Volver Menú
La vuelta
Laura Galarza*

Estamos enterrando al abuelo. Hay bastante gente. Había pedido que le cantaran la canción del Olivo al morir. Por mamá sabía que era una de sus preferidas, porque yo conocí al abuelo cuando ya no cantaba, después de la muerte de la abuela. Papá no es el que era, escuché decir a mamá infinidad de veces. A otros, a cualquiera, a mí no. Nunca habla conmigo de lo que siente.

Al olivo al olivo
al olivo subí
por cortar una rama
del olivo caí.

Miro a mi hermano, enfrente mío, tiene a su hija recién nacida en brazos. El abuelo había alcanzado a conocerla. A mis hijos no va a conocerlos si algún día los tengo.
La última vez que vi al abuelo con vida y le di de comer en la boca, lloró secándose las lágrimas con la servilleta. Primero fue el remate de la frutería, después la pérdida de la chacra. Murió pobre. Como cuando se subió al barco en España. Para entonces había hecho solamente primer grado. Recuerdo su letra inmensa como figuras geométricas enganchadas.
Miro a mamá que mira el cajón. Llora en silencio. Papá le pasa el brazo por atrás. Ella todavía tiene en la billetera la foto con el abuelo: mamá una nena apoyada en el hombro de él, un tipo fuerte.

Quien me levantará,
esa guachi morena
que ha de ser mi mujer.

La canción va terminando. Es septiembre, pero está fresco y yo me traje ropa liviana. Me cierro el cuello del saco con la mano.
Los dos tipos de negro nos invitan a arrojar tierra sobre el cajón. Me quedo quieta.

Cuando llegamos a casa, mamá improvisa un almuerzo. Nadie tiene hambre pero ella cocina igual, en cualquier circunstancia. Se mete en la cocina y desaparece.
Papá no, papá se sienta, me mira. Pregunta cómo estoy.
Yo bien, digo. Qué voy a decir. Es mi papá. Lo veo más viejo. Y eso da tristeza, la dejo pasar, que no me roce. Bastante con lo del abuelo.
Le pregunto por el coro, por cómo va el negocio con esta crisis. Papá no contesta, viene mamá de la cocina y empieza a acomodar la mesa. Él se levanta para poner algo de música y mamá le dice que no, que hoy por favor no.
Ahora los dos son huérfanos.
Desde que murió su madre, papá ya no va más a Buenos Aires. La última vez me pidió que fuéramos hasta Paternal, a la casa donde había nacido. La puerta era de hierro, antigua y por el vidrio esmerilado se podía ver un pasillo largo. La calle era transitada, él estaba parado en el borde del cordón y los autos le pasaban rozando. Lo agarré del brazo. Cuidado, le dije. Y él retrocedió.
Vuelve mamá de la cocina sosteniendo una fuente con una agarradera para no quemarse. La apoya en la mesa.
A comer, dice. Y vos sobre todo. Me habla a mí. Estás tan flaca y desmejorada.

El conserje del hotel es un ex compañero mío de la secundaria. Alto, moreno, se agacha para saludarme, me abraza fuerte, como se acostumbra acá. Da sus condolencias. Pero qué bien estás vos, dice aspirando las eses y teniéndome de los hombros con una sonrisa de oreja a oreja.
Mientras caminamos por el pasillo del hotel, voy viendo de reojo las fotos de la inundación que están colgadas una al lado de la otra. Son en blanco y negro. Le cuento al conserje que una vez vine con una amiga de Buenos Aires y en casa, me subí a una silla para marcarle hasta dónde había subido el agua.
Yo creo que pensó que exageraba, digo.
Me paro frente a una de las fotos. Mirá, en ésta se ve la frutería del abuelo. El conserje se da vuelta y mira. Yo señalo con el dedo, lo apoyo sobre el vidrio y se hace una marca redonda que enseguida se evapora. Es una foto de cuando el agua había bajado. En la vereda se ven restos de mesas, sillas, camas, televisores, un cochecito de bebé, todo mezclado en una montaña de barro y basura. En las paredes de las casas hay manchas de humedad en forma de nube que se extienden por encima de los aleros. Le digo que me voy a animar y voy a ir a ver el negocio nuevo que pusieron en la frutería.
Cada vez que voy al hotel el conserje recuerda alguna anécdota sobre mí. Te acordás en Bariloche cuando la pelirroja te gritó, que vos de qué te las dabas que tenías un novio con un Sierra y usabas pantalones Calvin Klein. Y se ríe. Ese tipo está caliente con vos, decía mi hermano. Pero yo conozco ese raro fenómeno que se da entre los que se van a Buenos Aires y los que se quedan. El conserje deja el control remoto sobre la cama y me indica el manejo de las luces. Ni que fuera el Sheraton, pienso, pero no lo digo. No acepta la propina.
Somos amigos, dice, guiña el ojo y cierra la puerta.

