como si fuera el mal, y es cierto que, en gran medida, este modo de funcionamiento deja fuera de circulación obras extremadamente valiosas. El problema es cuando identificamos el mal con los escritores que intentan insertarse en el mercado. ¿Qué es lo que puede hacer un escritor en estas condiciones concretas si quiere ser leído? Pasa por él mismo el hecho de generar un público propio, un espacio en donde puedan advenir lectores. Es la prepotencia de generar un público lo que está en la base del impulso de escribir. Primero publicar, después escribir. Escribir para que nos lean, para comunicarnos, ¿para qué sino?

Las estrategias de posicionamiento en el campo cultural argentino no son nuevas ni podrían serlo, Operación Masotta de Carlos Correas es un interesante texto en tanto desentraña los procedimientos de ciertas operaciones en ese espacio. Texto que oscila ente el amor por su querido amigo, camarada intelectual, y el resentimiento frente al posicionamiento que Masotta logró en un campo cultural que ya empezaba a sufrir el trastrocamiento que señalamos, espacio del que Correas permaneció relegado hasta su muerte. Hoy, el resentimiento frente al cabildeo mediático que ejerce el joven escritor en la dinámica actual del campo cultural, en la búsqueda de generar su público para ser leído, es constante y pregnante, desborda por todos lados. Y el lugar en donde tal resentimiento alcanza mayores niveles de repugnancia es conocido por muchos de nosotros: la academia. No es casual, ella es la institución que ha sido mayormente desplazada en la nueva dinámica de acreditación cultural. ¿O pensaban que el narcisismo era la explicación determinante?

Es sabido que todas las generaciones generan un parricidio: la puerta de entrada de la literatura es un padre infeliz, incompleto, asesinado. La literatura adviene justo en el momento en que algo ya no cuaja. Es cierto también que hoy en día el parricidio parece retirado, y que los duelos cotidianos entre escritores, lejos de ser estéticos, se ajustan como cosméticos para la foto. Creo que es legítima la nostalgia en este punto. Sin embargo, también hay parricidio. Tal vez nuestra generación le deba a Juan Terranova haber condensado esa tarea desmesurada que, en tanto tal, ni a él mismo nunca pueda terminar de satisfacer completamente. Me refiero, por supuesto, a su enorme poema El ignorante. La generación del bicentenario, aquella de la que formamos parte, entra en escena con esa apuesta estética que es también, y por sobre todas las cosas, un manifiesto literario. En ese gesto individual y, a un tiempo colectivo, es en donde la imagen casual y efectista, siempre necesaria en nuestro momento contemporáneo para hacer mella en el mercado, debe reencontrarse con su verdadero modo de producción: la capacidad imaginativa palpable en las obras fundamentales de nuestra generación. Los fuegos de artificio que parecen explotar en el vacío del marketing son hoy la táctica necesaria para acercar a los lectores a algunos de los valiosos textos de nuestra literatura actual.

Cuando hablamos de tácticas y, a su vez, de estrategias, nuestro discurso ha incursionado en conceptos de especulación militar: Clausewitz nos murmura al oído. El mercado, lo sabemos, es también un campo de batalla. Que la guerra sea la trama latente a lo largo de la primera novela de Pola Oloixarac, no debería sorprendernos. En Las teorías salvajes, el arte de la guerra y el de la seducción no son más que dos caras de la misma moneda. Si bien la novela abre diversos frentes, y acaso el núcleo de la narración sea el vínculo entre la narradora y un viejo intelectual de izquierda, toda ella se vuelca sobre las tácticas y las estrategias, aun cuando resulte especialmente interesante su trabajo literario sobre la coyuntura histórica y política de los setentas, dándole aire a la agotadora serie de narraciones que se han hecho sobre la dictadura, siempre de un modo sarcástico, pero sin perder la frescura con la que avanza, sin pedir permiso, toda la novela. Baste aquí una cita que aparece en Las teorías salvajes, tomada de una biografía de Clausewitz: “En cualquier forma que pueda agradarme relatar mi vida al resto del mundo, mi camino me lleva siempre a través de un gran campo de batalla; a menos que yo entre en él, ninguna felicidad duradera puede ser mía”. La cita refiere, indudablemente, a una situación eminentemente subjetiva. Ahora, ¿puede el mercado, hoy en día, ser concebido de otro modo? ¿puede un escritor que quiere ser leído proceder subjetivamente de otra manera frente al mercado?

