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La continuidad de los parques
Guido Arroyo González + Valeria Meiller*

Palabras previas


Guido Arroyo González

Alejandro Zambra carga un bulto, o al menos eso creo cuando releo sus libros. He leído unas diez veces Mudanza, su segundo libro de poemas, recientemente re-editado; tres veces Bonsái, su primera novela, que removió a la escena literaria chilena, y cuatro veces La vida privada de los árboles, su última novela, y todas me dejan la sensación de enfrentarme ante un ser de clase media que detalla con voz monocorde el dolor de la perdida, la ausencia amorosa, política o social, resumida en comentarios proferidos en el descanso de una escalera que parecen poemas de Ashbery o relatos de un Borges Austerizado o sencillamente recuerdos, escenas de infancia donde la madre ensaya los acordes de una canción de Violeta Parra mientras el padre gana en el Monopoly. Lo cierto es que Zambra ha publicado dos libros de poesía y dos novelas. Por años ofició de crítico literario en el diario de mayor tiraje de Chile (LUN), y allí no sólo descueró varios libros mediocres que sólo podrían circular acá, sino además criticó con inteligente ironía rarezas como el libro de poemas de Karol Wojtila. El año 2005, su breve novela, Bonsái, apareció por el sello Anagrama y los medios chilenos se ocuparon de eso en vez de comentar la obra, que era una pequeña máquina textual cuidada como un Bonsái y literaria como los versos que seguramente debió haber escrito Kawabatta, porque en el fondo esta el desamor y los cambios de estado del hombre, temas absolutamente universales como para ser sólo chilenos. Pero la “crítica” habló de un “quiebre” generacional en la narrativa chilena, e incluso algunos dijeron que la novela aparecía bajo el sello Anagrama porque el autor tenía pituto, esto es, en chileno, contactos.

De allí en adelante Zambra ha escrito columnas, en algunas comenta los poemas de Cisneros y describe la belleza de un Perú pintado en Sepia, en otras recuerda una entrevista al poeta Gonzalo Millán donde este tomó una ruma de papeles-poemas y le dijo riéndose este es mi silencio. Millán murió hace dos años de cáncer al pulmón y varios creemos que fue uno de los mejores poetas chilenos -entre ellos Zambra, que fue su último editor- pero eso no importa, porque en esta presentación los datos interesan como síntoma de reflejo, no como hechos. Por eso termino diciendo esto. Sé, o al menos eso me dijeron, que pronto aparecerán sus críticas antologadas e imagino que pronto aparecerán más libros suyos por lo tanto su figura pública seguirá creciendo. Y creo, que tras el crítico, el académico -aclaro, nunca he tenido clases con él, apenas soy un conocido-, el novelista y poeta, está el tipo que carga un pesado bulto. Ese bulto refleja el estado social que vive y sufre una parte del país, repleto de sujetos que se mudan presurosos y van de barrios marginales a acomodados o viceversa, repleto de padrastros que hacen clases de literatura y que se resienten al saber que la niña debe aprender inglés, o repleto de poetas que recuerdan la dictadura y tras una ruptura amorosa viven un limbo alcohólico para luego buscar un departamento vacío donde dejar sus libros ajados, viejos, y de papel róneo como la memoria y como los sujetos que pueblan sus textos.


***


Entrevista a Alejandro Zambra


Valeria Meiller: Es probable que ya hayas contado esto muchísimas veces. Pero aquí va de nuevo: ¿cómo surgió la escritura de Bonsái, tu primera novela?

Alejandro Zambra: Como un libro de poesía fallido. En realidad, tenía sólo el título. Quería escribir un libro que se llamara Bonsái, que fuera un bonsái, y naturalmente lo asocié siempre con la poesía. Escribí durante mucho tiempo, con esa idea vaga dando vueltas, sobrevolando los cuadernos. Pero los poemas no resultaban y al final no resultaron. De a poco fue haciéndose visible una historia y de pronto la vi y la escribí.

V.M: Hay quienes vieron líneas de continuidad entre tu primera y tu segunda novela, elementos que contribuyen a sostener la idea de La vida privada de los árboles como hermana mayor de Bonsái ¿qué cosas que ya estaban en Bonsái dirías que sedimentaron en La vida privada y cuáles se transformaron?

A.Z: Claro, yo pienso que son hermanastras. Hermanas por parte de padre, solamente (pero no sé si soy el padre; tal vez soy la madre). Se llevan bien, son capaces de comportarse bien en público, pero hay rivalidades entre ellas, polémicas secretas o no tan secretas. Ahora, es curioso que digas “hermana mayor”, si La vida privada es más joven que Bonsái, debería ser la hermana menor. Tal vez se ve mayor, se viste de otra manera, no con la ropa de Bonsái sino con sus propios trapos. Yo creo que sí hay una continuidad, y no sólo porque La vida privada incluya, en cierto modo, Bonsái (en ese sentido es la madre). Creo que sólo hay un movimiento que las diferencia, la distancia. El narrador de Bonsái está más lejos de los personajes. Los conoce bien, los protege, les otorga un prestigio mínimo, el mínimo para que la historia pueda ser contada. Pero está más lejos de ellos que el narrador de La vida privada. No sabía bien qué libro escribía mientras escribía La vida privada de los árboles.