Me desnudo y prendo la ducha.
Suena el teléfono de la habitación. Ya antes de atender, adivino que es mamá.
No entiendo por qué te vas a dormir al hotel, dice. Esta es tu casa y acaba de morir el abuelo. La dejo que hable. En el trayecto del cementerio a casa fue con la cabeza apoyada contra la ventanilla del auto y en la mano apretaba un pañuelo. Yo la miraba desde el asiento de atrás, como cuando éramos chicos.
El abuelo te dejó la mesita que a vos tanto te gustaba para cuando te cases, dice ahora por el teléfono y hacemos silencio las dos.
Mami, digo. Y me sorprendo. Cuánto hace que no le digo así.
Corto con la sensación de ser una hija de puta.
Voy al baño que a esta altura ya parece un sauna. Entro en la bañera. Está tapada y se hizo como una piletita donde hundo los pies. Con los dientes rompo el sobre de shampoo del hotel pero al instante me arrepiento. Sé que es como detergente. Salgo y en el neceser busco el mío. Vuelvo y la piletita se hizo más profunda.
Con la toalla enroscada en la cabeza, me miro en el espejo que cubre todo el respaldar de la cama. Al sacármela los pelos me quedan todos revueltos. Llevo otra toalla alrededor del cuerpo. Para qué pienso, si estoy sola. Podría andar desnuda y nadie se enteraría. La abro de los extremos para mirarme en el espejo. Se notan las horas de gimnasio y eso me levanta un poco el ánimo. Vuelvo a cerrar la toalla. Sentada en la cama y desde el teléfono de la habitación llamo a Javier a su celular. Se hace un vacío en la línea porque estamos a quinientos kilómetros. Después llama varias veces. Al fin Javier atiende.
Ah, eras vos.
Por el tono me doy cuenta que está incómodo. Empieza a hablarme como si fuese alguien de la empresa. Se escuchan voces atrás que dicen papá y más atrás la de su mujer. Por sus nenas él iría hasta la luna. Se las lleva a la montaña, acampan y se divierten. Van a lugares que yo no iría ni por todo el oro del mundo.
Se nota que ahueca la mano sobre el teléfono para hablar.
Te llamo al celular, dice y corta.
Siento las lágrimas en el borde de los ojos. Las atajo. No voy a llorar por este tipo. Agarro el cepillo y me peino. Aunque quizás llore por el abuelo, por mamá, por dejarla sola. Por no estar en Buenos Aires. Me levanto, agarro la cartera y busco el Alplax. Después el celular. Lo prendo. Lo miro hasta quedarme tranquila que se prendió.
Al rato suena el celular y atiendo.
Escucho la voz de Javier, apurada, dando explicaciones que podría recitar de memoria. Y finalmente: vos no tenés idea de lo que es tener hijos.
Corto.
Tengo que cortar con esto.

El conserje es mi ángel guardián y me pide un remís para ir hasta la frutería del abuelo. Nos despedimos en la puerta del hotel con un beso corto. Mañana a la mañana cuando vuelva a Buenos Aires él no va estar porque su guardia termina a las doce de la noche.
En el asiento de atrás recorro el centro como una turista. Hay algunos negocios nuevos. Y en la plaza, una feria. La vuelta al perro no nos deja avanzar. El remís me deja en la puerta. Antes de bajarme, mientras saco la billetera para pagar, veo que hay mucha luz, mesas en la vereda y vidrios fijos en todas las ventanas. Sobre el apellido del abuelo grabado en la piedra caliza del frente, hay un cartel de neón que dice Metropizza, con un cierre abierto que simula comerse las letras. Siento frío en el trayecto hasta la puerta.
Lo primero que veo, el mostrador de mármol que abarca todo el largo del local. Camino esquivando las mesas buscando el corralón. Conservaron las baldosas en blanco y negro, tipo damero, donde jugaba a la rayuela. Sola, porque mi hermano decía que ese juego era de maricones. La puerta está abierta. Antes de pasarla me llega el olor a madera y humedad. Está igual, un patio inmenso con un galpón al fondo donde está la cámara. Faltan la montaña de zapallos y las pilas de cajones vacíos formando laberintos. Vuelvo al local. Está vacío. Sólo hay tres mesas ocupadas. Y pienso que ojalá no se llene nunca.

Mi hermano me invita a cenar. Su casa es correcta. Un chalet con ladrillo a la vista. Estamos en el living comiendo empanadas y tomando cerveza con él y su mujer. Ella es una chica de pueblo y yo ya no. Así que no hablamos demasiado. Miramos a la beba en el moisés que agita los brazos a la nada. Mi cuñada la alza y me la da para que la tenga en brazos. Es una muñequita. Otra mujer con mi mismo apellido.
Mi hermano insiste en llevarme con su auto de vuelta a Buenos Aires. Voy y vengo en el día, dice. De paso hago cosas y charlamos un poco.

