Volver Menú
La fuga del cerdo
Mariano Buscaglia*

Comenzamos a visitar el rancho de doña Pancha poco tiempo después de que mi papá se desvaneciera en el aire sin dar razones ni explicaciones a nadie. Mi vieja no se sintió desconsolada, después de todo no pasaba un día sin que la fajara. Ni siquiera hizo indagaciones sobre el paradero de su marido. Que se fuera con otra si quería, que ella no lo iba a extrañar. Cuando se casaron, mi viejo le prohibió a mi madre volver a visitar a la vieja Pancha, en su momento no supe por qué lo hizo. Decía que al rancho de esa vieja bruja no se iba más y punto y aparte.
Recuerdo que era un pibe chiquito cuando mi vieja me subía al Citröen color naranja y manejaba durante todo el día por caminos de tosca. Era tanto el polvo que levantaba el vehículo que teníamos que cerrar las ventanillas para poder respirar un poco de aire puro. Nos asfixiábamos dentro del coche, pero estábamos contentos, porque íbamos para lo de los Márquez. Un rancho perdido en el campo, donde vivía doña Pancha con sus cuatro hijos. A mí me gustaba la salida, porque podía jugar con Fito, mientras mi vieja mateaba con doña Pancha y hablaban de cosas que no me interesaban.
Ese día, después de cumplir los rituales sociales, me lancé con Fito a dar saltos sobre el arroyo. El juego consistía en no mojarse las patas y brincar de una punta del barranco a la otra. Lo hacíamos hasta quedarnos sin aire, mientras los perros nos imitaban, pero con menor suerte. Se distraían y caían en el arroyo, donde se lanzaba el resto de la jauría a jugar entre ellos o a cazar sapos que al morderlos les llenaban la boca de saliva. Como yo vivía en la ciudad, me gustaba enseñarle a Fito algunos juegos que consideraba sofisticados. Un día le hablé sobre los caballeros que vivían en la Edad Media, que luchaban contra dragones, rescataban princesas de las atalayas y usaban espadas hechizadas para vencer la magia de las brujas. Tomábamos ramas caídas del suelo y ensayábamos duelos que creíamos tan mortales como violentos. A veces nos lanzábamos dentro de los campos de girasoles y nos dedicábamos a decapitar las flores hasta cansarnos los brazos. Creíamos que vencíamos a un ejército de brujas, dispuestas a transformarnos en sapos o en gusanos. Sedientos y agotados volvíamos al rancho a beber agua de la canilla del pozo. Lo que quedaba era más pausado. Paseábamos por el rancho, seguidos por los perros, visitábamos las vacas, siempre cubiertas de tábanos o corríamos hasta el corral para contemplar a los caballos. Fito me hablaba de los pelajes se daba aire de entendido y de paisano, se regodeaba con mi ignorancia de niño de ciudad. Cosa que me avergonzaba, pero que no intentaba subsanar. La última escala que hacíamos antes de volver a la casita era la más importante y la más audaz de todas. Ya que a Fito y a mí, nos tenían prohibido acercarnos a ese lugar. Esto lo hacía tan atractivo y, a la vez, nos colmaba de espanto. Se trataba del chiquero, donde vivían un chancho enorme. Un chaperío bajo, una especie de corral que se venía abajo, un rectángulo hecho con pedazos de ramas, chapas, maderas viejas y trozos de caños. El suelo, lo recuerdo, estaba sembrado por restos de frutas y tubérculos putrefactos que se sumergían en un lodazal sobrevolado por avispas y moscardones. Fito se lanzaba dentro del chiquero sin miedo alguno, pero cuando veía que pretendía seguirlo me advertía:
—Mirá que muerde lindo, y si te portás mal, tiene unos colmillos así de grandes para arrancarte las tripas.
—Yo no me voy a meter —le respondía ofuscado, mientras me cruzaba de brazos.
—No te metés porque tenés miedo…
—No me meto porque es una mugre, tengo el equipo de gimnasia limpio y mi mamá me mata si lo ensucio mucho.
—Porque tenés miedo —insistió.
—Está sucio, nene, está sucio… No ves… Vos sos un chancho y te andás embarrando las patas como los cerdos.
—¡Tenés miedo! ¡Tenés miedo! ¡Tenés miedo!
Fito me hizo visajes y muecas desde adentro del chiquero. Conocía el respeto que sentía por el cerdo. No era porque pudiera morderme. A decir verdad nunca llegué a verle los dientes, amén de que se quedaba tirado dentro de sus casilla y poco caso hacía de nosotros. No, mi miedo provenía de una sensación profunda y amorfa que crecía en mi interior. No era amenazante ni nadie me dijo nada acerca de estos bichos que pudiera atemorizarme. No. Era un instinto que prevalecía y me advertía sobre algo que podía hacerme mucho daño. Siempre me ponía ansioso cuando nos acercábamos al chiquero y tarde o temprano inventaba una excusa para alejarme, pero como Fito conocía mi debilidad se deleitaba torturándome. El cerdo permanecía bajo la sombra del chaperío, mientras veía su forma blancuzca retorcerse como si fuese una larva gigantesca. Sus ojos pálidos de color pardo observaban nuestros movimientos y algo en su mirada, una especie de nostalgia que brillaba en sus ojos, me deprimía. Era la mirada de la presa, del animal que conoce su destino de condenado, del que va a ser sacrificado.
En fin, Fito siempre me ganaba por cansancio, la historia terminaba cuando yo rajaba al cuartito de baño, cerraba la puerta desvencijada como podía, me paraba sobre la tabla y descargaba mi vejiga sobre el orificio de tierra del pozo ciego. Cuando acababa, volvía al rancho a refugiarme en la falda de mi vieja, soportando las gracias de Fito que le contaba a su abuela Pancha como el rubiecito se asustaba cuando nos acercábamos al chiquero.