V.M: Tu libro anterior fue Mudanza ¿Cómo fue esa experiencia y en qué medida se relaciona con lo que escribiste después?

A.Z: A mí me parece que hay una continuidad, pero soy el menos indicado para decirlo, pues es la continuidad de la vida. Escribí Mudanza muy rápido, en una semana rara, medio encerrado, a comienzos del 2003. Me había cambiado de casa hacía poco y aún había cajas de libros sin abrir. Yo pienso que lo escribí en vez de abrir esas cajas, que permanecieron cerradas todavía un tiempo largo. Y yo venía de una temporada larga en que seguía batallando con Bonsái, el posible libro de poemas. En vez de esos poemas medio vegetales, obedecí a un ritmo que me era familiar, relacionado con el primer verso, Me dijeron que avisara treinta días antes. Yo tenía una formación poundiana, prefería siempre, en poesía, la precisión de los primeros poemas de Pound, entonces fue muy raro hacer un libro inestable, liberado de un ritmo que sin embargo sigue.

V.M: ¿Cuáles son los poetas que flotaban detrás de aquel libro?

A.Z: La poesía de mis amigos, sobre todo. Especies intencionales de Andrés Anwandter, en especial. Pero no fue una escritura en principio muy consciente. Tal vez tenía encima algunos giros a lo Creeley, a quien leía por entonces. Y libros como Sin y El despoblador de Beckett (hay una edición de Tusquets que los reúne) y también esa especie de novela, Cómo es, un libro para mí importante que recupero cada cierto tiempo.

V.M: Sabemos que tenés un nuevo libro de poemas en preparación y que tal vez se llame Borradores. ¿Qué nos podés adelantar de eso?

A.Z: Sí, yo creo que se va a llamar Borradores. No sé muy bien todavía cómo describirlo. Es un poema narrativo, un hijo lejano —y no reconocido— de Mudanza. Vamos a ver cómo sale, lo escribí hace ya varios meses y no pensaba publicarlo, pero mis amigos de Lanzallamas lo leyeron y se animaron.

V.M: Se rumorea que estás escribiendo una novela larga. La primera pregunta es policial, ¿es cierto eso? Y de ser cierto hay una segunda, literaria, ¿cómo está resultando la experiencia?

A.Z: Hay motivos para suponer que es cierto. Parece que va a ser una novela-novela. Alguien me preguntó eso: ¿cuándo vas a escribir una novela de verdad? Es muy buena esa pregunta. Pero no estoy seguro de su longitud, tal vez es una pura sensación y alcance sólo para veinte páginas.

V.M: ¿Cuáles fueron los acontecimientos culturales y políticos que te marcaron de una manera más honda?

A.Z: Ahora he pensado que escribo para descubrir eso. En La vida privada de los árboles hay un pasaje, una fuga hacia la infancia que para mí es recurrente: las casas pareadas, la vida de una clase media en teoría nueva, pues borraba el pasado y en cierto modo también el presente. Casas igualadas por la falta de historia. Y luego, en los años noventa, la aparición repentina y definitiva de esa historia silenciada. Yo creo que todavía nos cuesta esa distancia que va del silencio al silenciamiento. La recuperación de la democracia, el fervor un poco histérico del Chile de los noventa, es para mí un problema vigente. Esa medianía nueva. Esa otra distancia, de lo mediano a lo mediocre. Lo falso y lo falseado.

V.M: ¿Qué debates literarios se están manteniendo hoy en Chile?

A.Z: Mi sensación es que no hay debates verdaderos o duraderos. Hay muchas listas, mucho canon instantáneo, mucho ranking, mucha vida social con la excusa de grupos o de manifiestos redactados a la rápida. Y pocas lecturas honestas, que no dependan de las amistades o del deseo de amistad. Se publican buenos libros, algunos muy buenos, que no siempre logran la visibilidad que merecen.

V.M: En algún momento escuché que querías escribir un libro que se llamará algo así como Ensayos argentinos. ¿Cómo sería eso y que te interesa de la literatura argentina?

A.Z: ¿Dije eso? Es que suena bien, aunque parece el título de un libro de Edelmira Thompson de Mendiluce, el personaje de La literatura nazi en América. La literatura argentina me interesa enormemente, toda. La poesía liberada del peso canónico de acá, la prosa liberándose amistosamente de Borges, todo.


