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¿Nueva escritura en Latinoamérica?
Sobre Nueva escritura en Latinoamérica, de Héctor Libertella
María Laura Lattanzi*

La reaparición del ensayo de Hector Libertella, a cargo de ediciones El Andariego, podría suponer una relectura de la literatura latinoamericana de fines de los años `70; empresa algo compleja luego de la cantidad de repasos y críticas que se han hecho del período ¿Literatura postmoderna? ¿Quién sabe? Libertella en su ensayo advierte los elementos que considera, en ese momento, emergentes.

En primer lugar nos propone estudiar la literatura como un cuerpo histórico que lleva en sí los restos de los “viejos combates”, las heridas y marcas que surgen de un proceso de acumulación y sedimentación de, sobretodo, dos tendencias: una atlántica, cosmopolita, desarraigada, colonialista, tipificadora de capitalismo avanzado (léase industria cultural); y otra local, telúrica, tradicionalista, arraigada. Libertella propone, entonces, hacerse cargo de las contradicciones, de las variaciones y de las complejidades que conlleva una categoría como vanguardia latinoamericana, pensándola ya no como el avant-garde, lo que va hacia delante (1); sino que nos propone la acepción de lo “intimo”, concepto que, sin embargo, no queda del todo claro, como muchas de las caracterizaciones que este libro arroja de forma exabrupta, radical, pero poco densa.

Lo que si sabemos es que piensa la nueva escritura latinoamericana de forma abierta, asumiendo las contradicciones y ambigüedades que significa cualquier categorización, y evitando cualquier tipo de sustancialismo, metafísica e incluso de “desenmascaramiento” que suponga un rostro verdadero detrás de la mascara. De esta forma, pareciera que Libertella se propone hacer una constelación del concepto que involucre todos los elementos que encuentra; elementos que chocan y juegan entre sí dentro de esta categoría que parece ahora -y aquí- absurda: vanguardia. Absurda por que sabemos lo complejo y reduccionista que ha significado la traslación del concepto de vanguardia a los fenómenos latinoamericanos. Y, absurda, porque parece confundirnos cuando luego nos propone considerar a la nueva escritura latinoamericana como: “el Proyecto”. Ahora bien, también debemos rescatar y destacar que su definición de la vanguardia no se reduce a un institucionalismo o a su radicalización política, gesto típico de los críticos de la época, sino que también piensa en los aspectos productivos de la experimentación del lenguaje como no menos radicales a una voluntad de politización.

Ahora bien, “el Proyecto” que el autor propone es el de unos “cavernícolas” que violentan ese perverso binomio de civilización y barbarie que tanto le ha costado a la crítica literaria latinoamericana; pero no negando su incidencia, ya que significaría no ver las heridas de los viejos combates, sino que los “nuevos cavernícolas” deben convertir y jugar con estos elementos –los de esta constelación- “en la oscuridad”. A su vez, esta nueva literatura latinoamericana no solo se hace cargo -aunque lúdica y espontáneamente- de su pasado, sino también de su presente, de su lugar dentro del mercado. Pero no cayendo en las tipificaciones propias de una industria cultural que necesita de categorías de un “verdadero ser latinoamericano”, sino más bien jugando, una vez más, con los diversos registros, códigos y herramientas que el mercado y la nueva industria de la comunicación y los servicios le brindan.

De esta forma, Libertella da cuenta de algunos elementos que emergen en la narrativa post-boom: una narrativa fragmentaria y residual que descentra las monumentales simbolizaciones identitarias de lo latinoamericano. Este es el proyecto, la vanguardia “intima” que Libertella quiere, busca, y encuentra en determinados escritos que arrojan elementos prácticos a su ensayo. Nos referimos al último capítulo en donde el autor toma seis novelas: Sebregondi retrocede, de Osvaldo Lamborghini; Farabeuf, de Salvador Elizondo; Cobra, de Severo Sarduy; The Buenos Aires Affair, de Manuel Puig; El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas; La orquesta de cristal, de Enrique Lihn. En este apartado, de solo veinte páginas, resalta los elementos que en los trazos latinoamericanos dan cuenta de “El Proyecto”: estructuras múltiples, juegos del lenguaje, constelaciones de elementos dispersos que son armados y desarmados, artificios del lenguaje que se develan como tales, confluencias de citas y sentidos abiertos y contradictorios, multiplicidad de registros, muerte del autor, etc. Elementos que si bien parecen residuos, se resuelven en un mismo flujo que conjuga informaciones, ficciones, invenciones, documentos y disfraces; configurando esa nueva escritura latinoamericana.

Notas
(1) El concepto de vanguardia proviene de la terminología militar y de allí derivó; la vanguardia era considerada aquella parte del ejército en marcha que iba delante del cuerpo principal.
*Autor
María Laura Lattanzi nació el penúltimo día del año 1983 en Buenos Aires. Actualmente cursa el último año de Sociología, y es investigadora del Centro Cultural de la Cooperación, en el departamento de Ideas Visuales. Fue seleccionada por la U.B.A como estudiante becaria para la Universidad Autónoma de Madrid, donde desarrolló estudios de Historia del Arte. Ha trabajado como becaria para el Instituto Universitario de Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid. Forma parte del colectivo literario La Quetrófila.