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Tuvimos un amigo negro.
Sobre Fiebre negra, de Miguel Rosenvitz. (Planeta, 2008)
Santiago Ripoll*

¿Qué es lo que realmente sucedió con los afro-argentinos? Fiebre negra, la novela de Miguel Rosenzvit que fue finalista de premio Planeta 2007, se zambulle en la ficción y logra rescatar de un barco semi-hundido en un río embarrado y poco profundo, los restos de un naufragio que no fue accidental. Los limpia, los deja secar y les aplica el brillo que únicamente la ficción puede crear.

Rosenzvit parte de la pregunta sobre el destino de la población negra de Buenos Aires, investiga, analiza, construye, destruye y reconstruye historias, hechos y literaturas para estructurarlos en una novela impetuosa. La narración nos va a transportar alternativamente del siglo XIX (1820-1871) a los comienzos del siglo XXI (2008) en un vaivén constante de capítulos alternados. Son dos las líneas que corresponden a cada temporalidad: una consiste en la historia de Joaquín y Valeria, nacidos los dos casi simultáneamente en 1820 en la misma casa de la ciudad de Buenos Aires. Él es negro, hijo liberto de una madre esclava y ella blanca, hija de la ama. La otra corresponde a la historia de Diana, una antropóloga sensible y curiosa que, en el año 2008, recibe como herencia familiar indirecta esta misma casa antigua que había pertenecido a una familia de comerciantes porteños durante el siglo XIX y que, desde 1871, permanecía deshabitada e inmune a las ocupaciones ilegales tal vez gracias a los rumores de maldiciones que pesaban sobre ella. A partir de la figura de esta vivienda ubicada en Montserrat y de lo que Diana descubre en su interior, se ponen en contacto los dos frentes argumentales. Los capítulos que corresponden a la vida de Diana siguen un orden cronológico lineal sin más precisiones temporales que el número de año 2008 como título. La historia que transcurre durante el siglo XIX también usa los años como títulos, pero cubre un período de 51 años -con saltos que van de 4 a 10 años- desde el nacimiento de Joaquín, el protagonista, hasta la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Y lo cierto es que es mucho lo que pasó en Argentina durante esos años.

Desde el presente, un presente también de la escritura, ya que Diana copia los escritos que encuentra en el cuarto de la servidumbre de la casa y los incrusta en las notas de su vida privada, se vuelve la mirada al pasado, se abre una puerta que había sido tapiada y que llevaba más de 100 años cerrada para hacer visible lo que la Historia intentó lapidar. Y al hacerlo, al entrar en el cuarto de los esclavos por primera vez, Diana se ve sorprendida por un vaho que no se atreve a llamar “olor”. Piensa que el lugar podría haber sido un depósito de víveres pero enseguida se da cuenta de su equívoco porque “ni la putrefacción persiste tantos años”. Fiebre negra se hace cargo de poner en evidencia los resultados de este encierro: la ignominia del pasado y la ignorancia del presente.

¡Callate, negro!

1820. En los altos de la casa de Beltrán, en la cama, asistida por un médico y su ayudante, con dos negritas que le sostienen la manta para que no se le vean las piernas y su dama de compañía que intenta infundirle ánimo, la señora de la casa sufre y putea en pleno trabajo de parto. Abajo, en el cuarto de los criados, en cuclillas y sostenida por dos negros, Angelita también putea, pero porque debe interrumpir su propio parto para ir a ayudar a su ama. A dos pasos del cuarto de la señora, la esclava no puede contener el nacimiento de su hijo Joaquín. El bebé empieza a llorar con una fuerza descomunal: “¿Sería eso nacer liberto? ¿Poder llorar a grito pelado en la mismísima puerta del cuarto de la patrona?”. La figura del liberto es de por sí interesante ya que suscita preguntas sobre las posibilidades de inserción de un negro hijo de esclavos en la vida cotidiana de una familia blanca. Pero Fiebre Negra va más allá. En un pasaje extraordinariamente narrado, el protagonista se acerca a un barco francés llamado “Liberté” que quedó varado en las aguas engañosas del Río de la Plata y que fue fácilmente saqueado gracias a que se podía llegar hasta él a caballo. La novela explota también estas –y otras- figuras para generar interrogantes que exceden la dimensión literal y funcional a la trama: ¿Qué pasó con la revolución de 1810? ¿Hasta dónde se llevaron a cabo sus ideales? ¿Dónde quedaron? ¿La independencia fue real?

El país nació entre gritos, saqueos y puteadas. Joaquín también grita pero se calla milagrosamente apenas nace Valeria, la mujer blanca con quien compartirá la leche de su madre. Juntos explorarán la geografía, sus cuerpos y los límites de la imposibilidad. En las aventuras del joven Joaquín no faltan caballos veloces, la pampa desaforada, perros cimarrones, cañadones, ni un castigo público tan cruel que roza el patetismo pero a la vez da lugar a la iniciación del personaje en la escritura. Para pagar por la muerte de un caballo que había robado para irse de excursión con Valeria, Joaquín tiene que trabajar escribiendo y pegando las etiquetas de unos frascos, pero para eso debe aprender a escribir antes. Su acceso a la letra a través de Valeria tendrá notoria incidencia en el curso de su vida, lo colocará en una situación privilegiada que sin embargo nunca es suficiente para contrarrestar el extenso compendio de abusos e injusticias a los que se ve sometido a lo largo de su historia.