***


Mudanza


(1)


Me dijeron que avisara treinta días
antes me dijeron que avisara treinta
veces al menos me dijeron que al
menos avisara treinta veces y que
en días como estos no se debe
–no se puede– trabajar. Que me fuera,
que dos cuadras más abajo preguntara
si quedaba sopa para uno si quedaba media
botella para uno me dijeron que a medias
quedaba una botella
y tenían razón:
si te gusta te gusta
si no te gusta no te gusta no más
me dijeron que tenían razón y tenían razón:
ella es débil y blanca y tú eres
pobremente oscuro y eso es todo cuanto hay
no en el fondo sino encima de la cama
cuando besas y te besa.
Atardece, mientras cae
no la noche pero algo y en las fundas
una forma peligrosa que se mueve
como un bulto del que buscas la salida.
O te quedas, me dijeron, y decides caer
–como la noche– rendido a los pies de
los pies de la amante que duerme sin saber
que duermes a su lado. Y que duele el brillo oscuro
en los brazos noche arriba.
O abajo,
de izquierda a derecha, treinta
noches con sus días en las fundas
que nos guardan y nos cierran y nos
guardan, embalados en las cajas
que ellos abren muchas veces con
sus días y sus noches con sus veces
y sus días, hasta que ellos por si acaso
cambiarán la cerradura por si acaso
regresaras el camino ya no importa
que la llave se desfonde en el bolsillo
ni es preciso repasar la borra espesa
de la taza picada. No nos quites el
saludo, no nos quites el dinero
no tenemos más
cigarros porque en noches
como estas no se puede –no se debe–
trabajar, no se puede –no se pudo–
hacer favores ni hacer caso de las voces
que te dicen: ella duerme por las noches
a tu lado y no lo sabe porque duerme,
ella besa y tú la besas, eso es todo, era todo
cuanto había no en el fondo sino encima
de la cama embalada treinta días,
treinta veces me avisaron que dijera
que me iba y no volvía. No nos quites
los cigarros, que me fuera tan tranquilo y callara
si te gusta y cerrara la boca si no te gusta,
no te cuesta nada hacernos el favor
de sentarte con prudencia a la espera de noticias
tan tranquilo tan sentado mientras cae
no la noche pero algo y una forma
peligrosa se remueve en la memoria
como un bulto del que buscas la salida.


(6)


Mientras cae no la noche pero algo plomizo
despunta: un brote subterráneo,
un esfuerzo abdominal, no hay
mayores digresiones en la
prosa esta mañana, es ahora cuando cruzo
sin sonido
los umbrales, los pasillos
interiores, las aldabas, los descansos
y las pausas. Ahora riego mi jardín
ciento por ciento a la espera de los brotes
infecciosos mientras tanto
bloquearán la cerradura por si acaso
alguien cambia de iniciales, alguien deja
nuestras fiestas y se olvida sus renglones,
es ahora cuando empieza finalmente
el desfile de esos rostros que no actuaron,
no dijeron ni sus líneas
ni dejaron sus abrigos en custodia
y es por eso que ahora invento
con sus rasgos otras pausas y otras
voces distendidas que comentan en
silencio que preguntan cuál entonces
es la idea: embalar los instrumentos
es la idea, que se queden con las sillas
si les sirven, hace poco me avisaron
que dijera que me iba, no era yo quien
saludaba atentamente, dónde dejo
las tijeras por ahora, que se queden
los cigarros y la ropa ya no espero
buenos precios ni señales convincentes
porque en días como estos no se puede
-no se pudo- hacer favores ni hacer caso
de las voces que te dicen: ella duerme
mientras pasan comerciales, ya leyeron
los poemas que traías preparados, este día
es el más largo, esta noche es la más larga,
que el silencio sirva entonces como excusa
mientras tanto retrasamos los relojes
y la espera parpadea según pasan los taxistas
y las micros: los remilgos, los remedos,
las aldabas, los umbrales, esas pausas
que pensaba proferir quedaron fuera:
me dijeron que avisara treinta días
antes, me dijeron que avisara treinta
veces al menos, decidíamos
las veces, repasábamos
las pausas, desoíamos
las voces y una forma peligrosa
escogía por nosotros el camino, una forma
peligrosa se desfonda en la memoria como
un bulto del que buscas el regreso
mientras cae en Malasaña
no la noche pero algo
y las putas y los junkies se quedaron
con el vuelto: que se queden con el catre
y las revistas si es preciso, que acomoden
como puedan ese bulto en el camino, que
repasen con cuidado los pecados y las cuentas,
sólo faltan las baldosas y los postres y las firmas,
cada tanto los humores sincronizan y se olvida
que ella viaja largas horas y no llega y eso es
todo: el descanso en la escalera no permite
demasiadas precisiones y se pierden
las señales cuando pasas
con los brazos ocupados, me quitaron
las palabras de la boca, esas cuatro o cinco
veces con sus voces y las pausas
que pensaba proferir: le bajaron el volumen
al zumbido, fue la mano no era yo quien
saludaba, me dijeron que avisara
treinta días antes, treinta
veces me avisaron que
me fuera y no volviera.

*Autor