—Y no está mal que se asuste el hombre. Si los chanchos son malos, Fito. Ya te dije que no te acerques tanto. Mirá que si anda con hambre te va a comer hasta el caracú de los huesitos y ahí no hay quien te salve, hijito. No hay quién te salve. —le reprochó la vieja.
Al rato éramos de nuevo amigos y volvíamos a potrerear en el arroyo. Mientras el sol caía detrás de los árboles que se veían bien chiquitos en el horizonte, desde el arroyo observaba a mi vieja dentro del rancho, iluminada por la luz lechosa del sol de noche, agazapada en el banquito, susurrando con doña Pancha quién sabe qué.
Las visitas a casa de los Márquez se hicieron cada vez más asiduas, mi vieja aprovechaba que faltaba mi padre. A él no le gustaba ir a lo de Pancha, decía que era una negra de mierda, una salvaje que vivía en una toldería de chapa, un basural donde se revolcaban las gallinas con los chanchos. No, no aprobaría nuestra conducta. Pero a mí poco me importaba la opinión de mi padre, mientras pudiera salir a corretear por el campo y aspirar el aire envenenado por aromas salvajes.
Una tarde nublada, mientras mi vieja enfilaba para el Citröen para pegar la vuelta a casa, escuchamos un bochinche espantoso. Un grito desgarrador y una corrida entre el chaperío y la polacada que se acumulaba detrás del rancho. Vimos a los perros correr al chancho, éste se internó en el campo de girasoles con la velocidad de un rayo. Mi vieja y Pancha salieron al trote detrás de los perros. En seguida vi pasar a Fito que salía del baño con el pantalón a medio subir y me gritó que se había escapado el chancho, que fuéramos a atraparlo. Más adelante mi vieja me hizo gestos para que me quedara en el rancho, que era peligroso, que podían morderme. Pero ¿quién podía detener o sofrenar mi curiosidad?
Los perros se lanzaron dentro del sembrado de girasoles, provocando la estampida del animal. El chancho quebraba los tallos de las flores en su avance desesperado. Chillaba con una voz tan aguda que parecía quedarse afónico. Su llanto me puso la piel de gallina, me detuve, pero Fito me azuzó para que lo siguiera, que no podíamos perdernos el espectáculo, que los perros comenzaban a garronear al chancho. Observé la alambrada retorcerse y venirse abajo. Se escuchó el gruñido de los perros y al cerdo chillar sin asco. Nos lanzamos a escape a lo largo de la alambrada. En la corrida logramos adelantarnos a mi vieja y a Pancha que quedaron detrás de nosotros. En la curva del cultivo descubrimos la cabeza del cerdo retorcida en el poste con los alambres de púa que le daban vuelta sobre su cabeza y su torso, chillaba y giraba sus ojos de confite. Los perros se ensañaban con sus orejas y se le echaban encima. Los alambres lo apresaban tan violentamente que desgarraban la piel y trazaban rectas sangrientas sobre su cuerpo. Faltaban apenas tres metros para tenerlo encima, mi vieja me gritó desde el cultivo:
—Salite de ahí, salite que es malo, es malo como la peste. ¡Salite ya!
Imprudentes, trotamos con Fito y nos acercamos hasta el poste, pensamos que los perros lo tendrían a tiro. El chancho se dio impulso, giró en el aire con la cabeza apresada en la alambrada y dejó a la vista la mitad anterior de su cuerpo. De su vientre nacían dos piernas enflaquecidas, dos piernas humanas, como si un hombre se ocultara dentro del disfraz de un cerdo. Pataleaba y se removía inquieto, las rodillas estaban despellejadas por el esfuerzo de verse forzado a caminar en cuatro patas. Uno de sus pies parecía más tullido que el otro, me detuve a contemplarlo y observé que sus dedos comenzaban a fusionarse en un muñón y una película oscura nacía en su extremo, lo que sería la pezuña. El bicho pareció espantarse cuando me tuvo a la vista. Su barriga se inflaba y desinflaba como un fuelle y de su boca se desprendía una hilada de saliva.
Pancha y mi madre salieron del campo de girasoles.
—¡QUÉ TE DIJE! ¡QUÉ TE DIJE! METETE PARA ADENTRO, RAJÁ DE ACÁ, YA!
El chancho pataleaba y me dejaba ver su culo embarrado, recuerdo la visión de sus testículos que colgaban fláccidos y rojos debajo de la raya del ano, la mata de pelos y la planta de su pie, naranja. Lo recuerdo, porque era lo mismo que me mostraba mi viejo cuando me visitaba por las noches, cuando me pedía que no gritara. Que me quedara mansito.
Esa noche, los hijos de pancha encendieron una fogata y pusieron agua a hervir en un tacho de gasolina. Mi vieja me pidió que no mirara, me encerró en el cuartito del baño. Pero no hizo falta, porque aunque no vi, lo escuché. Pude retratar el momento en que encapucharon al cerdo, lo tomaron por las piernas, esas piernas flacas y peludas, iguales a las de mi padre. Lo escuché gritar hasta quedarse afónico, lo sentí patalear hasta agotarse. Presentí el momento en que lo elevaron sobre el tacho y lo hundieron de cabeza dentro del agua hirviente. Sí, me regodeé en el instante en que supe que su piel se desprendía de a gajos y en que sus piernas delgadas dejaron de patalear, para siempre.

*Autor
Nací en 1976, escribí guiones para Patricia Breccia, publicados recientemente en la segunda etapa de la revista Fierro. Perdí en todos los concursos literarios que me presenté. Laburo de cualquier cosa.