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Historias con rieles
Ferrocarriles argentinos, de Elvio Gandolfo. (El Andariego, 2007)
Florencia Sanseverino*

Ferrocarriles argentinos es un libro de diez cuentos, editado por primera vez en el año 1994 por Alfaguara y que el autor eligió para reeditar entre sus siete volúmenes de cuentos publicados.

Este libro, en general, se maneja con muchísima libertad, varía de narradores, de géneros, de temática y hasta de extensión, sin ningún reparo. Mi intención de buscar la unidad, de buscar qué tienen en común estos cuentos, de descubrir por qué Gandolfo los puso todos en un mismo volumen, no dio resultado. Podría decir algunas pequeñas cosas, algunos pequeños detalles que siento que podrían darle alguna unidad al libro pero no creo que sea necesario porque no es eso lo que se destaca de este volumen de relatos. Y, creo, es justamente la diversidad, lo más interesante. El poder pasar de un policial de arrabal a un relato fantástico así como así, sin siquiera que el título te dé una sola pista. Lo que abunda de manera indiscriminada es un gran nivel de detalle y descripción. En algunos momentos casi innecesaria.

El volumen arranca con “La oscuridad bajo la mesa”, relata una escena que, en un primer momento, parece bastante ordinaria (por común): típico marido oficinista que llega temprano del trabajo y encuentra a su mujer con otro. Pero, a medida que avanza, el relato se pone más interesante. El minucioso detalle con el que Gandolfo describe la escena de sexo entre mujer y amante es atrayente. Más atrayente es que nos la está relatando el cornudo.

Entonces, lectores en busca de unidad, pensamos que se vienen unas terribles historias de sexo, de esas que no gustan a todos. Pero no.

“No es una línea recta” muestra el mundo de los niños. Una especie de juguete novedoso, una caja en la que podemos “ver” historias, historias que cambian como si diéramos vuelta la página, atrae la atención de los niños pero también de los padres. O de los adultos en general. Cuando este juguete comienza a fallar, no es tan sorprendente que los niños vuelvan a sus juguetes tradicionales como la desolación o enojo que sienten los grandes.

Entonces, lectores en busca de unidad, estamos un poco desorientados pero seguiremos leyendo, uno más, al menos, para ver qué se viene ahora.

“Un error de Ludueña” y “Estrategia” podrían estar dentro de lo que llamamos relato policial. El primero es una historia de ladrones, de fugas y delación. El segundo, mucho más breve, nos cuenta la historia de un viejito común, viudo, solo, que llena sus muebles con revistas (y no con ropa que está sobre las sillas). Nunca pensaríamos que él podría quedarse con una bolsa de dinero que desapareció de un banco. Nunca. ¿Para qué la querría?

“Andante” y “La yanqui y el polaco” narran dos situaciones amorosas diferentes. La primera, más bien, es de inconclusa seducción y la segunda, de concluso romance fugaz. Romance que termina cuando el varón de la relación descubre quién es realmente la mujer de la relación.

Lo más rico del volumen son tres relatos que rondan lo fantástico. “Llano del sol” ubicado en una argentina diferente, con otra división política, que pasó una guerra que destruyó el obelisco, ubicada en un futuro que atrasa (de alguna manera), es el más extenso. El relato más largo y más detalladamente narrado de todo el volumen. Entre otras cosas, ésta es una historia sobre la soledad. La atmósfera de “El bulto del casino” es el sueño, un hombre sueña, recurrentemente, que otro pierde en el casino; el primero siente que en su sueño puede controlar las apuestas del segundo. Lo interesante es ver cómo se relacionan y mezclan el mundo onírico y el de la vigilia. El tercer cuento que podríamos ubicar en el terreno de lo fantástico es “El terrón disolvente” en el que un hombre conocedor de cuestiones físicas, químicas y biológicas que, por supuesto, vive alejado de todo después de haber vivido muchos años en Buenos Aires y al que nunca nadie le reconoció su talento, descubre que todos los argentinos nacemos con un LSD que distorsiona la realidad. Que nada de lo que vemos existe tal como lo vemos. Fiambretta, este singular científico, creó una especie de antídoto para esto. Ingerir este terrón implicaría ver la realidad. Pero, ¿Qué hacemos con una realidad que no existe para nosotros?

“Ferrocarriles argentinos”, el último cuento, el que da nombre al volumen nos muestra una analogía entre la literatura y viajar. Una asociación bastante común, pero que en este caso, significa algo más. Para el protagonista “el propio viaje en tren reemplazaba con ventaja todo relato posible. O, para expresarlo mejor, era todo relato posible”. El marco de este cuento de letras y rieles es la última dictadura argentina, que en un principio parece no tener mucha relación con el nudo del relato, parece un poco forzada. Pero, leer una nueva analogía entre la indiferencia que tienen esos pasajeros con la joven madre que es obligada a abandonar el tren no por colarse, sino por haberse confundido y la indiferencia que demostraban los “hombres comunes” frente a aquellos que eran desaparecidos, es posible. Sobre todo, si se tiene en cuenta una especie de sentimiento de culpa que se percibe hacia al final del relato. Todos muy indignados, pero nadie dice o hace nada para revertir lo que estaba sucediendo ante sus ojos, o ayudar de alguna manera.

El protagonista de “Ferrocarriles argentinos” dice que odia las historias “sin principio, sin desarrollo claro, sin final, sin rieles, sin ritmo” relacionando como durante todo el cuento, la literatura con los viajes. Los relatos de este volumen, definitivamente, tienen rieles.

*Autor
Florencia Sanseverino estudió en el Profesorado Joaquín V.González. Tiene 26 años.