Es en esta coyuntura, entonces, que la tesis foucaultiana de la muerte del autor debe ser sino corregida, al menos suspendida: es en la imagen del autor en la que renace la magnánima resistencia a la basura editorial. Es necesario usar las mismas máscaras del marketing si se quiere resistir y que esa resistencia sea efectiva. Pola Oloixarac lo sabe bien. Pero no es la única, sin dudas. Y frente a esta actitud aparecen lamentables discursos inquisidores. “Se han vendido al mercado, se han prostituido, son de derecha” escuchamos que dice la voz de resentimiento, que surge con su perimida fuerza desde el fondo de lóbregas instituciones académicas bajo la autoafirmación a través de una mentira: la pureza.

Otro discurso, mucho más interesante, como el de la crónica de Patricio Pron aparecido en Etiqueta Negra, parece ridiculizar, en un gesto ambiguo, las tácticas y las operaciones de tres escritores que van a Barcelona para la presentación de la edición española de La joven guardia. El juicio total que uno desprendería de esa crónica, si no fuera pública y fuera, por ejemplo, una carta a un amigo, sería contundente: “miserables”. Sin embargo, que esa crónica sea pública trastoca todo el sentido del texto: de esa forma Pron reitera sobre sí mismo todo aquello que podía ser leído como un juicio categórico contra sus pares. Escándalo literario que puede ayudar a las ventas de la edición de El comienzo de la primavera en Buenos Aires. En ese gesto, Pron es un genial ironista que intenta afirmar en el mercado su talento literario que ya ha demostrado con Una puta mierda. Eso se hace más claro todavía cuando nos enteramos que la redacción de su crónica ha sido acordada con los escritores que allí se nombran. Sin embargo, el marketing tiene un límite: es difuso pero, cuando se lo transgrede, se hace visible. Pron se equivoca: ese límite lo traspasa en el momento en que hace pública una carta de Elsa Drucaroff dirigida en privado a él, sin que ella esté de acuerdo en que sea publicada. No es mi intención referirme aquí a la carta de Drucaroff, justamente porque no era una carta dirigida a mí, cualquiera que hable de ella está traspasando el mismo límite que pasó Pron. Tampoco quiero abocarme a cuestiones estrictamente personales, no es ése el sentido de este texto. Sí quiero decir que cuando se la ataca a Drucaroff no se la está atacando sólo a ella, sino a todos los que, como ella, con un pie en la academia y otro fuera, buscan incesantemente abrir espacios de producción y debate literario para nuestra joven generación.

Pero sin dudas no son los nombres propios los que empujan con fuerza a nuestra generación, sino el poder literario de las obras que, en ensoñaciones, revolucionan las formas escriturarias del pasado. Como en el sueño de la novísima Glaxo, de Hernán Ronsino, que hace tambalear, como si fueran trenes, todas las estructuras de la literatura argentina: “Entonces empiezo a soñar con trenes. Con trenes que descarrilan. Se hamacan, antes de caer. Rompen los rieles. Largan chispas. Y después viene ese ruido, previo a la detención, tan estridente. Que hace doler las muelas. Que conmueve”.

Abrir espacios para conmover, para ser conmovidos. Acaso ésa sea la clave que ha sido entendida por los más lúcidos de la generación y que es palpable no sólo en las magníficas obras de Coelho, Havilio, Ronsino, Oloixarac y Terranova, entre otras, sino también en la proliferación de encuentros de lectura, blogs colectivos, revistas y pequeñas editoriales. Es a partir de esos espacios, de su polifonía, que tiene que nutrirse una estrategia articulada y colectiva para batir a la literatura industrial y junto con ella, la primacía del mercado. Porque, sin dudas, la literatura también es política. Y esta sentencia debe dejar de ser un slogan.

*Autor
Alejandro Boverio (1982) es sociólogo, filósofo y ensayista. Se desempeña dando clases en “Teoría Estética y Teoría Política” en la Facultad de Ciencias Sociales y en “Fundamentos de Filosofía” en la Facultad de Filosofía y Letras, ambas de la Universidad de Buenos Aires. Es colaborador en diferentes revistas culturales, entre ellas El Ojo Mocho, y actualmente se encarga de dirigir la sección de ensayos de No-retornable. También mantiene un blog, su dirección: http://pliegues.wordpress.com