Ya incorporado a la carrera militar, el panorama que se nos ofrece sobre la condición de los negros en el ejército no es más tranquilizador. Pasajes como los que retratan las operaciones sangrientas que precedieron a la Batalla de Sauce Grande difícilmente puedan borrarse de la memoria. Ahí no importan tanto los números como la crudeza con que pone en escena lo que comúnmente se abstrae bajo el título “ser carne de cañón”. La guerra pone a prueba los límites de la tolerancia de Joaquín y da lugar a los instintos naturales con los que el personaje gana un poco más de relieve humano y logra evadirse del heroísmo estoico que lo persigue en algunos pasajes de la novela.

Los galopes salvajes, las lavanderas, el servicio en las casas, la militancia política, los carnavales, las carreras de caballos, las riñas de gallos, las enfermedades, los inmigrantes europeos y el apocalipsis de la peste. Todo es ágil, veloz, y al mismo tiempo preciso y convincente, enmarcado en cuadros de época que se sostienen por sí mismos gracias al rigor histórico y al trasfondo investigativo. Esta combinación es la que logra atrapar al lector, empujarlo hacia adelante al final de cada capítulo y transformar, a fuerza de imágenes de todo tipo, la representaciones mayoritariamente pobres que se reprodujeron por generaciones gracias a los festejos escolares de la Revolución de Mayo: la negra que vende mazamorra caliente o empanadas está también en Fiebre Negra, pero no aparece como una trabajadora independiente que se beneficia económicamente con las oportunidades que le ofrece la república en ciernes. La lectura de la novela de Rosenzvit produce un cambio imposible de revertir: difícil será darse una vuelta por el casco histórico de la ciudad sin ver las cosas de otro color.

¡Gritá, nena! ¡No te quedes callada!

2008. El presente de una clase por lo menos media y profesional. Diana narra en primera persona, tiene un mono como mascota, una empleada doméstica que se llama Umbelina y vive en San justo y un novio que no se interesa demasiado en lo que ella hace y además le recrimina que no grite cuando tiene un orgasmo. De la vida de la antropóloga no sabemos tanto como la de Joaquín, sólo lo suficiente como para que notemos el giro que produce la aparición de la casa de Montserrat.

Diana choca primero con su propio desconocimiento pero logra mitigarlo gracias a una investigación -no por nada es antropóloga- seria. Después se enfrenta a la ignorancia de los otros: le resulta imposible que sus amigos crean que un treinta por ciento de la población de Buenos Aires era negra de acuerdo con un censo oficial que ella misma vio. La exploración del pasado, además de revelarle la parcialidad de las historias oficiales, la falsedad de la supuesta “esclavitud benigna” y los ocultamientos, servirá también para que ella logre ser fiel a sus propios deseos. Los descubrimientos son múltiples. Como dice el tío psicólogo de Diana citando el trabajo de Lacan acerca del valor de la palabra africana: “nada existe, ni siquiera las personas, en tanto no se nombren”. Fiebre Negra nombra, y cuando lo hace, da entidad.

Todos los negros tomamos café ¿con leche?

Cuando la ficción se hace cargo, corre algunos riesgos. La novela logra sacárselos de encima a fuerza de escritura, fresco de épocas -las escenas contemporáneas también son convincentes, especialmente por sus diálogos, más verosímiles y menos literarios que los del siglo XIX, las observaciones agudas, y las cuotas de humor- e investigación. Anclada firmemente en la historia -suenan Alberdi, Sarmiento, Rosas, Lavalle- y de estructura sólida, con los extremos superpuestos del blanco/negro, presente/pasado, Fiebre Negra alcanza su máxima riqueza en los tonos intermedios, allí donde la esencialización no se apodera del relato, cuando la voz del narrador no se confunde con la proclama y se acerca más a los matices. El río marrón amenazado por una tormenta, la tormenta misma, que levanta polvaredas y borra el contraste de piel entre los blancos y los negros dejando a “todos grises como elefantes”, el horizonte silencioso del amanecer o el barro amenazante de la antigua ciudad, son los lugares donde la escritura más se destaca por su elegancia. Detalle tales como el del nombre compartido entre un café lujoso, un mono y un amante complejizan la trama y enriquecen las posibilidades de lectura.

Fiebre negra se puede contar, es dinámica, cautivante. Con mucho presupuesto, también se podría filmar. Hurgar, investigar seriamente en lo no contado es también el acierto que Miguel Rosenzvit supo explotar con una escritura robusta. Se propone, como él mismo dijo: “despertar a Buenos Aires de esa pesadilla de creerse blanca, de invisibilizar”. Todos abrimos los ojos. Afortunadamente Planeta no miró para otro lado.

*Autor
Santiago Ripoll nació el 23 de junio de 1974. Es Licenciado en Letras. Para vivir da clases de español y realiza tareas varias, para sobrevivir lee y escribe.