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Un heladero perverso canta sin descanso sobre la ciudad de los juguetes
Sobre San Francisco, de Luciano Lamberti (Editorial Funesiana)

“Luz de la mañana, luz de la mañana, luz de la mañana”. ¿Cómo sería un folleto turístico que en alguna de sus partes repitiera eso? ¿Se lo imaginan? Un folleto turístico que no tuviese fotos, ni carteles con monumentos, ni trayectos hacia lugares festivos más o menos tradicionales, sino eso. Un folleto-tríptico turístico lleno de palabras que oscilan entre la oscuridad y la luz, y que nos hablan de un barrio, de un pueblo, de una zona.
San Francisco, de Luciano Lamberti, es lo más cercano a eso. Quiero decir: una invitación a pasear por un lugar que uno desconoce, o un lugar que uno cree que conoce o que puede reconocer. Poemas que en principio son crónicas míticas, caricaturescas, casi ridículas, de una ciudad-pueblo (el San Francisco de Lamberti) construido sobre un pueblo-ciudad (el San Francisco del mapa-institución). En este lugar seudo abandonado, en este simulacro de espacio fantasma, aparecen heladeros perversos, el taradito del pueblo, un alemán que expone serpientes, enfermeras con caramelos media hora durante la navidad de 1983, un bañero malaonda, tres profesores de karate (todos muertos); y mucha agua. Pero jamás nos encontraremos con eso. Sólo podremos leerlo, seguir, entre ciegos e iluminados, el ritmo algo alegre y algo sarcástico de una larga canción: “Los turistas mirarán el agua, / móvil, harán asado, sus hijos tirarán piedras al agua, / una vez, me senté en una piedra a descansar y perdí contacto / no figuraba en los lugares donde había figurado”.
El agua. Arriba, Córdoba. O San francisco. O un barrio, una zona, un lugar. Jamás podremos encontrarnos con eso, no estamos seguros de querer encontrarnos con eso. Al borde de tocarlo, aquello trazado queda enterrado bajo el agua, y luego de un cambio gradual en el tono del poema-canción flota intermitente, se retira, se va. Se desvanece. Semejante certeza, suficientemente terrible, puede generar una nostalgia bastante idiota, una sensación intensa de precariedad. No importa. Dado que se trata de un libro (y no un paisaje turístico) se puede leer y volver a leer. Y leer y leer y leer. Como si los poemas fueran una piscina llena de objetos viejos, figuras humanas y animales, y uno, en el reborde exacto de los poemas de Lamberti, metiera la cabeza de lleno ahí, se embebiera, se empapara:

“A veces despertabas y la ciudad estaba sumergida en la niebla,
el alumbrado público encendido, los autos como
formas oscuras, rasantes, las ventanas apagadas,
hileras de personas encapuchadas esperando el colectivo.
Tenías que salir en bicicleta
con una bufanda alrededor de la cara
y las manos moradas y pálidas,
atravesar a ciegas las calles, rodeado de niebla,
inmerso en la niebla, como si pudieras deshacerte...”

Efectivamente Algo se deshace dentro del libro, o es uno el que se deshace mientras lee el libro, o el mundo se deshace y quedan el libro, y las voces, y uno.

“Luz de la mañana. Luz de la mañana”.