Saludo a mamá. Tiene los ojos congestionados pero disimula y dice pavadas una atrás de la otra: vayan despacio, avisen cuando lleguen, no viajen de noche. Minutos antes habíamos mantenido un corto monólogo en la cocina: que los treinta son la mejor edad y que yo no tenía rumbo. Sin mirarme acomodaba unos scons para el viaje adentro de un taper. En eso dijo: te preparé la mesita de luz del abuelo y adentro puse una caja con cosas tuyas, recuerdos, tenelos vos, acá ya no hay lugar para nada. La mesita estaba a un costado, embalada en cartón corrugado. Llevátela, dijo, si no, me va a quedar de adorno como el piano.

El piano está al final del living, antes de la puerta que va al garaje.
Es un obstáculo, dice mamá cada vez que puede. Y le apoya portarretratos y estatuas de negras sentadas en posición de indio.

Mientras nos despedimos en la vereda, mi hermano carga la mesita en el asiento de atrás del auto con las patas para arriba. Papá me abraza, se emociona. Cuidate, dice. A él le perdono todo. Como cuando mamá dejaba que se vaya con otras y yo tenía que rescatarlo. Dale pa juguemos a la lechuza, le decía de espaldas a las mujeres que lo rodeaban en las reuniones. Y trepaba a sus rodillas para acapararlo. Pegaba mi frente con la de él y lo miraba fijo a los ojos hasta que en vez de dos, tenía uno.
Lamento dejarlo, aunque también sé que puede vivir sin mí.

Vamos en viaje con mi hermano, la radio prendida, él al volante, fumando. Yo con lentes de sol y recostada sobre el respaldo, las piernas cruzadas arriba del asiento. Miro por la ventanilla. Los campos sembrados pasan como un telón de fondo. Bajo un poco el vidrio para renovar el aire. La ruta podría trazarla de memoria. Al principio cuando me fui a estudiar, viajaba seguido. Después entré a la empresa, empecé a ganar plata y dejé la facultad. También a viajar cada vez menos. Hoy la ruta tiene tramos de doble mano y la entrada a Capital es por autopista. Lo que antes hacías en ocho horas ahora lo hacés en cinco. La estación de servicio a mitad de camino y atendida por sus dueños la cerraron y en su lugar hay una YPF 24 horas.
Mi hermano estira la mano y baja la música para hablar.
Y vos por qué no estás con nadie, dice.
Hace preguntas como si tuvieran respuestas. Si no fuera mi hermano podríamos hablar a calzón quitado. Me limito a sonreír.
Te acordás de los viajes de mierda que hacíamos, digo.
Por qué de mierda, dice.
Yo veo a mamá y papá peleados, sin hablarse, a mil por la ruta y nosotros dos atrás, aterrados.
En todos los matrimonios pasan cosas, dice.
Lo decís por vos, pregunto y al segundo me arrepiento. Él heredó de papá esa manera de tratar a las mujeres diferente a como trata a la suya.
Yo estoy bien, dice. Muy bien, repite.
Me inclino y busco la canasta del mate. Voy a poner una tregua, así como hacía mamá sabiendo que nos quedaban quince días de vacaciones por delante.

Mi hermano me deja en la puerta de mi departamento. Dice que no, que no baja. Que mañana antes de salir pasa y le deja la mesita al portero. Nadie de mi familia quiere saber cómo vivo.
Y dónde vas a dormir, pregunto.
Me guiña un ojo, saca el bolso del baúl y me lo da.
Chau flaca, dice. Como cualquier tipo. Mi hermano es un tipo como cualquier otro: espera a que abra la puerta y pase del lado de adentro. Toca bocina dos veces cortito y arranca.

El cuaderno está forrado con papel araña azul. Tiene una etiqueta blanca con mi nombre en el primer renglón, y abajo, 3º grado B. La etiqueta está rota en un vértice. La letra es de mamá, alta y rebuscada. Abro el cuaderno: letra chiquita, prolija, esmerada, dibujos flotando en la hoja. Mamá había puesto todo en una caja adentro de la mesita: cuadernos de la primaria, carpetas del jardín, boletines, un sobre minúsculo con un mechón de pelo mío de cuando era bebé, un alhajero rosa con forma de calesita y adentro una medalla con mis iniciales enlazadas.

*Autora
Laura Galarza nació en Buenos Aires en 1968. Psicoanalista. Ha publicado cuentos en diversas revistas literarias y de psicoanálisis. Colabora para el suplemento cultural del diario El Popular de Olavaria donde vivió su infancia y adolescencia. Participa hace varios años del taller de narrativa de Guillermo Saccomanno.