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Ficciones
Sobre Piedras Encantadas, de Rodrigo Rey Rosa. (El Andariego, 2008)
Daniela Szpilbarg*

Urgente. Como el nombre de la colección de narrativa en la que esta novela, Piedras Encantadas fue incluida en su edición en Buenos Aires, por parte de una editorial naciente, El Andariego (que publica sólo material latinoamericano). La novela, (breve, roza las cien páginas) está organizada en más de veinte capítulos brevísimos. El autor trabaja a partir del material que le ofrece la Ciudad de Guatemala, pero no sólo a partir de esta materia: en el movimiento narrativo, el espacio de la ciudad se configura como un personaje tan activo como los demás. La acción está focalizada en Joaquín Casasola y transcurre, veloz, a lo largo de un día de fiesta militar. “De un sueño profundo y confuso-estuvo extraviado en una ciudad desconocida-lo sacó el ruido del teléfono (…) Se oía a lo lejos un revuelo de helicópteros y aviones. Recordó que era día de fiesta marcial.”

El comienzo de la novela (tal vez lo más acertado que tiene el libro) se dirige al lector en segunda persona: así, lo sitúa en quién será el protagonista del libro, Joaquín, y lo deja en estado de alerta, expectante (uno se siente evocado del mismo modo que cuando leía los libros de la colección Elige tu propia aventura; pero esta vez no estamos en un lugar resguardado y pacífico y nos hemos escapado durante la merienda a descubrir una casa embrujada, sino que estamos en Guatemala, en Centroamérica.) La importancia de ese espacio como contexto se fija en las primeras dos palabras de la novela, que marcan el comienzo, como dos golpes: “Guatemala. Centroamérica” y en la serie de recomendaciones que se hacen para ubicar al lector, describir esa atmósfera amenazante y caracterizar al protagonista, todo al mismo tiempo: “No digas automóvil, tampoco coche, sino carro. No olvides que estás en Guatemala”.

La narración tiene un ritmo veloz, seco, apresurado que se mantiene durante toda la novela. Las palabras están encarnadas (transmiten) pero a la vez huyen a toda velocidad. Podría decirse que toda la novela oscila sobre la idea (problemática) de la ética, con la intención de desmantelar lo visible, lo supuesto, lo instituido: denunciar el ocultamiento y la mentira, en tres planos: el estatal, el individual, y el género literario sobre el que está construido.

En el plano estatal, toda la novela puede pensarse como un intento de discernir qué es América Latina en ese espacio particular que es la Ciudad de Guatemala (¿real, ficcional?) que se dice y se desdice, que se muestra y se oculta; la referencia a la verdad extraoficial, extraestatal detrás de la historia oficial fijada en los nombres de las calles, es constante, y aparece como explicación de la violencia que late permanentemente en el ambiente de la novela: “La Reforma. Paseo de La Reforma. La despiadada reforma que abolió el derecho de los indígenas guatemaltecos a sus tierras comunales para que fueran convertidas en plantaciones de café, era conmemorada por el nombre de la ancha avenida por donde rodábamos-avenida abierta, aplanada y pavimentada por los mismos indígenas cuyas tierras habían sido usurpadas por aquella reforma”. La estrategia para introducir comentarios irónicos se produce por medio de los comentarios entre paréntesis: “…Descendió al estacionamiento, donde había dejado su viejo BMW, y se dirigió al Centro Comercial de los Próceres (de la dudosa independencia nacional) donde su cliente tenía una boutique…”

En el plano de los personajes, la trama comienza con un accidente en una avenida céntrica: un niño que andaba a caballo de paseo es atropellado por un conductor que huye. Este es el punto de partida para la novela, que (suponemos) correrá hacia el esclarecimiento de ese accidente. El conductor cree que ha matado al niño y huye: esconde su camioneta en la cochera de Joaquín, quien se convierte así en su cómplice. Luego aparecen numerosos personajes que se manejan desde una lógica criminal, cada uno de acuerdo a sus propios intereses y motivaciones, calculando en todo momento los beneficios y las posibles traiciones de las demás personas con las que interactúan. Lo que se descubre a lo largo del libro, entonces, no es la verdad sobre el accidente, sino sus múltiples posibilidades: así, la madre y el padre adoptivos del niño aparecen como sospechosos; Silvestre, el niño (belga, no maneja el español) tiene la percepción paranoica de que lo quieren matar; el guardaespaldas y la niñera de Silvestre parecen conspirar contra el niño y los patrones; el abogado del culpable se encarga de pensar una coartada, por la cual obligan a un empelado del conductor a hacerse cargo de la posesión de la camioneta; el detective contratado por la madre adoptiva del niño comienza a investigar a su cliente, etc. Como advierte el narrador al comienzo, en este lugar “(casi) nada es lo que piensas”. La paranoia, la vigilancia, la sospecha, el ocultamiento, el control y la lógica conspirativa están presentes entre los habitantes de esta ciudad y entre los personajes del libro. Guatemala. Ciudad policial. Por un motivo o por otro, decenas de miles de guatemaltecos participaban en el oscuro negocio de la información. Cualquiera de tus amigos o conocidos era o podía ser “oreja”

Respecto al género de la novela, en este desarrollo en el que las verdaderas motivaciones de los personajes comienzan a salir a la luz ante el lector, el crimen (supuesto, como veremos) tampoco se resuelve: en este sentido comienza a desmantelarse la inicial sensación de estar leyendo un policial: este comienzo enmarcado en un género determinado tampoco será lo que parecía: pronto veremos que no hay tal género, que la narración no se mueve hacia una resolución, hacia el encuentro de una verdad unívoca sobre el accidente.

En definitiva, demostrará que no hay tal verdad: el aparente policial enmascara un texto de denuncia social: es la estética de una ética en la que se denuncia la violencia que subyace en la mentira a nivel social. Es también una reflexión sobre la violencia latinoamericana (en este sentido está emparentada con novelas como La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo); sobre el poder (no son desconocidas para los latinoamericanos las situaciones de corrupción que pueden salir a la luz en la resolución de un crimen) y sobre la supervivencia de los individuos en este contexto hostil en el que nada es lo que parece y donde la principal destreza para la supervivencia es la sospecha y la desconfianza hacia los demás seres humanos. Esa ambigüedad del género de la que hablaba se relaciona con su contexto espacial: el de la pura apariencia, un contexto donde también los personajes están en construcción: un contexto sin asideros. Una sociabilidad basada en el engaño, en lo que no es: una mentira que todos practican y todos comparten; la mentira como premisa.

*Autor
Daniela Szpilbarg nació en Buenos Aires el 15 de mayo de 1984.
Estudió Sociología en la UBA.
Actualmente estudia Letras, se desempeña en investigación y docencia y prepara su primer libro de poesías.
danielaszpilbarg@hotmail.com