El libro de poemas de Lamberti es sobre todo eso: una invitación a un viaje que no se puede hacer, una crónica divertida y cínica sobre los espacios verdes de la poesía solemne y de cualquier pretensión universal, una fusión entre la escritura barrial de Buenos Aires, antologías de poesía norteamericana compiladas por Mr. Revol, y la poesía que se estaba escribiendo en Córdoba, desde Carbonell a Godoy, pasando por los poemas de Boomerang Tejerina y de Cuqui. Un libro lleno de agua, mucha agua donde se puede nadar, líquido que fluye, una, otra, y otra canción. Gente que pasa y que se ve pasar: “Un segundo antes de convertirse en el Rengo, Sebastián cruza corriendo la calle, /escucha la frenada, ve el enorme guardabarros y / diez años después pasa la siesta con cerveza, /la tarde con faso”. O: “Mi profesor de karate no importa: / terminaba la clase más temprano / para irse a ver telenovelas. / Ahora está durmiendo, durmiendo en la colina”. Canciones-crónicas-aguadulces. Los poemas pasan, el ritmo nace y crece, la seguidilla de poemas tiene su propia entonación, una musiquita terrible, una calesita dando vueltas que se parte y donde los muñecos se empiezan a pudrir y una voz al costado se ríe, o hace que viaja y se ríe, pero después se pudre, se quiebra también. Y eso es terrible, pero no necesariamente deja de ser hermoso: “El quisiera ser esa señora. / Lustrar la piedra. Lustrarla / hasta que empiece a emitir su propio calor. / Lustrarla y luego dejarla en la mesa y verla brillar”.

Mar Chiquita. San Francisco. Córdoba.

Y como en todo viaje, como en todo pueblo-ciudad, en San Francisco hay personajes inolvidables. Hay también, por el propio cuerpo del texto, tres grandes poemas, cada uno llevado por la entonación de una voz. La primera voz que habla es la del guía-cronista. La voz de la que hablamos al principio. Ese guía tiene que divertir a los otros, contar cosas. Esa es una voz que te lleva de la mano y de los pelos, que recuerda, y un poco se ríe. Es una voz distanciada, la voz de un hombre precariamente feliz, equidistante, ocupado. Un hombre que puede hablar de los monstruos a los que ha superado o que sabe donde quedan. No hay nostalgia sino un desprecio falsamente inmadurado en esa voz: “Y un día papá compró un caballo. Habrá creído / que solucionaría todos sus problemas, / que iba a cerrar la carnicería, empezar a tomar whisky, / fumar puros en bata y cosas así. En cuanto a su caballo / se llamaba Fotón...”.
Al lado de esa voz que canta o escribe en sus poemas, hay otra voz, dos voces, dos más. La del fracasado, el resentido, la voz de la decadencia centro urbana, la voz del colapso o el desastre. Es como si el personaje anterior, el guía bufonesco y entonado, hubiese errado en su felicidad, se hubiese caído a pedazos. Puestas una al lado de la otra, estas voces hacen un juego bastante raro. Hay algo que está mal. Hay algo que está muy mal. ¿Habrá que dejar de escribir? El poema parece rozar todo el tiempo ese postulado, notando en su propia sabiduría que tal cosa, precisamente, es imposible: “Tomaría un Gancia en el patio, haría pesas en el patio. / Educaría la mente y el cuerpo con el mismo rigor. // Dejaría que el tiempo pase allá arriba sin escribir / una sola palabra”.
Además, por último, está la voz súper sonora, estruendosa y melancólica de un niño o de la sombra de un niño y de un pueblo entrevisto por lo que queda del niño. Un adulto que es niño que escribe que canta. Luz de la mañana. Luz de la mañana. Luz de la mañana. La voz no deja de repetir eso.
Es la parte más importante del viaje.
Es el momento del despertar. Es el cielo que se abre. Parece como si el pasado sepultado bajo el agua hiciera un juego de luces sobre todo lo demás.
Luz, agua, una sonrisa ladeada.

La colección de “La Funesiana” tiene dos de los últimos grandes libros que se escribieron en Córdoba. Pensados casi durante el mismo periodo, surgidos durante un momento álgido de contacto entre Buenos Aires y Córdoba Gótica, ellos son formas de pensar la relación entre ambas ciudades. Aunque San Francisco es, también, un poemario donde algún lugar perdido en Córdoba empieza a girar sobre sí mismo. Una calesita destrozada que sigue girando enterrada allá, alguien que la mira, un juego de voces que escriben como si todo en la cabeza fuera visto desde dentro de un tren. Y el tren está lleno de monstruos, monstruos opacos, algo trágicos y divertidos. Saludan, saludan los monstruos.
Lentamente volvemos del mundo de los sueños.
“Luz de la mañana.
Cantan los pies desde la superficie.
Luz de la mañana”.

*Autor