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Cambiar la historia
Sobre El caserío, de Carlos Aldazábal. (El suri porfiado, 2008)
María Laura Romano*

Al igual que el sello que lo edita, El caserío deja leer en sus líneas cierta ascendencia federal. Como el mismo Aldazábal afirma, en El suri porfiado, editorial que co- fundó junto a Emiliano Bustos, hay una voluntad de extender los límites geográficos de la poesía argentina contemporánea (1). Pero esta afirmación, que propongo hacer extensiva al poemario, adquiere en éste un matiz más complejo. Porque lo interesante de El caserío no es que proponga un referente espacial ajeno a lo que el poeta salteño considera las ciudades epicéntricas de la poesía argentina contemporánea (Buenos Aires- Rosario- Bahía Blanca), sino que su escritura trace un mapa que atraviesa los límites nacionales para construir un espacio de alcance regional. Es que las fronteras “norteñas” que El caserío dibuja son transversales a la división política de las repúblicas hispanoamericanas. Son marcaciones limítrofes que atraviesan diferentes países (como la del río Bermejo que nace en Bolivia para discurrir luego por el norte argentino) y que parecen encontrar en la repetida referencia “al Perú”, cuna de una de las civilizaciones precolombinas más portentosas, la cifra de un futuro que el poeta se obstina en no dar por perdido: Ellos vendrán muy pronto/ Soplarán desde lejos./ Llegarán del Perú./ Harán un caserío con la mugre.

El libro está dividido en tres partes: “El caserío”, “Epopeya trunca” y “Otros poemas”. Mientras la última serie aparece un tanto desligada respecto de las otras, estas últimas están ensambladas por la misma pulsión interrogativa: ¿es posible cambiar la historia? La respuesta, decepcionante o no, bucea por el curso histórico de nuestro continente. Porque, más allá de cierta construcción poética mitologizada, a través del espacio que rebasa los límites nacionales, lo que se trata de traer a cuento es la “epopeya trunca” de inspiración bolivariana que tanto eco tuvo en las luchas federales decimonónicas: la voluntad de unir los estados latinoamericanos en un mismo bloque económico, político y social para hacer frente a los avances imperialistas de las potencias de Occidente. Así, si en el siglo XIX el referente del “caserío” latinoamericano podría ser Simón Bolivar, en el XX el poema registra el ideal guevarista de integración en la figura de un comandante que aparece repetidamente convocado como interlocutor de un diálogo imaginario: Nadie habló, Comandante,/ pero todos rezamos la promesa. (…)/ Despierte, Comandante, despiértese:/ es Tomás Moro. Viene como de a pie,/ cruzando el río./ Trae municiones./ Parece que ahora sí, ahora podremos…. Según afirmó el mismo Aldazábal (2), la referencia es a Ricardo Masetti quien, al mando del Ejército Guerrillero del Pueblo, fue la avanzada de la guerrilla del “Che” en el suelo natal del poeta.

La unidad artística del libro, como señalé anteriormente, está dada por las secciones “El caserío” y “Epopeya trunca”. La primera se avoca al problema del hábitat humano y discurre alrededor de la posibilidad de construir una casa, un caserío, un pueblo, una ciudad que albergue a los seres humanos a pesar de la destrucción que amenaza a cada instante con echar todo abajo. Este interrogante, siguiendo al Freud de El malestar en la cultura (texto escrito en 1930, cuando la escalada nazi al poder del estado alemán era inminente) podríamos reformularlo de la siguiente manera: ¿cómo es posible el bienestar humano si la pulsión de auto- agresión nos asedia? ¿Es posible construir un gobierno- ideal, aquel con el que Platón soñaba para su polis, si el sujeto humano, por definición, no se auto- gobierna?

En “El caserío” esta pulsión destructiva inevitable que según Freud habita en el interior de todo sujeto hace pedazos la construcción histórica. Así, luego del derrumbe de la casa, el yo poético dice: He levantado el muro./ Lo hice con cascotes del basural, pedazos de ladrillos apilados./ El muro fue creciendo./ Sin embargo caía cada tanto, queriendo señalar que nada dura,/ ni siquiera el revoque de la historia. Pero si en esta primera parte el agente destructivo está desplazado de la humanidad a las catástrofes naturales (terremotos y volcanes), en “Epopeya trunca”, segunda parte del libro, ya no son los avatares de la naturaleza los que destruyen el muro, sino que hay un sujeto colectivo de cambio: el todos de “todos rezamos la promesa” y el mismo Comandante. Es ahora, entonces, el hombre, y no el siniestro natural, el que derruye el “revoque de la historia”. Sin embargo, a pesar de este movimiento de historización que realiza el texto en esta segunda serie de poemas, tal vez las referencias al Quijote y Tomás Moro (creador de la palabra “utopía”) que aparecen en el mismo mitifiquen el conflicto y diluyan un poco la dimensión real de los avatares del sujeto revolucionario. Porque, después de todo, la lucha por la expansión de la revolución tercermundista que tuvo a Massetti como avanzada argentina, ¿se trató sólo de una ilusión tan embriagante como aquella que sumergió a Don Quijote en su legendaria batalla contra molinos de viento?

Fuera de este vaivén entre realidad e ilusión, la respiración norteña de El caserío nos hace presente una problemática histórica y concreta porque trae al centro de la escena de la poesía argentina contemporánea una geografía que en la demarcación del territorio nacional no fue de las más favorecidas. En el poemario de Aldazábal el norte argentino aparece representado a través de una cartografía que desmiente los límites nacionales y que, gracias a esa desmentida, vuelve poderosa a aquella región, enraizándola en un futuro- pasado glorioso que insiste grandiosamente desde ese lugar al que Le decían ‘Perú’/ en su idioma zumbante,/ ‘Perú’ significa/ el país de las moscas

Notas
(1) Ver la entrevista realizada a J. C. Aldazábal por María Fernanda Abad para el suplemento cultural de El Tribuno. Versión disponible en la web en http://www.eltribuno.info/edicionAnterior/salta/sup_agenda_cultural/20071216_183420.php.
(2) Ver la entrevista citada en la nota anterior.
*Autor
María Laura Romano nació un laborioso 1º de mayo de 1981 en la ciudad de Lomas de Zamora. Al poco tiempo emigró a Capital, donde pasó un corto período de su infancia. Ya devuelta al Gran Buenos Aires, cursó sus estudios secundarios en un colegio de Quilmes, donde reside hasta hoy. Egresó en 2006 de la carrera de Letras de la UBA. Formó parte del equipo redactor de la ya desaparecida Zona Churrinche. Actualmente da clases de Teoría Literaria y de español a extranjeros, coordina talleres de escritura y continúa estudiando.